Publicidad

El mapa del mundo

“En época de mentiras, contar la verdad se convierte en un acto revolucionario” (George Orwell)

Disidencia

30 may 2008
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Jonathan Littell es un escritor francés que reside en Barcelona y que ha saltado a la fama en Europa con su novela Les Bienveillants, un libro donde se aborda el Holocausto desde un punto de vista nazi. Littell es de familia judía, aunque él no se considera judío. Haaretz publica una entrevista con el escritor de la que cito textualmente una parte (sólo he añadido lo que figura entre paréntesis):

“Personalmente entiendo los argumentos que hablan de una excepcionalidad del Holocausto, pero no estoy de acuerdo. El argumento básico es que los nazis quisieron matar a todos los judíos, pero no veo la diferencia entre esto y una política de exterminio dirigida –y aplicada a gran escala– a otros grupos como los campesinos en la Unión Soviética o en Camboya. Cada genocidio es excepcional”.

Littell dice que uno de sus objetivos (en la novela) es mostrar “cómo ocurrió”. Pero también quiere mostrar que no se trata de un problema entre alemanes y judíos. “Si se reduce a eso, entonces cada cual podría decir ¿por qué nos hemos de preocupar? Esto es lo que encuentro peligroso en la centralidad judía de la conmemoración, que deja a otras muchas víctimas fuera de la ecuación”.

Pero la ideología nazi estaba dirigida explícitamente contra los judíos como raza.

“Creo que la exterminación de los judíos es un problema universal, que afecta a todos. Más allá, pienso que el tema se está usando hoy en Israel con intereses políticos”. Hubo un suceso que “me conmocionó de una manera horrible”, cuenta Littell. “Fui a Birkenau y pasé allí un par de días investigando (para mi novela). Un día me encontraba en la torre de la entrada cuando llegaron varios autobuses con muchachos israelíes de unos dieciséis años. Lo observé todo y fue asombroso. Primero pasaron bajo el arco que hay en la entrada del campo. Luego desenrollaron esas enormes banderas israelíes. Marcharon hacia el lugar donde estaban las cámaras de gas, donde permanecieron tres minutos. El profesor probablemente les explicó algo sobre ese lugar. Después regresaron por el mismo camino enarbolando sus banderas, y bajo el arco de entrada las doblaron. Los muchachos comenzaron a fumar cigarrillos y a palmear el trasero de las chicas, y se marcharon. Esa ceremonia no tuvo nada que ver con lo que realmente ocurrió en Auschwitz. Tiene más que ver con ‘Escuchad, futuros soldados israelíes, vais a luchar por esto’. Es algo político, es un mecanismo que no guarda ninguna relación con lo que ocurrió realmente. Creo que el Holocausto se está explotando políticamente de la misma manera que la política de exterminio nazi contra otros grupos –rusos, homosexuales, gitanos– no se está explotando”.

Cuando se le pregunta si cree que el Holocausto define las acciones de Israel hoy, Littell responde: “Por otra parte, Israel es un país que experimentó un grave trauma, y el Holocausto creó un estado paranoico. Pero también nos encontramos con la codicia, con el robo de la tierra y con toda esa porquería. Eso no tiene excusa. Lo siento, pero eso no puede excusarse con cosas que ocurrieron hace sesenta años”.

Littell admite que “existe claramente un nervio de miedo”, pero añade inmediatamente, “Yo no lo tengo. No tengo miedo. Es extraño, pero Israel, que fue creado para ser un lugar seguro para los judíos, se ha convertido en el lugar más peligroso del mundo para los judíos. Y ha hecho también que ser judío sea más peligroso en otros países”.

Littell dice que Israel usa el Holocausto para justificar acciones “inexcusables”, en referencia a los territorios (ocupados), y compara las acciones del Ejército con el comportamiento de los nazis en el periodo anterior a la toma de poder.

¿Crees que se pueden comparar?

“No, no podemos compararlo. No existe genocidio en los territorios (ocupados), pero se están cometiendo acciones atroces. Si el gobierno permitiera que los soldados hicieran cosas peores, las harían. Todos dicen ‘Mira cómo los alemanes trataron a los judíos antes del Holocausto: les cortaban la barba, les humillaban en público, les obligaban a limpiar las calles’. Esta clase de cosas ocurren en los territorios (ocupados) a diario. Cada puñetero día. Y ahora tenéis a una entera generación de rusos locos que no se preocupan por nada y son de extrema derecha”.

(…)

¿El hecho de que la novela se haya publicado en hebreo tiene alguna significación especial para usted?

“Creo que los israelíes deberían mirarse a ellos mismos. Cuando lean un libro como el mío no deberían mirar simplemente al lado judío de las cosas. Lo que importa es alcanzar un cierto nivel de comprensión y aplicarlo a lo que está ocurriendo ahora, y tal vez usarlo para corregir las cosas. Sentarse y hablar con historiadores sobre lo que ocurrió hace sesenta años no es muy interesante si no se aplica a lo que está sucediendo hoy”.

¿Por ejemplo?

“Por ejemplo, lo que los americanos están haciendo en Iraq es inaceptable. No me refiero a la guerra sino a la tortura y cosas como las de Abu Ghraib. Comprender a los alemanes de hace sesenta años puede servir para que sientas que tú no estás demasiado alejado de aquello, como americano o como israelí. Quizás es posible reforzar nuestros mecanismos sociales para evitar que nuestras sociedades, por lo menos, se salgan de madre”.

¿Qué deberían hace los lectores israelíes?

“Creo que, en lugar de golpearse el pecho, lo que los israelíes deberían hacer es mirar detenida y seriamente lo que están haciendo ahora. No estoy diciendo que la sociedad israelí de hoy sea comparable con la sociedad nazi de la Segunda Guerra Mundial, pero definitivamente es una de las sociedades occidentales más dementes”.

Un monstruo llamado Talibanistán

11 nov 2007
Compartir: facebook twitter meneame delicious

musharraf-panuelo.jpg

La peor pesadilla de Estados Unidos se ha cumplido. Un país que cuenta con un arsenal nuclear está dirigido por un dictador cuya única prioridad es mantenerse en el poder. Está dispuesto a encarcelar a cualquiera que ose cuestionar su poder y alberga intenciones hostiles sobre su vecino. El Ejército es un gigante con pies de barro y corre el riesgo de desmoronarse ante una insurgencia yihadista similar a la de los talibanes. Es probable que en algún lugar de ese país se encuentre escondido Osama Bin Laden y lo que quede de la plana mayor de Al Qaeda.

Ese país no es Irak ni Irán. Se llama Pakistán y nunca como hasta ahora había preocupado tanto a los Gobiernos occidentales. La declaración del estado de emergencia –una ley marcial encubierta– esconde una realidad mucho más preocupante. Lo peor no es lo que ha ocurrido sino lo que está por ocurrir.

Para estar a tono con los mensajes habituales en Washington a cuenta de la “guerra contra el terrorismo”, el general Musharraf ha dicho a sus compatriotas y a sus aliados que el autogolpe era imprescindible para hacer frente a los violentos grupos yihadistas que desafían la estabilidad del país. Sin embargo, los que se han llevado hasta ahora los palos y han acabado en celdas han sido los abogados de chaqueta y corbata que defienden la Constitución.

Más al norte, en las zonas fronterizas con Afganistán, la ley marcial no ha tenido ninguna repercusión. Y no es que el Ejército no esté necesitado de ayuda. Allí, por primera vez en su historia, los militares parecen estar en el bando perdedor.
Los medios de comunicación especializados de la India ya están diciendo en voz alta lo mismo que los políticos occidentales dejan escapar en unas pocas frases y de forma confidencial.

El Ejército paquistaní está cerca del colapso. 92.000 soldados enviados a las zonas tribales se muestran impotentes ante un enemigo al que superan en número y armamento. Centenares de soldados han desertado, algo inaudito en una institución que se precia de ser la única que está en condiciones de sostener al país. Otros se han rendido ante fuerzas inferiores. La vergüenza es tan grande que Musharraf ha llegado a decir que los soldados liberados tras un intercambio de rehenes con la insurgencia serán procesados por alta traición.

Todo ello ha ocurrido en la Provincia de la Frontera del Noroeste. Con este poco inspirado nombre se conoce desde hace un siglo a la región fronteriza de Pakistán con Afganistán. En 1901 el virrey británico, Lord Curzon, se desplazó a Peshawar con la intención de poner fin a un error histórico. La protección del imperio en la India había obligado a emprender dos guerras afganas, con su inevitable cuota de heroicas derrotas. Los acuerdos con el rey de Afganistán habían permitido asegurar ese frente y trazar una línea divisoria, y los británicos no ganaban nada inmiscuyéndose en los asuntos de las tribus pastunes de la frontera.

La formación de la provincia tenía como principal objetivo permitir a esos bárbaros –porque así los veían los británicos– que siguieran ocupándose de sus propios asuntos.

Cuando Pakistán obtuvo su independencia en 1947 hubo que hacer algunos ajustes, pero en lo básico las condiciones de no intervención aceptadas por Curzon continuaron en vigor. El Estado paquistaní mantenía una presencia formal, pero la autoridad en muchos asuntos jurídicos y económicos residía en los códigos tribales. Todo eso empezó a cambiar en el 2002 cuando las tropas paquistaníes, con o sin asesores norteamericanos, empezaron a hacerse ver en la zona.

La lucha contra Al Qaeda y la progresiva talibanización de la zona han terminado por tragarse la autoridad del Ejército paquistaní. Su eficacia no ha ido a la zaga. En los últimos años, EEUU ha entregado 10.000 millones de dólares a Pakistán y, según cálculos independientes, el 60% de ese dinero ha ido directamente a las arcas del Ejército. La última y fracasada campaña contra la insurgencia ha sido costeada por el contribuyente norteamericano. Quién iba a decir a EEUU que estaba financiando a un tullido.

Los yihadistas han impuesto su control sobre el valle del Swat, una zona turística que cuenta con la única estación de esquí del país. En el colmo de la ofensa, han arriado la bandera de Pakistán e izado la de su movimiento. A lomos de un caballo negro, literalmente, su líder, Mullah Fazlullah, impone una visión teocrática que enorgullecería a los talibanes.

El Estado ha pedido su credibilidad en la provincia hasta niveles difíciles de creer. Algunas tropas han llegado a recibir la escolta de talibanes afganos que les protegían de los ataques de los grupos yihadistas locales.

Antes se podía decir que Afganistán estaba contaminando a toda Asia central. Ahora es más correcto decir que el virus es Pakistán.

Iñigo Sáenz de Ugarte

Teherán 1973

08 nov 2007
Compartir: facebook twitter meneame delicious

iran_embajada.jpg

Una web iraní ha colocado varias fotos de la toma de la embajada de EEUU en Teherán en 1979. Será para mantener el buen rollo en las relaciones entre los dos países que casi ya no pueden ir a peor, salvo en caso de guerra.  [Vía Passport]