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El mapa del mundo

“En época de mentiras, contar la verdad se convierte en un acto revolucionario” (George Orwell)

El último engaño en nombre de Europa

15 jun 2008
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No se puede negar que el ministro irlandés de Exteriores se maneja bien con los sobrentendidos. “Quizá haya una desconexión entre Europa y su gente, entre las instituciones de la Unión Europea y la gente”, dijo Micheál Martin a las pocas horas de conocerse la victoria del no en el referéndum sobre el Tratado de Lisboa. ¿Quizá? ¿Cuál es la parte de la palabra ‘no’ que no ha entendido?

Poco después, compareció ante la prensa el presidente de la Comisión Europea, Durao Barroso. Trató de izar la vela en mitad de la tormenta. Más parecía que agitaba un pañuelo. Sólo estaba ahí para dar el titular: “El tratado no está muerto”. Cuando los periodistas le pidieron que fuera más específico, pronto descubrieron que no había mucho que rascar. Repitió en respuestas sucesivas que no había que “precipitarse en las conclusiones”. Parecía estar esperando instrucciones.

El tratado ahora rechazado respondía a una necesidad imperiosa: adaptar el funcionamiento de las instituciones comunitarias a la nueva realidad de la UE. La Europa de los 27 cuenta con un motor que ha quedado obsoleto tras las últimas ampliaciones. Lleva camino de quedar constantemente ahogado por el derecho a veto y los intereses que han traído consigo los países de la Europa del Este.

Los cambios en la maquinaria estaban en la línea de lo que ha sido siempre el funcionamiento de la UE: reforzar el poder de los Gobiernos europeos en detrimento de la Comisión. Es cierto que se daba algo de cancha al Parlamento de Estrasburgo, pero también se incluía por primera vez en el reparto de poder a los legislativos nacionales.

Es muy posible que muchos de estos cambios estén dictados por la necesidad y sean casi inevitables. Lo es aún más que en raras ocasiones la UE está a la altura de la retórica de sus dirigentes.

Los ciudadanos se han acostumbrado a que los políticos cambien las reglas de juego cuando el resultado no les complace. A que surjan normas de Bruselas de las que pocos se hacen responsables. O a que los propios gobiernos europeos interpreten a su manera los mandamientos europeístas.

Lo primero ocurrió con el proceso de ratificación de la Constitución, frenado en los referendos de Francia y Holanda. Era demasiado escandaloso repetir el truco de Irlanda (convocar otra consulta tiempo después), así que se inició otro proceso constituyente. Crearon una Constitución que lo tenía todo menos el nombre. El subterfugio pretendía impedir la
celebración de nuevas consultas.

Para ello, la burocracia se aplicó a fondo. Los propios funcionarios de la UE admitían que el nuevo tratado era casi ininteligible. Casi nadie lo iba a leer entero y, si alguien lo hacía, no lo iba a comprender. Mejor dejar el embrollo a los diputados (excepto, una vez más, en Irlanda, donde por imperativo legal el voto era imprescindible).

El segundo problema de credibilidad proviene del secretismo de la UE en algunas decisiones y la distancia con que son contempladas por los ciudadanos. El mejor ejemplo es la prohibición de los líquidos en los vuelos, aprobada de forma casi clandestina sin permitir a los pasajeros conocer con exactitud quién es el responsable y hasta dónde llega.

Todo ello bajo el sacrosanto principio de la seguridad, que tantas tropelías ha justificado en EEUU.

Por último, los gobiernos europeos son los primeros que interpretan el europeísmo en función de sus intereses más inmediatos. Cuando les resulta conveniente, lo ignoran sin problemas de conciencia. Un Gobierno como el español puede poner todos los obstáculos posibles para impedir que una empresa alemana se haga con Endesa. O Italia puede hacer lo mismo con el fin de proteger a sus empresas para que no caigan en manos de ‘bárbaros’.

Sólo hay que recordar a Aznar y Zapatero alardeando de lo mucho que habían conseguido para España en las cumbres europeas. Si a eso se reducía todo, si ellos pueden ser egoístas, ¿por qué los demás no? ¿Por qué los ciudadanos, irlandeses o españoles, no pueden estar satisfechos con lo obtenido hasta ahora y temer que el futuro que llega de Bruselas ya no sea tan atractivo?

La Unión Europea es uno de los grandes éxitos del siglo XX y un ejemplo para otras zonas del mundo. Ha permitido dotar a sus habitantes de un grado de prosperidad inimaginable en la mayor parte del planeta. Pero cada día se parece más a una empresa, en la que sólo importa la cuenta de resultados y la reducción permanente de costes, y nada el bienestar de los trabajadores y la calidad de vida.

Donde los políticos ven el embrión de una política exterior común, los ciudadanos sólo ven sumisión a EEUU. Cuando nos venden la idea de una Europa social, sólo apreciamos medidas liberales destinadas a hacer la vida más fácil a los empresarios.

Si ése es el horizonte, los irlandeses no están solos en su descontento.

Iñigo Sáenz de Ugarte

La Caza de Niños y la Europa-Fortaleza

03 jun 2008
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Acaba de salir en Francia un libro que muchos políticos y dirigentes europeos deberían leer. No hace falta que lo lea Silvio Berlusconi, ni tampoco Nicolas Sarkozy. Inútil es que lo lean Jean-Marie o Marine Le Pen, o Brice Hortefeux. “La Caza de Niños. El Efecto Espejo de la expulsión de los Sin Papeles”* es un libro, no para quienes impulsan la Europa-Fortaleza, sino para aquéllos que, con la esperanza de poder quitar algunos ladrillos a los muros y volver más humana la fortaleza, aceptan entrar en tratos con la Administración Sarkozy.

En la obra, el filósofo y psicólogo infantil Miguel Benasayag, en compañía de Angélique del Rey, dan un paso más en el conocimiento del desaguisado social y humano que es la deportación de niños sin papeles. Los autores, con ayuda de la ya célebre Red Educación Sin Fronteras (RESF), se concentran en algo hasta ahora totalmente desconocido y bastante escalofriante. Se trata del efecto que causa la expulsión de niños sin papeles, su desaparición del cole, en sus pequeños camaradas de clase, en los chavales que se quedan y que observan los pupitres vacíos.

Conocido es el sufrimiento humano y el drama social del extranjero expulsado. Pero, al mismo tiempo, ¿Qué pasa en la cabecita del chaval que se queda? ¿Qué siente el colegial cuando le explican –o no le explican– cómo y por qué ha desaparecido su amigo? ¿Qué ciudadano del futuro se está construyendo con ese clima?

La tesis del psicoanalista, basada en entrevistas exploratorias y en testimonios, nos envía a los fundamentos antropológicos de nuestra sociedad, que siguen existiendo pese a los I-Pod.

“Se considera normal que unos policías vengan a la escuela de nuestros hijos a llevarse a algunos de sus amigos. Para que esa percepción de normalidad sea creada sin recurrir explícitamente a fundamentos racistas, ha hecho falta un auténtico trabajo de insensibilización de la población, que implica la creación progresiva de nuevas normas, un proceso que, por cierto, no es exclusivo de Francia, sino que se observa en muchos Estados de la Unión Europea”

“A través de esas normas, percibimos como normal (…) la separación entre los Sin y los Con , una separación que existe desde que el mundo es mundo, pero que es a priori paradójica en nuestras sociedades modernas, sociedades que siguen afirmando defender los derechos humanos y la igualdad entre todos los humanos independientemente de sus orígenes”.

“Los niños que asisten, de cerca o de lejos, a las expulsiones de sus compañeros del cole se ven sumidos en una situación análoga a la que viven los niños que corren un peligro derivado de su propio círculo familiar”, ya que “ese gesto autófago es el de una sociedad que devora a sus propios niños y se auto-condena a vivir un futuro cada vez más brutal”.

“El expulsado es, por excelencia, la víctima propiciatoria, el cabeza de turco sacrificado para garantizar la unidad del grupo”.

“Permitir que el poder designe de forma definitiva a aquéllos que serán cabezas de turco equivale a pervertir la educación de los niños: en la escuela donde hay víctimas propiciatorias, también se forman los lobos del futuro”.

Tras siete años de poder, desde el ministerio de Interior o la presidencia, Nicolas Sarkozy ha conseguido restaurar una sociedad de Sin y de Con, auténtica regresión social lograda precisamente en el país donde más y con más fuerza los jóvenes black-blanc-beur se consideraban iguales ante la ley. Ahora, para continuar la obra que permite que se considere normal la autofagia, París necesita proseguir el “trabajo de insensibilización de la población, que implica la creación progresiva de nuevas normas”, cosa que implica aval europeo.

Todos los llamados a participar en la creación del Pacto europeo sobre inmigración impulsado actualmente por Nicolas Sarkozy, con apoyo de Silvio Berlusconi, deberían tener presente esa duplicidad ya inscrita en carne y hueso en la realidad francesa.

* Miguel Benasayag, Angélique del Rey y varios militantes de RESF: “La Chasse aux Enfants. L’effet miroir de l’expulsion des Sans Papiers”. Con prólogo de Stéphane Hessel. Ed. La Découverte, coll. Sur le Vif. Paris, abril 2008 // www.educationsansfrontieres.org // www.resfmiroir.org

Andrés Pérez / París

No se puede sellar Europa

26 feb 2008
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Gracias a Mariano Rajoy, sabemos que España es un país repleto de inmigrantes ilegales, aficionados al crimen. No está solo. Sarkozy, elementos de la CDU alemana y también de los laboristas británicos han convertido la lucha contra la supuesta avalancha de forasteros malvados en el eje de su razón de ser política.

Ahora, la Unión Europea va al rescate de estos salvapatrias. El comisario para Seguridad, Justicia y ¡Libertades!, Franco Frattini, hombre de Berlusconi, ha apadrinado un plan para sellar las fronteras de la UE contra la entrada de “terroristas, inmigrantes ilegales o delincuentes”. Mezclar la inmigración ilegal con la delincuencia o incluso el terrorismo es de una bajeza moral insoportable y propicia que se encienda la mecha del racismo.

Frattini propone un gran despliegue de tecnología para recabar rasgos biométricos y guardarlos en un banco de datos. No son pocos los críticos que aseguran que ese tipo de información no sirve para luchar contra la inmigración ilegal y es una pérdida de recursos. Sería conveniente dedicar más esfuerzos a mejorar las situaciones que causan la inmigración y propiciar la integración de los nuevos conciudadanos.

El afán de tener un control absoluto sobre las fronteras y sobre cada sujeto que se mueva dentro del Estado es propio de regímenes totalitarios. Las fronteras de una sociedad libre, por definición, no pueden ser impermeables, por mucho que así nos lo quieran hacer creer ciertos dirigentes.

Thilo Schäfer

Confidencial trece años

07 nov 2007
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La Comisión Europea plantea una nueva propuesta de medidas para neutralizar la amenaza terrorista que merece toda nuestra atención, y haremos bien en ser exigentes por dos razones. La primera es que son intentos de construir políticas de respuesta a una amenaza que a estas alturas nadie se toma a la ligera, la geografía de los ataques terroristas de Al Qaeda va desde Marruecos hasta Indonesia, pasando por Nueva York, Londres, Madrid, y toda una serie de países en los que Al Qaeda ha reclutado y ha provocado muchas víctimas.

Pero ello no debe limitar nuestro deber de exigencia ciudadana frente algunas de las medidas propuestas. Una vez más se centran en almacenar muchos datos personales de todo viajero que entre o salga de la UE. Que se almacenarán durante trece años (ni diez ni quince: trece, seguramente para que la medida parezca científica). Y que viajen en avión. ¿Por qué sólo en avión? ¿No se entra y sale de la UE en tren, en coche, a pie, en autobús de línea, en barcos y barcas? ¿Y no se aglomera la gente por millares en las salas de facturación de nuestros absurdos mega-aeropuertos europeos, antes de cualquier asomo de control de seguridad? Pero si la comisión todavía tiene que justificar, ante nosotros y ante los tenaces europarlamentarios que han intentado saber más, el por qué de las botellitas de 100ml, el documento al que han tenido acceso y fundamenta la absurda batería de medidas de hace un año, dice que la información en que se basó la Comisión es… confidencial.

Pere Vilanova 

UE Blues

17 oct 2007
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La diferencia es espectacular. Los dirigentes de la Unión Europea nos tuvieron años en ascuas en torno a una promesa de Constitución europea, que ni lo era ni podía serlo por su propia naturaleza. ¿Por qué? Por definición se trataba de una reforma jurídica parcial de un Tratado Internacional entre estados, y esto es territorio del Derecho Internacional Público, mientras que una Constitución se rige por el Derecho Constitucional. Invocar con la palabra Constitución una cosa que no lo es, no genera más que confusión. A la euforia artificialmente mantenida por unos y otros, siguió la dudosa estrategia de ampliar a lo grande (de quince miembros a veintisiete ¡nada menos!), sin haber afrontado la reforma de unos mecanismos institucionales de decisión colapsados ya en el 2000. La “fatiga de europeísmo” que arrastramos desde el Tratado de Niza de diciembre de 2000 acabó en el Waterloo de los referéndums francés y holandés de ingrata memoria.

Todo viene a cuento porque esta semana parece estar en juego algo crucial para Europa, y en realidad los forcejeos de última hora de los sospechosos habituales (Polonia, Reino Unido, parece que Italia) tienen que ver con tener dos o tres diputados de más o de menos, y sobre todo, conservar mecanismos de bloqueo. El derecho a parar la máquina. La realidad es tenaz: simplemente se va a reformar el Tratado de Niza, y la UE es lo que es, ni menos (y es mucho), ni más (por el momento). Falta épica, pensarían Churchill, De Gaulle, Schumann, Adenauer.

Pere Vilanova

Ya no nos preguntan

15 oct 2007
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En febrero de 2005 unos 14 millones de ciudadanos en España interrumpieron el merecido descanso dominical para emitir su voto sobre la propuesta de una Constitución Europea en un referéndum. El resultado de un 76% a favor no ha servido para nada, ya que el rechazo de los votantes franceses y holandeses acabó con el proyecto. Esta semana, los líderes europeos quieren aprobar en Lisboa un nuevo Tratado, una especie de Constitución light. Se han quitado algunos elementos, como la referencia a la bandera o el himno, pero en esencia el nuevo Tratado de Reforma se parece mucho al grandilocuente proyecto de una Constitución.

Esta vez, los españoles no tendrán que alterar su domingo para votar. Tampoco tendrán que molestarse los franceses y en Holanda aún dudan si vale el riesgo someter el Tratado de nuevo al voto. Tony Blair había prometido a los británicos una consulta sobre la Constitución, pero gracias al ‘no’ en Francia y Holanda se ahorró una campaña sangrienta en este país euroescéptico. Gordon Brown ahora sufre grandes presiones para celebrar un referéndum sobre el Tratado. Otros, como Alemania, pasan de consultar a sus ciudadanos.

Se puede discutir sobre la conveniencia de darle la voz al ciudadano a través de un referéndum. Pero hay que ser coherente. Los dirigentes deberían explicar por qué importaba la opinión del ciudadano sobre la Constitución pero ya no interesa saber qué piensa el pueblo del nuevo Tratado.

Thilo Schafer