Acaba de salir en Francia un libro que muchos políticos y dirigentes europeos deberían leer. No hace falta que lo lea Silvio Berlusconi, ni tampoco Nicolas Sarkozy. Inútil es que lo lean Jean-Marie o Marine Le Pen, o Brice Hortefeux. “La Caza de Niños. El Efecto Espejo de la expulsión de los Sin Papeles”* es un libro, no para quienes impulsan la Europa-Fortaleza, sino para aquéllos que, con la esperanza de poder quitar algunos ladrillos a los muros y volver más humana la fortaleza, aceptan entrar en tratos con la Administración Sarkozy.
En la obra, el filósofo y psicólogo infantil Miguel Benasayag, en compañía de Angélique del Rey, dan un paso más en el conocimiento del desaguisado social y humano que es la deportación de niños sin papeles. Los autores, con ayuda de la ya célebre Red Educación Sin Fronteras (RESF), se concentran en algo hasta ahora totalmente desconocido y bastante escalofriante. Se trata del efecto que causa la expulsión de niños sin papeles, su desaparición del cole, en sus pequeños camaradas de clase, en los chavales que se quedan y que observan los pupitres vacíos.
Conocido es el sufrimiento humano y el drama social del extranjero expulsado. Pero, al mismo tiempo, ¿Qué pasa en la cabecita del chaval que se queda? ¿Qué siente el colegial cuando le explican –o no le explican– cómo y por qué ha desaparecido su amigo? ¿Qué ciudadano del futuro se está construyendo con ese clima?
La tesis del psicoanalista, basada en entrevistas exploratorias y en testimonios, nos envía a los fundamentos antropológicos de nuestra sociedad, que siguen existiendo pese a los I-Pod.
“Se considera normal que unos policías vengan a la escuela de nuestros hijos a llevarse a algunos de sus amigos. Para que esa percepción de normalidad sea creada sin recurrir explícitamente a fundamentos racistas, ha hecho falta un auténtico trabajo de insensibilización de la población, que implica la creación progresiva de nuevas normas, un proceso que, por cierto, no es exclusivo de Francia, sino que se observa en muchos Estados de la Unión Europea”
“A través de esas normas, percibimos como normal (…) la separación entre los Sin y los Con , una separación que existe desde que el mundo es mundo, pero que es a priori paradójica en nuestras sociedades modernas, sociedades que siguen afirmando defender los derechos humanos y la igualdad entre todos los humanos independientemente de sus orígenes”.
“Los niños que asisten, de cerca o de lejos, a las expulsiones de sus compañeros del cole se ven sumidos en una situación análoga a la que viven los niños que corren un peligro derivado de su propio círculo familiar”, ya que “ese gesto autófago es el de una sociedad que devora a sus propios niños y se auto-condena a vivir un futuro cada vez más brutal”.
“El expulsado es, por excelencia, la víctima propiciatoria, el cabeza de turco sacrificado para garantizar la unidad del grupo”.
“Permitir que el poder designe de forma definitiva a aquéllos que serán cabezas de turco equivale a pervertir la educación de los niños: en la escuela donde hay víctimas propiciatorias, también se forman los lobos del futuro”.
Tras siete años de poder, desde el ministerio de Interior o la presidencia, Nicolas Sarkozy ha conseguido restaurar una sociedad de Sin y de Con, auténtica regresión social lograda precisamente en el país donde más y con más fuerza los jóvenes black-blanc-beur se consideraban iguales ante la ley. Ahora, para continuar la obra que permite que se considere normal la autofagia, París necesita proseguir el “trabajo de insensibilización de la población, que implica la creación progresiva de nuevas normas”, cosa que implica aval europeo.
Todos los llamados a participar en la creación del Pacto europeo sobre inmigración impulsado actualmente por Nicolas Sarkozy, con apoyo de Silvio Berlusconi, deberían tener presente esa duplicidad ya inscrita en carne y hueso en la realidad francesa.
* Miguel Benasayag, Angélique del Rey y varios militantes de RESF: “La Chasse aux Enfants. L’effet miroir de l’expulsion des Sans Papiers”. Con prólogo de Stéphane Hessel. Ed. La Découverte, coll. Sur le Vif. Paris, abril 2008 // www.educationsansfrontieres.org // www.resfmiroir.org
Andrés Pérez / París
Al final van a tener razón todos esos extranjeros que llegan a España y elogian, en general con una copa en la mano, el carácter abierto de los habitantes de este país, la costumbre de los locales de matar el tiempo en interminables comidas y noches de celebración, y la forma inquisitiva en que preguntan a desconocidos por los detalles más personales. Por no hablar de la tendencia a convertir las diferencias de opinión más convencionales en ruidosas disputas de las que salen a la luz todas las debilidades.
La crispación puede tener sus inconvenientes, pero de lejos parece mucho mejor solución que enterrar los problemas en los sótanos.
“No hay duda: es Austria”, reza el eslogan de la campaña turística lanzada en los meses anteriores a la Eurocopa de fútbol. Es lo mismo que han pensado muchos en Europa al leer las escalofriantes noticias sobre Josef Fritzl y su familia enterrada en vida.
Todos los países tienen su catálogo de monstruos. Estos casos suelen ser rápidamente descartados como simples aberraciones, una suerte de fallo del sistema que engendra una copia defectuosa después de producir un alto número de ciudadanos ejemplares. Lo que ocurre es que algunos de esos casos dicen mucho de los valores impuestos en esa sociedad o al menos prevalecen con éxito gracias precisamente a esos valores.
En Viena parece que son unos cuantos los que miran hacia otro lado, en concreto hacia la provincia de Baja Austria, el escenario de la vida de Fritzl y del secuestro de Natascha Kampsuch. Rural, ultracatólica y conservadora, se trata de una zona del país que mira con desconfianza a lo que viene de fuera, acostumbrada a mantener unos valores tradicionales que admiten pocas visiones críticas.
Un modelo de educación autoritaria basado en la disciplina, un orgullo nacional desmedido y, en casi todos los casos, una consideración inferior del papel de la mujer acostumbra a generar pocos anticuerpos y sí en cambio algunos excesos. Sus monstruos son sólo variaciones criminales de esos códigos supuestamente éticos.
El resto del país no es mucho mejor. Los vieneses cosmopolitas pueden hacer de menos a los compatriotas del campo, pero la historia de Austria en las últimas décadas no les permite marcar distancias. La paranoia con respecto al inevitable enemigo exterior y el sacrosanto respeto a la privacidad son algunos de sus valores más extendidos. Y por encima de todo, esa inveterada costumbre de enterrar los problemas debajo de la alfombra para poder negar después su existencia.
Los que se niegan a suscribir el pacto de silencio ven cuestionada su lealtad. Muchos intelectuales tuvieron que abandonar Austria o resignarse al ostracismo cuando alzaron la voz para contar en términos crudos lo que ocurría dentro de esas preciosas casas de tejados bien cuidados. Aún más en la época en que toda Europa se volvió loca.
La tantas veces repetida descripción de Billy Wilder (“Los austriacos son gente brillante. Convencieron al mundo de que Hitler era alemán y Beethoven, austriaco”) es uno más de los ejemplos del lavado de cara que el país se aplicó después de la Segunda Guerra Mundial. Convertir al agresor en víctima es un ejercicio que requiere mucha disciplina. No se consigue de un día para otro.
Para que esa fachada de normalidad aguantara, los austriacos se aplicaron a la tarea de habilitar sus sótanos. La paranoia de la guerra fría y la localización geográfica del país en medio de todos los problemas que aquejen a Europa eran razones suficientes. Ante el peligro real o imaginado de una invasión soviética, un ataque nuclear o ambas cosas, el Estado procedió a subvencionar las obras que permitieron preparar cerca de dos millones de sótanos para la peor contingencia posible.
Los Fritzl tenían tiempo suficiente para sus proyectos personales sin el temor a preguntas indiscretas. Durante décadas, socialdemócratas y democristianos hicieron lo propio. Se repartieron el poder en Gobiernos sucesivos, lo que acarreaba otro reparto de puestos administrativos asignados a cuota de partido. La estabilidad austriaca no era más que la fachada de una corrupción institucionalizada ante la que tampoco se aceptaban preguntas.
A falta de auténtica oposición, llegó el día en que la extrema derecha, alimentada por la xenofobia y los chistes sobre el Holocausto, apareció en primera línea del poder para reclamar su puesto en la mesa. Europa reaccionó horrorizada y aún más los austriacos, que no comprendían tal indignación. Si nosotros no hacemos preguntas sobre nuestro vergonzoso pasado, ¿cómo se atreven a hacerlas los demás?
Había ocurrido lo mismo en el caso de Kurt Waldheim. Nunca se probó que hubiera participado en crímenes de guerra en su calidad de oficial de inteligencia del Ejército alemán. A unos pocos kilómetros de su despacho estaba el campo de concentración de Jasenovac, pero él nunca supo nada de las atrocidades que allí se cometían. Los austriacos le creyeron porque se había comportado como uno de ellos. Acabada la guerra, Waldheim guardó su pasado en el sótano para que nadie pudiera echarle un vistazo.
Es cierto, ningún país puede decir que no cuenta entre sus filas con monstruos como Fritzl. Es sólo que cierto tipo de psicópata prospera con más facilidad en aquellos lugares en los que la memoria histórica es un concepto desconocido y casi ofensivo.
Iñigo Sáenz de Ugarte
Gracias a Mariano Rajoy, sabemos que España es un país repleto de inmigrantes ilegales, aficionados al crimen. No está solo. Sarkozy, elementos de la CDU alemana y también de los laboristas británicos han convertido la lucha contra la supuesta avalancha de forasteros malvados en el eje de su razón de ser política.
Ahora, la Unión Europea va al rescate de estos salvapatrias. El comisario para Seguridad, Justicia y ¡Libertades!, Franco Frattini, hombre de Berlusconi, ha apadrinado un plan para sellar las fronteras de la UE contra la entrada de “terroristas, inmigrantes ilegales o delincuentes”. Mezclar la inmigración ilegal con la delincuencia o incluso el terrorismo es de una bajeza moral insoportable y propicia que se encienda la mecha del racismo.
Frattini propone un gran despliegue de tecnología para recabar rasgos biométricos y guardarlos en un banco de datos. No son pocos los críticos que aseguran que ese tipo de información no sirve para luchar contra la inmigración ilegal y es una pérdida de recursos. Sería conveniente dedicar más esfuerzos a mejorar las situaciones que causan la inmigración y propiciar la integración de los nuevos conciudadanos.
El afán de tener un control absoluto sobre las fronteras y sobre cada sujeto que se mueva dentro del Estado es propio de regímenes totalitarios. Las fronteras de una sociedad libre, por definición, no pueden ser impermeables, por mucho que así nos lo quieran hacer creer ciertos dirigentes.
Thilo Schäfer

La manifestación contra la independencia de Kosovo que ha tenido lugar en Belgrado ha transcurrido sin incidentes. Al igual que en los partidos del Estrella Roja de Belgrado los problemas han venido después. Un grupo de un centenar de personas ha asaltado la embajada norteamericana y ha prendido fuego al interior. Las legaciones diplomáticas de Croacia y Turquía han recibido el mismo tratamiento.
Todo el mundo parece muy preocupado en Europa por el “peligroso precedente” creado por la independencia de Kosovo. Como si hubiera muchos países que hayan sufrido en los últimos 20 años la maldición de sufrir un líder como Milosevic, una guerra brutal y la ocupación por fuerzas extranjeras para poner fin a la violencia.
Hay otro factor propio de Kosovo que no se da en ningún otro lugar. El apoyo a la secesión por EEUU. ¿Precedente? Si hay alguien en España o fuera que cuente con el patrocinio de la Casa Blanca y el Pentágono para independizarse tiene motivos para sentirse optimista. De lo contrario, ya puede seguir esperando.
Hoy es un día triste para Serbia. Sus habitantes pensaban que ya habían pagado el precio por su responsabilidad en las guerras de los Balcanes. Qué equivocados estaban. Hace mucho tiempo, perdieron el derecho a hablar en nombre de Kosovo cuando decidieron que ése no era un buen lugar para vivir. Aún más cuando Milosevic sólo ofreció a los kosovares la opción de vivir sometidos a la Gran Serbia.
Cuando croatas y bosnios se libraron del yugo serbio, todos pensaron que el próximo campo de batalla sería Kosovo, y no andaban errados. Los nacionalistas kosovares no esperararon a correr el mismo destino que los habitantes de Vukovar, Sarajevo y Srebrenica. Sabían que los serbios eran los nuevos parias de Europa y que los norteamericanos no desaprovecharían la oportunidad de hacer pagar a Milosevic el precio de haber avergonzado a Occidente.
Todo era cuestión de tiempo. Rusia creía que su derecho al veto en la ONU le permitiría bloquear la independencia. Pero las instituciones internacionales que fueron incapaces de detener la carnicería de los Balcanes habían perdido hace tiempo su capacidad para influir en los acontecimientos de Kosovo.
Iñigo Sáenz de Ugarte