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El mapa del mundo

“En época de mentiras, contar la verdad se convierte en un acto revolucionario” (George Orwell)

La ONU puede hacer más

24 oct 2007
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La ONU hace bien en recordar que la violación sigue siendo empleada como arma de guerra, que las víctimas casi nunca hallan asistencia, psicológica y médica, que cuando tienen la valentía de denunciar el crimen que han sufrido suelen toparse con tribunales ineficaces o a menudo corruptos que aparcan sus casos. La ONU tiene la visibilidad, es decir, el poder para poner los asuntos encima de la mesa, en la pantalla del televisor y en la conciencia del mundo. Pero quienes analizan los conflictos en los que la violencia sexual se ceba con mujeres y niñas consideran que la ONU puede hacer mucho más, y mucho mejor.

“Hay que incorporar a más mujeres a las misiones”, estima Rosemary Kaduru, responsable del proyecto de apoyo a mujeres líderes en África del Club de Madrid.

“Cuando las mujeres son parte del proceso, el resultado cambia siempre”, opina Kaduru. “La misión de la ONU en Liberia, dirigida por una mujer, creó una sección específica para tratar la violencia sexual y han hecho una gran tarea de sensibilización. Han logrado que las víctimas salgan, empiecen a hablar, y lo que es más, que se las escuche”, explica.
En los últimos años la credibilidad de la ONU para trabajar la cuestión de la violencia sexual sobre el terreno, en las situaciones de conflicto en las que se despliega, se ha visto muy dañada debido a los escándalos que han protagonizado algunos cascos azules.

En la República Democrática de Congo (RDC) se investigaron cerca de un centenar de casos de explotación sexual, protagonizados por cascos azules que ofrecían comida o pequeñas cantidades de dinero a las menores locales a cambio de mantener relaciones sexuales con ellas.

Fueron menos de cien casos investigados en una misión de 17.000 personas, y no se trataba de violaciones –se consideraron casos de explotación sexual–, pero el daño a la imagen de la ONU fue irremediable, y muchos se preguntaron si los cascos azules estaban para proteger a la población vulnerable o explotarla.

A raíz del escándalo, el ex secretario general de la ONU Kofi Annan decretó una “política de tolerancia cero con la explotación sexual”, pero algunos casos similares se han repetido en otras misiones.

En la vecina Burundi, sin embargo, no hubo un escándalo parecido. El país era más pequeño, pero la misión de la ONU tenía 4.500 efectivos, una cifra considerable. Al mando de la misión se hallaba una mujer, la canadiense Carolyn McAskie.
Anneke van  Woudenberg, investigadora en la RDC de la organización Human Rights Watch, sí cree que “la mera presencia de las fuerzas de paz de la ONU puede ayudar a minimizar los abusos sexuales”.

“Muchas violaciones ocurren cuando las mujeres van a buscar agua o leña y prevenir la violencia es tan sencillo para los cascos azules como garantizar la seguridad del trayecto, pero eso requiere hablar con las mujeres y, lamentablemente, casi todos los miembros de las misiones de paz son hombres”, explica.

Kaduru coincide: “En todas estas resoluciones, los que se sientan en la mesa a redactarlas no han experimentado de primera mano las dificultades que en la práctica impiden resolver el problema. Falta ese vínculo”.

Isabel Coello

No confiemos todo a la ONU

02 oct 2007
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La ONU debe asumir el liderazgo en la búsqueda de un consenso entre todos los países para tomar medidas contra el cambio climático, dijo Rodríguez Zapatero. “Naciones Unidas, sólo Naciones Unidas”, insistió. Parece loable la apuesta del presidente del Gobierno por este foro multilateral, que es además conforme con lo que piden las ONG. Pero el calentamiento global es un problema demasiado urgente para confiarlo únicamente a la lenta maquinaria de esta institución.
Los países más desarrollados y los que más contaminan tienen la obligación moral de tomar la iniciativa, como reconoce Zapatero. La reciente reunión de los 16 países más contaminantes a invitación de EEUU levantó fundadas sospechas, ya que, debido a su historial, el Gobierno de George Bush no goza de autoridad para ponerse al frente de la lucha contra el calentamiento del planeta. Pero el denostado G-8 podría servir como plataforma para que el grupo de los países más industrializados, junto con China, India, Brasil y Sudáfrica, dé pasos por delante del resto de la comunidad internacional. Un empujón decidido a tecnologías más eficientes y energías renovables beneficiaría al resto de países por el abaratamiento de los costes.

También hace falta intentar buscar una fórmula en el seno de Naciones Unidas. Pero existe el riesgo de que los delegados sigan discutiendo cuando el East River ya haya inundado los jardines de la torre la ONU.

Thilo Schäfer

La Asamblea General como casting

27 sep 2007
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Cada año, en la segunda mitad de septiembre, se reúne preceptivamente la Asamblea General. Ya sabemos que sus votaciones no son vinculantes, que las decisiones se toman en el Consejo de Seguridad. Pero sigue siendo una tribuna de excepcional impacto, y en estas fechas muchos jefes de Estado y de Gobierno hacen cola para poder subir al estrado. Es una rutina desde 1945 y la historia demuestra que, para que la rutina se convierta en noticia, caben dos posibilidades.

La primera depende de una coyuntura excepcional, como el discurso de Bush ante la Asamblea General poco después del 11 S, o algunos discursos de algún secretario general de talla, como Kofi Annan. La segunda depende del talento excepcional de algún mandatario para sacar algo de la nada y sacudir el aburrimiento. Por ejemplo, cuando el líder soviético Nikita Kruschov se sacó un zapato y se lió a golpes con el estrado (está en todas las antologías de Naciones Unidas), o cuando Hugo Chávez empezó a santiguarse y a hablar de azufre y del diablo en referencia a la presencia de Bush, el día anterior, en la sala. El primer episodio dejó de una pieza a los asistentes, el segundo, fue esperpéntico, aunque algunos de los presentes aplaudieron tal simpleza.
Este año tiene en el presidente Ahmadineyad la estrella. Pidió ir a la Zona Cero de Manhatan y le dijeron que no. Menos mal que la Universidad de Columbia salvó su honor académico y el de la sociedad civil norteamericana, invitándole a un debate, con la condición de que aceptara preguntas.

Pere Vilanova