
Dos mujeres están embarcadas en una desequilibrada pelea contra el régimen integrista de Irán. Intentan que se les permita competir como pilotos en las carreras de coches. No parece que la segregación de hombres y mujeres, presente en muchos lugares públicos de Irán, pueda verse vulnerada en el interior de un vehículo si los dos ocupantes son mujeres, pero eso no importa. El caso es presionarlas para que desistan de participar en una actividad supuestamente masculina.
Pero ellas no se rinden.
“Racing against the Mullahs”. Un reportaje en Der Spiegel, con fotos.

El viaje de Kissinger a China en 1971 dio lugar a muchas conversaciones interesantes. El primer ministro chino, Chou en-Lai, preguntó al secretario de Estado norteamericano por la CIA y su omnipresencia en los conflictos de medio planeta. Kissinger dijo que los poderes de los espías de EEUU estaban sobrevalorados. Chou respondió que siempre que ocurría algo en el mundo, todos pensaban que la CIA había estado involucrada. “Es cierto y eso les halaga”, dijo Kissinger, “pero no se merecen esa reputación”.
Decenas de miles de millones de dólares invertidos durante años en los servicios de espionaje han producido una lista muy corta de éxitos y, por el contrario, una vergonzosa sucesión de fracasos. Las verdaderas dimensiones del arsenal nuclear soviético, el desmoronamiento económico de la URSS y su abrupto final, la bomba nuclear obtenida por la India y Pakistán, lo cerca que estuvo Sadam Hussein de conseguir la Bomba a finales de los ochenta y lo lejos que estaba 13 años después…
Si la CIA fuera una empresa privada, hace tiempo que la habrían cerrado. La relación calidad-precio de sus agentes es deplorable. Entre las grandes instituciones norteamericanas sólo el equipo de baloncesto de los New York Knicks le supera en incompetencia y mediocridad.
Y sin embargo, sigue siendo la CIA y si unimos a los otros quince servicios de inteligencia que existen en EEUU, su influencia en el debate político norteamericano no puede ser desdeñada. En especial, cuando hay cuentas pendientes que solventar.
De forma inesperada y dos años después de dar a George Bush la cobertura necesaria para vender (con pruebas falsas) a la opinión pública la invasión de Irak, la CIA y los demás organismos han llegado a la conclusión de que Irán interrumpió su programa militar nuclear en 2003 y que no lo ha reanudado desde entonces. No es una verdad revelada por el Ser Supremo ni existen pruebas irrefutables. El análisis de los datos obtenidos por el espionaje suele moverse en un mundo de probabilidades, no de certezas absolutas.
En cualquier caso, las conclusiones del NIE (siglas en inglés de la Estimación Nacional de Inteligencia) han dejado inservible la pólvora acumulada por la Administración de Bush para su utilización contra Irán. El texano no despedirá su presidencia con una salva de Tomahawks sobre Teherán. Los neocon no tendrán su segunda oportunidad de incendiar Oriente Próximo.
Algunos de los más conspicuos representantes de esta tendencia, como el ex embajador en la ONU John Bolton, han acusado a los autores del informe de socavar la autoridad del presidente o, incluso, de protagonizar un complot con el que acabar con los sueños imperiales de la derecha. La única forma de impedir que los ayatolás tengan acceso al arma nuclear es un cambio de régimen, vienen a decir, y si para conseguirlo, tienen que morir miles de personas, que así sea.
Son los mismos que, cuando la estatua de Sadam besó el suelo, se apresuraron a lanzar su nuevo mantra: “Cualquiera puede ir a Bagdad. Los hombres de verdad quieren ir a Teherán”.
Lo divertido es que, sin llegar a esos niveles conspiranoicos, hay algo de cierto en la rabieta de los neocon. Militares y espías han formando una especie de frente común contra los vientos de guerra que soplaban en dirección a Irán.
Según el coronel retirado Pat Lang, ex agente de la DIA (los servicios de inteligencia del Pentágono), las conclusiones del informe se ha hecho públicas ahora porque altos cargos de inteligencia “estaban dispuestos a ir a la cárcel” si la Casa Blanca no lo hacía. Habrían entregado los papeles a la prensa a sabiendas de estar cometiendo un delito. Cualquier cosa antes de permitir otra manipulación del trabajo de los espías como la que se hizo antes de invadir Irak.
Los militares no iban a llegar tan lejos. No lo necesitaban. El jefe del Pentágono, Robert Gates, ya había dejado claro su escaso interés en nuevas aventuras imperiales. Por si quedaba alguna duda, el almirante William Fallon, jefe del Centcom (el mando militar en Oriente Próximo y Asia Central) fue claro y cristalino hace un mes en una entrevista con el Financial Times cuando le preguntaron por la opción de la guerra: “Me parece que no necesitamos más problemas. Me deja perplejo que haya tantos expertos y analistas gastando su tiempo con este tema”.
Lo peor para los halcones es que el informe advierte de que los dirigentes iraníes no son unos psicópatas decididos a perecer en un mundo en llamas, sino políticos que toman las decisiones en función de sus costes y consecuencias. Gran novedad.
Por tanto, la presión diplomática puede ser efectiva sobre Irán si produce incentivos valiosos para ambos campos. Cuando los espías consiguen desactivar uno de los supuestos básicos de la propaganda de un Gobierno es cuando comprendemos lo mucho que la ironía tiene que ver con las relaciones internacionales.
Iñigo Sáenz de Ugarte

Una web iraní ha colocado varias fotos de la toma de la embajada de EEUU en Teherán en 1979. Será para mantener el buen rollo en las relaciones entre los dos países que casi ya no pueden ir a peor, salvo en caso de guerra. [Vía Passport]
Los ministros de Exteriores no deberían tener conversaciones privadas. Corren el riesgo de tener un descuido y contar la verdad. El diario Haaretz acaba de revelar que la jefa de la diplomacia israelí, Tzipi Livni, dijo hace unos meses –en privado desde luego– que el supuesto programa iraní de armas nucleares no supone una amenaza existencial para Israel. El ex jefe del Mossad Ephraim Halevy mantiene una opinión similar.
No es eso lo que se oye en EEUU e Israel. Con la misma partitura que se interpretó con éxito en el caso de Irak, se van dando todos los pasos necesarios para que la próxima guerra en Oriente Próximo parezca inevitable.
Lo primero es crear un estado de alarma generalizada. Bush ha dicho que todos aquellos “interesados en evitar una Tercera Guerra Mundial” deberían también apoyar cualquier esfuerzo que impida a Teherán “conseguir la tecnología necesaria” para fabricar su propia bomba nuclear.
Las apuestas están muy elevadas. Tras el fiasco de las armas de destrucción masiva iraquíes, cualquier cosa que no sea el Armagedón no va a conmover a la opinión pública internacional. Y eso es precisamente lo que nos están sirviendo.
Últimamente, se habla poco de plazos concretos. El 2006 fue el año en que norteamericanos e israelíes precisaron con un margen de meses o años el momento en que los ayatolás de Teherán dispondrían de su primera cabeza nuclear. El primer ministro israelí, Ehud Olmert, avisó en mayo de ese año que Irán estaba sólo a unos meses de ver fructificados sus esfuerzos. Pasó el tiempo y la bomba no apareció.
Con tales errores de bulto en el pronóstico, parecería que a sus responsables se les debería de haber agotado el crédito. No es así, porque cuentan con la ventaja de una opinión pública crédula y unos medios de comunicación que no tienen inconveniente en repetir rumores y mentiras.
Ahora es el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) el que avanza fechas, entre tres y ocho años, como dijo hace unos días Mohamed El Baradei, pero nadie le escucha.
La carta nuclear por sí sola no garantiza el camino hacia la guerra. Por eso, Washington ha ido variando el casus belli para tener la misma variedad de argumentos de la que dispuso cuando la diana estaba puesta sobre la cabeza de Sadam Hussein. Nada hay que preocupe más a los norteamericanos que la suerte de sus tropas en Irak. A la Casa Blanca y el Pentágono les conviene hacer ver que la razón de la muerte de 3.800 de sus soldados no está en la atroz incompetencia de sus líderes, sino en la maldad intrínseca de los dirigentes iraníes.
De ahí las constantes acusaciones a Irán de estar facilitando armas y munición a la insurgencia. EEUU acusa a Teherán de estar desestabilizando al Gobierno iraquí. En cierto modo, no deja de ser divertido. Son precisamente las autoridades iraquíes las que desmienten la denuncia, por ejemplo cuando visitan periódicamente Teherán.
Las relaciones entre Irán e Irak, al menos en el plano oficial, son las mejores que han disfrutado en décadas, o quizá en toda su historia, dados los antecedentes de la mítica rivalidad entre árabes y persas. Aunque son bastante incompetentes, resulta difícil de creer que los políticos de Bagdad no sean conscientes del doble juego de Teherán.
Las mismas imputaciones a Teherán salen desde Washington a cuenta de la guerra de Afganistán. En este caso, por colaborar con los talibanes, responsables en el pasado de la limpieza étnica contra los chiíes afganos. El ejemplo se repite. El Gobierno de Kabul dice que no hay pruebas de esa supuesta desestabilización. La Casa Blanca no se da por aludida.
La prensa británica ha informado, por el contrario, de otras infiltraciones de las que se habla menos. Se trata del apoyo que la CIA presta a grupos armados iraníes, tanto del Kurdistán como de Beluchistán, que han cometido atentados en territorio iraní. Pero ya se sabe que hay terrorismos buenos y terrorismos malos. Depende del origen de sus fondos.
Para que toda esta maquinaria propagandística surta efecto, es necesario que los periodistas pongan algo de su parte. En EEUU lo hicieron hace cuatro años vendiendo como hechos las denuncias no confirmadas sobre Irak procedentes del poder.
Al conocerse las dimensiones del engaño, hicieron acto de contrición. Ahora vuelven a las andadas. Ante la noticia de las últimas sanciones norteamericanas contra Irak, el muy progresista The Washington Post ha informado a sus lectores que la Administración no pretende comenzar una nueva guerra, sino prevenirla.
Es el mismo periódico que en octubre de 2002 –cuando se pidió autorización al Congreso para utilizar acciones militares contra Irak– informó que esa votación era “la mejor forma de prevenir la guerra”.
Miedo incontrolable. Mentiras interesadas. Una prensa cómplice. Los ingredientes de la próxima guerra ya están sobre la mesa.
Iñigo Saénz de Ugarte
Irán, con 69 millones de habitantes y una extensión, accidentada en extremo, tres veces y pico mayor que España, no es Irak. Si Occidente no quiere reconocer la potencia de esta nación que un día fuese un imperio, tendrá que aceptar su nuclearización o permitirle un papel destacado en Oriente Medio. No es un país árabe pero sí islámico y, en un 93,5%, chií; es decir, correligionario de la mitad sur de Irak, donde el imán Muqtar el Sadr dispone de una milicia bien pertrechada y organizada, actualmente en standby.
Afganistán con Irán y el Irak postBush pueden convertirse en un quebradero de cabeza para Israel y los demás países de la región, incluidos los emiratos del Golfo. Sobrevolé el Pérsico en 1973 y el piloto, nada menos que el hermano del Sha, nos mostró lo fácil que es cerrar el estrecho de Ormuz e impedir la navegación de los petroleros que sacan el crudo de los países que bordean esta importante vía marítima. Utilizar la aviación israelí, respaldada por EEUU, no es ninguna seguridad de éxito como lo ha demostrado el Ejército judío en el Líbano cuando ha querido liberar a sus dos soldados presos de Hizbolá. Para George W. Bush la aventura que acaricia sería una desastrosa huida hacia adelante.
Sentar alrededor de una mesa, cara a cara, a iraníes y estadounidenses, sería la mejor forma de alcanzar la estabilización de la región y llegar a acuerdos sobre armas nucleares como se está intentando con Corea del Norte o con Libia.
Enrique Meneses