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El mapa del mundo

“En época de mentiras, contar la verdad se convierte en un acto revolucionario” (George Orwell)

Los interrogantes de la pacificación de Irak

06 abr 2009
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Soldados iraquíes patrullan por el barrio de Fadhil. (Hadi Mizban, AP)

Por primera vez desde 2002, la cobertura periodística en EEUU de la guerra de Irak alcanzó en marzo un punto del que no hay precedentes: su ausencia. En el índice mensual que elabora el Pew Research Center, las historias de Irak no aparecen entre las diez más citadas en los distintos medios de comunicación. No es sólo que la crisis económica acapare todo el interés, sino que hasta los temas de Afganistán, Pakistán e Irán reciben más atención que Irak.

Las guerras se miden, entre otros factores, por el número de bajas. En marzo, sólo nueve militares norteamericanos murieron en Irak, la cifra más baja desde la invasión (el total de muertos es de 4.263). Eso justifica en buena parte el que los medios de comunicación, acuciados además por la crisis, hayan comenzado a abandonar las historias datadas en Bagdad. Y sin embargo, más de 130.000 soldados continúan allí y en algunas zonas su misión no es muy diferente a la de años anteriores.

En las últimas semanas, se ha producido un rebrote de atentados en los que han muerto 123 personas. Nadie sabe con exactitud si se trata de una reaparición de la insurgencia o si los antiguos insurgentes que habían decidido plantar batalla a los grupos yihadistas inspirados por Al Qaeda ahora han vuelto a sus ‘ocupaciones’ anteriores. Es significativo que la mayor parte de esos ataques se hayan producido en Bagdad o sus inmediaciones, una zona que había presenciado un claro descenso de la violencia.

El pasado fin de semana, el barrio bagdadí de Fadhil recuperó imágenes de un pasado no muy lejano. Las tropas norteamericanos se apostaron en los tejados para vigilar las calles con el apoyo de helicópteros Black Hawk. Soldados iraquíes, la mayoría chiíes, se enfrentaron a tiros con una milicia suní, uno de los grupos de Los Hijos de Irak, hasta hace unos meses bajo sueldo del Ejército de EEUU.

El intento de detener al líder de esa milicia, acusado de asesinato y extorsión, degeneró en tiroteos que no se aplacaron hasta tres días después. Lo más llamativo del caso de Fadhil es que podría repetirse en otros puntos del país. Las milicias suníes ya no cobran del Pentágono y acaban de saber que el objetivo de que la mayoría de sus 100.000 miembros pasaran a engrosar las filas de las fuerzas de seguridad iraquíes no se cumplirá. Ni hay dinero suficiente ni voluntad por parte del Gobierno de Bagdad.

Las autoridades han comunicado que sólo el 30% de estos milicianos se integrará en la Policía. El resto recibirá un salario durante algún tiempo hasta que pueda encontrar un empleo civil, y esto último si tiene suerte. Las milicias tribales suníes fueron claves para cambiar el curso de la guerra y están formados por antiguos insurgentes. Ahora el Gobierno de Nuri al Maliki se siente lo bastante fuerte como para prescindir de estos incómodos aliados. “Ya no necesitamos a los norteamericanos y Los Hijos de Irak no son más fuertes que el Gobierno”, le dijo un militar iraquí en Fadhil a un periodista estadounidense.

¿Cumplirán los milicianos suníes sus amenazas de volver a la insurgencia si el Gobierno de Maliki continúa presionándolos? Es una pregunta que nadie se atreve a responder con seguridad. Lo más llamativo es que los políticos chiíes no parecen muy preocupados por esa posibilidad. Desde la limpieza étnica ocurrida en la guerra civil de 2006, los chiíes son la inmensa mayoría de los habitantes de Bagdad y sus partidos no permitirán que se ponga en tela de juicio su control de la capital.

El clima de miedo permanece. Se calcula que sólo un 16% de las familias suníes que huyeron de Bagdad se han atrevido a regresar. La división entre suníes y chiíes es uno de los legados más difíciles –de la dictadura de Sadam y de la guerra– con los que convivirán durante años los iraquíes.

Hasta ahora los norteamericanos se han desentendido de los problemas de los milicianos suníes. No podrán hacer lo mismo con los kurdos. En las últimas elecciones locales, el control de la provincia de Nínive, en el norte, ha pasado a manos de un partido árabe dispuesto a frenar el expansionismo kurdo. Promete expulsar a los pesmergas kurdos que desde 2003 han sido los dueños de la provincia.

El panorama político iraquí es mucho más fluido que lo que aparenta un reparto del voto que suele plasmarse en líneas sectarias: los suníes a partidos suníes, los chiíes a partidos chiíes, y lo mismo hacen los kurdos y otras minorías. Nínive es una excepción porque allí el partido ganador se identifica como árabe al recabar votos de suníes, turcomanos y algunos chiíes. El juego de alianzas puede variar. El acuerdo de los últimos años entre chiíes y kurdos no está asegurado. Los dirigentes kurdos disfrutan de mejores relaciones con el Consejo Supremo Islámico de Irak que con Dawa, el partido de Maliki, que salió fortalecido de las últimas elecciones locales y que ahora no descarta buscar nuevos socios desde una posición de fuerza.

La cuestión de Kirkuk continúa sin respuesta. Maliki rechaza un futuro de federalismo para Irak y más tarde o más temprano terminará enfrentándose a los kurdos. La violencia de Irak puede volver a ocupar un espacio relevante en los periódicos de EEUU.

Iñigo Sáenz de Ugarte

El reloj de la historia de Irak

22 jun 2008
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Los neocon gustan de alardear de su admiración por Winston Churchill. Siempre que aparece la figura del primer ministro británico en sus textos –cierto, algunos de ellos saben escribir– vemos al político de principios incapaz de aceptar la derrota y mucho menos la ignominia de la rendición.

Hay un Churchill que no conocen, o que no quieren conocer, y es el Churchill que fue testigo de una aventura imperial que se cobró en 1920 las vidas de centenares de soldados británicos y miles de iraquíes, además de decenas de millones de libras esterlinas. Inevitablemente acabó mal. El lugar de este fiasco era Irak.

En 1922 Churchill ya era consciente de la futilidad de la tarea del mandato británico sobre Mesopotamia. En una carta al primer ministro, Lloyd George, le recordaba que estaba sentado sobre un negocio ruinoso: “En estos momentos estamos pagando ocho millones al año por el privilegio de vivir sobre un volcán desagradecido del que en ningún caso estamos sacando nada que tenga valor”.

Finalmente, el control colonial directo resultó inviable y los británicos optaron por una solución imaginativa. Se inventaron un trono para el rey Faisal, importado de fuera del país, para que hiciera posible la modernización del nuevo Estado. Traducción: Londres controlaría a distancia los destinos de Irak sin mancharse las manos ni gastarse tanto dinero.

La debilidad de las autoridades era evidente, por lo que no resulta extraño que se vieran obligadas a firmar en 1930 un vergonzoso acuerdo con los británicos. “El tratado fue ratificado por un Parlamento iraquí dócil, pero fue contundentemente rechazado por los nacionalistas. La dependencia iraquí de Gran Bretaña envenenó la política del país durante el cuarto de siglo siguiente”, recordaba no hace mucho el ex ministro Alí Alaui.

Los británicos obtuvieron el derecho a plantar dos bases militares y evidentemente podían utilizar a su antojo los aeropuertos, carreteras y puertos de Irak. Un negocio tan bueno para Londres como malo para la monarquía, que fue derrocada en 1958.

Muchas décadas después, el experimento iraquí vuelve a ponerse en marcha y esta vez no hay ningún Churchill que alerte sobre los riesgos. Es cierto que el “volcán” va a recibir este año 70.000 millones de dólares por la exportación de petróleo. Cualquier tipo de prestación tiene que ser sumamente rentable.

Otra potencia colonial está presionando a los responsables de otro proyecto nacional iraquí para que firmen un tratado que legitime la influencia occidental hasta niveles peligrosamente ofensivos.

Las primeras noticias sobre lo que EEUU quiere tener en Irak han causado un escándalo en Bagdad: decenas de bases, control total del espacio aéreo, inmunidad para sus soldados y hay quien dice que hasta para los mercenarios, y libertad total para que los extranjeros monten operaciones militares en las que los objetivos serán inevitablemente iraquíes.
Este tipo de negociaciones suelen ser largas y complicadas. No es insólito que se prolonguen durante cerca de un año.

Pero Washington tiene prisa. Pretende que el acuerdo sea un hecho a finales de julio con tiempo suficiente para que Bush pueda dar por concluida la aventura iraquí con algún discurso como el de “Misión cumplida” que pronunció en la cubierta de un portaaviones en mayo de 2003.

En principio, y por una cuestión de simple respeto a la soberanía iraquí, el Gobierno de Bagdad dice que no tolerará un pacto en esas condiciones. Lástima que estamos en una situación similar a la célebre conversación de George Bernard Shaw con una señora que primero respondió que se lo pensaría a una oferta por sus favores carnales tasada en 50.000 libras y que luego se escandalizó al reducirse la tasación a un puñado de billetes. “¿Por quién me ha tomado, señor?”, dijo la dama. “Ya tenemos claro qué clase de persona es. Ahora sólo estamos discutiendo el precio”, replicó el dramaturgo.

Hay algunos hechos que permiten no tanto ser optimista sobre el futuro de Irak pero sí intuir que lo peor de la guerra ha pasado: el descenso de la violencia, una mayor estabilidad política y el aumento de los ingresos por el petróleo. Los tres factores cuentan con su lado siniestro: aún hay atentados indiscriminados, las relaciones entre el Gobierno y el movimiento nacionalista de Al Sáder siempre están al borde del estallido violento y tanto la incompetencia como la corrupción lastran el despegue económico que podría facilitar el precio del crudo.

Irak se juega ahora su futuro. Si acepta convertirse en una colonia puede retrasar el reloj de su historia hasta 1930: una época de sometimiento, golpes de estado, diez años de anarquía y la dictadura de Sadam. Retrasar el reloj de la historia suele tener consecuencias terribles.

Iñigo Sáenz de Ugarte

El Hotel Palestina, ¿objetivo o refugio?

20 may 2008
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El juez Pedraz tendrá que preguntar a Trillo y Palacio si sabían que el Hotel Palestina estaba entre los objetivos militares de EEUU, según acabamos de conocer por revelaciones de una ex sargento. Aznar convirtió a España en aliado político clave en esa guerra y se presupone que tenía línea directa con los dirigentes de aquel país, así que será interesante indagar cuánta información facilitaba EEUU a su aliado.

Nuestro Gobierno sí tenía conocimiento de dónde estaban sus ciudadanos en Bagdad: se alojaban en el Hotel Palestina. Eso no me lo tiene que confirmar nadie, lo sé yo. También lo sabía EEUU, según Colin Powell.

Es decir, el hotel estaba en dos listas a la vez. En una se daba luz verde para disparar y en la otra, se supone, se prohibía. Lamentablemente al final un tanque disparó y mató a dos personas. ¿Hay alguna responsabilidad? Según vamos conociendo más datos, está más claro que sí.

Juan Pedro Valentín 

En el país de los ciegos todos miran a Petraeus

08 abr 2008
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El precio de la escalada militar que se inició el año pasado se paga en sangre. Desde entonces, más de 900 soldados norteamericanos han muerto en Irak. Por tanto, ese despliegue de tropas adicionales tenía que ser un éxito por activa o por pasiva. Ni siquiera los medios de comunicación se atreverían a cuestionarlo. En eso, el general Petraeus es un digno servidor de la causa de Bush.

Si los problemas persisten, aunque el descenso de la violencia sea un hecho, siempre se puede echar la culpa a los iraquíes. La Casa Blanca vendió la invasión como la forma de regalar la democracia a los iraquíes. Irak iba a ser el faro de la libertad en Oriente Próximo. Ahora la propaganda ha tenido que cambiar de música: si EEUU se retira, los iraquíes se matarán entre ellos. Como no están preparados, el castigo consiste en soportar a las tropas extranjeras. Extraña idea de la libertad.

Petraeus es también un aliado inmejorable para McCain. El general defiende el mantenimiento de las tropas y ofrece un horizonte de victoria. El senador no necesita más para continuar uniendo su destino político al de la guerra. No importa que McCain se haya equivocado antes sobre la insurgencia suní, la seguridad en las calles, las discordias entre chiíes o el futuro de Moqtada Al Sáder. Con el apoyo de la prensa, todo eso le ha salido gratis a McCain. No es tan extraño como parece. En Irak son los ciegos los que trazan la estrategia.

Iñigo Sáenz de Ugarte 

El Estado minusválido de Irak

30 mar 2008
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Hay cierta paradoja que se repite con una alarmante frecuencia en la guerra de Irak casi desde sus inicios. Los norteamericanos empiezan todas las jugadas sobre el tablero y al final siempre terminan ganando los iraníes. Los dirigentes iraquíes gustan de utilizar un lenguaje bélico similar al de la Administración de Bush, pero sus decisiones nunca incomodan a Teherán.

Los dos principales partidos del Gobierno de Irak (el Consejo Supremo Islámico de Irak, CSII, y Al Dawa) no hubieran sobrevivido a la dictadura de Sadam sin el apoyo iraní. Las milicias del CSII fueron financiadas y entrenadas durante años por sus vecinos del otro lado de la frontera, y quizá lo sigan siendo ahora. La prioridad de los partidos chiíes, y de sus padrinos de Teherán, consiste en asegurarse de que nunca más Irak sea gobernada por los suníes. El partido de Alí (el yerno de Mahoma que perdió la batalla por suceder al profeta ante el clan de los Omeya y que es en cierto modo el padre fundador de los chiíes) nunca volverá a las catacumbas de la sociedad iraquí.

La guerra civil de baja intensidad que ha comenzado esta semana en el sur del país es otro capítulo catastrófico de este proceso. Irak es un Estado minusválido que depende de la asistencia permanente de Washington y Teherán –cada uno con sus objetivos opuestos– y que carece de instituciones nacionales que merezcan ese nombre. La partición del país, aún conservando sus fronteras y cierta ficción institucional, es el horizonte más probable y terminará siendo el mayor legado de la ocupación norteamericana.

Como se suele decir medio en broma, a los chiíes no les importa demasiado que los kurdos conserven su afición a las bebidas alcohólicas. No hay ortodoxia islámica que mantener en el norte. Su gran objetivo es modelar el país en forma de una confederación que les asegure el control de todo el sur, y eso incluye evidentemente los campos petrolíferos, y de la capital, Bagdad.

Con los suníes incapaces de presentar un programa político común, la única voz nacional que se opone a este proyecto es la de Moqtada Al Sáder, el autoproclamado defensor de las clases bajas iraquíes. Su mensaje nacionalista iraquí no conviene a los intereses de EEUU e Irán. Los sectores más radicales del régimen iraní lo han utilizado en ocasiones para desgastar al Ejército norteamericano, por aquello de que cuanto más tiempo estuviera enfangado en el avispero iraquí menos opciones tendrían los neocon de dirigir sus cañones hacia Irán. La apuesta iraní, sin embargo, pasa por reforzar al CSII y Al Dawa para que sean estos partidos los que consoliden el poder shií en Irak.

Las brutales milicias de Al Sáder estuvieron detrás de la limpieza étnica que sacudió Bagdad en 2006. Por entonces, al Gobierno iraquí le interesaba que fueran otros quienes realizaran el trabajo sucio. Ahora las tornas han cambiado. El esfuerzo de Al Sáder por blanquear a su movimiento a través de una tregua lo estaba convirtiendo en un rival político preocupante a largo plazo. Y lo será aún más cuando el debate sobre una hipotética retirada norteamericana comience en el momento en que Bush abandone la Casa Blanca. Al Sáder se opone a cualquier presencia militar permanente de EEUU en Irak, un asunto del que se hablará mucho el próximo año.

Resulta casi divertido el intento de la mayor parte de la prensa de EEUU por pintar a Al Sáder como el nuevo chico malo de la película (al que por otra parte no le faltan méritos: es tan cruel y despiadado como el resto de dirigentes iraquíes). Una parte de la confusión con la que políticos y periodistas norteamericanos afrontaron las matanzas de 2006 es que ya no tenían a una figura maligna a la que achacar todos las desgracias. Sin Sadam o Zarqaui en la trama, no parecía sencillo vender una narrativa sólida. Al no poder presentar al nuevo Hitler del momento, ¿cómo puedes definir como decisiva su futura eliminación?

La única opción es presentar estos combates como otro intento por asentar la autoridad del nuevo Estado iraquí. Lo que en este caso exige apostar por la victoria de la milicia personal del primer ministro Maliki (el Ejército) y de la milicia del CSII sobre la milicia de Al Sáder.

La milicia más poderosa y mejor organizada, más conocida como el Ejército de los Estados Unidos de América, ya se ha visto obligada a intervenir en Basora con ataques aéreos, más aún desde que han aparecido las primeras noticias de deserciones en las tropas iraquíes. No parece que Maliki esté en condiciones de aplicar a Basora la misma receta que sufrió Faluya –destruir la ciudad para poder salvarla del mal–, y por eso se ha apresurado a decir que él no ha pedido la colaboración norteamericana.

El enigma iraquí tiene una explicación deprimente: el país se ha convertido en una lucha de clanes armados infiltrados a su vez por todos sus enemigos. Como en Somalia, pero con mejores uniformes.

Iñigo Sáenz de Ugarte 

Guerras de generales

23 mar 2008
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Héroe de la II Guerra Mundial, virrey del Japón ocupado y, por encima de todo, arrogante como pocos caudillos, Douglas MacArthur estaba destinado a chocar con el presidente Truman. En la guerra de Corea, cometió el error de subestimar la capacidad de China para lanzar un temible contraataque. Cuando lo peor de la ofensiva fue conjurada y Truman estaba a punto de ofrecer negociaciones a Pekín, MacArthur amenazó a China –evidentemente sin consultarlo a sus superiores– con llevar la guerra al interior de su territorio. Para él, la victoria completa era la única forma concebible de poner fin a una guerra.

Había colmado la paciencia de Truman y su destino sólo podía ser la destitución. Avisado de que el general podía adelantarse a la comunicación oficial del relevo presentando la renuncia, Truman no quiso darle esa satisfacción: “Ese hijo de puta no me va a presentar la dimisión. Quiero que lo echen”.

Tales insubordinaciones no son frecuentes entre los militares norteamericanos, lo que no quiere decir que las relaciones hayan sido siempre pacíficas con el poder civil. El alto mando militar desconfiaba de Kennedy, porque no adoraba a los dioses de la guerra. Johnson dirigía la matanza de Vietnam desde su despacho, pero entregó al general Westmoreland todas las divisiones que le pidió sólo porque creía ver una luz al final de un túnel cegado por los cadáveres.

Antes de la invasión de Irak, los generales se plegaron como velas ante los vientos de guerra que soplaban desde la Casa Blanca. No se atrevieron a decir que el número de tropas era insuficiente para ocupar un país de 25 millones de habitantes. No osaron cuestionar la luz verde a la tortura. Se quedaron boquiabiertos al ver cómo se disolvía el Ejército iraquí, aunque muchos eran conscientes de las nefastas consecuencias. Sólo eran corderos con la pechera llena de medallas de hojalata.

Con la salida de Rumsfeld del Pentágono, algunos recuperaron sus atributos y pusieron su cerebro a funcionar. Sus coroneles y capitanes estaban abocados a una misión imposible por culpa de una estrategia condenada al fracaso. Lo primero fue afrontar la realidad y olvidarse de la propaganda de la Casa Blanca, esa que decía que la insurgencia estaba en “sus últimos estertores”.

La clave era rectificar errores anteriores y acelerar la reconstrucción del Ejército iraquí. La misión ya había sido encomendada a David Petraeus, uno de los generales más conscientes de los límites de la guerra contra la insurgencia. Los resultados fueron mediocres, como se hizo evidente en la guerra civil que destruyó Irak en 2006. Muchos de los mandos militares y policiales entrenados por los norteamericanos se pasaron a las filas de la insurgencia suní o estaban a sueldo de las milicias chiíes.

La constatación de que el Ejército de EEUU había sido un testigo impotente ante la limpieza étnica contra los suníes ocurrida en Bagdad llevó al proceso en el que estamos ahora. Petraeus recibió la misión de poner en marcha la escalada militar y pacificar Bagdad a toda costa. Bush ya tenía a su general favorito al frente del campo de batalla. Como Johnson con Westmoreland, la Casa Blanca tenía a un militar en el que poner todas sus esperanzas. La habilidad de Petraeus para encandilar a la prensa de EEUU ayudó lo suyo, pero hubiera vuelto a fracasar sin la división de la insurgencia. Las irreductibles tribus suníes de Anbar se embarcaron en una lucha a muerte contra los yihadistas de Al Qaeda. Por algo decía Napoléon que quería tener cerca a generales con suerte.

El descenso de la violencia en Bagdad ha abierto un escenario nuevo. El propio Petraeus sabe que por debajo de las cifras optimistas corren ríos de sangre que pueden volver a la superficie. Por eso, ha entrado en conflicto con el mando militar norteamericano, que quiere reducir el nivel de tropas en Irak. Tienen muy presente que el Ejército se encuentra al límite de su capacidad y si no levantan el pie del acelerador en Irak pueden lamentarlo en otros frentes bélicos.

Uno de esos militares era el almirante William Fallon, jefe del Mando Central del Pentágono, y por tanto el superior directo de Petraeus. Fallon se había convertido en el MacArthur de Bush por su oposición a un ataque sobre Irán y sus presiones a Petraeus para que permitiera el descenso de tropas. Fallon es ya historia, obligado a dimitir por un artículo que le presentaba como el único militar con agallas para frenar las ansias militaristas de la Casa Blanca.

Petraeus (por seguir con la analogía, el Westmoreland de Bush) tiene ahora el campo libre. ¿Pero para hacer qué? “Como un torniquete, el incremento de tropas ha permitido parar la hemorragia”, ha dicho el senador Jack Reed, pero no ha servido como cura definitiva. Petraeus teme que si liberan la presión sobre la herida la recaída será inevitable. Entonces ni la suerte ni ser el favorito del emperador le salvarán el cuello.

Iñigo Saénz de Ugarte 

La vacuna puede matar al enfermo

17 feb 2008
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Jamal al-Qaisi habla claro. Las fuerzas de seguridad iraquíes no son bienvenidas en el barrio de Al-Fadhil, en Bagdad: “Somos un Estado independiente. No permitiremos que entre aquí ni el Ejército ni la Policía”. Hay tantos grupos armados que no reconocen la autoridad del Gobierno iraquí que estas declaraciones no deberían llamar la atención. Sin embargo, no proceden de un dirigente de Al Qaeda o de un grupo insurgente, sino de un aliado de EEUU.

Al-Qaisi es el número dos de la milicia suní que colabora con los militares norteamericanos en la vigilancia del barrio. Su principal misión es mantener alejados de Bagdad a los miembros de Al Qaeda. El descenso de la violencia en la capital se debe fundamentalmente a grupos armados como el suyo, adoptados y financiados por EEUU para que se enfrenten a su peor enemigo.

Son la demostración de que no sólo las fuerzas occidentales han cometido errores en Irak de los que más tarde se han arrepentido. Al Qaeda intentó someter a las tribus suníes de la provincia de Anbar, a las que hasta el propio Sadam Hussein mantenía a distancia, y terminó por pagar el precio de su osadía.

La lista de gente que mira con recelo a estas milicias no se compone sólo de yihadistas que han jurado lealtad a Osama bin Laden. El Gobierno iraquí, controlado por los partidos chiíes, teme que terminen por extender su influencia hasta Bagdad. Allí a lo largo de 2006 se produjo una carnicería de asesinatos y represalias que desequilibró el balance demográfico de la ciudad a favor de los chiíes. Los vencedores no quieren revisar el resultado de la limpieza étnica que en la práctica limpió de suníes la ciudad.

Durante meses, el Ministerio iraquí del Interior se ha resistido a las presiones norteamericanas para que integre a esos 77.000 milicianos en las fuerzas de seguridad locales. A fin de cuentas, la mayoría de ellos son antiguos insurgentes. La semana pasada, el Ministerio cedió finalmente y anunció la contratación de 12.000. Evidentemente, los denominados Hijos de Irak (un cierto sentido del marketing a la hora de elegir un nombre con gancho también funciona en las guerras) esperaban algo más.

El Ejército de EEUU no es tan optimista sobre el futuro de Irak como la prensa de su país. Sabe que los avances conseguidos son frágiles y que pueden revertirse en no mucho tiempo. La maquinaria militar norteamericana no da más de sí. A partir del verano de este año, le será casi imposible mantener el mismo número de tropas en Bagdad. Las posibilidades de que haya choques armados entre la Policía y las milicias suníes son altas.

De hecho, esos enfrentamientos ya han comenzado. En Baquba, los milicianos han salido a la calle para exigir la dimisión del jefe de la Policía local, al que acusan de detener a suníes de forma indiscriminada. Amenazan con abandonar la primera línea de combate contra Al Qaeda, aunque pocos creen que vayan a dejar las armas y refugiarse en sus casas. Su intención es controlar Baquba, no estar a las órdenes de la Policía.

Algunos de los líderes nacionales de las milicias suníes niegan la legitimidad del Parlamento o incluso de los partidos suníes con representación en la Cámara. Otros no aceptan la nueva bandera iraquí o no permiten la entrada de la Policía en las zonas que patrullan. Hasta acusan a las milicias chiíes, y no a Al Qaeda, de la ola de ataques que han sufrido sus líderes.

La vacuna contra Al Qaeda puede terminar volviéndose contra el enfermo.

En el origen del problema está la falta de un acuerdo nacional entre chiíes, suníes y kurdos. El Parlamento ha aprobado esta semana tres leyes que son un paso en la dirección correcta, incluida una amnistía para muchos de los 26.000 presos, la mayoría suníes, que pueblan las cárceles. No se conocen los detalles de estas leyes, por lo que hay que recordar que parecidos esfuerzos de reconciliación han fracasado antes por la falta de voluntad del Gobierno.

Entre las nuevas iniciativas no hay ninguna relacionada con el petróleo. Los kurdos han entregado por su cuenta concesiones petrolíferas a dos empresas extranjeras, ante la indignación del Gobierno central, y continúan lanzando mensajes amenazadores sobre el estatus de la ciudad de Kirkuk, disputada por árabes y kurdos.

Quizá Irak ya no sea un moribundo agonizante, pero dista mucho de haber recuperado la salud. Se ha convertido en un enfermo crónico propenso a recaídas, que contempla alarmado cómo los médicos no se ponen de acuerdo o, cada vez con más frecuencia, se pelean entre sí.

Los norteamericanos no pueden prescindir de ninguno de sus aliados. Algunos de ellos son casi tan violentos e intolerantes como sus enemigos. Si no consiguen imponer una reconciliación por la fuerza –y ésa es una alianza que tendría todo el aspecto de un matrimonio temporal de conveniencia–, pueden verse forzados a tomar partido en una repetición de la guerra civil de 2006.

Iñigo Sáenz de Ugarte

151.000 cadáveres

13 ene 2008
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El ataque duró sólo diez minutos, pero no fue una simple escaramuza. Dos bombarderos B-1 y cuatro cazas F-16 lanzaron el martes 21 toneladas de explosivos sobre objetivos situados en Al Jabour, una zona rural en el límite sur de Bagdad. Algunos lo han comparado con una versión algo más reducida de la campaña de “shock and awe” con la que los norteamericanos iniciaron la invasión de Bagdad. Evidentemente, los portavoces militares lo denominaron un “ataque selectivo” contra “objetivos de Al Qaeda” que evitó infligir “daños colaterales”. ¿Cifra de bajas entre los miembros de Al Qaeda? Desconocida. ¿Cifra de bajas civiles? Ninguna. Desde luego.

La marea de fuego cayó sobre depósitos de armas y explosivos de los terroristas, según la versión oficial. “No supone en absoluto una escalada en los combates de Irak”, dijo el coronel Terry Ferrell. 21 toneladas no alcanzan el nivel de “escalada”. Es sólo un día más en la guerra de Irak.

Hace tan sólo cuatro semanas, el Ejército anunció a través de Radio Sawa, una emisora financiada por EEUU, que había eliminado los últimos vestigios de presencia de Al Qaeda en Al Jabour y otra localidad cercana. Por tanto, los habitantes que habían abandonado el pueblo por miedo a los combates podían volver tranquilamente a sus casas. Confíemos en que se hayan tomado su tiempo para hacer las maletas. Los iraquíes ya saben que creerse los comunicados oficiales puede ser un pasaporte rápido hacia la otra vida.

Esta semana hemos conocido también las conclusiones de uno de los mayores estudios realizados sobre el número de muertes en la guerra. La Organización Mundial de la Salud y el Ministerio iraquí de Sanidad estiman que entre el inicio de la invasión del país y junio de 2006 murieron entre 104.000 y 223.000 personas, siendo 151.000 la cifra más probable. Se trata de víctimas de la guerra, ya que no se contabilizan las muertes por causas naturales o por accidentes.

La estimación del estudio es muy inferior a la publicada por la revista científica The Lancet en 2006, que cifró los muertos en 600.000. Los dos informes se han hecho con una metodología similar y ambos cuentan con limitaciones inevitables a la hora de precisar una cifra que nunca podrá conocerse con exactitud. El responsable del departamento de Salud en la zona occidental de Bagdad cree que la cifra real es algo superior a las conclusiones del informe de la OMS. En cualquier caso, el recuento se detiene en junio de 2006, cuando aún quedaban seis meses para terminar el que fue el año más sangriento de la guerra, cuando como mínimo morían 3.000 personas cada mes.

Hablar en pasado de las consecuencias de esta carnicería que iba a traer la democracia a Irak es un error flagrante. Los últimos meses del 2007 han traído un descenso de la violencia, que en líneas generales se retrotraído al nivel de 2005. Por entonces, Irak no era un destino turístico muy solicitado.

Pasada la época de las mentiras, en EEUU se ha impuesto la de los mitos. La clase política y periodística se siente inmensamente aliviada con la evolución, aunque ya no engendra monstruos en sus especulaciones sobre Irak. Pocos hablan de victoria y, conscientes de que sus fuerzas militares no dan más de sí, sólo aspiran a ir neutralizando los peores efectos de la guerra, retirar quizá a unos 100.000 soldados en un periodo de dos años, y dejar a los iraquíes como regalo un reducido número de bases permanentes, dotadas de sus McDonalds, boleras y barbacoas, como legado de su aventura imperial.

EEUU nunca dejará de tener una cabeza de puente en Oriente Próximo con la que seguir protegiendo a las dictaduras árabes, en especial si gestionan una inmensa bolsa de petróleo.

El último mito que manejan los medios de comunicación es el de la reconciliación entre chiíes, suníes y kurdos. Se suponía que la escalada militar norteamericana iba a servir para crear un escenario político menos violento que permitiera a las fuerzas políticas iraquíes restañar las heridas de la guerra y establecer un consenso básico sobre el futuro.

La joya de ese acuerdo debía ser la ley del petróleo, que repartiría con justicia los ingresos de su exportación entre todas las comunidades del país. Ese pacto debía haberse comenzado a discutir en el Parlamento en diciembre de 2006 y aún está por llegar. El botín es demasiado suculento. Ahora hasta el Pentágono sabe, según un informe de diciembre, que “la corrupción en la industria petrolífera continúa siendo un problema significativo a todos los niveles”.

Lo único que ha conseguido EEUU es aprovechar el violento enfrentamiento entre los mayores grupos de la insurgencia con Al Qaeda para formar una red de milicias suníes integrada por decenas de miles de hombres armados. Ha sido un dinero bien invertido. A fin de cuentas, la mayoría de esos milicianos son antiguos insurgentes de la provincia de Anbar.

Resignados a la evidencia, EEUU ya no pretende ganarse “los corazones y las mentes” de los iraquíes, sino como mucho engordar sus bolsillos. Las milicias suníes se aprovechan de este giro para preparar la próxima guerra, la que les enfrentará a los partidos y milicias chiíes que gobiernan el país.

La cifra de 151.000 cadáveres se va a quedar muy corta.

Iñigo Sáenz de Ugarte 

Tácticas de combate

10 ene 2008
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Al rico conejo

Un soldado iraquí se merienda un conejo al que acaba de sacrificar de un tajo. El almuerzo tuvo lugar en una ceremonia por el primer aniversario de la transferencia del control de la ciudad de Nayaf a las fuerzas iraquíes. La foto es de Qassem Zein, de AFP. Nos han llegado otras fotos en las que se ve a un soldado abriendo las entrañas a un perro con un puñal y luego comiéndoselas sin ayuda de cubiertos. Es la forma que tienen los soldados iraquíes de demostrar fiereza. Muy profesional.

Cómo fabricar la próxima guerra

28 oct 2007
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Los ministros de Exteriores no deberían tener conversaciones privadas. Corren el riesgo de tener un descuido y contar la verdad. El diario Haaretz acaba de revelar que la jefa de la diplomacia israelí, Tzipi Livni, dijo hace unos meses –en privado desde luego– que el supuesto programa iraní de armas nucleares no supone una amenaza existencial para Israel. El ex jefe del Mossad Ephraim Halevy mantiene una opinión similar.

No es eso lo que se oye en EEUU e Israel. Con la misma partitura que se interpretó con éxito en el caso de Irak, se van dando todos los pasos necesarios para que la próxima guerra en Oriente Próximo parezca inevitable.

Lo primero es crear un estado de alarma generalizada. Bush ha dicho que todos aquellos “interesados en evitar una Tercera Guerra Mundial” deberían también apoyar cualquier esfuerzo que impida a Teherán “conseguir la tecnología necesaria” para fabricar su propia bomba nuclear.

Las apuestas están muy elevadas. Tras el fiasco de las armas de destrucción masiva iraquíes, cualquier cosa que no sea el Armagedón no va a conmover a la opinión pública internacional. Y eso es precisamente lo que nos están sirviendo.
Últimamente, se habla poco de plazos concretos. El 2006 fue el año en que norteamericanos e israelíes precisaron con un margen de meses o años el momento en que los ayatolás de Teherán dispondrían de su primera cabeza nuclear. El primer ministro israelí, Ehud Olmert, avisó en mayo de ese año que Irán estaba sólo a unos meses de ver fructificados sus esfuerzos. Pasó el tiempo y la bomba no apareció.

Con tales errores de bulto en el pronóstico, parecería que a sus responsables se les debería de haber agotado el crédito. No es así, porque cuentan con la ventaja de una opinión pública crédula y unos medios de comunicación que no tienen inconveniente en repetir rumores y mentiras.

Ahora es el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) el que avanza fechas, entre tres y ocho años, como dijo hace unos días Mohamed El Baradei, pero nadie le escucha.

La carta nuclear por sí sola no garantiza el camino hacia la guerra. Por eso, Washington ha ido variando el casus belli para tener la misma variedad de argumentos de la que dispuso cuando la diana estaba puesta sobre la cabeza de Sadam Hussein. Nada hay que preocupe más a los norteamericanos que la suerte de sus tropas en Irak. A la Casa Blanca y el Pentágono les conviene hacer ver que la razón de la muerte de 3.800 de sus soldados no está en la atroz incompetencia de sus líderes, sino en la maldad intrínseca de los dirigentes iraníes.

De ahí las constantes acusaciones a Irán de estar facilitando armas y munición a la insurgencia. EEUU acusa a Teherán de estar desestabilizando al Gobierno iraquí. En cierto modo, no deja de ser divertido. Son precisamente las autoridades iraquíes las que desmienten la denuncia, por ejemplo cuando visitan periódicamente Teherán.

Las relaciones entre Irán e Irak, al menos en el plano oficial, son las mejores que han disfrutado en décadas, o quizá en toda su historia, dados los antecedentes de la mítica rivalidad entre árabes y persas. Aunque son bastante incompetentes, resulta difícil de creer que los políticos de Bagdad no sean conscientes del doble juego de Teherán.

Las mismas imputaciones a Teherán salen desde Washington a cuenta de la guerra de Afganistán. En este caso, por colaborar con los talibanes, responsables en el pasado de la limpieza étnica contra los chiíes afganos. El ejemplo se repite. El Gobierno de Kabul dice que no hay pruebas de esa supuesta desestabilización. La Casa Blanca no se da por aludida.

La prensa británica ha informado, por el contrario, de otras infiltraciones de las que se habla menos. Se trata del apoyo que la CIA presta a grupos armados iraníes, tanto del Kurdistán como de Beluchistán, que han cometido atentados en territorio iraní. Pero ya se sabe que hay terrorismos buenos y terrorismos malos. Depende del origen de sus fondos.

Para que toda esta maquinaria propagandística surta efecto, es necesario que los periodistas pongan algo de su parte. En EEUU lo hicieron hace cuatro años vendiendo como hechos las denuncias no confirmadas sobre Irak procedentes del poder.
Al conocerse las dimensiones del engaño, hicieron acto de contrición. Ahora vuelven a las andadas. Ante la noticia de las últimas sanciones norteamericanas contra Irak, el muy progresista The Washington Post ha informado a sus lectores que la Administración no pretende comenzar una nueva guerra, sino prevenirla.

Es el mismo periódico que en octubre de 2002 –cuando se pidió autorización al Congreso para utilizar acciones militares contra Irak– informó que esa votación era “la mejor forma de prevenir la guerra”.

Miedo incontrolable. Mentiras interesadas. Una prensa cómplice. Los ingredientes de la próxima guerra ya están sobre la mesa.

Iñigo Saénz de Ugarte