Carlos Enrique Bayo
Washington considera que el Sahel es el nuevo escenario de la “guerra contra el terror” de Al Qaeda y por ello dedicó el año pasado más de 100 millones de dólares en reforzar los ejércitos y los servicios secretos de diez países de la zona. Pero la realidad es que esa inmensa extensión desértica (el norte de Malí es mucho mayor que España y sólo cuenta con un millón de habitantes) tiene muy poco que ver con los reductos montañosos de Tora Bora o el fanatismo integrista de Waziristán.
Pese a la tremenda pobreza que padece, la región nunca fue terreno fértil para el extremismo religioso que alimenta el islamismo, sino que se ha ceñido a la moderada rama sufí del islam. Incluso hoy, cuando crece el fundamentalismo, la mayoría de la población condena la violencia yihadista, y hasta el Pentágono reconoce que ni llega a la zona financiación de Al Qaeda, ni desde allí se envían fondos para los talibanes.
Todo indica que los secuestradores de occidentales son meras bandas armadas irregulares que usan símbolos y proclamas salafistas para justificar una actividad de puro bandolerismo, que fructifica en el caótico abandono de las remotas fronteras que siempre prosperaron en el contrabando, el tráfico de drogas y el crimen organizado. Por eso, los que capturan rehenes suelen acabar conformándose con el rescate en efectivo, olvidándose en cuanto cobran de sus habituales demandas iniciales de liberación de terroristas presos en Argelia o de retirada de las tropas extranjeras de Afganistán.
Las tribus del Sahel ya sufren demasiadas penurias como para guiarse por ideologías.
Cierto nivel de secretismo es casi inevitable en la diplomacia. Lo malo es cuando la cautela se convierte en un cerrojazo completo y no ya los ciudadanos sino hasta algunos ministerios no se enteran de que España está a punto de dar un paso decisivo. Por no hablar de nuestros aliados europeos y de EEUU. A estos últimos sólo les queda leer los periódicos.
Hace sólo dos semanas, el ministro Moratinos dijo que no había llegado el momento de reducir el número de tropas en Kosovo. Había que mantenerlas porque estaban llevando a cabo “un papel satisfactorio”. Se ve que hasta los conflictos más enconados pueden solucionarse por arte de magia en 15 días. Al anunciar la inminente retirada de las tropas españolas de Kosovo, la ministra de Chacón dio la misión por finalizada: “Los objetivos de la misión están cumplidos, habéis traído paz y estabilidad a esta parte del mundo”.
España ha dejado a sus aliados literalmente colgados de la brocha. Al bajar la vista, han visto cómo Chacón se alejaba con la escalera. Si España cree que ya no queda nada por hacer en Kosovo, ¿a qué se dedicarán los militares de otros países que no han dado muestras de estar a punto de hacer el petate?
La decisión del Gobierno de Zapatero no es absurda ni caprichosa. Habrá quien piense que llega un año tarde porque era casi inevitable desde el momento en que la mayoría de los países de la UE decidió reconocer la independencia de Kosovo, proclamada de forma unilateral. Pero por entonces los ministerios de Defensa y Exteriores prefierieron enterrar las discrepancias con los aliados. 22 de los 27 estados de la UE aceptaron a la nueva Kosovo. Nadie podía obligar a España a dar ese paso y por tanto nadie le habría reprochado que abandonara una misión que había cobrado ya un cariz completamente diferente.
La versión oficial consistía en afirmar que las tropas de nuestro país se encontraban allí para colaborar en la reconstrucción de Kosovo, olvidando que la reconstrucción pasaba desde ese momento por la independencia. Al menos, así lo veían los kosovares. Cualquier avance de la situación política y económica de la antigua provincia serbia sólo podía redundar en un reforzamiento de la independencia.
España estaba defendiendo en la práctica la soberanía de un país cuya independencia no había reconocido.
La paradoja pasaba a ser paranoia por la influencia de Kosovo en el siempre taquicárdico debate sobre nacionalismos habitual en España. Casi desde el primer momento voló sobre el ambiente el peligro de este “precedente”. ¿Precedente? No creo que Catalunya y Euskadi hayan pasado por una guerra en los noventa, hayan sido ocupadas por fuerzas de la OTAN, tengan el apoyo de EEUU y lo hayan correspondido albergando una de las prisiones secretas de la CIA. La vía kosovar hacia la independencia pone el listón demasiado alto.
Las primeras reacciones de los aliados demuestran que han sido cogidos por sorpresa por la decisión española. Ahora tocará el masaje diplomático de costumbre para atenuar los daños a la relación con Washington, precisamente ahora que comenzaba una nueva era.
Ha sido un portavoz del Departamento de Estado el que ha dado la respuesta más furibunda. La versión oficial de que todos habían sido avisados resulta poco creíble. Es la primera vez que la Administración de Obama tiene que reconvenir en público a un aliado, y además sobre un asunto que no está en sus prioridades.
La política exterior no es un campo propicio para las ocurrencias o las noticias inesperadas. Hay tantos aliados implicados que conviene tener claros los intereses, marcar los límites de hasta dónde se puede llegar y mantener las líneas de comunicación siempre abiertas. Ser previsible está bien visto en las relaciones internacionales.
Iñigo Sáenz de Ugarte
Cuando comenzaron las primarias presidenciales del Partido Republicano, existía un asunto que perjudicaba claramente las opciones de John McCain: la inmigración. El senador de Arizona había promovido en el Senado un proyecto de ley, apoyado por la Casa Blanca, que permitía la regularización masiva de inmigrantes sin papeles y el blindaje de la frontera con México. El resto de los candidatos, quizá con la excepción de Huckabee, eran miembros de la cofradía de la mano dura, en teoría más en sintonía con las preocupaciones de la base conservadora.
Puede que el melting pot (crisol de culturas) sea uno de los rasgos más característicos de EEUU desde su nacimiento, pero también es cierto que la corriente antiinmigratoria es casi tan antigua como la mezcla de culturas, idiomas y nacionalidades que formaron ese país. Cada oleada migratoria, creyó que tenía derechos adquiridos sobre los recién llegados. Los irlandeses estaban en la escala social más baja –ligeramente por encima de la población de raza negra– hasta que se hicieron fuertes en algunas ciudades. La maquinaria política conocida como Tammany Hall dominó los empleos municipales y las urnas de Nueva York durante 80 años. Los marginados pasaron a ser marginadores.
Las tensiones fueron por tanto inevitables, como lo suelen ser en todos los países que reciben un alto número de trabajadores extranjeros. Actualmente, la población latina ha cambiado el paisaje cultural y demográfico incluso de zonas en que hasta hace diez años nadie había oído hablar español. Por cierto, algo de lo que se alegró enormemente Aznar en su momento y que utilizó para valorar con desprecio a la cultura francesa, símbolo de lo que él llamo “culturas que están siendo derrotadas” porque sus lenguas no son “expansivas”.
Esa “universalización y globalización” a las que Aznar dijo no tener miedo se ven de forma diferente en Europa cuando se pretende alcanzar el poder a cualquier precio.
Lo que marroquíes, ecuatorianos y rumanos intentan conseguir en España (las oportunidades laborales que no tienen en su país) es lo mismo que buscan en EEUU los mexicanos y centroamericanos. Las similitudes son inconfundibles, pero hay diferencias reveladoras en la respuesta de los políticos.
Los heraldos de la restricción a la inmigración han fracasado en las primarias republicanas. McCain será el candidato de su partido, entre otras cosas porque tiene la suerte de vivir en EEUU. En España, no habría tenido mucho futuro si hubiera militado en las filas del Partido Popular.
“Aquí no puede entrar todo el mundo porque no cabemos” –oído hace unos días en boca de Mariano Rajoy y utilizado en la propaganda electoral de los nacionalistas catalanes de CiU– es uno de esos mensajes xenófobos de rancia solera.
Se utilizó contra los irlandeses en Nueva York hasta que estos últimos lo reciclaron en su beneficio años después. Es al mismo tiempo el mensaje aireado en toda Europa por los partidos de corte populista o ultraconservador. El discurso xenófobo da votos, o eso creen sus autores, en épocas de incertidumbre económica o en aquellos barrios donde la población de piel oscura se pasea por zonas urbanas que antes –por decirlo de forma brutal– eran racialmente homogéneas.
La respuesta reaccionaria al desafío que supone la inmigración tiende a repetirse. Consiste en exagerar su impacto en los servicios sociales –sobre todo, desde posiciones políticas que tienen más interés en reducir los impuestos que en invertir en esos servicios– y negarse a reconocer la aportación positiva de los inmigrantes en varios apartados económicos.
La novedad en España es que se está haciendo publicidad de un modelo de integración social que ha fracasado y que no es otro que Francia. El PP intenta copiar el éxito electoral de Nicolas Sarkozy, su lenguaje y sus más conocidas iniciativas, incluidas algunas como el contrato de integración de las que el presidente francés se olvidó una vez que llegó al Elíseo.
Durante décadas, los franceses han presumido de su igualdad republicana basada en una serie de valores ciudadanos. Esa retórica era lo único que llegaba a los suburbios deprimidos en los que los hijos y nietos de los primeros inmigrantes pronto descubrieron que el ascensor social no funcionaba para ellos. El Estado francés sólo parecía ofrecerles la marginación.
Si la inmigración no ha sido hasta ahora un problema grave en España, es porque hemos sido más norteamericanos que franceses. Los Gobiernos han aceptado el principio de las regularizaciones periódicas. Las ciudades no se han visto rodeadas por un cinturón de guetos marginados. Los políticos no han labrado carreras brillantes gracias a una reputación xenófoba o racista. Algunos quieren que esto cambie. Su gran baza es que, desgraciadamente, en el PP no hay un McCain español, un político de derechas que no utilice las palabras invasión o pesadilla al referirse a los inmigrantes. Quizá los extranjeros no serán los únicos en lamentarlo.
Iñigo Sáenz de Ugarte
Antes de empezar a hacer chistes, admitamos una realidad. La imagen que el cine de Hollywood da de los árabes es deplorable. En el mejor de los casos, aparecen como un pueblo retrasado, inculto y exótico. ¿En el mejor? Sí, porque en el peor de los casos, son sólo unos terroristas que te arrancarán la cabeza a la menor oportunidad. Por eso, no es tan hilarante como parece la noticia de que una de las iniciativas que han surgido del I Foro de la Alianza de las Civilizaciones es un fondo de 100 millones de dólares para que se hagan películas que combatan esos estereotipos.
Lo que resulta descorazonador es que la cita de Madrid haya renunciado a enviar un mensaje claro y rotundo a favor de la libertad, en especial la libertad de expresión, y los derechos humanos. Por razones obviamente diferentes, tanto la Administración norteamericana como los impulsores de la Alianza de las Civilizaciones no consideran que sea una prioridad defender el derecho de los ciudadanos de las sociedades islámicas a decidir su propio futuro.
No se monta un encuentro internacional con varios jefes de Gobierno y se crea una nueva estructura burocrática bajo el paraguas de Naciones Unidas simplemente para negar las tesis del choque de civilizaciones ni para impedir una futura guerra en Oriente Próximo. Lo primero ya se dilucida en el mundo académico y en los medios de comunicación. De lo segundo, ya se han ocupado los norteamericanos con su desastrosa ocupación de Irak con la inestimable ayuda de la insurgencia iraquí.
La idea, supongo, era crear un diálogo permanente en las dos direcciones que no se basara en la dominación, sino en el respeto. Que sirviera como defensa de las libertades frente a la intolerancia de los que sólo respetan una idea o una religión y desprecian a todas las demás.
Se suponía que los reunidos en el Foro de la Alianza iban a “explorar formas de afrontar el riesgo que para la paz y la seguridad internacionales representa la creciente polarización entre naciones y culturas de todo el mundo” y “estudiar el desarrollo de nuevas vías para el entendimiento multicultural a escala global”. Y no hay mayor riesgo para la paz y la seguridad que utilizar la amenaza del terrorismo de Al Qaeda para recortar o simplemente suprimir las libertades. Como se ha dicho tantas veces en España, no hay paz sin libertad.
Desde noviembre de 2006, Kareem Amer cumple en una prisión egipcia una condena de cuatro años por insultar a la religión y difamar al presidente, Hosni Mubarak. Kareem no es un extremista radical. Es sólo un joven egipcio de 23 años que criticó en su blog el autoritarismo del régimen de Mubarak y la intransigencia de las instituciones religiosas.
Fouad Ahmed al-Farhan, un blogger de 32 años, fue detenido el pasado 10 de diciembre por la Policía saudí sin que hasta hoy se sepa nada de las acusaciones que hay contra él. Su delito es similar al de Kareem. Escribía en una web de ideas reformistas donde criticaba a personalidades políticas y religiosas.
Reporteros sin Fronteras y el Comité para la Protección de los Periodistas escribieron a Bush y Sarkozy para que se interesaran por estos dos casos en sus recientes giras por Oriente Próximo. No consta que lo hayan hecho, quizá porque estaban muy ocupados en vender armas y alertar a sus interlocutores sobre el peligro que supone Irán. No tienen tiempo para los pobres desgraciados que defienden la libertad sin escoltas y a pecho descubierto.
Algunos creían que la Alianza de las Civilizaciones serviría para romper esa lógica perversa que dicta que los intereses de los países occidentales impiden reclamar a los Gobiernos de Oriente Próximo la protección de los derechos humanos. Se suponía que no estábamos metidos en eso con la intención de conseguir suculentos contratos comerciales con esos países o de formular las tradicionales y vacías relaciones de amistad.
Recibir con alfombra roja al libio Gadafi o al saudí Abdalá, como se ha hecho en Londres, París y Madrid, envía un desolador mensaje a las sociedades árabes. Significa que no tenemos ningún inconveniente en hacer negocios con dictadores y sátrapas, con Gobiernos que encarcelan a jóvenes por expresar opiniones y que niegan a las mujeres sus derechos políticos.
Lo cierto es que no tenemos nada en común con gobiernos que ejercen de subcontratistas de la tortura acogiendo a los presos que la CIA quiere interrogar sin mancharse las manos. Debemos mantener con ellos relaciones civilizadas, pero ellos no representan a ninguna civilización diferente con la que debamos convivir. No es que sus valores no sean los nuestros, es que ni siquiera definen a sus propios ciudadanos.
El silencio de la reunión de Madrid es una forma de decir a gente como Kareem Amer que en el diálogo que promovemos no tienen derecho a participar los valientes que luchan por la libertad.
Iñigo Sáenz de Ugarte
“La razonada respuesta” del rey Juan Carlos al presidente Hugo Chávez, según The Economist, sigue alimentando las páginas de los medios anglosajones. “Chavez ha elegido quizá el objetivo equivocado. España y su monarca son populares en Latinoamérica”, advierte el prestigioso semanario británico.
En tono más irónico, The Guardian brinda “un saludo” al jefe del Estado español por “su regía grosería”, aunque no le concede ”la corona” como el “más grosero representante de la realeza”. Tras citar una serie de salidas fuera de tono de miembros de la familia real británica, el autor de la columna, Stephen Moss, calcula que tal honor corresponde al Príncipe Felipe, duque de Edimburgo. De acuerdo con el columnista, el marido de Isabel II llamó en alguna ocasión “barrigones” a los húngaros, “ojos rasgados” a los chinos y preguntó a aborígenes australianos si “todavía lanzan flechas”. “Es un hombre que parece que no se ha dado cuenta de que la revolucion francesa sucedió”, concluye.
Pero nada encanta a los medios tanto como “el smash hit” del Why don´t you shut up, versión inglesa del arrebato de cólera de Don Juan Carlos. “Un clásico instantáneo en España”, adelantó en Thomas Catan en The Times a los dos días del incidente. “No pudo imaginar que su abuso del protocolo diplomático se convertiría en un mega éxito”, señaló después Paul Hamilos, nuevo corresponsal en Madrid de The Guardian.
Unos y otros calculan que se han colgado en You Tube y sitios similares de Internet 700 vídeos de las palabras del rey, en versión original, traducciones literales o adaptaciones sarcásticas. “Es una violación del derecho (del rey) a proteger su imagen”, advierte Hamilos citando a un experto en la materia.
La BBC también ha entrado a saco en el foro. En su servicio digital afirma que medio millón de usuarios ha cargado la sintonía en sus móviles, generando un negocio estimado en 1.5 millones de euros. La noticia saltó ayer del ente estatal británico a The New York Times en un titular redondo: De Rey de todos los españoles a rey de la web.
Lourdes Gómez, Londres.
Dicen que las relaciones entre Chávez y Lula son complicadas. A fin de cuentas, ambos compiten con estilos muy distintos por el liderazgo de la izquierda latinoamericana. Pero no consta en ningún lado que el presidente brasileño haya mandado callar a Chávez ni que lo considere un personaje paranoico y peligroso al que sólo se puede tratar a golpe de amenazas. Ése es el tratamiento que recibe el mandatario venezolano en la prensa norteamericana y española en los últimos tiempos, y bien que le gusta eso a Chávez, que así puede presentarse ante sus votantes como alguien cuya importancia trasciende las fronteras del país. Evidentemente, Lula sabe algo que nosotros desconocemos en España.
Hugo Chávez adapta al juego político algunas de las enseñanzas de las artes marciales, sobre todo aquella que recomienda utilizar la fuerza que aplica el adversario para derribarle. Cuanta más presión recibe, más a gusto se siente. Ha labrado toda su carrera política en la idea de que su figura resulta indispensable para hacer frente a los enemigos del pueblo. Gracias al petróleo y a la mala salud de Fidel Castro, ha alcanzado un estatus de símbolo al que no va a renunciar.
Eso incluye a esas piezas de teatro que han dado en llamarse cumbres iberoamericanas. Cuando los presidentes y jefes de Gobierno se reúnen lo primero que toca es ponerse la máscara de la hermandad. Deudas y pendencias quedan en la puerta y sólo se acepta hacer gala de las cosas que nos unen. Si hay malas caras, siempre está a mano el rey para dar unas palmaditas en la espalda y resolver algún entuerto que se resiste. En este contexto, resolver significa aplazar.
La cumbre de Chile demostró que las normas de etiqueta han quedado obsoletas. Aunque la gresca del último día acaparó toda la atención, antes se había producido otro incidente significativo. La mediación española creía haber conseguido que el conflicto que mantienen Argentina y Uruguay sobre la papelera Botnia pasara de largo. Gran error. Los uruguayos dieron una bofetada a todos haciendo saber que la polémica planta contaba ya con todas las bendiciones oficiales. Kirchner tiene mucho genio, pero se lo tragó. Otros no disfrutan de tanta paciencia.
Un grupo de países, encabezado por Venezuela, quiere cambiar el estilo de estas reuniones y aprovechar el eco periodístico que puedan generar. Ya no aceptan que los actos giren en torno a España y al país anfitrión. Si tiene algún sentido mantener este tipo de citas, piensan, es para lanzar un mensaje directo y agresivo que sacuda las conciencias. Están en una batalla ideológica y no renuncian a ningún foro.
El discurso paternalista de la madre patria está amortizado. En un genial chiste de Daniel Paz y Rudi en el diario argentino Página 12, se ve a un asesor que le dice a Chávez: “Parece que la corona española está muy enojada”. “¿Por?”, pregunta el venezolano. “Pide que le devolvamos todos los espejitos de colores que nos dieron hace 500 años”.
Todo el mundo tiene derecho a recuperar agravios anteriores. Es cierto que hay una tradición victimista en América Latina, muy rentable para ganar votos y muy poco efectiva para construir el futuro. También sabemos que hay presidentes que desconocen el significado de la palabra ‘vergüenza’. Un caso evidente es el de Daniel Ortega, feroz crítico de las empresas españolas en la cumbre que, tras volver a Nicaragua, pacta con la Iglesia católica para ilegalizar el aborto y condenar a muerte a las mujeres que tendrán que ponerse en manos de un carnicero. Las fuerzas reaccionarias del continente quieren más líderes como Ortega, gente de gesto altivo en las reuniones con España y que agacha la cabeza cuando vuelve a casa.
Resulta mucho más peligroso ignorar el presente. O el pasado no tan lejano. Políticos y periodistas españoles añoran esas cumbres iberoamericanas de hace diez años donde existía ese ambiente de familiaridad. De hecho, un vistazo a la foto oficial te hacía pensar que estabas viendo una cumbre de la Unión Europea. ¿Por qué? Muy sencillo. Todos eran blancos.
Algunos de esos líderes tenían un cartel inmejorable en nuestro país. Y entre todos ellos, pocos destacaban tanto como Carlos Andrés Pérez. En sus visitas a España, era posible oír un clamor: ojalá todos los políticos de allí fueran como Pérez. Socialdemócrata, culto, elegante… lo tenía todo. Mientras aquí nos inclinábamos ante tanta brillantez, en Venezuela la segunda presidencia de CAP administraba un reinado de corrupción, alentado por el petróleo, que provocó tal descrédito hacia la clase política que, cuando irrumpió Chávez, todo un sistema se desmoronó llevándose consigo a los dos partidos que habían gobernado el país durante décadas. Pero como CAP nunca nos amenazó, de eso no nos enteramos.
Acabada la etapa de las dictaduras y las guerras civiles, parecía que el futuro de la región no podía ser mejor. La gente votaba religiosamente cada cuatro años. ¿Qué más podían pedir? Una década más tarde, las encuestas en algunos países revelaban que la gente daba más crediblidad a la televisión que a las instituciones. No se puede caer más bajo.
Las instituciones democráticas han fallado a los latinoamericanos. En muchos de estos países, se han revelado incapaces de reducir la enorme desigualdad que aún perdura. Eso sí que debería preocuparnos. Quizá deberíamos dar más importancia a esa crisis de confianza que a la cuenta de resultados de las multinacionales españolas.
Iñigo Sáenz de Ugarte
Hay ofertas que parecen tan atractivas que levantan sospechas. Al presidente Rodríguez Zapatero le acaba de tocar el chollo del mes con la liberación y entrega a domicilio de las azafatas españolas que habían sido detenidas en Chad.
En Moncloa no se lo podían creer: Un domingo en que todo el mundo libra, tu colega del Elíseo coge su avión y se va a Chad para sacar de una mugrienta cárcel a unos paisanos suyos y, de paso, a cuatro ciudadanas españolas.
Y no sólo eso. Encima, a la vuelta, su avión presidencial toma un desvío a Madrid para entregar a las cuatro mujeres en persona, lo cual te permite montar un show completo en la base madrileña de Torrejón, con banderas, cámaras y familiares emocionados, y todo esto en la mejor franja televisiva. Un regalo considerable, puesto que Zapatero ni siquiera comparte los colores políticos con el presidente Nicolas Sarkozy.
El viaje relámpago de Sarko fue una escenificación planeada desde el principio. Resulta impensable que la liberación de los siete presos no hubiera sido pactada anteriormente, porque un político tan calculador como Sarkozy no se arriesgaría a volver de Chad con el avión vacío. En Francia se preguntan ahora qué habrá ofrecido Sarkozy a su homólogo chadiano para que suspenda el sistema judicial del país. En España cabría preguntarse qué deuda ha contraído Zapatero con Sarkozy. ¿Cuánto ha costado el espectáculo de Torrejón?
L’addition, s’il vous plaît.
Thilo Schäfer
La historia de Mohamed Samraoui es la de un arrepentido. Pero no un arrepentido cualquiera, porque este ex coronel, refugiado político en Alemania, no era un simple oficial de los servicios de contraespionaje militar argelinos durante la guerra de los años noventa. Era su número dos. Y para los aún todopoderosos generales de su país es un traidor que sabe demasiado.
Lo que Samraoui ha revelado estos últimos años es muy grave pero no es nuevo. Ya muchos otros –desde periodistas a activistas de derechos humanos– habían denunciado lo que parece casi una evidencia: la implicación de las Fuerzas de Seguridad y del Ejército argelinos en la llamada guerra sucia y su responsabilidad en las matanzas que se atribuyeron sistemáticamente a grupos islamistas. La diferencia estriba en que, en el caso de este antiguo militar, quien denuncia es uno de ellos.
En su libro, el ex coronel no oculta que en enero de 1992 participó en el golpe que enterró el proceso electoral cuya primera vuelta había dado la victoria al Frente Islámico de Salvación (FIS).
Los islamistas daban mucho miedo en Occidente, pero, aun así, los generales argelinos querían salvar la cara. Para ello, se marcaron como objetivo “producir una violencia controlada para justificar a posteriori la anulación de las elecciones y aterrorizar a la población civil para forzarla a ponerse del lado de los militares”, explica el ex militar en su libro.
Para debilitar al FIS, cuenta Samraoui, los generales ordenaron a los miembros de sus servicios secretos que se infiltraran en el partido islamista. También que crearan falsos grupos armados con el objetivo de atribuirles acciones violentas. Incluidos los famosos GIA (Grupos Islámicos Armados), a quienes las autoridades argelinas atribuyen la mayor parte de las atrocidades de una guerra en la que murieron casi 200.000 personas.
Samraui no sólo sostiene que este grupo fue creado ad hoc, sino que da detalles: dos de sus primeros jefes, Mohamed Leveilley y Abdelhak Layada, eran agentes del Departamento de Información y Seguridad (DRS en sus siglas en francés). Este servicio secreto militar fue una pieza clave en la lucha antiterrorista que el Ejército argelino puso en marcha con el objetivo oficial de acabar con los GIA.
El ex coronel pone nombres y apellidos a los cerebros de esta estrategia. Ya antes de publicar su libro, en 2001, Samraoui despertó las iras del régimen al contar su historia en un programa de la cadena de televisión árabe Al Yazira, una de las que más se ven en Argelia.
En este programa, que siguieron millones de argelinos, acusó, por ejemplo, al general Larbi Belkheir, ministro de Interior en 1992 y embajador después en Marruecos, de ser el ideólogo del asesinato, en junio de ese año, del presidente Mohamed Budiaf.
Lo que empezó siendo una estrategia para perpetuarse en el poder y demonizar a los islamistas, terminó convirtiéndose, según el ex militar, en un caos en el que los generales perdieron el control de muchos de los grupos armados en los que se habían infiltrado o, incluso, creado directamente. Éste fue el germen de la guerra civil, que acabó, al menos oficialmente, en 2002.
Sus revelaciones le han convertido en la bestia negra del poder en Argelia. Quizá la clave del miedo que causa Mohamed Samraoui sean los muchos detalles que aporta. El ahora refugiado político se ha ofrecido a llevar estos detalles ante los jueces del Tribunal Penal Internacional.
Trinidad Deiros
Los máximos dirigentes de la Unión Soviética escuchan preocupados las palabras del jefe del KGB, Yuri Andropov. Es el 17 de marzo de 1979 y el Politburó tiene sobre la mesa un asunto en el que todas las opciones son malas. Uno de sus aliados, el Gobierno de Afganistán se tambalea. En la ciudad de Herat, los muyahidines de Ismaíl Khan han eliminado a una decena de asesores soviéticos y a sus esposas e hijos. La respuesta de Moscú es espeluznante. La aviación arrasa la ciudad. Los muertos se cuentan por miles.
Andropov, la persona que mejor información tiene sobre el estado del país y de sus satélites, es rotundo: “Está completamente claro que Afganistán no está preparada en este momento para resolver todos los problemas a través del socialismo. La economía está atrasada, predomina la religión islámica y casi toda la población rural es analfabeta. Conocemos las lecciones de Lenin sobre las situaciones revolucionarias. Con independencia de lo que sea que esté ocurriendo en Afganistán, está claro que no estamos ante ese tipo de situación”.
La revolución puede esperar, pero el imperio ruso tiene otras prioridades. Nueve meses después, la URSS invade Afganistán.
Casi 30 años después, hay tantas cosas que han cambiado que las comparaciones pueden resultar ridículas. Pero hay otras realidades que llaman la atención. Afganistán continúa sin estar preparada para el destino que se espera de ella. El Gobierno en Kabul no está en condiciones de imponer su autoridad sobre todo el país. Existe una insurgencia capaz de las mayores atrocidades, pero que despierta el apoyo de los que pertenecen a su misma comunidad étnica. Y hay una gran potencia extranjera que no es capaz de escribir el capítulo final de una guerra que, con distintos protagonistas, se ha prolongado durante décadas.
La guerra de Afganistán acaba de entrar en su sexto año. Pocos pensaron que duraría tanto tiempo. Este año está siendo el más sangriento desde el comienzo de las hostilidades. Ya lo fue el 2006 y el 2007 está siendo peor. Según un informe de la oficina en Kabul de la ONU, ha habido una media de 525 “incidentes de seguridad” mensuales (atentados, asesinatos, secuestros…) en el primer semestre. La media de todo el 2006 fue de 425. Han muerto 188 militares extranjeros. En todo el 2006, murieron 191.
Los talibanes han cambiado de estrategia. Ya no intentan grandes ofensivas que sólo conducen a la aniquilación de sus hombres. La guerra de Irak les ha dado ejemplos muy valiosos. Atacan a los militares y policías afganos con coches bomba y atentados indiscriminados. Cuando las tropas extranjeras estrechan el cerco en una provincia, se retiran y ejercen su presión sobre otra. Es un juego del gato y del ratón que se puede prolongar durante años.
Como dicen los manuales, cualquier fuerza insurgente gana cuando no pierde. Y el Ejército pierde cuando no gana. Ya lo decía el director de la CIA, William Casey, en los años ochenta cuando observaba entusiasmado las cifras de bajas del Ejército soviético en Afganistán: “Se necesitan muchas menos personas y armas para poner un Gobierno a la defensiva que para protegerlo”.
El propio alto mando militar de la OTAN y su secretario general admiten que no hay una solución militar. La alternativa es la reconstrucción y el desarrollo, dignos objetivos difíciles de alcanzar en un país en guerra, que es además el mayor productor de opio del mundo.
Mientras todo esto ocurre, en España Afganistán es sólo una pieza más en el juego político. El Gobierno se niega a utilizar la palabra “guerra” para describir una situación típicamente bélica y sólo habla de “terrorismo”, como si eso fuera un alivio. El único objetivo del PP es precisamente que los socialistas empleen el término maldito con la intención de que quede así absuelta la alianza de Aznar con los neocon. Olvidan que el origen de la guerra de Irak fue un cúmulo de mentiras y propaganda. La guerra de Afganistán comenzó con el asesinato de 3.000 personas en Nueva York y Washington. Nuestros aprendices del imperio ni siquiera son capaces de apreciar la diferencia.
La opinión pública se merece que Gobierno y oposición tracen una estrategia –consensuada si es posible– sobre la misión de las tropas españolas en Afganistán. No podemos volver a los tiempos en que ministros como Trillo y Bono hicieron lo posible para ocultar los riesgos reales que nuestros soldados afrontaban en Irak y Afganistán.
Cuando José Antonio Alonso asumió la cartera de Defensa, de inmediato se notó un cambio en el mensaje. Se acabaron las referencias a las “zonas hortofrutícolas” o a “misiones humanitarias”. Hubo un intento por presentar la realidad tal y como es, sin esconder que el conflicto dista mucho de estar solucionado.
Eso ya no es suficiente. El Gobierno está obligado a explicar a la opinión pública por qué es necesario que las tropas continúen allí. No es imposible. Sólo tiene que recordar los trenes de Atocha, porque el 11-M no habría ocurrido si Osama bin Laden no hubiera tenido la oportunidad de lanzar desde Afganistán un mensaje que aún se oye en medio mundo. Al Qaeda dista mucho de estar derrotada.
Los que mandan deben también explicar cuál es la estrategia de victoria. La OTAN aún no la tiene. Cada año que pasa el número de víctimas aumenta, incluidas las de civiles aniquilados por los bombardeos norteamericanos, y también crece la influencia de la droga en la economía afgana.
Si no estamos dispuestos a poner más soldados, si no destinamos a ese país el dinero que necesita para su reconstrucción –lo que no estamos haciendo–, si no conseguimos impedir que los aviones de la OTAN dejen de ser una amenaza para la población civil, entonces habrá que pensar en la retirada de las tropas. Porque a partir de ese momento, nuestros soldados no serán ya parte de la solución, sino del problema. La misma situación en la que han terminado atrapadas las tropas de EEUU en Irak.
Iñigo Sáenz de Ugarte