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El mapa del mundo

“En época de mentiras, contar la verdad se convierte en un acto revolucionario” (George Orwell)

Dictadores en nómina de Occidente

01 mar 2009
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Los temores de los más reaccionarios no se han cumplido. La invasión yihadista que iba a arrasar Occidente, ayudada por la supuesta quinta columna islámica, no se ha materializado. La incapacidad de mancharse las manos de sangre, típica de los acomodados ciudadanos de las democracias, no ha puesto en peligro nuestra seguridad. No es necesario esconderse bajo la cama ni invocar una cruzada porque algunos fanáticos refugiados en cuevas tengan la costumbre de recordar el mito de Al Andalus.

Al Qaeda, o al menos la sede central de la franquicia que responde a ese nombre, ha fracasado en su intento de movilizar a la opinión pública de los países musulmanes bajo la bandera de la guerra santa contra Occidente. Sus críticas a movimientos islamistas como Hamás o los Hermanos Musulmanes dejan patente que ni siquiera los grupos que suelen llevar el distintivo de radicales son receptivos a su propaganda.

Un sondeo reciente llevado a cabo en varios países musulmanes confirma que existe un rechazo generalizado a los ataques contra civiles norteamericanos, una de las señas de identidad de Al Qaeda. Entre el 68% y el 89% de los encuestados se opone a estos atentados, cometidos para conseguir “objetivos políticos o religiosos”, en lugares como Egipto, Jordania, Marruecos o Indonesia. El rechazo es también mayoritario en Pakistán y Palestina, aunque con menores porcentajes.

No es que el pacifismo haya arraigado en estas sociedades. El principal factor que anima a la radicalización y dificulta las relaciones con Occidente es la presencia militar de EEUU en algunos de estos países. En segundo lugar, hay que apuntar al carácter autoritario o dictatorial de la mayoría de sus gobiernos. Muchos de ellos mantienen buenas relaciones con EEUU y la UE, lo que desacredita nuestros frecuentes llamamientos en favor de la democracia. Occidente apoya a gobiernos que torturan y manipulan  las elecciones. No es extraño que ese desprestigio nos alcance.

Dado que la oposición a esa presencia militar, en especial en las bases de EEUU en el Golfo Pérsico, es muy alta –incluso en Turquía, un Estado miembro de la OTAN–, la encuesta cuenta con otro dato que casi contradice al anterior. Los mismos que rechazan los ataques contra civiles los aceptan si su objetivo son los militares norteamericanos.

Es el resultado de un orgullo nacional herido para el que los soldados de EEUU son un símbolo del retraso del mundo árabe y de sus muchas derrotas desde la desintegración del imperio turco. Es producto también, en los sectores sociales más influidos por la religión, de una visión paranoica alimentada de teorías de la conspiración, las mismas que suelen florecer en las sociedades coaccionadas por la censura y la falta de libertad de expresión. De creerles, existiría un complot universal para hacerse con el control de unos países anclados en el subdesarrollo.

El agudo contraste entre un pasado glorioso y un presente deplorable genera monstruos. Los grupos yihadistas se alimentan de esa falta de dignidad nacional, pero los hechos demuestran que nunca han estado cerca de conseguir la victoria.

La amenaza, por pequeña que sea, siempre existirá a menos que Occidente haga valer su influencia. Las dictaduras raramente optan por el suicidio. Hosni Mubarak acaba de cumplir 10.000 días en el poder, al que llegó en 1981. Hace una semana, aceptó excarcelar a Ayman Nour, que ha pasado tres años en prisión porque se atrevió a presentarse como candidato de la oposición en unas elecciones y obtuvo 600.000 votos.

En última instancia, somos cómplices de gobernantes como Mubarak. La mayoría de los musulmanes sabe que es inmoral y contraproducente asesinar a civiles, pero ¿cuál es la alternativa que damos a los que quieren democracia en Egipto? ¿Esperar a la muerte del faraón y confiar en que su hijo sea más benévolo?

Iñigo Sáenz de Ugarte

En manos de imbéciles peligrosos

25 nov 2007
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Algunas historias del frente de batalla en la “guerra contra el terrorismo”, más conocida como la era de la paranoia. Un camión de bomberos canadiense que acudía a colaborar en la extinción de un fuego en el estado norteamericano de Nueva York fue detenido en la frontera durante siete minutos hasta que los policías comprobaron la matrícula del vehículo.

Un hombre que estaba sufriendo un coma diabético en un autobús en la localidad británica de Leeds recibió dos disparos de una pistola eléctrica ante el temor de la Policía de que supusiera un riesgo para la seguridad de los viajeros.

La zona de equipajes del aeropuerto norteamericano de Portland quedó sellada durante seis horas al aparecer una sustancia blanquecina: resultó ser una mezcla de harina y azúcar.

Un guardia de seguridad expulsó a un hombre de un pub en Cairns, Australia, porque estaba leyendo la novela “El terrorista desconocido”. Algunos clientes se habían puesto nerviosos. Cuando explicaron lo que había ocurrido al autor de la novela, Richard Flanagan respondió: “¿A qué nivel de estupidez hemos llegado en esta sociedad cuando te expulsan de un bar por la portada de un libro?

Son casos reales ocurridos en las últimas semanas y seleccionados por el blog Schneier on Security. No es necesario llevar una camiseta con la leyenda “Bush es un terrorista” para que te saquen de un avión (ha sucedido en EEUU) o hablar en árabe para que te ocurra lo mismo (ha sucedido en EEUU y también en España). La paranoia exacerbada de las autoridades, unida a los efectos del miedo inoculado en la gente corriente, han terminado por crear el cóctel perfecto: todos somos sospechosos y la Policía tiene todo el derecho del mundo a obrar en consecuencia. Y si te resistes, eso confirma que la Policía tiene razones de peso para actuar.

Esta semana, hemos sabido que el Ministerio británico de Hacienda ha perdido los datos personales y bancarios de 25 millones de contribuyentes. Estaban incluidos en dos discos que un organismo oficial envió a otro departamento a través de los servicios regulares de una empresa de correo. Ni siquiera iban en correo certificado. Los metieron en un sobre y anotaron la dirección. Tres semanas después, descubrieron que habían desaparecido. El Gobierno tardó otros diez días en hacer pública la noticia. Si los datos habían caído en manos de delincuentes, era necesario darles tiempo para que pudieran rentabilizar el hallazgo.

Todas las medidas puestas en práctica por los Gobiernos de EEUU y Europa desde el 2001 incluían el mismo mantra: lo hacen por nuestra seguridad. En países como España, todo esto no ha provocado una alarma especial. A fin de cuentas, aquí vamos a todos los sitios con el DNI en la boca. Hasta para pagar la gasolina hay que mostrarlo. Dentro de no mucho tiempo, nos harán un escaneo rápido del iris del ojo para que podamos demostrar que somos quienes decimos que somos. Y al final todos esos datos personales acabarán en un sobre que se perderá en algún lugar recóndito de la geografía de la burocracia.

Es una constante de la historia de la humanidad desde que los hombres empezaron a agruparse en ciudades. El miedo es el mejor factor cohesionador para que los ciudadanos terminen haciendo lo que las autoridades quieren que hagan. El rostro del enemigo va cambiando, la necesidad que siente el Estado por controlarnos, no.

Sin embargo, cuando llega el momento de la verdad, cuando alguien especialmente peligroso quiere hacernos daño, aparece ese burócrata que tiene ganas de volver pronto a casa o ese policía que aplica el manual con la misma espontaneidad de un robot.

Y se desata la tragedia. Los del 11-S pudieron aprender a pilotar un avión de pasajeros. Cuando les dijeron que tenían que saber cómo aterrizar el avión, respondieron que no estaban especialmente interesados en la maniobra. Y no pasó nada. O en Asturias un delincuente con un historial de esquizofrenia paranoide consiguió vender 100 kilos de dinamita sin que la Guardia Civil se enterara de nada.

Los zapatos se han convertido en un objeto sospechoso en los vuelos. Los líquidos, en un arma potencialmente letal. Los estrategas de la lucha antiterrorista piensan siempre en conjurar el último atentado producido, no el que está por venir.

Como dice Schneier, el objetivo del terrorismo no es matar gente, sino crear terror. Lo primero es el medio. Lo segundo, su auténtico fin. Los objetivos de sus acciones no son los que mueren, sino los aterrorizados por esas muertes. Su única victoria se la podemos conceder nosotros. Si nuestra vida no se parece mucho a lo que era antes de los atentados, ellos han vencido. Si consiguen paralizar estaciones, puertos y aeropuertos, ellos han vencido. Si desconfiamos de los que tienen un color distinto, hablan otro idioma o rezan a otro Dios, ellos han vencido.

¿Llegarán a entenderlo algún día los imbéciles?

Iñigo Sáenz de Ugarte

Confidencial trece años

07 nov 2007
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La Comisión Europea plantea una nueva propuesta de medidas para neutralizar la amenaza terrorista que merece toda nuestra atención, y haremos bien en ser exigentes por dos razones. La primera es que son intentos de construir políticas de respuesta a una amenaza que a estas alturas nadie se toma a la ligera, la geografía de los ataques terroristas de Al Qaeda va desde Marruecos hasta Indonesia, pasando por Nueva York, Londres, Madrid, y toda una serie de países en los que Al Qaeda ha reclutado y ha provocado muchas víctimas.

Pero ello no debe limitar nuestro deber de exigencia ciudadana frente algunas de las medidas propuestas. Una vez más se centran en almacenar muchos datos personales de todo viajero que entre o salga de la UE. Que se almacenarán durante trece años (ni diez ni quince: trece, seguramente para que la medida parezca científica). Y que viajen en avión. ¿Por qué sólo en avión? ¿No se entra y sale de la UE en tren, en coche, a pie, en autobús de línea, en barcos y barcas? ¿Y no se aglomera la gente por millares en las salas de facturación de nuestros absurdos mega-aeropuertos europeos, antes de cualquier asomo de control de seguridad? Pero si la comisión todavía tiene que justificar, ante nosotros y ante los tenaces europarlamentarios que han intentado saber más, el por qué de las botellitas de 100ml, el documento al que han tenido acceso y fundamenta la absurda batería de medidas de hace un año, dice que la información en que se basó la Comisión es… confidencial.

Pere Vilanova