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El mapa del mundo

“En época de mentiras, contar la verdad se convierte en un acto revolucionario” (George Orwell)

Pánico en las urnas

21 sep 2008
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Cuando ni siquiera los expertos más cualificados saben qué demonios ocurre en la economía, es normal que los ciudadanos estén dispuestos a creerse cualquier cosa. Los ejemplos han sido numerosos en EEUU esta semana, y no todos tienen que ver con la implosión de Wall Street.

Este viernes, una ciudad como Nashville, capital del Estado de Tennessee con unos 600.000 habitantes, se quedó practicamente sin gasolina. Se extendió el rumor de que se acabaría en cuestión de horas y los coches comenzaron a formar largas colas ante las estaciones de servicio. Al final del día, tres de cada cuatro gasolineras habían tenido que cerrar por falta de combustible. Y nadie sabía de dónde había partido el rumor.

Tampoco nadie con mando en plaza era consciente de hasta qué punto los mercados financieros estaban contaminados por el virus de la insolvencia. Hubo que esperar a que la Administración de George Bush hiciera público su veredicto el viernes: el Armagedón financiero no era una posibilidad sino el desenlace inevitable de la crisis, a menos que se tomaran decisiones extraordinarias, inauditas sólo unos días antes.

Cuando el secretario del Tesoro norteamericano terminó de informar a los principales senadores de los dos partidos de lo que se avecinaba, el silencio se extendió en la sala. Como si hubieran anunciado la destrucción de la flota en Pearl Harbor. “Cuando juntas a veinte políticos y ninguno hace un chiste ya sabes que algo está pasando”, dijo después el senador demócrata Charles Schumer.

Hay un aspecto singular en esta crisis y es que se produce a sólo 45 días de las elecciones norteamericanas. Los políticos no pueden permitirse el lujo de tener paciencia, de esperar a que las medidas de emergencia surtan efecto para considerar después las consecuencias políticas. En el Congreso, republicanos y demócratas trabajan por forjar una imagen de consenso prestando al Gobierno la ayuda necesaria. Pero en la batalla electoral los candidatos van a tener que hacer algo más que escuchar.

John McCain ha estado a la altura de su imagen de político imprevisible que vive en el filo de la navaja. Sólo él es capaz de presentar una posición y la opuesta con unos pocos días de diferencia. Comenzó la semana diciendo que los fundamentos de la economía de EEUU eran sólidos y la acabó rugiendo contra los errores de Wall Street. Primero criticó que se utilizara el dinero del contribuyente en el rescate de la aseguradora AIG y luego lo apoyó. Anunció que si fuera presidente habría destituido al presidente de la SEC (la comisión que regula el mercado de valores) y cuando le dijeron que eso no era legalmente posible, dijo que al menos exigiría su dimisión.

El candidato republicano ha enarbolado la bandera del populismo con una crítica a “la corrupción de Wall Street” que bien podría haber firmado Fidel Castro. No es de extrañar que la ultraconservadora sección de opinión de The Wall Street Journal no esconda ya su malestar y perplejidad.

En buena medida, la alocada ofensiva de McCain forma parte del teatro electoral. A fin de cuentas, él mismo y otros senadores republicanos promovieron una reforma en 1999 que libró a Wall Street de regulaciones que procedían de los años treinta y que ha tenido las consecuencias que todos conocemos. Ese populismo tiene una larga tradición en la política de EEUU e históricamente le ha funcionado a los conservadores mejor que a los progresistas. Pinta una conspiración en la que participan a diferentes niveles el Gobierno en Washington, Wall Street en Nueva York y las élites progresistas de la costa Este con la intención de esquilmar al sufrido americano medio, temeroso de Dios y de los bancos. El que sea una ficción demagógica no significa que no pueda ser efectiva.

Barack Obama ha preferido ponerse el traje de político responsable y no ha intentado rentabilizar rápidamente en su provecho la hecatombe financiera. No ha hecho públicas una batería de medidas, como sí ha hecho su rival, de las que probablemente se tendría que olvidar al entrar en la Casa Blanca. No se ha apuntado, en definitiva, a la carta populista que tan mal les sirvió en el pasado a Al Gore y John Kerry.

En este duelo de OK Corral que es la campaña, Obama ha preferido apuntar antes que disparar y ahorrar balas hasta que tenga más cerca al contendiente. McCain, por el contrario, ha vaciado varios cargadores disparando a todos los lados con la esperanza de que algún proyectil impacte en el demócrata, aunque sea de rebote.

En principio, la actitud de Obama podría rendirle frutos dentro de unas semanas, siempre que se decida a presentar un mensaje económico que no se base sólo en los grandes principios. Pero nadie se ha hecho rico apostando en favor del sentido común del electorado en tiempos de crisis. A veces los votantes prefieren no pensar y salir corriendo con destino a la primera gasolinera que encuentren abierta.

Iñigo Sáenz de Ugarte

El que no sea implacable lo pagará caro

09 sep 2008
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Acabada la temporada regular (las interminables primarias y su periodo posterior), han llegado por fin los play-off a las elecciones norteamericanas. Como en la NBA, todo lo ocurrido hasta ahora importa poco o nada. El que dude –el que no tenga claro cuál es su estilo, el que no sea implacable al aprovechar las debilidades del rival– lo pagará caro.

Los pronósticos anteriores no valen demasiado porque en realidad la campaña empieza ahora. Es el momento en que mejor se manejan los republicanos. Saben pulsar la tecla sensible del electorado y saben definir a los demócratas en los peores términos posibles. Y no tienen piedad.

Los demócratas son expertos en morir al llegar a la orilla. Sus últimos candidatos (Gore y Kerry) creyeron que ganarían sin sudar la camiseta y sin mancharse las manos en el barro. Para vencer, hay que emplearse a fondo en la defensa sin importar lo que diga el reglamento. El electorado norteamericano es un árbitro muy condescendiente con el juego sucio.

Iñigo Sáenz de Ugarte

McCain, preso de los ultras

07 sep 2008
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En la televisión los micrófonos los carga el diablo. Sobre todo en las pausas publicitarias, cuando la gente cree que están apagados. Hace unos días, Peggy Noonan –columnista de The Wall Street Journal y una de las periodistas conservadoras de más prestigio– comentaba durante los anuncios a un contertulio el rumbo equivocado de la campaña de John McCain, en especial por la elección de Sarah Palin como candidata a la vicepresidencia.

Noonan era pesimista. “Esto se ha acabado”, dijo (aunque luego negó que se refiriera a las opciones de victoria de McCain). Además, estaba casi indignada al haber desplazado Palin a mujeres de más experiencia. “¿La candidata más cualificada? No lo es. Creo que han montado, con perdón, esta gilipollez (political bullshit) por su historia personal”.

La heroica narrativa que los republicanos han comenzado a vender en torno a la figura de Palin, repleta de mentiras e hilarantes exageraciones, demuestra que el último intento de McCain por llegar a la Casa Blanca presenta síntomas de estar zozobrando ahora que empieza el duelo definitivo. El cierre de la convención ha rozado cotas poco habituales de desconexión con la realidad. Los republicanos, que han gobernado EEUU en 28 de los últimos 40 años, incluida la Presidencia de Bush que ahora concluye, se presentan ahora como el partido del cambio.

Ya dijo un consultor, que ha trabajado en el pasado tanto para Bush como para McCain, que la experiencia había sido muy diferente. Participar en la campaña de Bush era como estar destinado en un barco de la Armada. Hacerlo con McCain se parecía más a formar parte de la tripulación de los piratas del Mar Caribe. Se puede abordar un galeón con una espada entre los dientes pero para vencer en unas elecciones se necesita una estrategia algo más sofisticada.

Quizá McCain tenía en la mano una botella de ron cuando optó por Palin de forma inesperada y, sobre todo, improvisada. La gobernadora de Alaska no pasó por el escrutinio que acompaña a este tipo de decisiones. La elección tenía su lógica: era un guiño al sector más conservador del partido, que nunca ha sentido una atracción especial por McCain. En parte ese objetivo está conseguido. Los que rechazan el aborto, los que acusan a la industria cultural de corromper a los jóvenes, los que piensan que el cambio climático es una conspiración ecologista, todos ellos tienen motivos para movilizarse en las urnas.

¿Pero es eso suficiente para ganar unas elecciones?

Esa historia personal de la que sospechaba Noonan estuvo a punto de descarrilar cuando se supo que Bristol, la hija mayor de Palin, de 17 años, estaba embarazada. Viniendo de una familia en la que la madre, como gobernadora, había vetado los programas de educación sexual “explícitos” (sic), la noticia tenía un aroma de triste ironía. El partido que se precia de defender los valores familiares tenía que unirse tras una candidata cuyos valores no habían sido muy efectivos dentro de su hogar.

En las campañas electorales de EEUU, sí pillan antes a un cojo que a un mentiroso. La clave es moverse rápido y llevar la iniciativa. Primero, los republicanos denunciaron que los demócratas y los periodistas se estaban inmiscuyendo en un asunto personal que no les concernía. Ya en la convención procedieron a apurar el cáliz hasta las heces. Nada de avergonzarse. Su mensaje más efectivo parecía ser explotar la imagen de la familia Palin y pasarse en brazos al último bebé de Sarah. Hasta invitaron al futuro marido de Bristol a la fiesta. El mismo McCain fue a recibir al aeropuerto a la familia y saludó al joven con un apretón de manos y una palmada en la espalda.

A fin de cuentas, si un joven está dispuesto a casarse sin necesidad de que le apunten con un rifle y la opción del aborto está desde luego descartada, lo de dejar embarazada a una menor de edad, más que una irresponsabilidad, es un servicio a la nación.

Con la misma convicción con que Palin avisó a sus hijas de que los preservativos son un instrumento del demonio, la gobernadora en Alaska dijo en junio que las tropas norteamericanas en Irak están llevando a cabo “una misión de Dios”, un lenguaje que uno esperaría escuchar en Teherán. En ese mismo acto apuntó que la construcción de un oleoducto en Alaska era “voluntad de Dios”. Lógico, el todopoderoso nunca ha estado a favor de las energías renovables.

Dios y petróleo son banderas que no hay que tomarse a broma. Por ellas han muerto 4.000 soldados norteamericanos en Irak. Los votantes independientes, sin los cuales McCain no puede ganar en las urnas, están más interesados en saber sus propuestas sobre la crisis económica. Si permite que la voz de Palin se escuche más que la suya, si deja que le conviertan en un prisionero de guerra de los sectores ultras, va a lamentar haberse ido hasta Alaska a buscar a su nueva socia.

Iñigo Sáenz de Ugarte

Ilustración: Mikel Jaso

Cuando la guerra salvó a Lincoln

25 ago 2008
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El Norte estaba empantanado en una guerra de desgaste con el Sur, no se había reelegido a un presidente en los 30 años anteriores y, en definitiva, la popularidad de Abraham Lincoln estaba en su nivel más bajo. Hasta sus correligionarios del Partido Republicano preferían otro candidato.

En 1864, Lincoln –uno de los políticos más admirados hoy en EEUU– estaba al borde de la derrota electoral en plena Guerra de Secesión. Si tenía alguna duda, sólo tenía que leer los insultos que le dedicaban sus rivales y los periódicos: déspota, mentiroso, ladrón, bufón, perjuro, tirano… todo eso aparecía en los panfletos de la época.

“La idea de que un hombre así sea presidente de un país como éste es una broma ridícula”, escribió el New York Herald.

Los demócratas estaban dividos entre los dispuestos a continuar la guerra y los favorables a un acuerdo con el Sur. Al final, eligieron a un candidato singular: el general George McClellan, que había sido destituido por Lincoln cuando dirigía el mando militar de las tropas del Norte.

Los periódicos antiLincoln publicaron todo tipo de mentiras. Hasta llegaron a contar que el presidente había pedido a un oficial que entonara una alegre canción… precisamente cuando, acompañado por McClellan, contemplaba desde una ambulancia los campos regados de cadáveres de la batalla de Antietam.

La historia era falsa, pero Lincoln no se dignó a desmentirla: “Si no he dejado claro con mi actuación que eso sólo puede ser una mentira quizá es que la opinión que tengo sobre mi persona esté equivocada”. Pocos políticos actuales dirían algo así.

El culmen de la guerra sucia fue un panfleto escrito por dos periodistas del New York Herald. Describían las ventajas de la mezcla racial para “fortalecer la sociedad” y recomendaba los matrimonios entre blancos y negros, algo inaudito en esos años. También decían, y ahí estaba la intención, que Lincoln y los que rechazaban la esclavitud estaban a favor de esta teoría.

El folleto se extendió como la pólvora. Pero la guerra salvó a Lincoln. En unas semanas todo cambió. Cayó Atlanta, el Sur se batió en retirada y de repente el Norte descubrió que la guerra se podía ganar. Lincoln ganó en las urnas con el 55% de los votos.

Iñigo Sáenz de Ugarte

La pasión de los obamitas

20 jul 2008
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Las campañas electorales norteamericanas son una veta inagotable para los presentadores de los late shows, los programas televisivos de humor que se emiten por la noche. En el caso de John McCain tienen carnaza asegurada con el tema de su edad (71 años) de la que se burlan con implacable regularidad. “En la conferencia de prensa, John McCain se negó ayer a responder a preguntas sobre el Viagra”, contaba hace poco Conan O’Brien. “Quizá porque la mayoría de las preguntas se las hizo su mujer, Cindy: ‘Vamos, deberíamos intentarlo alguna vez, aunque sólo sea una”.

Y así todas las noches. Comentan que las 1.500 páginas del expediente médico del candidato republicano son sólo el prólogo, o que McCain siempre estará preparado para hacer frente a una crisis porque se levanta varias veces por la noche para ir al baño, o que busca un vicepresidente que sepa manejar un desfibrilador, y así todo el rato.

Para hacer carrera en la política de EEUU es muy conveniente gozar de un cierto sentido del humor o al menos tener a alguien que te escriba los chistes con los que arrancar los discursos. Lo primero está al alcance de muy pocos y es útil para capear el temporal cuando vienen mal dadas. El electorado lo valora porque en general en EEUU la gente no siente mucho respeto por los políticos. Salvo en épocas de guerra, no cae bien que los dirigentes políticos se crean los salvadores de la patria. Esa es, por cierto, una de las razones por las que se hablado tanto de guerra por allí en los últimos años.

La polémica de esta semana a cuenta de la portada de The New Yorker (que pinta a Obama como musulmán y a su mujer como una radical negra de los sesenta) ha revelado algo de lo que se había hablado hasta ahora en voz baja. La campaña de Obama tiene muy poco sentido del humor y sus partidarios más acérrimos (que ya tienen nombre, los obamitas), mucho menos.

Hay que admitir que hay algo peligroso en la portada de esta revista símbolo del progresismo de la Costa Este, de todo aquello que es demasiado inteligente y elitista para la América profunda (sí, en EEUU ser demasiado culto en ciertos círculos no está muy bien visto, y en España tampoco).

El dibujo coloca negro sobre blanco los temores de Obama a que más tarde o más temprano se desate una guerra sucia que acabe con sus esperanzas electorales en buena parte del país. Si en el año 2000 llegaron a extender el rumor de que McCain tenía un hijo negro producto de una aventura (sólo porque había adoptado a una niña de Bangladesh), ¿qué no harán con Obama?

Un par de días después de desencadenarse la tormenta de verano, Obama reconoció en televisión lo que debería haber dicho desde el primer momento. La portada no le había gustado, pero no había motivos para escandalizarse contra lo que era sencillamente un ejercicio de libertad de expresión.

La reacción inicial de sus asesores fue muy diferente. Al igual que lo que pasó en España con la portada de El Jueves, se apresuraron a definirla como ofensiva y de mal gusto olvidando que la sátira sólo puede ser efectiva cuando traspasa los límites comúnmente aceptados por la mayoría de la sociedad. Cuando coloca la parte menos presentable de la realidad ante un espejo deformante que termina ofreciendo una imagen casi monstruosa.

La portada pretendía burlarse de todos los reaccionarios que cuestionan el patriotismo de Obama. Al final, los ofendidos resultaron ser los que sufren esos ataques, no los perpetradores.

Eso demuestra, más allá del sentido del humor, que muchos partidarios de Obama, tanto dentro como fuera de EEUU, albergan expectativas exageradas sobre una futura presidencia de su candidato.

Algunos olvidan que el puesto al que aspira el senador de Illinois es el de emperador de un país que cuenta con fuerzas militares en un centenar de naciones. Deberá gestionar una economía que, a través del dólar, está subvencionada por el resto del mundo, y que consume energía con la misma intensidad con la que un alcohólico se agarra a la botella. Y cuenta con una clase política y periodística que cree sin asomo de ironía que la hegemonía norteamericana es el orden natural de las cosas.

Quizá sea suficiente con que la futura Administración norteamericana vuelva a confiar en sus aliados, que no piense que Occidente debe estar embarcado en una cruzada interminable contra el mundo islámico y que no apueste por la guerra como el modo más efectivo de hacer frente a los adversarios.

Después del fiasco de la presidencia de Bush, cualquier político, casi hasta McCain, parece Alejandro Magno en la comparación. Eso no justifica aspirar a que un presidente Obama sea una mezcla de Kofi Annan y la madre Teresa de Calcuta. Nos conformamos con que no tenga los modales de Gengis Khan.

Iñigo Sáenz de Ugarte

No se olviden del número cuatro

29 jun 2008
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Las conferencias de prensa de los entrenadores después de un partido raramente son ejemplos de elocuencia. Los periodistas no se alejan del manual y sus interlocutores ofrecen las respuestas prefabricadas de costumbre. Pero a veces sí hay momentos reveladores.

Cuando EEUU perdió la semifinal del Mundial de Baloncesto de Japón ante Grecia, el entrenador Mike Krzyzewski hizo una rápida descripción de los méritos del equipo contrario: “Creo que el número cuatro estuvo espectacular en la primera parte, el número siete fue espectacular en la segunda, y el número quince consiguió canastas increíbles al final de cada posesión en la segunda parte”.

¿El número cuatro? Es toda una ventaja que los deportistas lleven un número impreso en la camiseta, pero ¿no se supone que un entrenador debe conocer al equipo contrario? Si no conoces de verdad al adversario, ¿cómo puedes derrotarlo?, se preguntaban algunos periodistas norteamericanos después del partido. Con razón dijo el jugador Shawn Battier que no tenían respuestas para el juego que ofrecieron los griegos. La arrogancia y la ignorancia son indistinguibles en muchas situaciones.

Lo que vale para el baloncesto vale también para la guerra y otras formás más pacíficas de relaciones internacionales. La simple demostración de fuerza bruta y de calidad pueden llevarte muy lejos, sea con un mate de LeBron James o con una ofensiva de la 82 División Aerotransportada. Pero al final el contrario siempre juega, siempre tiene la opción de hacer su movimiento. Y no utilizará las armas favoritas del rival, sino que buscará una estrategia que maximice sus puntos fuertes y se aproveche de la vulnerabilidad del enemigo.

Invadir Irak con la premisa de que las tropas iban a ser recibidas como libertadores y que los iraquíes aceptarían de buena gana ser colonizados durante un tiempo para que el nuevo país fuera remodelado y convertirse así en el 51 Estado de la Unión ha tenido consecuencias más graves que no saber atacar una defensa zonal o desconocer que Papaloukas (sí, el de la camiseta con el número cuatro) era el mejor base de Europa.

Desde entonces, el prestigio de EEUU se ha desmoronado por todo el mundo, y eso incluye también a sus aliados. Es difícil reprochárselo. El concepto de “coalition of the willing” (coalición de los voluntarios) suponía un desprecio absoluto por las instituciones internacionales de las que forman parte los países occidentales.

La idea de tener aliados se convirtió en un simple detalle funcional. Más parecían siervos cuando Rumsfeld alardeaba de que en el futuro EEUU escogería a sus socios en función de las circunstancias, del país amenazado o del nivel militar de los soldados extranjeros. Washington impondría las reglas del juego y los demás se conformarían con estar en el banquillo hasta que les avisaran de que podían saltar a la cancha durante unos minutos.

Todo ese proyecto imperial se ha hecho cenizas, lo que no quiere decir que a partir de ahora EEUU vaya a tener una política exterior similar a la de Suecia. Muchas cosas van a cambiar cuando el futuro inquilino de la Casa Blanca jure su cargo. Es difícil deducir qué tipo de presidente serán Obama o McCain utilizando como argumento sus promesas de campaña. La retórica nacionalista y el deseo de satisfacer los más bajos instintos de los votantes son habitualmente malos consejeros.

Obama ha hecho saber a sus asesores que no quiere que la política del miedo sea la base de la relación de EEUU con el mundo. McCain juega el papel del clásico halcón, pero ha demostrado que no quiere dinamitar la existencia de Naciones Unidas ni ve a los aliados como simples súbditos. En el tema del cambio climático, el senador de Arizona ha superado la etapa de negación de la realidad que ha caracterizado a la Administración de Bush.

La visión unilateral de la política exterior ha sufrido claras derrotas en los últimos años. EEUU parece consciente de que necesita a los demás en varios frentes políticos y militares. En la guerra de Afganistán, la reconstrucción de Irak o la crisis económica internacional, Washington no tiene todas las respuestas ni los medios necesarios para afrontar solo esos problemas.

La difusión del informe norcoreano sobre su programa nuclear y la simbólica demolición de la torre de refrigeración de su mayor central nuclear, ocurridos esta semana, son triunfos de la diplomacia y, como tales, pequeños pasos adelante alejados del concepto de victoria definitiva sobre el mal manejado con tanta frecuencia como irresponsabilidad por los neocon. Ésa es la materia prima de las relaciones internacionales. Conocer tus limitaciones puede ser más efectivo que la demostración permanente de tu fuerza.

La derrota aviva el ingenio de las mentes lúcidas. Al presentar los nombres de la selección norteamericana que competirá en los Juegos Olímpicos de Pekín, Mike Krzyzewski no se dejó abrumar por el brillo de las estrellas. Continúan siendo los mejores jugadores del mundo y ahora quieren demostrar que también pueden ser el mejor equipo. No habrá medalla de oro, dijo Krzyzewski, a menos que mostremos el respeto debido a este deporte y al resto del mundo. Los políticos pueden tomar nota.

Iñigo Sáenz de Ugarte

McCain y Obama, se avecina el choque

02 jun 2008
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Los dos han tenido que deshacerse de sus respectivos moscardones religiosos. No es fácil en un país donde hay un telepredicador en cada esquina. Barack Obama, incluso, ha roto con su Iglesia por exaltar el Poder Negro. A ambos les hará perder votos esta decisión pero seguirán adelante sin estar trabados por las injerencias religiosas. El fundamentalismo cristiano, tan perjudicial como el islamista, era una carga para los dos candidatos.

Barack Hussein Obama se ve sospechoso por su middle name musulmán de tan malos recuerdos del 11-S. Por su lado, John McCain se ha exhibido demasiado con los israelíes y ha hecho declaraciones poco pacíficas con relación al mundo islámico. Quiere mostrar su faceta de war president, lo que ha obsesionado a Bush hasta el punto de meter al Ejército en un avispero y al país en recesión. Reta a Obama a que visite Irak como ha hecho él. Su experiencia militar tendría más valor para el electorado si no fuese por el seguidismo que hace de Bush cuando más de medio EEUU quiere saber cuándo volverán a casa sus muchachos. Interpreta mal los silencios de Obama tanto en el tema de Irak como de Irán.

En el de Cuba se han señalado los dos; el demócrata quiere diálogo con los Castro y el republicano quiere arrastrarlos ante la justicia estadounidense como si estuviese en tiempos de Theodore Roosevelt. Obama retrasa el momento en que tendrá que retratarse y explicar cuál es su calendario de retirada de Irak.

Enrique Meneses

Barack Obama y Cuba

27 may 2008
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John McCain cada vez se parece más a Bush, aunque se oponga a la tortura por haberla padecido en Vietnam. Por lo demás, no prevé retirar las tropas americanas de Irak ni intentar la vía diplomática con Irán o con Hamás para romper el impasse de Oriente Medio. Sin embargo, como señala Barbara Probst Solomon (El País, 25 mayo) McCain propuso en su día hablar con Hamás. El gobierno israelí de Ehud Olmert está llevando a cabo interesantes contactos con Siria a través de Turquía.

Barack Obama está rompiendo con muchos tabúes en política internacional (que en el caso de Cuba, es casi política nacional). McCain, abiertamente, ha querido enfervorizar al exilio cubano de Florida prometiendo llevar ante los tribunales a los hermanos Castro. La respuesta de La Habana, además de una gran carcajada, ha sido atacar al candidato republicano y a Hillary Clinton, uno de los dos demócratas que compiten en unas primarias, prácticamente ganadas por Barack Obama. Cuba no lo ataca. Este, sabiendo donde se metía, se dirigió a los cubanos de Florida asegurando que hablaría con Raúl Castro, facilitaría viajes y el envío de dinero a La Habana.

Es una manera de rebajar, el embargo que, durante casi medio siglo ha servido a Fidel para consolidar su régimen. Obama ha suavizado su declaración afirmando que sus conversaciones con el líder cubano se llevarían a cabo con participación de los cubanos del exilio, muchos de ellos, menos exaltados que sus padres y abuelos y con familias mixtas.

Enrique Meneses

Los comunistas que EEUU quiere

19 may 2008
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Anastasio Somoza era “nuestro hijo de puta”, para Henry Kissinger. Tuvieron más: Trujillo, Stroessner, Pinochet, Noriega, Videla… El comunismo ha sido la obsesión americana desde que los soviéticos sólo se detuvieron en Berlín, después de la Segunda Guerra Mundial. Washington aprovechó un incidente menor en Vietnam para meterse en una guerra que les costó 55.000 hombres. Sostuvieron un Gobierno marioneta hasta que abandonaron el país en helicóptero desde la Embajada de EE.UU.. El comunismo chino, obtuvo los favores comerciales de Nixon y se han mantenido imperturbables desde entonces. Concluida la guerra de Vietnam, se inició una relación turística y comercial entre los americanos y los vietnamitas, pese al coste que estos soportaron con un millón de muertos.

China, Vietnam, Corea del Norte siguen siendo comunistas pero con los dos primeros, los presidentes estadounidenses se comportan amistosamente, hacen sus negocios y no se meten a cambiar el régimen. Con Corea del Norte, las conversaciones han ablandado las relaciones con EE.UU. y Corea del Sur. La pregunta es: ¿Por qué a Cuba no se le ha dado el mismo trato que a los tres países comunistas de Asia? ¿Es Cuba una amenaza para los Estados Unidos? ¿Se han intentado mejorar las relaciones, aunque la colonia cubano-americana sea decisiva en las elecciones de Florida? Quizá podría aguar el embargo, ello obligaría a Raúl a acelerar los cambios y mejorar las condiciones de vida del país. Como Vietnam o China.

Enrique Meneses

Ciegos, sordos y mudos

18 may 2008
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Quién iba a decirlo. El 64% de los israelíes está a favor de una política de apaciguamiento de los terroristas similar a la que en los años 30 tan mal resultado le dio al primer ministro británico, Neville Chamberlain, en sus fracasados contactos con Hitler. Y no están solos. A ellos hay que sumarles un ex jefe del Mossad, un ex ministro de Exteriores y otros políticos y funcionarios que han tenido mucho que ver en los procesos de paz de los últimos quince años, reales o simulados.

¿Judíos comparados con los que contemporizaron con el ascenso del nazismo? ¿Dónde está la estupidez que desencadena el símil? Evidentemente, en la mente de George Bush y en la de todos aquellos que ignoran las lecciones del pasado y creen que el diálogo es sinónimo de rendición.

Ese 64% es el porcentaje de israelíes que se muestran favorables a que su Gobierno tenga negociaciones directas con el Gobierno de Gaza dirigido por Hamás, según un sondeo publicado por Haaretz. Casi la mitad de los votantes del derechista Likud comparte esa posición. Cómplices de los terroristas, dirían los corifeos de la mano dura.

Tuvo que ser en el Parlamento israelí donde Bush lanzó sus invectivas, probablemente dirigidas contra Barack Obama y su disposición a dialogar con los Gobiernos que la Casa Blanca asignó al llamado eje del mal. “Algunos parecen creer que deberíamos negociar con terroristas, como si algunos argumentos ingeniosos les podrían convencer de que han estado equivocados”, dijo el presidente de EEUU. “Hemos oído antes esas ilusiones estúpidas”, continuó más tarde refiriéndose a los acontecimientos de los años 30. “Tenemos la obligación de definirlas como lo que son: la falsa tranquilidad que da el apaciguamiento, que ha sido varias veces desacreditado por la historia”.

Bajo el apelativo de terroristas, caben Hamás, Hizbolá o los gobiernos de Siria o Irán. También Cuba y en algunas épocas del año Venezuela. Varios Estados de Oriente Próximo tienen currículos casi tan tenebrosos que los antes mencionados, pero no aparecen en esa lista porque son aliados de EEUU. Sus crímenes son perdonados porque aceptan la hegemonía norteamericana en la zona. Sus cámaras de torturas no son denunciadas porque a fin de cuentas han sido de utilidad a la CIA como destino de los presuntos miembros de Al Qaeda a los que había que exprimir sin dejar huellas.

No falla. Cuando los neocon se quedan sin argumentos o intuyen que los fracasos han acabado con su credibilidad sacan a pasear la bandera de Hitler y los nazis. El número de ‘Hitlers’ no deja de crecer con cada nueva crisis. El truco consiste en ocultar tu ignorancia bajo un manto de firmeza, en comparar la diplomacia con una forma refinada de cobardía. Algunos de ellos son terriblemente consecuentes. Ya estaban contra las negociaciones con el enemigo cuando Nixon y Reagan firmaban acuerdos con la URSS. Hay gente que no deja que la historia le roce.

De lo que no habló Bush en la Knesset fue del proceso de Annapolis y de su promesa de empeñar prestigio y esfuerzos en conseguir un acuerdo de paz entre israelíes y palestinos en un año. Seis meses después de otra fotografía inevitablemente definida como histórica, estamos como entonces. Dos gobernantes ineptos como Olmert y Abás son incapaces de dar un solo paso hacia adelante.

Los que piensan que esta actitud desaparecerá con la salida de Bush de la Casa Blanca se equivocan. La Unión Europea ha jugado el papel de la clac que aplaude todos los mensajes de Washington. Los gobiernos europeos, incluido el español, tampoco mantienen contactos con Hamás hasta que cumpla una serie de condiciones. Evidentemente, si los integristas dieran ese paso ya habría muy poco de qué hablar con ellos.

Siempre se ha dicho que la paz se firma con los enemigos, no con los aliados. Ahora parece que el remedio mágico para conseguir la paz consiste en obligar a los enemigos a rendirse y luego ya se verá qué premio reciben. ¿Otro proceso como el de Annapolis en el que sus protagonistas, en especial Israel, no sufren ninguna presión para hacerlo avanzar? Eso es sólo un incentivo para el estancamiento y ése es precisamente el resultado con el que se tiene que conformar la UE por inclinarse ante los dictados de la Casa Blanca.

Palestina no es el único lugar en que la intransigencia y el desprecio de la diplomacia bloquean cualquier avance. Por buscar otro ejemplo, mucha gente se sorprenderá al saber que una encuesta de la Universidad de Florida revela que el 65% de los cubanoamericanos del condado de Miami apoyaba el año pasado la apertura de negociaciones con el Gobierno de Cuba. Después de décadas de enfrentamiento, muchos de ellos han descubierto que pegarse golpes en el pecho es tan inteligente como escupir hacia arriba.

Ciegos, sordos y mudos. Así nos quieren los que nos lanzan las acusaciones de apaciguamiento. El rearme, la militarización de la sociedad y la promesa de aniquilar al adversario fueron algunos de los mensajes más publicitados por los nazis en su carrera hacia el poder absoluto. Si hubiera que buscar estúpidos símiles históricos en la actualidad, ya sabríamos dónde hacerlo.

Iñigo Sáenz de Ugarte