Publicidad

El mapa del mundo

“En época de mentiras, contar la verdad se convierte en un acto revolucionario” (George Orwell)

Santo subito

09 oct 2009
Compartir: facebook twitter meneame delicious

El Comité Nobel no necesita pruebas ni argumentos. Su decisión de conceder a Barack Obama el Nobel de la Paz es una canonización laica pero con la misma loca pasión habitual en los procesos religiosos. Obama recibe el Nobel porque es Obama. Sin más.

No han pasado ni siquiera nueve meses desde que llegó a la Casa Blanca. En ese tiempo poco ha podido hacer. De hecho, lo que ha quedado patente es que el carisma y las ideas brillantes no siempre dan como resultado una política exitosa. A veces, los obstáculos pueden más que las mejores intenciones.

Los grandes conflictos continúan estando en la misma posición anterior al advenimiento de Obama. Ha reiterado el compromiso de EEUU con la guerra de Afganistán sin ninguna idea nueva que permita entrever el final de los combates. Ha presionado a Israel para que negocie la paz con los palestinos, pero hasta ahora Netanyahu ha neutralizado esos movimientos. Ha hablado en favor de un acuerdo internacional con el que luchar contra el calentamiento climático, y de momento lo único que hay son palabras.

Deberían haberle entregado hace tiempo el Premio Nobel de los Discursos. Para conseguir el de la Paz, tendría que haber hecho algo más. Los integrantes del Comité Nobel han obviado este requisito básico y se han comportado como un club de fans. Al menos, podrán hacerse una foto con Obama. Eso ya lo tienen ganado.

Íñigo Sáenz de Ugarte, corresponsal en Londres

Últimas noticias: Obama no es socialista

16 mar 2009
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Es sabido que los periodistas preguntan a veces las cosas más peregrinas. Eso debió de pensar Barack Obama cuando un periodista de The New York Times le preguntó si era socialista. No consta que se santiguara horrorizado ante la mención de Lucifer. Se limitó a responder con un “no” y a explicar sus prioridades de gasto.

Obama no quedó muy contento con la respuesta y horas más tarde llamó por teléfono al periodista para completarla. El comienzo de esa segunda conversación fue un pequeño homenaje a la hipocresía: “No me puedo creer que lo haya preguntado en serio”. Será por eso que decidió continuar hablando del tema.

Forzados a lo que temen que será una larga convivencia con un presidente carismático, los republicanos hablan terriblemente en serio cuando denuncian que Obama pretende imponer un sistema “europeo” (sic), como mínimo una socialdemocracia extraña a los usos políticos de EEUU. El presidente ha descubierto en menos de dos meses que sus llamamiento a superar las discordias de la era de Bush no han sido muy efectivos. A fin de cuentas, el consenso está sobrevalorado en política.

Con un puñado de excepciones, los republicanos han votado en bloque contra el presupuesto aprobado esta semana. Para ellos, las cuentas sólo son una orgía de gasto. Ya se han olvidado –la memoria de los políticos siempre es selectiva– de los gigantescos déficits creados por Bush.

La Casa Blanca no tiene más opción que gastar, gastar y gastar con la intención de salir de la recesión a golpe de dólar. Es anatema para los republicanos, pero no parece que el pragmatismo consustancial a Obama le vaya a empujar a grandes innovaciones. En otras palabras, no tiene ninguna intención de refundar el capitalismo.

Ni podría si quisiera hacerlo. El sistema americano obliga al presidente a una convivencia a veces incómoda con el Congreso. No importa lo puras que sean las intenciones del presidente, al final siempre llegan los legisladores con sus componendas. Obama, como otros antes, puede afirmar que no hará las cosas al estilo de Washington, pero en su presupuesto de 2009 los congresistas le han colado 8.570 ‘earmarks’. Así se llaman las inversiones que cada congresista incluye en el presupuesto para financiar proyectos, por ejemplo de obras públicas, destinados a su circunscripción electoral. En esta ocasión, sólo cinco de los cien senadores no hicieron uso de este derecho por considerarlo un derroche de fondos cuya principal función es asegurar la reelección de los congresistas.

Sobre un presupuesto de 410.000 millones de dólares, los ‘earmarks’ han supuesto esta vez unos 7.700 millones. Esa es la mordida que se llevan los congresistas y que Obama ha tenido que sufragar.

El presidente también hizo bandera durante de la campaña de la necesidad de hacer frente al poder de los lobbys. Y hay pocos grupos de presión más conocidos que el lobby judío. Esta semana ha hecho gala de su poder, ante la pasividad de la Casa Blanca, al conseguir descarrilar el nombramiento del ex embajador Chas Freeman como presidente del Consejo Nacional de Inteligencia, un organismo entre cuyas funciones está la de coordinar el trabajo de los distintos servicios secretos.

Freeman es un diplomático muy valorado por sus compañeros, incluidos los que discrepan con sus opiniones. Pero había hecho en el pasado declaraciones muy críticas con la política israelí en su relación con los palestinos.

Esos pecados no se perdonan. Varias organizaciones judías reclutaron a neoconservadores y congresistas demócratas –el tipo de improbable coalición que sólo es posible cuando se habla de Israel–, hasta que tumbaron el nombramiento. Como dice el periodista y blogger Andrew Sullivan, siempre que el lobby ha presionado a Obama, el presidente ha terminado cediendo. Eso ya no es pragmatismo. Es sólo que hay batallas que el presidente no está dispuesto a dar.

Iñigo Sáenz de Ugarte

Los talibanes de Texas

08 feb 2009
Compartir: facebook twitter meneame delicious

taliban-republicano.gif

Una derrota electoral abrumadora como la sufrida por el Partido Republicano en EEUU siempre deja a los políticos en estado de shock. Lo peor, sin embargo, viene después cuando los que han mordido el polvo descubren formas diferentes de autolesionarse. Como se suele decir en estos casos, si estás metido en un agujero lo primero que hay que hacer es dejar de cavar.

La derecha norteamericana es incapaz de soltar la pala. Vean el caso de Pete Sessions, congresista de Texas, de dónde si no, y uno de los altos cargos republicanos en la Cámara de Representantes. En un momento en que el país afronta la peor crisis económica en décadas y necesita que sus políticos colaboren para poner en marcha medidas extraordinarias, a Sessions no se le ha ocurrido otra cosa que recomendar a sus correligionarios que adopten la actitud y estrategia de una fuerza insurgente. Como los talibanes, dijo, aunque puntualizó (qué alivio) no con su ideología.

3,6 millones de empleos destruidos desde el inicio de la recesión en diciembre de 2007 exigirían en teoría una respuesta diferente. Cuando en el sector servicios sólo aumentan sus ventas McDonalds y la empresa que hace las sopas Campbell –porque los consumidores empiezan a ahorrar con la comida– está claro que los problemas no se solucionarán con políticas convencionales ni bajando impuestos a los millonarios.

La mayor parte de los congresistas republicanos, opuestos al plan de Obama, prefieren apostar por la ortodoxia. Emulando a Fidel Castro, lo fían todo a la ideología. Que la realidad no se atreva a cuestionar nuestras ideas. Por eso, el nuevo presidente del Comité Nacional Republicano, al día siguiente de ser elegido, afirmó que “en la historia de la humanidad” el Estado nunca ha creado un solo empleo. Los funcionarios de su país se estarán preguntando ahora quién paga entonces sus salarios.

La actual crisis es una guerra que ya está dejando muchos cadáveres a su paso, pero se trata de una guerra sin enemigo, aunque los políticos ventajistas quieran reducirla a eso (sean sus objetivos los banqueros, los inmigrantes o los países extranjeros que hacen productos más baratos). Y lo malo para los republicanos es que ése es un terreno en el que no se mueven con comodidad. No hay una amenaza roja o terrorista que enarbolar para que la gente acepte renunciar a sus derechos. No hay una isla de Iwo Jima en la que clavar la bandera y acallar así las voces críticas.

Algunos de sus apoyos contribuyen a hundirles aún más. En un curioso símil con España, ellos también cuentan con su Jiménez Losantos, aunque el suyo da mucho más miedo. Russ Limbaugh es el rey de los talk shows de la radio con unos trece millones de oyentes. Representa la versión más ultra e intolerante de la derecha de EEUU. Ya alardea de que Obama le tiene más miedo a él que a los congresistas republicanos. Uno de ellos se atrevió a criticarle en público y fue convenientemente castrado, y puede que no en un sentido figurado. La presión fue tal que Phil Gingrey terminó llamando al programa de Limbaugh para pedir perdón y reconocer que sus comentarios habían sido “estúpidos”. En las purgas de Stalin los presos se veían obligados a confesiones similares.

Toda esta derechización rampante terminará beneficiando a Obama, que no debe de creer la buena suerte que tiene. El cierre de filas dejará a la derecha con sus votantes fieles (insuficientes para ganar en las urnas), los que creen que en caso de derrota hay que volver a los valores más básicos. Los que pensaban que George Bush no era lo bastante de derechas para su gusto. Existen y no son pocos. Según un sondeo reciente, el 43% de los votantes republicanos cree que su partido había sido demasiado moderado en los últimos ocho años. El 55% sostiene que en el futuro debería comulgar con las ideas de la cavernícola Sarah Palin.

Los talibanes, los de verdad, estarían orgullosos de tener unas bases como éstas.

Iñigo Sáenz de Ugarte

La caída del Muro de los ‘neocon’

22 ene 2009
Compartir: facebook twitter meneame delicious

PERE RUSIÑOL

El cierre de Guantánamo –tardará más o menos, pero ya está en marcha– pondrá punto final a la infamia de una cárcel al margen del derecho elemental, gestionada a su antojo por el gendarme del mundo. Pero el gesto va mucho más allá: para los neocon, tiene consecuencias sísmicas: representa la caída de su Muro de Berlín. El mundo ya es otro. Los neocon han perdido.

El penal de Guantánamo ha sido uno de los símbolos más emblemáticos de la “guerra contra el terrorismo” emprendida por Bush y los fanáticos que le rodearon. La “guerra” puso todo patas arriba y pisoteó todas las reglas: la gran potencia no se sentía vinculada al derecho internacional y creó zonas oscuras donde los reos dejaban de ser personas. Este brutal rediseño del mundo ni siquiera se gestó a escondidas: Bush proclamó con luz y taquígrafos la necesidad de saltarse los valores occidentales con el increíble argumento de asegurar así su continuidad.

EEUU llenó el mundo de Guantánamos, desde Abu Ghraib, en Irak, hasta Bagram, en Afganistán. Y lo que es peor: si la máxima potencia reinventaba las reglas para combatir el “terror”, cualquier reyezuelo de cuarta se sentía legitimado para abrir sus propios penales gemelos con el mismo fin. Muchos fueron incluso recompensados por acogerse al programa de subcontratación de la tortura de Washington.

Este mundo es el que ahora se desmorona y arrastra, como en Berlín, toda una cosmovisión. El Muro de la ignominia ha empezado a derrumbarse.

Bush impone Colombia en la agenda de Obama

12 nov 2008
Compartir: facebook twitter meneame delicious

A Álvaro Uribe se le complica el mundo. Al menos el que tenía diseñado hace tres meses cuando recibió en su residencia estival al entonces candidato republicano a la Casa Blanca, John McCain, a quien distinguió como el perfecto sucesor de su “amigo y socio” George Bush.

La simplicidad de su concepción política le jugó esta vez una mala pasada. Enfrentado con los demócratas por el bloqueo que el Congreso estadounidense mantiene a la firma de su Tratado de Libre Comercio (TLC), la exquisita recepción a McCain le ha apretado aun más la soga al cuello. Uno de los primeros movimientos realizados por el equipo Obama ha sido solicitar informes sobre el nivel de humanidad política de Uribe y el resultado obtenido es desastroso. Asesinatos de sindicalistas, militares infringiendo toda legalidad razonable, narcotráfico en aumento, caudillismo visceral. El fiel amigo que necesitaba Bush para vigilar América Latina mientras él boxeaba en el otro lado del mundo.

En la reunión celebrada ayer en la Casa Blanca, ha trascendido (¿interesadamente?) que Colombia fue la moneda de cambio mostrada por Bush para aceptar la solicitud de Obama de salvar de inmediato al poderoso sector automovilístico que vive en la cuerda floja. Un hombre a cambio de miles de puestos de trabajo. ¿Extraño?

Gorka Castillo

Los cuatro jinetes de Obama

02 nov 2008
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Se acabó la diplomacia de las cañoneras. Una victoria de Barack Obama en las elecciones del próximo martes tendrá como uno de sus principales objetivos reparar la maltrecha imagen de EEUU en todo el planeta y hacerlo de forma que sea compatible con la defensa de los intereses nacionales. Washington volverá a buscar aliados y lo hará porque a largo plazo siempre resulta más rentable para un imperio.

Ahora que tanto se habla de la decadencia del imperio americano y de ciertas similitudes con el declive de Roma, no hay que olvidar que la historia demuestra que los lazos políticos y económicos suelen ser más efectivos que las legiones. Los neocon nunca han entendido que los aliados reclutados a punta de pistola no son muy fiables.

Los altos cargos de los años de Bill Clinton han ido tomando posiciones en el entorno de Obama. Esto se ha interpretado como un reforzamiento de las posiciones más pragmáticas en política exterior. Sin embargo, les resultará imposible consignar los dos mandatos de Bush como un paréntesis que se puede obviar. La presidencia de Obama será juzgada por su gestión del legado del actual titular de la Casa Blanca, en especial en el primer año. Le guste o no a él y a sus asesores, además de trazar un nuevo rumbo, tendrá que dar respuestas concretas a los desafíos que plantean cuatro conflictos.

Irak

Por mucho que la llegada al poder siempre obliga a matizar muchas de las promesas de campaña, Obama no podrá escapar de sus compromisos sobre la guerra de Irak. El nuevo presidente iniciará el proceso de retirada de las tropas. En concreto, ha dicho que en 16 meses se replegarán las brigadas de combate y dejará una fuerza reducida y limitada a la lucha contra Al Qaeda. La garantía de que esto vaya a producirse reside más en Bagdad que en Washington. Hace tiempo que el Gobierno iraquí de Maliki ya no escucha los consejos o simples amenazas que le llegan de la Casa Blanca. Dice estar en condiciones de mantener la seguridad del país y por lo tanto ya no necesita la presencia masiva de tropas extranjeras.

Sea o no cierto, parece que la marioneta ha decidido cortar los hilos. ¿Pero cuántos soldados se quedarán en el país? ¿Y en qué condiciones? Irak y EEUU llevan meses negociando el estatus de las fuerzas estadounidenses a partir del 1 de enero, cuando expira el plazo concedido por la última resolución del Consejo de Seguridad de la ONU. Maliki ha dejado que las negociaciones se alarguen porque sus socios en el Gobierno y los clérigos chiíes no aceptan las condiciones impuestas por Bush. Sabe que la principal vía para legitimar su poder reside en la carta nacionalista y no permitirá que se le pueda tachar por más tiempo de colaboracionista.

Irán

De entrada, el cambio que puede suponer Obama es más aparente que real: menos retórica de guerra y más opciones para el diálogo. A día de hoy, las posiciones de EEUU y Europa no son tan diferentes en relación al programa nuclear iraní. Si Obama ofreciera contactos directos a Teherán y una normalización de relaciones, quizá todo podría cambiar. La influencia de Israel en la política norteamericana impide cualquier planteamiento pragmático. EEUU quiere forzar a Irán a que ponga fin a su programa nuclear y los iraníes no lo van a aceptar.

Afganistán

Más de lo mismo con más soldados. Obama ha prometido aumentar las tropas en Afganistán, pero sin explicar cuál es su estrategia para alterar el curso de una guerra que cada día se ve en Occidente con más pesimismo. También en Londres, París o Madrid los gobiernos han demostrado una alarmante falta de ideas. Faltan soldados, falta un Gobierno afgano eficaz y limpio –y será difícil que sufra una transformación–, y sobran los señores de la guerra y las milicias tribales, y ya es tarde para prescindir de ellos. Obama incluso ha demostrado un alarmante desconocimiento de la realidad de Pakistán, lo que no indica nada bueno.

Israel

La abundancia de asesores de la época de Clinton hace pensar en iniciativas diplomáticas de más calado que las vistas en los últimos ocho años. Si Obama está pensando en emular a Bill Clinton, se lo tiene muy callado. Todo lo que no sea un apoyo irreflexivo a Israel se considera una forma elegante de suicidio en una campaña de EEUU.

Los discursos por la paz ya son inútiles. El nuevo presidente puede encontrarse con Netanyahu al frente del Gobierno israelí. Clinton lo sufrió en los noventa. Ese periodo de estancamiento dio el tiro de gracia al proceso de paz de Oslo. Resulta difícil de creer que el cauteloso Obama vaya a forzar a los rivales históricos a entenderse.

Iñigo Sáenz de Ugarte

El último entierro de Reagan

27 oct 2008
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Las grandes revoluciones se explican mejor con los pequeños detalles. Cuando el moderador del debate en las elecciones de 1980 recordó a Ronald Reagan que se estaba pasando del tiempo asignado a su intervención, el ex gobernador de California respondió: “Yo he pagado por este micrófono”. Los votantes norteamericanos decidieron que tenía razón.

Habían tocado a su fin los días del Estado intervencionista: había sacado a EEUU de la Gran Depresión, dirigido una guerra entre 1939 y 1945 y marcado las reglas de la bonaza económica de las dos décadas posteriores. Contra lo que se suele creer, esa presencia del Estado fue aún muy marcada durante la presidencia de Nixon. A partir de los ochenta, todo eso se acabó. En el lenguaje político norteamericano, los impuestos se convirtieron en un instrumento del maligno.

En realidad, lo que comenzó fue la era del Estado irresponsable. Los impuestos descendieron hasta el mínimo, pero la Administración de Reagan no hizo lo mismo con el gasto público. Sí es cierto que muchos programas sociales fueron reducidos o eliminados provocando el aumento de la pobreza y la desigualdad. Pero, oh sorpresa, el esfuerzo financiero del Estado no estaba lastrado por esas partidas. El rearme y el descenso de la presión fiscal terminaron originando un espectacular aumento de la deuda pública.

Primero, se desprestigiaba la idea de la intervención del Estado en la economía y luego se le obligaba a hacer lo mismo con menos dinero con las inevitables consecuencias.

No era sólo una conspiración tramada desde las alturas. El contribuyente norteamericano tiende a oponerse al aumento de la presión fiscal sobre las rentas más altas porque, a diferencia del europeo, cree que algún día, si todo va bien y trabaja duro, podría llegar a estar en ese nivel económico.

Es la variante fiscal del llamado sueño americano, un mito que tiene tanto su base real (la movilidad social es mucho mayor allí que en Europa) como imaginaria (aunque sólo sea por la falta de una cobertura sanitaria universal es más duro ser de clase media en EEUU que en Francia o el Reino Unido).

Una vez que todas las armas empleadas en la campaña por John McCain se han estrellado en el escudo antimisiles de Obama, no resulta sorprendente que el candidato republicano haya regresado al primer punto del manual de campaña del conservador americano. Contiene una sola palabra (impuestos) y consiste en amedrentar al votante con la idea de un presidente demócrata presto a esquilmar sus bolsillos.

En otras palabras, la campaña de McCain se ha puesto en manos de Joe, el fontanero, y lo ha convertido en símbolo de todos los habitantes del país. A estas alturas, a casi nadie le sorprenderá saber que el último ardid del republicano también ha fracasado.

En primer lugar, los números compiten en su contra. Al aparecer en escena el fontanero, pronto se supo que los recortes fiscales propuestos por Obama también le beneficiaban a él, porque ni de lejos ganaba 250.000 dólares al año. Para que no quedara ninguna duda sobre los mayores beneficiarios de la propuesta fiscal del rival, alguien hizo los cálculos y descubrió que la familia McCain se habría ahorrado 730.000 dólares en los últimos dos años si papá John hubiera estado ya en la Casa Blanca. Por algo dicen que la caridad bien entendida empieza por uno mismo.

Pero además, y esto sí que desafía el discurso político tradicional en EEUU, los sondeos demuestran que es el demócrata el que lleva la iniciativa en el debate fiscal. Sólo en la más loca de las pesadillas de los republicanos podía aparecer un sondeo que dictaminara que los votantes confían más en Obama que en McCain en los asuntos de impuestos. Y eso es precisamente lo que está ocurriendo en el mundo real, por una diferencia de 51 a 43, según la última encuesta de The Washington Post.

Esa ventaja de ocho puntos es la misma que tenía George Bush sobre John Kerry hace cuatro años en el tema fiscal. La de Bush frente a Al Gore en el año 2000 era de 13. No hay que ser un genio para sacar conclusiones.

Más allá del ingrato esfuerzo de pagar impuestos, los votantes de EEUU están enviando un mensaje a los candidatos y McCain se niega a escucharlo. Quieren saber cuál es el plan para estimular la economía. Intuyen que el origen de sus problemas no está en el hundimiento del sistema financiero, sino en el anuncio de una recesión de la que no se saldrá sin decisiones difíciles e incluso arriesgadas.

Hay Gobiernos como el español que siguen montados en su nube, pretendiendo que ésta es una crisis pasajera de la que nos recuperaremos en menos de un año. Improbable. Lo único que ocurrirá entonces es que McCain ya tendrá claro por qué perdió las elecciones.  

Iñigo Sáenz de Ugarte

El hombre tranquilo

19 oct 2008
Compartir: facebook twitter meneame delicious

En sus 161 años de historia, el diario conservador Chicago Tribune nunca ha recomendado el voto a un candidato demócrata en unas elecciones presidenciales. No es extraño en un periódico que apoyó a Abraham Lincoln, se movilizó por la abolición de la esclavitud, ayudó a fundar el Partido Republicano, siempre tuvo un alma aislacionista y mantuvo entre sus ídolos casi hasta el final al tenebroso senador McCarthy.

Hasta hoy. Sus lectores se han desayunado con la noticia, adelantada por su página web el viernes, de que el periódico cree que Barack Obama debería ser el próximo presidente de EEUU. “Tenemos una confianza tremenda en su rigor intelectual, su estatura moral y su capacidad para tomar decisiones claras, meditadas y cuidadosas. Está preparado”, dice el editorial.

Esos elogios nunca se hubieran producido sin la pavorosa experiencia que han supuesto los ocho años de presidencia de Bush. No es que necesitaran más ejemplos –de hecho rezaban para que no se produjeran más– pero el hundimiento del sistema financiero norteamericano ha evidenciado hasta a los conservadores la necesidad de un cambio inmediato. Cualquier cosa antes de engrosar la lista de los imperios que terminaron mordiendo el polvo.

Quedan poco más de dos semanas para las elecciones del 4 de noviembre y por tanto nadie puede estar completamente seguro de lo que sucederá. Lo malo para John McCain es que tampoco nadie sabe qué puede ocurrir –más allá de la explosión de una bomba nuclear o, ya puestos, el fin del mundo– que pueda evitar la victoria del senador de Illinois.

Evidentemente, no siempre ha sido así. Hubo que esperar a la bancarrota de Lehman Brothers para que las opciones de McCain comenzaran a desmoronarse. Hasta entonces, las elecciones tenían la apariencia de un duelo que, al igual que en 2000 y 2004, no se desequilibraría hasta el final.Olvidada la guerra de Irak por la opinión pública, la crisis de Wall Street se convirtió en lo más parecido a un conflicto bélico. El votante descubrió que la guerra iba a ser cruenta y que las entidades financieras y autoridades políticas que debían defenderle eran sólo ejércitos de papel.

La crisis era la oportunidad perfecta para que McCain demostrara la diferencia de experiencia entre los dos candidatos. En vez de apostar por la serena firmeza de Roosevelt, apretó el botón del pánico y suspendió su campaña. En vez de prometer tiempos duros con la seca sinceridad de un Churchill, empezó a hacer promesas irrealizables. ¿Sacrificios? De eso nada, esto lo solucionamos pagando menos impuestos.

Los norteamericanos odian pagar impuestos. También odian que sus líderes pierdan el control.

Obama mantuvo la frialdad y la compostura. Se rodeó de expertos económicos de la época de Clinton, incluidos algunos que son tan responsables de esta crisis como los asesores de Bush, para dar la sensación de que escucharía a los que saben antes de tomar una decisión, y que luego la pondría en práctica sin titubear.

Tuvo mucho de teatro, pero era coherente con un tipo de campaña que a lo largo de dos años se ha movido como un reloj, desafiando a veces las opiniones del establishment político y sin cambiar de rumbo de forma alocada cuando las cosas iban mal. Ahora, a posteriori, se puede ver con claridad. Obama tenía un plan y le ha funcionado.

En las primarias demócratas, los expertos decían que Hillary Clinton era la favorita y que nadie recaudaría tanto dinero como ella. Los asesores de Obama trazaron una estrategia que pasaba por ir sumando delegados en los caucus y las pequeñas primarias, y convirtieron Internet en una caja registradora.

En el combate ante McCain, todos dijeron que la estrategia de buscar la victoria en los 50 estados era suicida. Obama abrió oficinas en estados donde los demócratas no han ganado desde los años 60 y ahora está en condiciones de vencer en algunos de ellos.

Por encima de todo, la fortaleza de su campaña era lo que parecía una debilidad: el propio candidato. Frente a un McCain errático e irascible, Obama se presentó como un tipo tranquilo, sin muchas ideas nuevas, pero sí con convicciones profundas. Un político que sabe comunicar e inspirar, como lo hizo Ronald Reagan en los ochenta. Hasta empieza a resultar obvio que decepcionará a algunos de sus votantes en sus primeros cien días en la Casa Blanca, porque Obama es de los que no tienen prisa, de los que se toman su tiempo para reflexionar antes de marcar el camino.

Esa impresión que ha dejado en el electorado es su principal aval. Los norteamericanos que se arriesgan a perder su casa o su empleo en los próximos cuatro años no quieren ya a alguien que les prometa una victoria fácil. Necesitan a un presidente que no les engañe y que no pierda los nervios en una crisis. Obama les ha demostrado que es ese hombre.

Iñigo Sáenz de Ugarte

Esperando al presidente

05 oct 2008
Compartir: facebook twitter meneame delicious

A pesar de la actuación errática de John McCain y de la cómica aparición en escena de Sarah Palin, el error más grave cometido por un candidato en las elecciones de EEUU tuvo como protagonista a Barack Obama. No ocurre todos los días que un aspirante a la Presidencia dé por cerrada cualquier posibilidad de un acuerdo de paz entre israelíes y palestinos.

Eso fue lo que hizo en junio el senador demócrata, de hecho sin pretenderlo, cuando declaró en un discurso ante la principal organización del lobby judío en EEUU que “Jerusalén debe continuar siendo la capital de Israel y debe permanecer unida”. Sin ninguna opción a contar en el futuro con una parte de Jerusalén integrada en su propio Estado, los palestinos no tendrían ningún incentivo para seguir negociando, como se apresuraron a recordar.

Un día después de escuchar una gran ovación tras sus palabras, Obama despertó y reparó el estropicio. El estatus definitivo de la ciudad debía quedar resuelto en las negociaciones que lleven a cabo las partes implicadas, dijo, y Jerusalén será una parte de ese proceso negociador.

Más allá de ese patinazo, persisten dudas sobre cómo se recibirá el veredicto del electorado norteamericano en la zona del mundo que más se va a ver afectada por la política del futuro presidente. En Oriente Próximo, hay una natural tendencia por el candidato demócrata frente al republicano –como ha ocurrido en otras campañas–, excepto en Israel y Arabia Saudí, pero esta vez se aprecia una cierta pasividad. Son demasiadas expectativas no cumplidas como para entusiasmarse por un futuro en el que solo los pesimistas suelen llevarse todas las apuestas.

El país que más claramente marca una diferencia entre las propuestas de Obama y McCain es Irak. El primero ya ha planteado un horizonte concreto para el comienzo de la retirada de las tropas norteamericanas. El segundo tacha de rendición cualquier mención de un repliegue aunque sea táctico. Afirmar que los dos defienden posiciones similares es lo mismo que ignorar los hechos.

Y sin embargo, la realidad terminará por imponerse a ambos, por mucho que le disguste a McCain. El primer ministro iraquí, Nuri Maliki, ya ha dejado claro que su Gobierno está en condiciones de garantizar la seguridad del país y de que el tiempo de la tutela norteamericana debe concluir. Ha adornado su discurso de un tinte nacionalista con el que adquirir la legitimidad necesaria para controlar el poder y convertirse en el único interlocutor de los países vecinos. En el futuro, el Gobierno iraquí tendrá en Teherán a su principal interlocutor extranjero y Washington volverá a quedar muy lejos de Irak.

Irán es otro campo en el que las diferencias son evidentes. Escuchar a McCain es comenzar a oír los motores de los aviones que bombardearán Irán con la misión de eliminar su programa nuclear. Obama no descarta la opción militar con el lenguaje estándar de la mayoría de los políticos norteamericanos. El demócrata sí está dispuesto a abandonar la retórica belicista del eje del mal y plantear respuestas políticas, y no sólo militares, a los países hostiles a la influencia de EEUU en Oriente Próximo.

Ese cambio de tendencia puede anularse en cualquier momento. Al final, la mayor garantía que tienen los iraníes de que no serán bombardeados reside en las dificultades logísticas de un ataque y el alto precio que puede suponer en el resto de Oriente Próximo. No importa lo halcón que sea McCain. La realidad es que una invasión de Irán como la de Irak está fuera del alcance del Ejército norteamericano.

Ya en relación a Asia Central, ambos candidatos no defienden posiciones tan distintas en Afganistán. Es probable que el descenso de la presencia militar en Irak conduzca a un incremento de las tropas en la guerra contra los talibanes. En los últimos meses, las opiniones que circulan en las capitales europeas son tan pesimistas que es difícil apreciar en qué medida puede Washington alterar el rumbo de los acontecimientos. Se impone la idea de que es imposible acabar con los talibanes si estos conservan su santuario en Pakistán y si este país continúa dirigido por un Gobierno que en realidad no controla ni a sus militares ni a sus espías. Todo lo demás es retórica.

Más allá del citado comentario de Obama, ¿qué pueden esperar en Jerusalén, Ramala y Gaza de estas elecciones? McCain ya dijo que ese conflicto no está en sus prioridades de inicio de mandato. Es posible que los altos cargos de la era de Clinton que ahora asesoran a Obama le aconsejen implicarse en la búsqueda de una solución.

Pero si no hay una presión efectiva sobre Israel –y nada indica que vaya a haberla con ninguno de los candidatos– se puede concluir que israelíes y palestinos pueden entrar en la futura Presidencia de EEUU abandonando toda esperanza de cambios.

Iñigo Saénz de Ugarte

¿Qué ocurre si el votante cree que todos se han vuelto locos?

29 sep 2008
Compartir: facebook twitter meneame delicious

En estos momentos convulsos en los que la palabra pánico aparece en tantos titulares, no resulta extraño que un reverendo evangelista haya anunciado a sus fieles de Crown Point, una ciudad de Illinois, que votar a Barack Obama es un indicio de sufrir “esquizofrenia moral”.En realidad, se equivoca. Lo que creen los votantes norteamericanos es que todos –políticos, empresarios y financieros– se han vuelto completamente locos.Acostumbrados durante tanto tiempo a escuchar de sus políticos que América, como ellos llaman a Estados Unidos, es el mejor país del planeta, ahora no dan crédito a lo que están viendo. Y por eso, están tremendamente enfurecidos.Es algo que tienen muy presente los miembros de la Cámara de Representantes que han rechazado el plan de rescate de Wall Street. Excepto los que han decidido ya retirarse, todos ellos se juegan el puesto en las elecciones de noviembre, porque la Cámara entera se renueva.Con más razón, Barack Obama y John McCain son conscientes de que no importa ya mucho lo que hayan hecho hasta ahora en la campaña. La victoria en las urnas depende, sobre todo, de lo que ocurra en los 35 días de campaña que aún restan.Sus estrategias no pueden resultar más diferentes. Obama ha apostado por la serenidad, por dejar que sea el sistema el que funcione a través del consenso entre los dos partidos y entre las principales instituciones, la Casa Blanca y el Congreso. El demócrata hizo acto de presencia el viernes en la Casa Blanca, a iniciativa de George Bush. A pesar de sus reticencias ante el plan, no lo descalificó por completo y apoyó los cambios propuestos por los legisladores del Partido Demócrata.Este lunes, en un mitin celebrado en Westminster, Colorado, no se dejó llevar por el pesimismo. Poco después de la votación en la Cámara de Representantes, y tras hablar por teléfono con el secretario del Tesoro y los líderes del Congreso, Obama dijo que confiaba todavía en la aprobación del plan: “La estabilidad de toda nuestra economía está en peligro, así que no nos quedan muchas buenas opciones”.Por el contrario, McCain, fiel a su estilo, ha sido imprevisible y no ha tenido inconveniente en mostrar su ira por todo lo que está ocurriendo. Ha tenido que moverse rápido para intentar que los votantes no se fijen demasiado en algunas revelaciones hechas por los medios de comunicación: por ejemplo, su director de campaña estuvo durante cinco años a sueldo de Fannie Mae y Freddie Mac, los gigantes hipotecarios que se cuentan entre las primeras víctimas de la crisis.Por muy indignado que esté, McCain no puede ocultar que siempre fue un buen aliado de los tiburones de Wall Street que ahora tanto denuesta.En un gesto sin precedentes, McCain suspendió la semana pasada su campaña y viajó a Washington para intervenir en las negociaciones patrocinadas por Bush. En la reunión –otro gesto inesperado– casi no intervino. Cuando vio que no había acuerdo, se fue rápidamente de la Casa Blanca e impidió así cualquier imagen de unidad.Después, sus asesores han extendido la especie de que el acuerdo que hoy se ha votado solo había sido posible gracias a su experiencia parlamentaria y a sus buenos oficios. Sea o no cierto, ahora tendrán que cambiar otra vez de mensaje.En esta época de incertidumbres, el estilo kamikaze de McCain no parece muy recomendable. Sin embargo, medir la temperatura de la furia del votante es uno de los rasgos de un político experimentado en tiempos de crisis. El estilo de frío y razonable estadista que de momento practica Obama sí le está resultando rentable. Los votantes coinciden en que confían más en él que en McCain a la hora de afrontar la situación económica. Le vendría aún mejor que el republicano continúe jugando a la ruleta rusa y que el electorado tema terminar siendo la diana de sus disparos.Iñigo Sáenz de Ugarte