Los autores de El mañana nunca muere apenas disimularon que el villano de esta entrega de las películas de James Bond está inspirado en Rupert Murdoch. El poderoso magnate Elliot Carver intenta provocar una guerra mundial para que sus medios den la exclusiva y así aumenten su influencia en el mundo. Después de haber capturado al agente 007 –la escena clásica de todos los episodios de la serie– Carver le anuncia que va a morir de una forma lenta y dolorosa. “Pensaba que ver sus televisiones ya era suficiente tortura”, le espeta Pierce Brosnan.
Las transmisiones de las comparecencias del los implicados y salpicados del escándalo de las escuchas igual no llegaban a ser tortura pero sí eran dignas de los programas de telerealidad que hechizan a las grandes masas, como el tortazo que interrumpió la bien estudiada actuación de los humildes Murdoch el martes -Marina Hyde escribió en The Guardian que la mayor humillación para el magnate era no haberse asegurado los derechos de pago de su propia comparecencia. A continuación ayer se transmitía el intercambio de insultos entre David Cameron y Ed Miliband sobre quién de los dos partidos ha flirteado más con ejecutivos de los grandes medios.
Tony Blair fichó a Alastair Campell del sensacionalista Daily Mirror para elevar el marketing político, el famoso spindoctoring, a una forma de arte. Cameron, siempre copiando el modelo Blair, contrató los servicios del exdirector del News of the World, Andy Coulson, cuya implicación en el escándalo de las escuchas es una seria amenaza para el primer ministro.
Está claro que quienes más han disfrutado con la pelea autodestructiva de los políticos ayer en Westminster han sido los Murdoch.
Thilo Schäfer
A diferencia del sangriento e ilegal asalto militar a los barcos de activistas en aguas internacionales el año pasado, esta vez el Gobierno de Israel ha conseguido interceptar la Segunda Flotilla de la Libertad incluso antes de que ponga rumbo a Gaza, con la excepción, al parecer, del barco francés. Ante la negativa bochornosa de Grecia de permitir la salida de las embarcaciones, con el silencio cómplice del Gobierno de España, la Unión Europea y otros países occidentales, la mayoría de los integrantes de la misión española han decidido volver ya que parece difícil que les dejen seguir su viaje por ahora.
Se conforman con haber conseguido uno de sus objetivos que era poner el foco una vez más sobre la insoportable situación de los palestinos en Gaza. Ahora preparan una nueva estrategia para romper el bloqueo y hacer llegar la ayuda humanitaria a la Franja.
Estaría bien tener en cuenta que Gaza no sólo sufre el cerco israelí. Desde hace años, Egipto mantiene cerrado su parte de la frontera con la Franja. A pesar de la primavera árabe que acabó con la dictadura de Mubarak y los tímidos pasos hacia la democracia, los egipcios, presionados por Israel y EEUU, apenas han cambiado su actitud frente a los palestinos en Gaza. Tan solo han empezado a permitir el paso de personas –los hombres jóvenes incluso necesitan un permiso especial– pero no de mercancías que siguen entrando a través de los túneles.
Haría falta fletar una caravana de camiones con ayuda humanitaria que se planteara en el puesto fronterizo de Rafah para exponer también la otra parte cómplice en el inaceptable bloqueo del pueblo palestino de Gaza.
Thilo Schäfer
Un día después de que el Parlamento alemán aprobara el nuevo paquete de ayudas multimillonarias para Grecia, el diario sensacionalista Bild contaba ayer a sus lectores las contribuciones al rescate que hace cada país. Conclusión: “Nosotros somos los que más pagamos”.
No pasa un día sin que el rotativo más vendido de Europa (3,2 millones de ejemplares) destape lo que considera el despilfarro descarado de los griegos a costa del contribuyente alemán, sean funcionarios con tres coches oficiales o gente que sigue cobrando la pensión de familiares muertos. Los artículos suelen ser ilustrados con fotos de griegos jugando al dominó en una isla soleada, algo que aumenta el impacto emocional en el alemán que lo lee en su puesto de trabajo mientras fuera está lloviendo.
El poder de Bild no sólose manifiesta en su tirada (alcanza al 18% de la población). Muchos políticos, como la canciller Angela Merkel, están convencidos de que las portadas del rotativo reflejan fielmente el estado de ánimo del pueblo. Y el Gobierno se deja impresionar fácilmente. Los recientes comentarios de Merkel sobre los europeos del sur, que tienen muchas vacaciones, trabajan poco y se jubilan pronto, son reflejo de esta concesión al populismo.
En el resto de Europa se registra con asombro cómo Alemania, antes la fuerza motriz de la integración europea, se comporta cada vez más de forma egoísta. “El discurso de los dirigentes se ha vuelto más provinciano e introvertido, presionado por miedos populistas”, dice Ulrike Guérot, analista del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores en Berlín. “Cada vez más, los alemanes ven a Europa como un problema para Alemania más que como la solución para los problemas del país”, añade.
Para Helmut Kohl, que vivió los horrores del Segunda Guerra Mundial, la construcción europea era una cuestión de principios. La masiva contribución financiera al presupuesto comunitario y los fondos que beneficiaron a los países menos desarrollados, como España, era la consecuencia lógica de la responsabilidad de Alemania hacia Europa, el precio por el pasado reciente. Lo que Kohl solía subrayar menos era el hecho de que la economía nacional, volcada hacia las exportaciones, se beneficiaba mucho de estos fondos para el desarrollo de otras partes de Europa.
Su sucesor Gerhard Schröder se apartó de ese sentimiento de culpabilidad que apagaba cualquier crítica a las altas transferencias hacia el sur del continente. Para Merkel,finalmente, la UE y el euro se han convertido en un asunto desapasionado. Como sus antecesores, la canciller no hace mucho hincapié en las enormes ventajas que tiene el euro para las empresas germanas. Muchos alemanes aún creen que el éxito económico actual se debe únicamente al modelo productivo que ahora quieren imponer al resto de la UE.
Esta falta de visión y de solidaridad no es exclusiva del pueblo teutón. Que los andaluces no paguen sus impuestos y que Madrid sea una “fiesta fiscal” no lo dijo ningún dirigente de Berlín. Algunos políticos catalanes también saben aprovechar el malestar por las transferencias al resto del Estado, según el lema “queremos ser solidarios pero no tanto”.
A diferencia de Finlandia, Holanda o Suecia, en Alemania, de momento, el malestar sobre la crisis financiera y el rescate de Grecia no ha llevado al Parlamento a partidos de ultraderecha. Sin embargo, a Merkel la política populista no le ha dado resultados palpables. La Unión Democristiana (CDU) ha sufrido una serie de reveses en las recientes elecciones regionales y en los sondeos a nivel nacional no supera el 35%. El liberal FDP, el socio menor del Gobierno y el partido que más ha coqueteado con el discurso populista contra las ayudas para Grecia, se está hundiendo, mientras los verdes, la formación más europeísta del país, gozan de niveles de apoyo nunca vistos el último sondeo los coloca en el 27%.
El caos en la gestión de la infección del E. coli ha sacudido la confianza de los alemanes en la eficiencia del sistema y las críticas en la prensa al Gobierno de Merkel son feroces. Los medios alemanes también le sacaron los colores a la canciller respecto a sus equivocados comentarios sobre las prácticas laborales de los europeos del sur al publicar las verdaderas cifras sobre vacaciones, productividad o edad de jubilación.
“Creo que Merkel se dio cuenta de que se había pasado”, dijo un alto cargo del Gobierno alemán a Público. “Espero que haya aprendido dónde está la línea roja”.
Thilo Schäfer
El fiasco del intento de reformar el vetusto sistema electoral británico no deja de ser irónico. La reforma con la propuesta del llamado “voto alternativo”, el proyecto estrella de los liberaldemócratas, que hubiera aumentado las posibilidades de partidos pequeños de obtener representación parlamentaria, ha sido derrotada en buena parte porque los votantes querían castigar al Gobierno de coalición entre conservadores y los liberales de Clegg, una alianza que ha dado muy mala imagen en el año que lleva en el poder.
Eso ha reforzado a los defensores del actual sistema mayoritario, que beneficia enormemente a los dos grandes partidos, cuyo principal argumento es la estabilidad que aportan gobiernos monocolores frente a coaliciones. Por la misma razón, los ciudadanos en EEUU y en muchas de las regiones españolas deciden sólo entre dos opciones políticas con verdaderas posibilidades de obtener escaños.
Hay muchos ejemplos de países sumergidos en una inestabilidad casi crónica por culpa del sinfín de partidos (Italia, Bélgica). Sin embargo, Alemania ha sido gobernada desde hace décadas por gobiernos de coalición de todos los colores y no le ha ido tan mal. Y el abanico de opciones políticas ha aumentado a la vez que disminuye el apoyo monolítico a los grandes partidos.
En una época en que las nuevas tecnologías ofrecen cada vez más diversidad al ciudadano es anacrónico limitar la oferta política a dos alternativas, más aún cuando estas acercan sus posiciones en la lucha por el cotizado votante del centro. La última vez que Reino Unido intentó cambiar el sistema electoral fue en 1931. Ojalá no tarden tanto tiempo en volver a plantearse la cuestión.
Thilo Schäfer
Nadie gana a la familia Windsor a la hora de montar megaespectáculos que hechizan a todo el mundo. Reunir a Elton John, los Beckham y Mr. Bean junto a centenares de dignatarios –algunos no tan dignos– en la vetusta abadía de Westminster, sin duda justifica una audiencia planetaria que algunos estiman en torno a 2.000 millones de televidentes.
Pese a algunos signos de modernidad –la novia es una plebeya–, la ceremonia de ayer, con los uniformes y himnos de la época imperial, evocaba el pasado del que tanto presumen los súbditos de su Graciosa Majestad. A diferencia de otras monarquías europeas, cuya legitimidad es igualmente discutible, la corona británica es el símbolo de la sociedad más clasista que existe en Europa, donde sigue habiendo anacronismos institucionales y grandes fortunas centenarias frente a una amplia clase obrera que encuentra enormes dificultades para superar su situación.
Cierto que en las últimas décadas se han producido avances pero el enlace real se produce justo en un momento en que el país ha dado marcha atrás debido a los brutales recortes sociales, especialmente en educación y sanidad, auspiciado por el Gobierno de Cameron y Clegg, que, como la mayoría de sus ministros, representan la upper class de toda la vida.
Para evitar problemas, la Policía detuvo de forma preventiva a algunas personas y vetó la presencia en el centro de Londres ayer a otras, algunas de las cuales habían destacado por su conducta violenta durante las protestas estudiantiles contra los recortes en la capital hace unos meses. La medida puede ser justificable, pero no deja de ser elocuente.
Thilo Schäfer
La reacción de los dirigentes europeos a las rebeliones en el mundo árabe recuerdan un poco al capitán Louis Renault en Casablanca cuando finge escandalizarse delante de los oficiales alemanes al descubrir que en Rick’s Café Americain había juegos ilegales. Ante el asombro de los ciudadanos europeos que estos días ven las imágenes de las revueltas, nuestros gobernantes se apresuran a condenar a estos insalubres regímenes del Norte de África e incluso congelan los bienes de los dictadores, que llevaban acumulando durante años en cuentas en Londres, Suiza y otros lugares.
No se sabe cuántos tiranos más van a caer pero parece bastante probable que, una vez que la ola liberadora en el mundo árabe haya acabado, quedarán todavía bastantes autócratas en todo el mundo.
¿Entonces nuestros gobiernos se enfrentarán a estos caudillos con la misma indignación cargada de razón con la que ahora rechazan a los hasta hace poco cortejados líderes Ben Alí, Mubarak y Gadafi? Los gestos en los últimos días no dan motivos para la esperanza, como los esfuerzos ridículos de Trinidad Jiménez para persuadir a sus colegas europeos de que Marruecos va camino a convertirse en una democracia o la cínica frase de José Bono durante su visita al tirano guineano Teodoro Obiang (“Hay más cosas que nos unen que las que nos separan”). David Cameron acaba de hacer una gira comercial por el agitado Oriente Próximo, acompañado de los ejecutivos de la industria armamentística, y el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durão Barroso, agasajó a Vladímir Putin en Bruselas sin comentarios molestos sobre derechos humanos.
Sería un insulto a la valentía de estos millones de árabes que se están jugando el pellejo por la libertad, si los gobiernos occidentales pretendieran seguir con el business as usual.
Thilo Schäfer
Han sobrado desgracias e injusticias en 2010. El terremoto de Haití, que devastó el país más pobre de América, queda como símbolo para las muchas catástrofes naturales que suelen golpear con más virulencia a la gente ya castigada por la pobreza. Otro símbolo para los millones de personas atrapadas en guerras que no se han buscado es la población civil de Afganistán, que este año ha sufrido el mayor número de víctimas mortales desde la invasión del país en 2001.
Pero 2010 ha sido también un año muy malo para los derechos humanos, en especial la libertad de expresión, cuyos supuestos defensores parecen guiarse cada vez menos por los principios éticos universales y más por intereses
particulares y materialistas.
La concesión del Premio Nobel de la Paz al disidente chino Liu Xiaobo provocó una ola de condenas al régimen de Pekín por parte de los líderes del llamado mundo libre. El presidente de EEUU, Barack Obama, encabezó los llamamientos para la inmediata liberación de Liu, cuyo crimen ha sido criticar los abusos de los mandatarios de su país y pedir reformas. La silla vacía en la ceremonia de Oslo es una de las imágenes del año.
Sin embargo, hemos comprobado que la libertad de expresión también tiene sus límites en EEUU, el país que se precia por ser el más libre del planeta. La publicación de documentos clasificados del Pentágono y el Departamento del Estado por Wikileaks ha desatado una caza de brujas desconocida desde tiempos de Nixon o McCarthy. La Administración Obama –quizá presionada por el auge de los ultraconservadores que lograron reconquistar la Cámara de Representantes– ha declarado abiertamente que pretende meter a Julian Assange, la cara visible de Wikileaks, entre rejas y para ello estaría preparada a tergiversar la legislación, léase ley de espionaje, como sea. Al mismo tiempo, presiona a multinacionales americanas para que dejen de prestar sus servicios a la web que ha puesto en evidencia a los gobernantes de medio mundo, que dicen una cosa en público y otra distinta a los diplomáticos de EEUU.
Es un ejemplo más del deterioro de la magia de Obama y su ya descafeinado mensaje del cambio. Es significativo que el único gran líder en condenar la persecución de Assange y su organización haya sido el presidente saliente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva. El Brasil de Lula y ahora Dilma Rousseff es un faro que luce más allá de América Latina, una región cuyo balance en derechos humanos también deja mucho que desear todavía.
En el viejo continente, la hipocresía no es menor, como muestra la segunda silla vacía del año. El Parlamento Europeo otorgó por tercera vez en ocho años el Premio Sájarov de Derechos Humanos a la disidencia cubana. La lucha de Guillermo Fariñas contra el régimen castrista, poniendo en peligro su propia vida, merece ser premiada, como también la labor de la activista saharaui Aminatou Haidar, una de las finalistas del Sájarov. El problema es que las instituciones y gobiernos europeos no muestran la misma sensibilidad cuando les toca el bolsillo. La dura represión y el apagón informativo que siguieron al desmantelamiento del campamento Dignidad en el Sáhara Occidental no arrancaron ni media palabra de condena a los líderes europeos. Es más, los 27 dieron carpetazo al asunto con la firma de un acuerdo comercial con Rabat.
Tal como están las cosas, no hay que descartar que el año que viene pueda haber otra vez una silla vacía en Oslo: la de Assange.
Thilo Schäfer (22/12/2010)
La elección de Ed Miliband es una gran oportunidad para que el laborismo ponga fin a la década larga de guerra civil en el partido que acabó con la vuelta al poder de los conservadores de David Cameron. Poco después de ganar las elecciones de 1997, el Nuevo Laborismo empezó a estar envuelto en una rivalidad feroz entre sus dos protagonistas: Tony Blair y Gordon Brown.
Los medios británicos se divertían bastante con lo que llamaban el TBGB show: las innumerables intrigas, golpes bajos y maniobras más o menos ocultas para dañar al otro. El equipo de Brown finalmente logró expulsar a su rival de Downing Street. La gente fiel a Blair le devolvió el favor y hacía la vida imposible al primer ministro Brown. La derrota laborista de mayo pasado estaba programada. “Sabía que Brown iba a ser un desastre”, nos reveló Blair después.
La experiencia traumática de la guerra interna entre TB y GB está muy presente en el congreso laborista que se celebra estos días en Manchester. El mensaje principal, repetido por todos los dirigentes que desfilaron el sábado delante de los micrófonos de la BBC, fue la necesidad de mantener el partido unido bajo Miliband. Deberían tomar ejemplo de los conservadores. Además de la autoimplosión laborista, Cameron fraguó su victoria porque el ala más conservadora de los tories, muy molesta con muchas de sus posiciones, se mordía la lengua.
En su primer discurso, el nuevo líder laborista se empeñó el sábado en proyectar esta imagen de unidad con un mensaje especial para David: “Te quiero, hermano”. Todo depende ahora de cómo el ex ministro de Exteriores encaje la derrota –hace semanas aún impensable– a manos de su hermano pequeño.
Thilo Schäfer
Nicolas Sarkozy tiene bastante en común con Terry Jones, el chiflado pastor de Florida que planeaba montar una gran hoguera de ejemplares del Corán para conmemorar los atentados del 11-S, y con Thilo Sarrazin, el autor de un libro con excéntricas teorías raciales que le han costado su puesto en la dirección del Bundesbank. Aunque difieren en sus motivos y enfoques, los tres coinciden en señalar con el dedo a un colectivo particular como culpable de los males que, según su criterio, más preocupan a la sociedad.
Jones pretendía demostrar a los ojos de sus 50 feligreses –y del mundo entero, gracias al circo mediático que se montó– que el libro sagrado del islam no hace sino producir yihadistas. Así que todos los musulmanes se convierten en potenciales terroristas. Sarrazin encontró en los inmigrantes musulmanes la causa del inevitable hundimiento de la sociedad alemana y eso porque las tradiciones islámicas –como las frecuentes bodas entre primos– disminuyen la inteligencia de los mahometanos, según se empeña en demostrar de forma pseudocientífica. Como consecuencia lógica de su disparatada teoría genética, sugiere que se pare la inmigración, especialmente desde países como Turquía.
El presidente francés –siempre proclive al populismo barato– ha reducido el problema de la inseguridad ciudadana al supuesto aumento de “los campamentos salvajes” de los gitanos en toda la República. Bueno, también echa la culpa a los magrebíes, a quienes amenaza con quitarles la nacionalidad francesa. A falta de que precise qué pasaría con estos apátridas, Sarkozy ha ordenado la expulsión masiva de los gitanos para que los franceses de bien puedan dormir tranquilos.
Todos son soluciones fáciles para problemas reales y serios pero bastante complejos. Viviane Reding recordó ayer que a mediados del siglo pasado estos postulados simplistas ya funcionaban, con resultados nefastos. “Pensaba que no volvería a ver esta situación después de la Segunda Guerra Mundial”, dijo la comisaria de Justicia. Menos mal que en Bruselas alguien se ha dado cuenta de que hay que actuar para evitar que la historia se repita.
Thilo Schäfer
Como tantos dirigentes políticos jubilados, Joschka Fischer, el ex líder de los verdes alemanes, ex vicecanciller y ministro de Exteriores del Gobierno de Gerhard Schröder, aprovecha su fama para hacer caja como comentarista, docente y asesor de grandes empresas, como por ejemplo BMW. En principio, está en su derecho de intentar sacar unos eurillos para complementar la pensión estatal como ex ministro para garantizarse una jubilación dorada. Pero no a cualquier precio.
En su último artículo que difundió a través de un sindicato a la prensa mundial, Fischer advierte del riesgo que supone la dependencia europea del gas ruso dado el carácter autoritario del régimen de Putin y su marioneta Medvédev. En el artículo que publicó el martes 3 de agosto el diario El País, el líder verde destaca el papel del gasoducto Nabucco, que traza una ruta alternativa por el sur de Europa, un proyecto que “reduciría drásticamente la dependencia de los países proveedores de la zona del Caspio de los gasoductos de Rusia y la dependencia de los nuevos miembros surorientales de la UE del suministro del gas ruso”. Una empresa que ahora parece correr peligro, según explica Fischer: “Así, pues, no es de extrañar que el Kremlin esté intentando hundir el proyecto Nabucco”.
El análisis del ilustre columnista no es equivocado –la Rusia de Putin desde luego es un factor de inestabilidad para el suministro de energía-, pero falta un detalle importante. En julio de 2009 Fischer firmó un contrato bastante bien remunerado como asesor político de Nabucco. En la columna de El País se omite este detalle, ya que se identifica a Fischer solamente como: “ministro de asuntos Exteriores y vicecanciller de Alemania de 1998 a 2005, fue dirigente del Partido Verde alemán durante casi 20 años”.
Ignoro por qué se ha omitido su relación con la empresa en cuestión, algo que sí figura en la versión de la columna en inglés que añade que “entre otros clientes, ha aconsejado al proyecto Nabucco desde julio de 2009”.
¿Es admisible que un ex dirigente político –y aclaro que he votado a los verdes en varias ocasiones- se aproveche de la tribuna pública que le otorga su fama para difundir los intereses de las empresas que le pagan? Los medios debemos cuidarnos para que no nos convirtamos en una plataforma para la propaganda empresarial aunque venga disfrazada de análisis de una gran firma.
Thilo Schäfer