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El mapa del mundo

“En época de mentiras, contar la verdad se convierte en un acto revolucionario” (George Orwell)

¿Quién es el ultra más peligroso?

15 feb 2009
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Nada como unas elecciones para colocar a un país ante el espejo de su auténtica realidad. Los votantes israelíes han abandonado en masa a los partidos de izquierdas, han colocado el centro político del país en la derecha y han entronizado a un político como Avigdor Lieberman de ideas racistas que quiere quitar sus derechos políticos a la minoría árabe. Con un Parlamento fragmentado, han concedido a Lieberman el derecho en la práctica a elegir al próximo primer ministro.

Para apreciar las consecuencias de este paso, sólo hay que remontarse a noviembre de 2007 cuando se firmó el acuerdo del inútil proceso de Annapolis. El primer ministro, Ehud Olmert dio el aviso con estas palabras: “Si llega el día del colapso de la solución de los dos Estados y nos enfrentamos a una lucha por los derechos civiles como en Suráfrica, en ese momento el Estado de Israel estará acabado”.

Es decir, si es imposible que los palestinos tengan su propio país, lo que les condenará a vivir bajo el dominio del Estado judío, el apartheid será el único horizonte lógico. Israel puede permitirse conceder el derecho de voto a 1.400.000 árabes israelíes –no si Lieberman puede impedirlo–, pero no a los palestinos de Gaza y Cisjordania por razones demográficas.

En realidad, desde entonces Olmert no hizo nada relevante para impedir que se cumpliera su sombrío pronóstico. Sin embargo, sus palabras quedaron como el reconocimiento de que el conflicto entre palestinos e israelíes ha entrado en un camino sin retorno.

Hasta algunos neoconservadores norteamericanos como Martin Peretz están horrorizados por el ascenso electoral de Lieberman, al que compara con Jorg Haider y Le Pen. Peretz nunca aceptaría la creación de un Estado palestino, pero es consciente de que con el ultra como ‘kingmaker’ del Gobierno, la fachada de la democracia israelí se derrumbará. Sabe que la paradoja de que alguien sea judío y neofascista no es tal en el caso de Lieberman.

Siempre ha habido partidos ultraderechistas en Israel que cuestionaban el carácter democrático del Estado dentro de sus fronteras y querían arrebatar sus derechos políticos a la minoría árabe. Pero sólo obtenían tres o cuatro escaños y su presencia en el Gobierno era irrelevante. Lieberman es distinto por las dimensiones de su victoria y porque ha obtenido el control del electorado ruso. Su 12% a nivel nacional se ha convertido en un 25% en Bersheva, la mayor ciudad del sur, donde habitan muchos de los inmigrantes procedentes de la antigua URSS.

Es otro fracaso de la izquierda israelí, cuyos líderes son demasiado soberbios como para preocuparse por las clases sociales más necesitadas. Les ocurrió con los sefardíes, que se echaron en brazos del Likud en los setenta, hartos de ser considerados ciudadanos de segunda, y ha vuelto a suceder ahora con los rusos.

Lo más significativo es que Lieberman ha monopolizado buena parte de la atención con su idea de obligar a todos los ciudadanos a suscribir un juramento de lealtad al Estado judío con la presumible intención de dejar fuera a los árabes. De lo que se trata es de quitarles el derecho al sufragio. Nadie aprecia allí la ironía de que un político nacido en lo que hoy es Moldavia decida que casi un millón y medio de habitantes de la antigua Palestina, en la que sus antepasados han vivido durante siglos, se conviertan en súbditos sin derecho al voto.

Lieberman es también una buena pantalla para diluir la responsabilidad de otros líderes más moderados. La clave de la falta de un acuerdo de paz reside en la persistencia israelí por continuar con su expansión de los asentamientos. Desde 1993 su número de habitantes ha crecido un 145% (de 116.000 a 285.000, y eso sin contar los 187.000 que viven en los barrios judíos del Jerusalén árabe). Los responsables de esta expansión han sido Rabin, Peres, Netanyahu, Barak, Sharon y Olmert.

Es curioso, pero no he leído en muchos sitios que estos políticos sean unos ultras.

Iñigo Sáenz de Ugarte

Los terroristas siempre son los otros

01 feb 2009
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[Ruinas de la American Internacional School tras el ataque israelí. AFP]

El Ejército israelí es “el más moral del mundo”, ha dicho en repetidas ocasiones el primer ministro, Ehud Olmert. Será por eso que el pasado 3 de enero su aviación destruyó el mejor colegio de Gaza, que responde al sospechoso nombre de American International School. El edificio de dos plantas quedó completamente destruido. No fue suficiente. Días después, tanques y bulldozers israelíes se presentaron en el lugar para terminar el trabajo. La pista de baloncesto fue una de sus últimas víctimas.

La destrucción del colegio es un símbolo, no el más grave, de la credibilidad del Gobierno israelí cuando responde a las acusaciones de crímenes de guerra y sostiene que su lucha es “contra el terrorismo”. La American International School tiene un programa escolar para sus 230 alumnos similar al de un colegio norteamericano y sus clases se imparten en inglés. Es el más caro de Gaza y hasta la toma del poder por Hamás una bandera de EEUU ondeaba en uno de sus edificios. Niños y niñas comparten clase en las mismas aulas. En cierto modo, es un símbolo de Occidente y de ahí que hubiera sufrido en años anteriores ataques protagonizados por radicales islámicos.

Los gobernantes israelíes se niegan a aceptar la responsabilidad sobre acciones como ésta ni siquiera cuando vulneran directamente el derecho internacional. Por eso, han reaccionado perplejos ante la decisión de un juez de la Audiencia Nacional de admitir la querella contra un ex ministro de Defensa y siete ex altos cargos militares por el ataque de julio de 2002 en el que murió el líder del brazo armado de Hamás, Shalah Shehade, y otras 14 personas, civiles inocentes.

Lo llaman inaudito e increíble. “Es absurdo. Israel está luchando contra criminales de guerra ¿y ahora nos acusan de ser unos criminales?”, dice Netanyahu. Es la lógica de la política israelí. Los milicianos palestinos matan a civiles israelíes y eso les convierte en terroristas. Los militares israelíes matan a civiles palestinos y se supone que la culpa es de esos milicianos contra los que combaten. En el segundo caso, el que mata nunca es responsable.

La sorpresa en realidad es inexistente. Tras los bombardeos recientes de Gaza, el Gobierno ha anunciado que defenderá a sus mandos militares si son investigados por crímenes de guerra, cosa que saben que va a ocurrir. Sabe que las querellas llegarán y la única duda estriba en saber en qué tribunales aparecerán.

El ataque contra Shehade lleva tiempo apareciendo en los diarios israelíes. El jefe de la Fuerza Aérea en 2002, Dan Halutz, también imputado en la querella aceptada en la Audiencia Nacional, es consciente de que no puede viajar al Reino Unido bajo ningún concepto. Si se le ocurriera pisar Londres, como hizo Pinochet, es posible que tuviera que afrontar una orden de detención.

La versión oficial israelí es que los responsables de la eliminación de Shehade no sabían que en la casa en la que se encontraba escondido había también civiles, incluidas la mujer y una hija del dirigente de Hamás. La realidad es que la Fuerza Aérea y el Shin Bet (el servicio de inteligencia interior) discreparon sobre ese punto. Los militares sostenían que no habría un número alto de bajas civiles y que la explosión sólo afectaría a los ocupantes de la casa. El Shin Bet informó al Gobierno de que las viviendas cercanas sí estaban habitadas y que se verían dañadas por el ataque. Al final, el Gobierno concedió la autorización.

El entonces primer ministro, Ariel Sharon, llegó a decir después que si hubiera conocido el resultado de la operación, la habría cancelado. El diario Haaretz la calificó de “la primera operación terrorista que Israel ha perpetrado en años”.

No ha sido la última de esas características. Pero no importa, los terroristas siempre son los otros. Los militares saben lo que tienen que hacer. “Disparen contra todo lo que se mueva en Zeitún” fue la orden que recibieron los soldados de la brigada Givati al penetrar este mes en un barrio de Ciudad de Gaza. No es necesario decir que cumplieron la orden a la perfección.

Iñigo Sáenz de Ugarte

Una indiscreción muy reveladora

19 ene 2009
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El panfleto antisemita más crudo no podría haberlo imaginado mejor: el primer ministro de Israel da órdenes al presidente de EEUU y pone en ridículo a la diplomacia norteamericana. Sucedió en la negociación de la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que pedía un alto el fuego inmediato en Gaza. No está basado en ninguna teoría de la conspiración, sino en hechos rigurosamente reales.

Inicialmente, los israelíes estaban tranquilos. La primera propuesta libia no iba a obtener el visto bueno de Washington y estaba condenada al veto. Pero el primer ministro palestino, Salam Fayad, convenció a Londres y París de que era posible pactar un texto aceptable para todos los miembros del Consejo. Condoleezza Rice aceptó implicarse en el intento hasta el punto de que en la práctica EEUU se convirtió en el auténtico promotor de la iniciativa.

En la noche del viernes 9, los israelíes daban por hecho que no habría resolución, pero horas más tarde la negociación fructificó. Al día siguiente, Ehud Olmert llamó a George Bush y le convenció de que desautorizara a Rice. Bush no conocía el texto concreto, pero Olmert sí, y le dijo que EEUU “no podía” votar a favor. Y no lo hizo. Es cierto, sin embargo, que la decisión final fue la abstención, lo que no suponía el veto.

Estos hechos han sido conocidos gracias al propio Olmert, que los hizo públicos durante una conferencia en Ashkelón. El primer ministro alardeó de su influencia sobre la política exterior del país más poderoso del planeta, supuesto mediador en las negociaciones entre israelíes y palestinos. Y no se recató en destacar que Rice había quedado en una situación muy embarazosa tras la obligada rectificación.

Con razón ha dicho Daniel Levy, ex asesor israelí en anteriores procesos de paz, que las palabras de Olmert serán citadas durante muchos años en Oriente Próximo, y que eso tendrá consecuencias “terribles” para EEUU. Otros no lamentan el hecho en sí, sino la indiscreción de Olmert.

Hay cosas de las que conviene no hablar en público. Todos saben que Israel es el mejor aliado de EEUU en la zona. Por el contrario, muy pocos políticos y periodistas norteamericanos aceptan que el apoyo de sus gobiernos a Israel a veces perjudica a los intereses de la política exterior de EEUU. El lobby judío es lo bastante poderoso como para que todo político que quiera salirse de la línea oficial sea consciente del precio de tamaña osadía. También es verdad que pesa la relevancia estratégica de la relación que mantienen los dos países, en especial desde 1967.

Pero es muy llamativo que haya tantos congresistas para los que el lobby judío tiene mucha más credibilidad que su propio Gobierno, o al menos que el Departamento de Estado. Cuando llegan operaciones militares como la de Gaza, con decenas o centenares de civiles muertos, el lobby suministra a los congresistas los talking points (argumentos) con los que defenderán a Israel en la Cámara y en las entrevistas a los medios de comunicación. Si no hay variedad, no importa. Los repetirán constantemente, como han hecho estos días al preguntar a los norteamericanos qué pasaría si el sur de EEUU se viera atacado por misiles lanzados desde México. De más está decir que nadie les responde que EEUU no ocupa ningún territorio mexicano ni mucho menos bombardea periódicamente Tijuana.

La mayoría de los norteamericanos se sienten más cercanos a los israelíes que a los palestinos, pero no son tan ciegos como sus políticos. Según un sondeo de Pew Research, el 40% aprueba el ataque sobre Gaza y el 33% lo rechaza. Entre los votantes demócratas, las cifras se invierten: sólo el 29% apoya los bombardeos, lo que no hace un 45%. Nada que ver con el discurso de partido único que se escucha en EEUU sobre Israel. ¿Se escucharán más esas voces con Obama o preferirá seguir recibiendo órdenes procedentes de Jerusalén?

Iñigo Sáenz de Ugarte

El aislamiento imposible de Gaza

04 ene 2009
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Muchas de las guerras de Israel y los países árabes cuentan con un guión similar. Cambian los protagonistas y el tipo de armamento, pero la secuencia de acontecimientos guarda una nada sorprendente similitud. Una situación previa inaceptable, un creciente aumento de la violencia, el inicio de las hostilidades, las promesas desde ambos lados de que ésta será la guerra definitiva que servirá para infligir al rival el golpe final, el terror que sufre la población civil, la tímida mediación internacional que va cobrando protagonismo, y el final del conflicto que deja las cosas prácticamente como estaban.

La campaña israelí de bombardeos de Gaza es además una especie de secuela de la guerra de Líbano de 2006. Ya entonces, se dijo que el desenlace había sido decepcionante para Israel al no cumplirse las expectativas irreales que el Gobierno había despertado entre sus ciudadanos, y que había comenzado la cuenta atrás para una reanudación de los combates, bien en el sur de Líbano o en Gaza. El aislamiento de Gaza, alentado por EEUU y la Unión Europea, aumentaba las posibilidades de que fuera allí donde se produjera.

Ni Israel ni Occidente aceptaron el resultado de las elecciones que dieron la victoria a Hamás. Los islamistas palestinos no alteraron su discurso político una vez que recibieron la responsabilidad de gobernar. La Administración norteamericana se embarcó en una guerra secreta para derrocar a Hamás y sustituirla por Fatah. El fracaso de la operación fue de tal calibre que provocó el efecto contrario: los dirigentes de Fatah fueron expulsados de Gaza. A partir de ese momento, el riesgo no podía ser mayor: o se encontraba algún tipo de coexistencia entre dos enemigos implacables (Israel y Hamás) o la guerra era inevitable.

Nadie pareció entender esa urgencia. Se consiguió poner en marcha en junio de este año una tregua, que finalizaba en diciembre, gracias a la mediación egipcia y bajo unas condiciones que perjudicaban más a Gaza, aunque hay que decir que eran las únicas que se podían obtener de forma realista. Israel obtenía unos niveles de seguridad que no eran ni mucho menos perfectos: hubo ataques con cohetes. Lo peor era para Gaza: el bloqueo se mantenía y la supervivencia económica de la zona quedaba a expensas de los intereses del Gobierno de Israel.

No se hacían excepciones. Hasta las agencias de la ONU sufrían los rigores del embargo. Israel les impedía aprovisionarse de combustible cuando quería aumentar los rigores de la asfixia. No consta que EEUU o la UE llevaran ese asunto al Consejo de Seguridad de la ONU como siempre han hecho en el pasado con los gobiernos que no son de su agrado.

Según se acercaba el final de esa tregua, imperfecta pero real, aumentaban las posibilidades de un estallido violento. El 4 de noviembre, el mismo día de las elecciones de EEUU, el Ejército israelí realizó una incursión en Gaza para destruir un túnel del que decían que iba a utilizarse para trasladar a soldados secuestrados. Mató a cinco milicianos de Hamás. Los islamistas respondieron con 35 cohetes sobre territorio israelí que no causaron bajas.

En el frente político, los acontecimientos tampoco invitaban al optimismo. Se acercaba la fecha de las elecciones israelíes. Los laboristas estaban a punto de obtener los peores resultados de su historia. Su líder, el ministro de Defensa, Ehud Barak, un político arrogante e imprevisible, llevaba tiempo anunciando que una ofensiva sobre Gaza a gran escala era sólo cuestión de tiempo. El Ejército sostenía que había aprendido de los errores cometidos dos años antes en Líbano.

Tanto a Israel como a Hamás les conviene que el conflicto se agrave en los próximos días y que a la campaña de bombardeos le suceda una operación por tierra del Ejército israelí. Ambos recogerían los frutos del cierre de filas inevitable en cualquier sociedad en guerra. A largo plazo, a los dos enemigos les beneficia una tregua permanente similar a la que existe en el sur de Líbano desde 2006.

Sólo los civiles, en especial los palestinos, se beneficiarían de un cese inmediato de las hostilidades. Esa es la responsabilidad de EEUU y la UE que no pueden repetir la pasividad de la que hicieron gala en 2006 durante varias semanas. Entonces, el Consejo de Seguridad de la ONU tardó 33 días en reunirse y empezar a trabajar para intentar devolver la paz a Líbano. Ahora ya se han producido algunos movimientos diplomáticos, de momento sin éxito. Los países europeos deben ser conscientes de su responsabilidad. Esta vez no pueden limitarse a achacarlo todo a los odios atávicos en Oriente Próximo. Ellos propiciaron una estrategia de aislamiento de Gaza que sólo podía terminar en la catastrófica situación actual.

 Iñigo Sáenz de Ugarte

El lenguaje de la sangre

28 dic 2008
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La guerra es un instrumento más de comunicación en el lenguaje político israelí. Es mucho más efectiva que una ley o una declaración porque a fin de cuentas los muertos casi siempre los ponen los otros. Su valor aumenta de forma exponencial en las campañas electorales. Tzipi Livni y Ehud Barak ya tienen su guerra y en ella han puesto sus esperanzas de cara a las elecciones del 10 de febrero.

Los sondeos y los medios de comunicación dudaban de que Livni pudiera hacer frente a Netanyahu y se burlaban de los patéticos intentos de Barak por sacar la cabeza. Ahora cuentan que las opciones de Kadima pueden mejorar y que los laboristas no están acabados. Nada está escrito ya en las urnas. Todo dependerá del desenlace de la campaña de bombardeos, no del número de muertos que origine sino de las ventajas que Israel aspira a obtener de la matanza.

Además del electorado israelí, el otro destinatario del mensaje pasa estos días unas vacaciones en Hawai. Obama ya sabe cómo se las gastan los israelíes. Si contaba con esperanzas de promover negociaciones de paz u ofrecer algún tipo de diálogo a Irán o Siria, el Gobierno israelí se ha encargado de enterrar sus opciones bajo toneladas de bombas.

Los norteamericanos tienen el derecho de elegir a un joven idealista para la Casa Blanca, pero siempre es Israel quien marca las reglas del juego. Como ha dicho Aaron Miller, experto en el asunto en la época de Clinton, las probabilidades de que Obama pueda implicarse en un proceso de paz entre israelíes y palestinos con garantías de éxito “se han reducido a cero”.

Obama podría ser valiente y negarse a que sean los militares israelíes los que le impongan su política en Oriente Próximo. Los precedentes invitan, sin embargo, al pesimismo. Durante la tregua, para nada perfecta pero real, que acabó hace una semana, no murió ningún israelí por los cohetes lanzados desde Gaza. En teoría, intentar prorrogarla parecía la salida más razonable. Pero ésa no era la prioridad de Livni y Barak.

Lo dijo el periodista israelí Amnon Levy tras la guerra de Líbano en 2006: “Todo el país se vio arrastrado a una fantasía absurda y pidió sangre. Y cuando la gente quiere sangre, el Gobierno se la concede”. Evidentemente, siempre es la sangre de los otros. Y los que mueren son los responsables, nunca los que matan. Así se escribe la política israelí.

Iñigo Sáenz de Ugarte

Un brote de fascismo judío

14 dic 2008
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Una variante repulsiva de fascismo, como si la hubiera de otro tipo, se ha infiltrado en el partido que probablemente ganará las próximas elecciones de Israel. Los militantes del Likud votaron hace unos días la composición de su lista electoral al Parlamento. Los candidatos propuestos por el líder del partido, Binyamin Netanyahu, fueron derrotados y acabaron en puestos secundarios. Por el contrario, los cinco más votados habían sido apoyados por un personaje llamado Moshe Feiglin, que a su vez recibió el puesto 20 de la lista.

De todos los dirigentes de la extrema derecha israelí, Feiglin es el más imaginativo. En vez de crear su propio partido, de los que hay unos cuantos, apostó en los noventa por entrar en el Likud junto a varios miles de sus partidarios para hacerse con su control. Entonces fracasó, pero la política israelí ha evolucionado hasta posiciones tan extremistas e intolerantes que el tiempo le ha dado la razón a su singular estrategia.

Hubo un tiempo en que las ideas de Feiglin, bien conocidas en Israel, sólo hubieran encontrado acomodo en los rincones más lunáticos del país. Y no es que las suyas estén basadas en generalidades de difícil interpretación. Este dirigente ultra tiene hasta un programa para los primeros 100 días de un Gobierno. Con un evidente desprecio a la democracia occidental, Feiglin propone que Israel abandone la ONU y clausure sus embajadas “en Alemania y los otros países antisemitas”. Las fuerzas de seguridad dejarán de emplear munición antidisturbios no letal y utilizarán sólo fuego real para acabar con las manifestaciones. Se cortará de inmediato el suministro de agua y electricidad a los territorios palestinos.

Evidentemente, estos últimos no tendrán ningún derecho a tener su propio Estado porque deberán aceptar la “soberanía judía sobre sus tierras”.

El ex ministro Yossi Sarid ha escrito esta semana que es hora de abandonar subterfugios al describir a los políticos como Feiglin. No son radicales, sino fascistas. “Y si no hubieran nacido de madres judías, lo que no es culpa suya, serían unos malditos antisemitas”. No será Feiglin quien se escandalice por esta definición. Créanlo o no, hace años llegó a elogiar el “genio militar” de Hitler.

Otros candidatos del Likud no llegan a esos extremos, pero confirman que el partido está controlado por el sector más cercano a los colonos de los asentamientos y menos predispuesto a cualquier concesión real a los palestinos. Son los políticos que permiten que 500 israelíes continúen viviendo en Hebrón –entre más de 150.000 palestinos– y protagonizando escenas de violencia como el pogromo, en definición de Ehud Olmert y de su ministro de Justicia, que se vio hace unos días.

Con la izquierda anestesiada, las elecciones parecen predestinadas a una victoria del Likud y una posterior coalición con los partidos ultraortodoxos. Al igual que en su anterior llegada al poder en 1996, Netanyahu pretende investirse de la condición de centrista. Para ello, ha tomado dos decisiones: obligar al Likud a que Feiglin sea relegado al puesto 36 de la lista y reunirse con los 27 embajadores de la UE para hacerles ver que su victoria no será el fin definitivo de cualquier esperanza de reanudar un proceso de paz.

A ellos y a la futura Administración de Obama, les dice que a falta de progresos políticos ofrecerá a los palestinos una “paz económica”, un concepto ridículo porque oculta la intención israelí de continuar haciendo imposible la idea de un Estado palestino.

Una vez más, está por ver que la UE y EEUU afronten su responsabilidad, que pasa por hacer ver a Israel que la defensa de los asentamientos, construidos sobre tierra robada a sus dueños, es incompatible con la causa de la paz. Y que lo hagan con la misma intensidad con que boicotearon a Hamás tras tachar a los islamistas de enemigos de la paz.

¿No lo son también Feiglin y todos los que le votaron?

Iñigo Sáenz de Ugarte

Lo micro y lo macro

18 jun 2008
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En el Próximo Oriente las buenas noticias son tan escasas que, cuando alguna asoma la cabeza, todas las precauciones son pocas. En estos días de junio –y salvo cataclismo en sentido contrario—al menos tres signos pueden ser portadores de esperanza.

La semana empezaba con el dato de que hace muy pocos días, Israel y Siria han tenido un encuentro bilateral mediado por Turquía, y que ambas partes han valorado como positivo en relación a los Altos del Golán, que Israel ocupa desde 1967. De hecho, no es la primera vez que negocian, pero tan sólo hace un par de meses que reanudaron unos contactos descalabrados en estos últimos años.

Además, otras noticias confirman que  Israel está dispuesto a liberar varios (o bastantes) presos libaneses a cambio de los dos soldados israelíes capturados en 2006, estén vivos o muertos. A esto podemos sumar que Hamas hizo llegar a los padres del soldado israelí preso en Gaza desde hace más de dos años una carta manuscrita.

Y sobre todo, con mucha cautela, la noticia de que Israel y Hamas han acordado un alto el fuego, una tregua, a partir de la madrugada de hoy, es de crucial importancia. Primero, porque ya hubo una que funcionó durante algo más de un año, después de que Hamas ganase las elecciones legislativas palestinas. Segundo, porque más allá de retóricas oficiales sobre no negociar nunca nada con terroristas, al final resulta que a veces sí. Y sobre todo, el macrofraude de Annapolis ¿que tal? Pues nada, cero, a veces lo micro funciona mejor que lo macro.

Pere Vilanova 

Disidencia

30 may 2008
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Jonathan Littell es un escritor francés que reside en Barcelona y que ha saltado a la fama en Europa con su novela Les Bienveillants, un libro donde se aborda el Holocausto desde un punto de vista nazi. Littell es de familia judía, aunque él no se considera judío. Haaretz publica una entrevista con el escritor de la que cito textualmente una parte (sólo he añadido lo que figura entre paréntesis):

“Personalmente entiendo los argumentos que hablan de una excepcionalidad del Holocausto, pero no estoy de acuerdo. El argumento básico es que los nazis quisieron matar a todos los judíos, pero no veo la diferencia entre esto y una política de exterminio dirigida –y aplicada a gran escala– a otros grupos como los campesinos en la Unión Soviética o en Camboya. Cada genocidio es excepcional”.

Littell dice que uno de sus objetivos (en la novela) es mostrar “cómo ocurrió”. Pero también quiere mostrar que no se trata de un problema entre alemanes y judíos. “Si se reduce a eso, entonces cada cual podría decir ¿por qué nos hemos de preocupar? Esto es lo que encuentro peligroso en la centralidad judía de la conmemoración, que deja a otras muchas víctimas fuera de la ecuación”.

Pero la ideología nazi estaba dirigida explícitamente contra los judíos como raza.

“Creo que la exterminación de los judíos es un problema universal, que afecta a todos. Más allá, pienso que el tema se está usando hoy en Israel con intereses políticos”. Hubo un suceso que “me conmocionó de una manera horrible”, cuenta Littell. “Fui a Birkenau y pasé allí un par de días investigando (para mi novela). Un día me encontraba en la torre de la entrada cuando llegaron varios autobuses con muchachos israelíes de unos dieciséis años. Lo observé todo y fue asombroso. Primero pasaron bajo el arco que hay en la entrada del campo. Luego desenrollaron esas enormes banderas israelíes. Marcharon hacia el lugar donde estaban las cámaras de gas, donde permanecieron tres minutos. El profesor probablemente les explicó algo sobre ese lugar. Después regresaron por el mismo camino enarbolando sus banderas, y bajo el arco de entrada las doblaron. Los muchachos comenzaron a fumar cigarrillos y a palmear el trasero de las chicas, y se marcharon. Esa ceremonia no tuvo nada que ver con lo que realmente ocurrió en Auschwitz. Tiene más que ver con ‘Escuchad, futuros soldados israelíes, vais a luchar por esto’. Es algo político, es un mecanismo que no guarda ninguna relación con lo que ocurrió realmente. Creo que el Holocausto se está explotando políticamente de la misma manera que la política de exterminio nazi contra otros grupos –rusos, homosexuales, gitanos– no se está explotando”.

Cuando se le pregunta si cree que el Holocausto define las acciones de Israel hoy, Littell responde: “Por otra parte, Israel es un país que experimentó un grave trauma, y el Holocausto creó un estado paranoico. Pero también nos encontramos con la codicia, con el robo de la tierra y con toda esa porquería. Eso no tiene excusa. Lo siento, pero eso no puede excusarse con cosas que ocurrieron hace sesenta años”.

Littell admite que “existe claramente un nervio de miedo”, pero añade inmediatamente, “Yo no lo tengo. No tengo miedo. Es extraño, pero Israel, que fue creado para ser un lugar seguro para los judíos, se ha convertido en el lugar más peligroso del mundo para los judíos. Y ha hecho también que ser judío sea más peligroso en otros países”.

Littell dice que Israel usa el Holocausto para justificar acciones “inexcusables”, en referencia a los territorios (ocupados), y compara las acciones del Ejército con el comportamiento de los nazis en el periodo anterior a la toma de poder.

¿Crees que se pueden comparar?

“No, no podemos compararlo. No existe genocidio en los territorios (ocupados), pero se están cometiendo acciones atroces. Si el gobierno permitiera que los soldados hicieran cosas peores, las harían. Todos dicen ‘Mira cómo los alemanes trataron a los judíos antes del Holocausto: les cortaban la barba, les humillaban en público, les obligaban a limpiar las calles’. Esta clase de cosas ocurren en los territorios (ocupados) a diario. Cada puñetero día. Y ahora tenéis a una entera generación de rusos locos que no se preocupan por nada y son de extrema derecha”.

(…)

¿El hecho de que la novela se haya publicado en hebreo tiene alguna significación especial para usted?

“Creo que los israelíes deberían mirarse a ellos mismos. Cuando lean un libro como el mío no deberían mirar simplemente al lado judío de las cosas. Lo que importa es alcanzar un cierto nivel de comprensión y aplicarlo a lo que está ocurriendo ahora, y tal vez usarlo para corregir las cosas. Sentarse y hablar con historiadores sobre lo que ocurrió hace sesenta años no es muy interesante si no se aplica a lo que está sucediendo hoy”.

¿Por ejemplo?

“Por ejemplo, lo que los americanos están haciendo en Iraq es inaceptable. No me refiero a la guerra sino a la tortura y cosas como las de Abu Ghraib. Comprender a los alemanes de hace sesenta años puede servir para que sientas que tú no estás demasiado alejado de aquello, como americano o como israelí. Quizás es posible reforzar nuestros mecanismos sociales para evitar que nuestras sociedades, por lo menos, se salgan de madre”.

¿Qué deberían hace los lectores israelíes?

“Creo que, en lugar de golpearse el pecho, lo que los israelíes deberían hacer es mirar detenida y seriamente lo que están haciendo ahora. No estoy diciendo que la sociedad israelí de hoy sea comparable con la sociedad nazi de la Segunda Guerra Mundial, pero definitivamente es una de las sociedades occidentales más dementes”.

Israel: Es hora de cambiar de rumbo

14 may 2008
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El 14 de mayo de 1948 era viernes. Los británicos se preparaban a embarcar rumbo a Gran Bretaña. Los musulmanes estaban en las mezquitas al ser su día de alabar a Alá. Las calles de Jerusalén vacías. En Government House, Los soldados británicos aguardaban la salida del Alto Comisario. Sir Gordon Cunningham pasó revista a la tropa y después subió a un vehículo que le iba a llevar al aeropuerto y al Reino Unido.

Treinta años antes, estas calles estaban abarrotadas de gente que aclamaba la entrada del general Edmund H. Allenby al frente de las tropas que habían liberado el país tras ocho siglos de dominación otomana. Desde aquel 1917, de feliz algarabía callejera, hasta el 14 de mayo 1948, dos comunidades habían competido por el mismo territorio.

El nombre de la parte que la ONU había destinado a los judíos, estuvo en discusión hasta cerca de medianoche. Unos proponían Sión y otros Israel. Ganaron estos últimos porque el sionismo se había convertido en una concepción política de reconstruir Heretz Israel, el Gran Israel. Durante años, el judaísmo se fue apoderando de tierras adquiridas con dinero del Barón judío Edmund de Rothchild.

Conforme se acercaba la fecha, los grupos terroristas Stern, Irgún y Haganah fueron expulsando a los árabes de sus tierras por la fuerza. En 1920, la proporción de judíos en Palestina era de 1 a 10 y poseían 65.000 hectáreas. Treinta años más tarde la proporción era de 1 a 2 y las tierras se habían multiplicado por tres. 

Enrique Meneses

Jimmy Carter y Hamás

21 abr 2008
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Quienes me conocen saben que sostengo, desde hace años, la teoría de que para resolver un problema se debe hablar con el que representa el mayor obstáculo. En Oriente Medio hay un mundo de palomas repartidas entre israelíes y palestinos y otro de halcones que sólo desean la destrucción del adversario.

En numerosas ocasiones he dicho que Mohamed Abbas, líder del Fatah, no tiene el apoyo del pueblo palestino que lo considera demasiado blando. Jimmy Carter, ex presidente demócrata de los EEUU, autor de  “Palestina: la paz, no el apartheid” (2006), no es apreciado por las autoridades israelíes. Ha acudido a Oriente Medio sabiendo que la conferencia de Annapolis había sido un paripé de Bush intentando que su hoja de ruta se pusiese en marcha. Quiere escribir la última página de su presidencia en letras de oro.

No se acepta a Hamás, ganador de elecciones limpias, porque desde Gaza lleva su lucha contra Israel y éste responde disparando sin discriminar a civiles y combatientes. Millón y medio de personas, la mitad menores de 15 años,  padece un asedio contrario a todas las leyes de la guerra.

Carter ha conseguido entrevistarse con los dirigentes de Hamás en Siria y en Cisjordania. Le prohibieron ir a Gaza. Se entrevistó con el padre del soldado israelí Gilad Shalit, preso desde junio de 2006. Le prometió intervenir a favor de su hijo. También visitó Sderot, ciudad israelí  bajo el  fuego de  los misiles palestinos. Para él, Hamás reconocerá a Israel tras serias negociaciones de paz.

Enrique Meneses