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El mapa del mundo

“En época de mentiras, contar la verdad se convierte en un acto revolucionario” (George Orwell)

Encantados de vivir bajo una montaña de basura

25 may 2008
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En un país en el que la Mafia y la Iglesia católica son las instituciones más perdurables no debería extrañar que un político como Silvio Berlusconi vuelva a presidir el Gobierno. El Estado ha sido históricamente débil en Italia y, por tanto, entregar sus riendas a un showman de lengua retorcida no parece una tragedia.

De hecho, una de las razones del éxito del primer ministro italiano es que entiende bastante bien la mentalidad de sus compatriotas, no en vano ha modelado durante las últimas décadas sus gustos televisivos. “El votante como espectador de televisión” podría ser el título de un manual electoral escrito por Berlusconi.

Italia lleva mucho tiempo anclada en la etapa de negación de la realidad. Sus problemas son profundos, como demuestra la crisis de la basura de Nápoles. Sólo en un país como ése se puede tolerar un caso tan alucinante de incompetencia de las autoridades. The Economist destacaba hace unas semanas que Italia es el “enfermo de Europa”: en términos relativos su economía ya fue superada por España y podría serlo por Grecia en el año 2009.

Esta aguda decadencia causaría en otros países una toma de conciencia colectiva. ¿Qué estamos haciendo mal?, se preguntaría la gente. No en Italia. Allí resulta más sencillo culpar a los demás de todo, a los otros, a los que vienen de fuera para cubrir los empleos que nadie quiere. A los débiles, en definitiva.

Quizá Berlusconi se decida en este mandato a emprender las reformas que no quiso hacer en su segundo paso por el Gobierno. De momento, ya ha empezado por el mal camino: hacer ver a sus votantes que la prioridad consiste en expulsar extranjeros, los únicos que aparentemente manchan la imagen de la nación.

Berlusconi sólo necesita tapar la montaña de basura con una pantalla de televisión en la que vayan apareciendo sus chistes y sus mentiras. El olor será insoportable, pero la diversión está garantizada.

Iñigo Sáenz de Ugarte 

Avé, César

23 may 2008
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“Las rumanas somos divertidas y cachondas pero no putas de callejear”. La frase asalta desde un cartón, primorosamente envuelto en plástico, que su autora colgó en una reja. Desde hace unos días, la letra del texto, su ortografía… son el tema de conversación en el barrio, no su significado. El cartel devoró la reivindicación de la rumana. Hace tiempo que las palabras son objetos que sustituyen al mundo: Las razzias a mitad de la noche alentadas por las autoridades italianas devuelven a los europeos a un pasado que estremece o enardece pero no se resuelve.

Hace 40 años que en el campamento de Casilino se hacinan los desprotegidos. Hace 30 que en Il Salone viven cientos de personas cercadas por verjas y policías. Quienes huyeron de la guerra de los Balcanes esperan desde hace más de 10 años que el gobierno les conceda asilo político…

La eurodiputada Mohacsi da visibilidad a la barbarie mientras la sinrazón permanece inmaculada. Su testimonio sustituye a la acción, un juego cuyas reglas conocen ciertos líderes: Sometidos a los intereses que hacen del suelo un bien escaso, los más frágiles se convierten en gladiadores capaces de matarse por un techo digno (no importa que el enfrentamiento suceda en Pontevedra o en Nápoles). Protegidos en sus palcos, los que promueven los pisos subvencionados (que en el barrio de Ponticelli son constructoras controladas por la mafia) dan carnaza a este circo. Mientras nos estremecemos por la sangre en la arena, la calle sigue siendo suya.

Martha Zein