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El mapa del mundo

“En época de mentiras, contar la verdad se convierte en un acto revolucionario” (George Orwell)

La delgada línea roja

03 abr 2008
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Ya en la recta final de su mandato presidencial, Putin va a arremangarse y estos próximos días probablemente se expresará con claridad. Rusia está hasta la coronilla de que el mapa de Europa, desde el 1992, es decir desde el día siguiente a la extinción jurídica de la URSS (31 de diciembre de 1991 a las 1200 horas de la noche), se vaya “moviendo” hacia el este. La Unión Europea, por un lado, ha pasado en estos últimos quince años, de doce miembros a quince, luego a veinticinco (en 2004), y hace poco a veintisiete. La OTAN, de dieciséis países a veinticuatro, y está a las puertas de integrar a tres más, Croacia, Macedonia y Albania. El Consejo de Europa, algo parecido en su propia escala. Y estos incrementos asociativos, con alguna pequeña excepción, se va haciendo  a costa de antiguas repúblicas soviéticas o de estados satélites de la URSS. Es lo que tiene la Historia, que es imparable.

Pero a Rusia le parece que con Ucrania y Georgia  se traspasarían una última línea roja, si además ello viene acompañado de la provocadora instalación de sistemas antimisiles de Estados Unidos (no de la OTAN) en Polonia y República Checa, con la absurda excusa de Iran. No hay modelos ideológicos o económicos antagónicos entre Rusia y Occidente, pero está en juego algo esencial en política: el estatus, el poder. Son motivos autosuficientes para esta “confrontación sostenible” en la que nos van instalando. Pero es secundario: Bush ha ido a la Cumbre de la OTAN a pedir más tropas para Afganistán. Y punto.

Pere Vilanova

El zar que se merecen los súbditos

23 dic 2007
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A finales de los noventa, Boris Yeltsin consumía primeros ministros como si fueran botellas de vodka. En agosto de 1999, nombró a su quinto jefe de Gobierno en 18 meses y la elección demostró hasta qué punto el país iba a la deriva. Sólo los muy interesados en la política rusa sabían quién era Vladímir Putin, y la verdad es que no tenían mucho que contar. En su libro Sale of the Century, la periodista británica Chrystia Freeland cuenta la reacción que tuvo el director del Financial Times cuando le comunicó la noticia: “¿De verdad necesito aprenderme ese nombre?”

Enigmático fue la palabra más empleada por aquellos que intentaron hacer ese esfuerzo. Desconocían lo que sí tenían muy presente los miembros del círculo de poder que rodeaba a Yeltsin. Lo explicaba Freeland en su libro, publicado en el año 2000: “El mayor peligro para Rusia es que Putin, como su predecesor, es un hombre movido por el poder, no por la ideología. El gran objetivo político de Yeltsin era permanecer en el poder; el de Putin es casi seguro exactamente el mismo, y ésa es la razón por la que fue elegido por la Familia (como se conocía al entorno de Yeltsin)”. Yeltsin y su clan sabían que el ex espía del KGB era el hombre que mejor podía conservar el poder, y así estar en condiciones de proteger los intereses de la Familia, una vez que ésta abandonara el Kremlin.

La política en Rusia tiene una estructura cíclica. Ocho años después, nos encontramos ante una situación similar. El presidente ha elegido al sucesor –esta vez con menos sorpresas– con la vista puesta en lo que el elegido podrá hacer por él una vez cierre la puerta de su despacho en el Kremlin.

La diferencia es que en esta ocasión el patriarca no va a disfrutar los beneficios de la jubilación, sino que seguirá controlando las riendas del poder. Respetando formalmente el límite de mandatos establecido por la Constitución y burlándolo con su candidatura al puesto de primer ministro. Porque en el fondo Putin ha decidido sucederse a sí mismo.

Como se ha dicho en tantas ocasiones, la clave de los acontecimientos en Rusia es que allí no se produjo una revolución democrática tras el fin del comunismo. Buena parte de la clase dirigente optó por reciclarse y mudar de plumas. No en los niveles más altos –tal fue el caso de las repúblicas ex soviéticas del Asia Central–, sino en un punto muy inferior de la jerarquía dirigente. Fueron los cuadros medios, gente de entre 30 y 45 años, los que echaron mano de su talento para los negocios y sus contactos con el poder para convertirse en los oligarcas, como así se les llamó.

A la transición de un régimen a otro siguió el saqueo de los recursos del país y su inevitable empobrecimiento. Al final de la era de Yeltsin, Rusia era un país del Tercer Mundo con armas nucleares. Ahora no se puede decir lo mismo. Putin pudo detener esa decadencia y, ayudado por el aumento del precio del petróleo, devolver al país su reputación perdida. A cambio de ello, los rusos han renunciado gustosamente a la democracia.

Rusia es un ejemplo claro de que en algunos países hay una continuidad histórica que desafía incluso las diferencias entre regímenes políticos incompatibles. La monarquía absoluta de los zares, el comunismo y la democracia imperial de Putin comparten una tradición despótica basada en la idea de que Rusia sólo puede gobernarse a través de un puño de hierro.

A los pocos meses de ser elegido, Putin inició la segunda guerra de Chechenia, alentado por la ira popular contra las bombas que mataron en sus casas a 300 moscovitas y cuya autoría se adjudicó sin que hubiera pruebas a terroristas chechenos. Curiosamente, el Gobierno no mostró especial interés en luchar contra los rumores que decían que eran los servicios secretos los que estaban detrás de los insólitos atentados. No valía sólo con ser fuerte e implacable. Había que parecerlo.

Putin prometió sangre y venganza. Los rusos vieron que tenían un dirigente capaz de satisfacer sus más oscuros instintos. Un imperio que no se hace respetar es peor que un país pequeño e indefenso, porque sus ciudadanos piensan que les están robando algo que les pertenece por derecho propio. En los peores momentos (las crisis del Kursk o de Beslán), el presidente jugó la carta del miedo: el problema residía en que Rusia no era aún el Estado fuerte que necesitaba ser para cumplir su misión histórica.

Rusia vive “rodeada de enemigos” que temen el resurgir del viejo imperio, avisa Putin a sus compatriotas. No tiene que acusar directamente a nadie, ni a EEUU ni a la UE, porque con ambos hace negocios. Le basta con recordar a los rusos de que esos enemigos no identificados aspiran a que algún día vuelvan a gobernar en Rusia los demócratas que llevaron al país a la perdición en los años noventa.

El próximo primer ministro de Rusia ha convencido a los rusos de que sólo él puede devolverles su pasado imperial. Ante la alternativa tantas veces planteada en su historia –sumisión o revolución– los rusos han escogido la primera.

Iñigo Sáenz de Ugarte

Los piratas están en el poder

14 nov 2007
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Rusia es una democracia de partido único. Se puede votar libremente en las elecciones, pero si alguien osa enfrentarse al partido en el poder, pronto recibirá la visita de policías y fiscales. Encontrar la excusa no es complicado. Hasta vale con la lucha contra la piratería. Aunque no al mismo nivel que China, Rusia es uno de esos países enfilados por Occidente por su escasa contribución en el ramo. Las copias de casi cualquier cosa se venden con facilidad en las calles rusas.

¿Qué hay que hacer? Muy sencillo. Atacar a la oposición con ese motivo. Por eso, el diario Novaya Gazeta ha dejado de publicar su edición regional de la ciudad de Samarra. La Fiscalía ha presentado cargos contra sus responsables por utilizar supuestamente software pirata. Curiosamente lo mismo ha ocurrido en otras ciudades rusas en los últimos meses y siempre con los grupos críticos con el Gobierno de Putin, incluidos todos aquellos que apoyan a Gary Kaspárov y al ex primer ministro Mijaíl Kasyanov.

“No es una campaña contra la piratería, sino contra la disidencia”, ha dicho Vitaly Yaroshevsky, de Novaya Gazeta, el periódico en el que trabajó hasta su asesinato Anna Politovskaya. “Las autoridades quieren destruir a un periódico de la oposición. No importa si enviamos otros ordenadores a Samarra. No importa si compramos legalmente los ordenadores. No cambiará nada”.

No les servirá de nada cambiarse a Windows.

El MI5 da un toque a Rusia

05 nov 2007
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En la era del terror islamista, Rusia debería eliminar su red de espionaje en Reino Unido. Asi lo ha sugerido el jefe del Servicio británico de Seguridad nacional (MI5), Jonathan Evans, en su primer discurso público desde que tomó posesión del cargo, en abril de 2007. “Me decepciona tener que seguir destinando importantes cantidades de equipo, dinero y recursos humanos a combatir esta amenaza”, dijo, el 5 de noviembre, refiriéndose a los espías rusos que operan en suelo británico.

La Guerra Fría se cerró hace dos décadas pero el número de agentes rusos no ha disminuido, advirtió Evans. Planean sus operaciones encubiertas en la sede de la embajada rusa en Londres, en el barrio de Kensington, o en organizaciones asociadas, para intentar “robar nuestra tecnología en proyectos civiles y militares” e “informes confidenciales políticos y económicos”.

La industría del espionaje se sirve de Internet para montar en sus redes informáticas “sofisticados ataques”, que desvían la atención del MI5 de la principal amenaza a la seguridad nacional británica: Al Qaeda y sus grupos asociados. “Son recursos que preferiría enfocar contra el terrorismo internacional, una amenaza para toda la comunidad internacional, no sólo para Reino Unido”, criticó el decimosexto director general de un servicio fundado en 1909. En marzo de 2005, la BBC calculaba que había una treintena de espías rusos en Inglaterra.

De acuerdo con Evans, el MI5 sospecha de “por lo menos” 2.000 individuos involucrados en mayor o menor medida con la causa radical islamista dentro de Reino Unido (un incremento de 400 personas respecto a la cifra dada un año atrás). Pero hay que priorizar a quién se investiga y a quién no, añadió a modo de excusa.

Excusa por la serie de errores destapados durante las investigaciones del múltiple atentado del 7-7 en el trasporte público de Londres. Excusa por los fallos de los servicios de seguridad desvelados en la vista judicial del fallido atentado en la misma red de transporte quince días después, el 21 de julio de 2005. El brasileño Jean de Menezes fue la principal víctima de esta última operación, al ser abatido a tiros por agentes armados encubiertos.

Los cabecillas de ambos atentados estaban fichados por las fuerzas de seguridad. Cayeron bajo el radar del MI5, pero no se consideraron suficientemente peligrosos para continuar con la vigilancia. Probablemente se conocieron en un campo de entrenamiento de Pakistán, pero la alarma sólo saltó a la luz pública en las sesiones judiciales.

“Cada decisión de investigar a alguien, implica una decisión de no investigar a otro individuo. Conocer algo de alguien no es lo mismo que conocer todo de alguien. Deberíamos tenerlo en cuenta cuando hablamos de los llamados ‘fallos de inteligencia’”, recordó Evans sin entrar en detalles.

No necesitaba hablar más de la cuenta. La herida de los atentados de julio 2005 aún supura y los familiares de las víctimas siguen exigiendo una investigación independiente que llegue al fondo de la verdad. El Gobierno laborista se niega a claudicar en la materia. Quizá se vea algún día obligado por orden judicial.

Mientras tanto, sólo hay una explicación oficial a tantos ‘fallos de inteligencia’. La creciente presión de los agentes secretos frente a la “determinación de Al Qaeda por perpetrar ataques terroristas contra Reino Unido”, según palabras del jefe de MI5.

Lourdes Gómez, Londres

El arsenal de las peores dictaduras

17 oct 2007
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Irak, Irán, Líbano, Israel y Palestina. Son algunos de los conflictos bélicos o políticos en los que tanto Washington como Moscú tienen mucho que decir en Oriente Próximo. Envían a sus diplomáticos, promueven conferencias internacionales y se reúnen con los dirigentes de esos países para intentar poner fin a la discordia. Con un poco de suerte, hasta pueden aspirar años después a un Premio Nobel de la Paz. Su dedicación es conmovedora.

Y cómo se celebra ese esfuerzo en los consejos de administración de la industria de armamento. EEUU y Rusia son el arsenal del planeta. Los mismos países que reciben consejos, presiones y, a veces, hasta amenazas, saben que tienen que pasar por el supermercado de armas que les toque. Los tanques y los cazabombarderos son los presentes que sellan la unión.

Ambos países son los mayores suministradores de armamento a los países del Tercer Mundo. En 2006, EEUU les vendió armas por valor de 10.300 millones de dólares. Justo después vino Rusia con 8.100 millones. Cerca del 70% de las necesidades de defensa de las naciones subdesarrolladas o emergentes son satisfechas por Washington o Moscú.

La factura no es barata, pero incluye facilidades de pago y una reconfortante garantía de asistencia. EEUU se compromete a vender 20.000 millones de dólares en armas a Arabia Saudí y otros países del Golfo Pérsico. Moderniza la Fuerza Aérea de Pakistán. Disfruta de la condición de proveedor exclusivo de Israel. El contribuyente norteamericano financia en buena parte las necesidades de defensa del Estado judío.

Toda esta aportación norteamericana a la paz mundial no le impide sermonear a algunos países, enarbolar el concepto de eje del mal y establecer listas de organizaciones terroristas. ¿Terror? No hay muchas iniciativas más terroríficas que armar hasta los dientes a regímenes autoritarios como el saudí, el egipcio o el paquistaní.

Y pensar que hubo un tiempo en que EEUU era el arsenal de las democracias.

Putin es un tipo mucho más práctico. Su objetivo es conseguir que Rusia vuelva a contar en Oriente Próximo. Que no parezca ya el paje de EEUU. Su apoyo a Irán se entiende también por el fabuloso negocio que supondría convertirse en el socio imprescindible del programa nuclear iraní.

Mientras EEUU aún envuelve sus negocios de armas con una mística democratizadora –ya enterrada en algún lugar de Irak–, Rusia parece más inclinada por la lógica más cruel del capitalismo: están en Irán para ganar dinero. Lo demás no cuenta.

Iñigo Sáenz de Ugarte 

Manual de reconstrucción de un imperio

02 oct 2007
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Ya vale de hablar de Putin como del nuevo zar ruso. La palabra correcta es jeque y por tanto no debe extrañar que la transición en Rusia sea una mezcla de las prácticas democráticas de Occidente y los mecanismos hereditarios del Golfo Pérsico.

Putin se sucede a sí mismo. Su poder es tan grande que puede fabricarse un Estado a la medida. Rusia ya no es el enfermo de Europa y su presidente no es tan generoso como para entregar el regalo a un sucesor mucho menos popular que él. ¿Por qué conformarse con ser un rey en la sombra cuando uno tiene garantizado el trono por tiempo indefinido?
Rusia disfruta de unos ingresos diarios de 530 millones de dólares gracias a la producción de petróleo. En los últimos años, el rublo se ha apreciado un 25% frente al dólar. El país tiene unas reservas de 413.000 millones de dólares (las mayores per cápita del mundo) con lo que está perfectamente resguardado contra una hipotética, y poco probable, caída del precio del crudo. No todo es petróleo. Los mercados se creen la recuperación de Rusia. En los últimos seis meses, la inversión exterior se ha multiplicado por tres. La economía ya ha votado a favor de Putin.
El precio de esa resurrección no se ha pagado en rublos, sino en democracia. Rusia es un régimen autoritario con elecciones cada cuatro años. No hay adversarios que puedan hacerle sombra a Putin. Los pocos que lo han intentado no han tardado en recibir la visita de la Policía y de los fiscales. Un puñado de periodistas y políticos se resiste a renunciar a la democracia. Lo malo no es que su seguridad esté en peligro. Es aún peor saber que su trabajo es casi irrelevante.
La televisión y los mayores periódicos trabajan para el poder. No hay ningún movimiento ciudadano que pueda sacar a la calle ni a 100.000 personas en un país de 141 millones. Los rusos están resignados a su destino. La mayoría parece creer que sólo un Gobierno fuerte puede mantener unido al país y devolver a la Madre Rusia su condición de imperio.
Como cualquier monarca absoluto, Putin exige sumisión absoluta. A los ciudadanos rusos sólo les queda asumir el papel de súbditos.

Iñigo Sáenz de Ugarte