Tags: Gaza guerra israel palestina ugarteMuchas de las guerras de Israel y los países árabes cuentan con un guión similar. Cambian los protagonistas y el tipo de armamento, pero la secuencia de acontecimientos guarda una nada sorprendente similitud. Una situación previa inaceptable, un creciente aumento de la violencia, el inicio de las hostilidades, las promesas desde ambos lados de que ésta será la guerra definitiva que servirá para infligir al rival el golpe final, el terror que sufre la población civil, la tímida mediación internacional que va cobrando protagonismo, y el final del conflicto que deja las cosas prácticamente como estaban.
La campaña israelí de bombardeos de Gaza es además una especie de secuela de la guerra de Líbano de 2006. Ya entonces, se dijo que el desenlace había sido decepcionante para Israel al no cumplirse las expectativas irreales que el Gobierno había despertado entre sus ciudadanos, y que había comenzado la cuenta atrás para una reanudación de los combates, bien en el sur de Líbano o en Gaza. El aislamiento de Gaza, alentado por EEUU y la Unión Europea, aumentaba las posibilidades de que fuera allí donde se produjera.
Ni Israel ni Occidente aceptaron el resultado de las elecciones que dieron la victoria a Hamás. Los islamistas palestinos no alteraron su discurso político una vez que recibieron la responsabilidad de gobernar. La Administración norteamericana se embarcó en una guerra secreta para derrocar a Hamás y sustituirla por Fatah. El fracaso de la operación fue de tal calibre que provocó el efecto contrario: los dirigentes de Fatah fueron expulsados de Gaza. A partir de ese momento, el riesgo no podía ser mayor: o se encontraba algún tipo de coexistencia entre dos enemigos implacables (Israel y Hamás) o la guerra era inevitable.
Nadie pareció entender esa urgencia. Se consiguió poner en marcha en junio de este año una tregua, que finalizaba en diciembre, gracias a la mediación egipcia y bajo unas condiciones que perjudicaban más a Gaza, aunque hay que decir que eran las únicas que se podían obtener de forma realista. Israel obtenía unos niveles de seguridad que no eran ni mucho menos perfectos: hubo ataques con cohetes. Lo peor era para Gaza: el bloqueo se mantenía y la supervivencia económica de la zona quedaba a expensas de los intereses del Gobierno de Israel.
No se hacían excepciones. Hasta las agencias de la ONU sufrían los rigores del embargo. Israel les impedía aprovisionarse de combustible cuando quería aumentar los rigores de la asfixia. No consta que EEUU o la UE llevaran ese asunto al Consejo de Seguridad de la ONU como siempre han hecho en el pasado con los gobiernos que no son de su agrado.
Según se acercaba el final de esa tregua, imperfecta pero real, aumentaban las posibilidades de un estallido violento. El 4 de noviembre, el mismo día de las elecciones de EEUU, el Ejército israelí realizó una incursión en Gaza para destruir un túnel del que decían que iba a utilizarse para trasladar a soldados secuestrados. Mató a cinco milicianos de Hamás. Los islamistas respondieron con 35 cohetes sobre territorio israelí que no causaron bajas.
En el frente político, los acontecimientos tampoco invitaban al optimismo. Se acercaba la fecha de las elecciones israelíes. Los laboristas estaban a punto de obtener los peores resultados de su historia. Su líder, el ministro de Defensa, Ehud Barak, un político arrogante e imprevisible, llevaba tiempo anunciando que una ofensiva sobre Gaza a gran escala era sólo cuestión de tiempo. El Ejército sostenía que había aprendido de los errores cometidos dos años antes en Líbano.
Tanto a Israel como a Hamás les conviene que el conflicto se agrave en los próximos días y que a la campaña de bombardeos le suceda una operación por tierra del Ejército israelí. Ambos recogerían los frutos del cierre de filas inevitable en cualquier sociedad en guerra. A largo plazo, a los dos enemigos les beneficia una tregua permanente similar a la que existe en el sur de Líbano desde 2006.
Sólo los civiles, en especial los palestinos, se beneficiarían de un cese inmediato de las hostilidades. Esa es la responsabilidad de EEUU y la UE que no pueden repetir la pasividad de la que hicieron gala en 2006 durante varias semanas. Entonces, el Consejo de Seguridad de la ONU tardó 33 días en reunirse y empezar a trabajar para intentar devolver la paz a Líbano. Ahora ya se han producido algunos movimientos diplomáticos, de momento sin éxito. Los países europeos deben ser conscientes de su responsabilidad. Esta vez no pueden limitarse a achacarlo todo a los odios atávicos en Oriente Próximo. Ellos propiciaron una estrategia de aislamiento de Gaza que sólo podía terminar en la catastrófica situación actual.
Iñigo Sáenz de Ugarte
Tags: Gaza guerra israel palestina ugarteLa guerra es un instrumento más de comunicación en el lenguaje político israelí. Es mucho más efectiva que una ley o una declaración porque a fin de cuentas los muertos casi siempre los ponen los otros. Su valor aumenta de forma exponencial en las campañas electorales. Tzipi Livni y Ehud Barak ya tienen su guerra y en ella han puesto sus esperanzas de cara a las elecciones del 10 de febrero.
Los sondeos y los medios de comunicación dudaban de que Livni pudiera hacer frente a Netanyahu y se burlaban de los patéticos intentos de Barak por sacar la cabeza. Ahora cuentan que las opciones de Kadima pueden mejorar y que los laboristas no están acabados. Nada está escrito ya en las urnas. Todo dependerá del desenlace de la campaña de bombardeos, no del número de muertos que origine sino de las ventajas que Israel aspira a obtener de la matanza.
Además del electorado israelí, el otro destinatario del mensaje pasa estos días unas vacaciones en Hawai. Obama ya sabe cómo se las gastan los israelíes. Si contaba con esperanzas de promover negociaciones de paz u ofrecer algún tipo de diálogo a Irán o Siria, el Gobierno israelí se ha encargado de enterrar sus opciones bajo toneladas de bombas.
Los norteamericanos tienen el derecho de elegir a un joven idealista para la Casa Blanca, pero siempre es Israel quien marca las reglas del juego. Como ha dicho Aaron Miller, experto en el asunto en la época de Clinton, las probabilidades de que Obama pueda implicarse en un proceso de paz entre israelíes y palestinos con garantías de éxito “se han reducido a cero”.
Obama podría ser valiente y negarse a que sean los militares israelíes los que le impongan su política en Oriente Próximo. Los precedentes invitan, sin embargo, al pesimismo. Durante la tregua, para nada perfecta pero real, que acabó hace una semana, no murió ningún israelí por los cohetes lanzados desde Gaza. En teoría, intentar prorrogarla parecía la salida más razonable. Pero ésa no era la prioridad de Livni y Barak.
Lo dijo el periodista israelí Amnon Levy tras la guerra de Líbano en 2006: “Todo el país se vio arrastrado a una fantasía absurda y pidió sangre. Y cuando la gente quiere sangre, el Gobierno se la concede”. Evidentemente, siempre es la sangre de los otros. Y los que mueren son los responsables, nunca los que matan. Así se escribe la política israelí.
Iñigo Sáenz de Ugarte
Tags: EEUU guerra irakEl precio de la escalada militar que se inició el año pasado se paga en sangre. Desde entonces, más de 900 soldados norteamericanos han muerto en Irak. Por tanto, ese despliegue de tropas adicionales tenía que ser un éxito por activa o por pasiva. Ni siquiera los medios de comunicación se atreverían a cuestionarlo. En eso, el general Petraeus es un digno servidor de la causa de Bush.
Si los problemas persisten, aunque el descenso de la violencia sea un hecho, siempre se puede echar la culpa a los iraquíes. La Casa Blanca vendió la invasión como la forma de regalar la democracia a los iraquíes. Irak iba a ser el faro de la libertad en Oriente Próximo. Ahora la propaganda ha tenido que cambiar de música: si EEUU se retira, los iraquíes se matarán entre ellos. Como no están preparados, el castigo consiste en soportar a las tropas extranjeras. Extraña idea de la libertad.
Petraeus es también un aliado inmejorable para McCain. El general defiende el mantenimiento de las tropas y ofrece un horizonte de victoria. El senador no necesita más para continuar uniendo su destino político al de la guerra. No importa que McCain se haya equivocado antes sobre la insurgencia suní, la seguridad en las calles, las discordias entre chiíes o el futuro de Moqtada Al Sáder. Con el apoyo de la prensa, todo eso le ha salido gratis a McCain. No es tan extraño como parece. En Irak son los ciegos los que trazan la estrategia.
Iñigo Sáenz de Ugarte
Tags: EEUU guerra irak ugarteHay cierta paradoja que se repite con una alarmante frecuencia en la guerra de Irak casi desde sus inicios. Los norteamericanos empiezan todas las jugadas sobre el tablero y al final siempre terminan ganando los iraníes. Los dirigentes iraquíes gustan de utilizar un lenguaje bélico similar al de la Administración de Bush, pero sus decisiones nunca incomodan a Teherán.
Los dos principales partidos del Gobierno de Irak (el Consejo Supremo Islámico de Irak, CSII, y Al Dawa) no hubieran sobrevivido a la dictadura de Sadam sin el apoyo iraní. Las milicias del CSII fueron financiadas y entrenadas durante años por sus vecinos del otro lado de la frontera, y quizá lo sigan siendo ahora. La prioridad de los partidos chiíes, y de sus padrinos de Teherán, consiste en asegurarse de que nunca más Irak sea gobernada por los suníes. El partido de Alí (el yerno de Mahoma que perdió la batalla por suceder al profeta ante el clan de los Omeya y que es en cierto modo el padre fundador de los chiíes) nunca volverá a las catacumbas de la sociedad iraquí.
La guerra civil de baja intensidad que ha comenzado esta semana en el sur del país es otro capítulo catastrófico de este proceso. Irak es un Estado minusválido que depende de la asistencia permanente de Washington y Teherán –cada uno con sus objetivos opuestos– y que carece de instituciones nacionales que merezcan ese nombre. La partición del país, aún conservando sus fronteras y cierta ficción institucional, es el horizonte más probable y terminará siendo el mayor legado de la ocupación norteamericana.
Como se suele decir medio en broma, a los chiíes no les importa demasiado que los kurdos conserven su afición a las bebidas alcohólicas. No hay ortodoxia islámica que mantener en el norte. Su gran objetivo es modelar el país en forma de una confederación que les asegure el control de todo el sur, y eso incluye evidentemente los campos petrolíferos, y de la capital, Bagdad.
Con los suníes incapaces de presentar un programa político común, la única voz nacional que se opone a este proyecto es la de Moqtada Al Sáder, el autoproclamado defensor de las clases bajas iraquíes. Su mensaje nacionalista iraquí no conviene a los intereses de EEUU e Irán. Los sectores más radicales del régimen iraní lo han utilizado en ocasiones para desgastar al Ejército norteamericano, por aquello de que cuanto más tiempo estuviera enfangado en el avispero iraquí menos opciones tendrían los neocon de dirigir sus cañones hacia Irán. La apuesta iraní, sin embargo, pasa por reforzar al CSII y Al Dawa para que sean estos partidos los que consoliden el poder shií en Irak.
Las brutales milicias de Al Sáder estuvieron detrás de la limpieza étnica que sacudió Bagdad en 2006. Por entonces, al Gobierno iraquí le interesaba que fueran otros quienes realizaran el trabajo sucio. Ahora las tornas han cambiado. El esfuerzo de Al Sáder por blanquear a su movimiento a través de una tregua lo estaba convirtiendo en un rival político preocupante a largo plazo. Y lo será aún más cuando el debate sobre una hipotética retirada norteamericana comience en el momento en que Bush abandone la Casa Blanca. Al Sáder se opone a cualquier presencia militar permanente de EEUU en Irak, un asunto del que se hablará mucho el próximo año.
Resulta casi divertido el intento de la mayor parte de la prensa de EEUU por pintar a Al Sáder como el nuevo chico malo de la película (al que por otra parte no le faltan méritos: es tan cruel y despiadado como el resto de dirigentes iraquíes). Una parte de la confusión con la que políticos y periodistas norteamericanos afrontaron las matanzas de 2006 es que ya no tenían a una figura maligna a la que achacar todos las desgracias. Sin Sadam o Zarqaui en la trama, no parecía sencillo vender una narrativa sólida. Al no poder presentar al nuevo Hitler del momento, ¿cómo puedes definir como decisiva su futura eliminación?
La única opción es presentar estos combates como otro intento por asentar la autoridad del nuevo Estado iraquí. Lo que en este caso exige apostar por la victoria de la milicia personal del primer ministro Maliki (el Ejército) y de la milicia del CSII sobre la milicia de Al Sáder.
La milicia más poderosa y mejor organizada, más conocida como el Ejército de los Estados Unidos de América, ya se ha visto obligada a intervenir en Basora con ataques aéreos, más aún desde que han aparecido las primeras noticias de deserciones en las tropas iraquíes. No parece que Maliki esté en condiciones de aplicar a Basora la misma receta que sufrió Faluya –destruir la ciudad para poder salvarla del mal–, y por eso se ha apresurado a decir que él no ha pedido la colaboración norteamericana.
El enigma iraquí tiene una explicación deprimente: el país se ha convertido en una lucha de clanes armados infiltrados a su vez por todos sus enemigos. Como en Somalia, pero con mejores uniformes.
Iñigo Sáenz de Ugarte
Tags: EEUU guerra historia irak ugarteHéroe de la II Guerra Mundial, virrey del Japón ocupado y, por encima de todo, arrogante como pocos caudillos, Douglas MacArthur estaba destinado a chocar con el presidente Truman. En la guerra de Corea, cometió el error de subestimar la capacidad de China para lanzar un temible contraataque. Cuando lo peor de la ofensiva fue conjurada y Truman estaba a punto de ofrecer negociaciones a Pekín, MacArthur amenazó a China –evidentemente sin consultarlo a sus superiores– con llevar la guerra al interior de su territorio. Para él, la victoria completa era la única forma concebible de poner fin a una guerra.
Había colmado la paciencia de Truman y su destino sólo podía ser la destitución. Avisado de que el general podía adelantarse a la comunicación oficial del relevo presentando la renuncia, Truman no quiso darle esa satisfacción: “Ese hijo de puta no me va a presentar la dimisión. Quiero que lo echen”.
Tales insubordinaciones no son frecuentes entre los militares norteamericanos, lo que no quiere decir que las relaciones hayan sido siempre pacíficas con el poder civil. El alto mando militar desconfiaba de Kennedy, porque no adoraba a los dioses de la guerra. Johnson dirigía la matanza de Vietnam desde su despacho, pero entregó al general Westmoreland todas las divisiones que le pidió sólo porque creía ver una luz al final de un túnel cegado por los cadáveres.
Antes de la invasión de Irak, los generales se plegaron como velas ante los vientos de guerra que soplaban desde la Casa Blanca. No se atrevieron a decir que el número de tropas era insuficiente para ocupar un país de 25 millones de habitantes. No osaron cuestionar la luz verde a la tortura. Se quedaron boquiabiertos al ver cómo se disolvía el Ejército iraquí, aunque muchos eran conscientes de las nefastas consecuencias. Sólo eran corderos con la pechera llena de medallas de hojalata.
Con la salida de Rumsfeld del Pentágono, algunos recuperaron sus atributos y pusieron su cerebro a funcionar. Sus coroneles y capitanes estaban abocados a una misión imposible por culpa de una estrategia condenada al fracaso. Lo primero fue afrontar la realidad y olvidarse de la propaganda de la Casa Blanca, esa que decía que la insurgencia estaba en “sus últimos estertores”.
La clave era rectificar errores anteriores y acelerar la reconstrucción del Ejército iraquí. La misión ya había sido encomendada a David Petraeus, uno de los generales más conscientes de los límites de la guerra contra la insurgencia. Los resultados fueron mediocres, como se hizo evidente en la guerra civil que destruyó Irak en 2006. Muchos de los mandos militares y policiales entrenados por los norteamericanos se pasaron a las filas de la insurgencia suní o estaban a sueldo de las milicias chiíes.
La constatación de que el Ejército de EEUU había sido un testigo impotente ante la limpieza étnica contra los suníes ocurrida en Bagdad llevó al proceso en el que estamos ahora. Petraeus recibió la misión de poner en marcha la escalada militar y pacificar Bagdad a toda costa. Bush ya tenía a su general favorito al frente del campo de batalla. Como Johnson con Westmoreland, la Casa Blanca tenía a un militar en el que poner todas sus esperanzas. La habilidad de Petraeus para encandilar a la prensa de EEUU ayudó lo suyo, pero hubiera vuelto a fracasar sin la división de la insurgencia. Las irreductibles tribus suníes de Anbar se embarcaron en una lucha a muerte contra los yihadistas de Al Qaeda. Por algo decía Napoléon que quería tener cerca a generales con suerte.
El descenso de la violencia en Bagdad ha abierto un escenario nuevo. El propio Petraeus sabe que por debajo de las cifras optimistas corren ríos de sangre que pueden volver a la superficie. Por eso, ha entrado en conflicto con el mando militar norteamericano, que quiere reducir el nivel de tropas en Irak. Tienen muy presente que el Ejército se encuentra al límite de su capacidad y si no levantan el pie del acelerador en Irak pueden lamentarlo en otros frentes bélicos.
Uno de esos militares era el almirante William Fallon, jefe del Mando Central del Pentágono, y por tanto el superior directo de Petraeus. Fallon se había convertido en el MacArthur de Bush por su oposición a un ataque sobre Irán y sus presiones a Petraeus para que permitiera el descenso de tropas. Fallon es ya historia, obligado a dimitir por un artículo que le presentaba como el único militar con agallas para frenar las ansias militaristas de la Casa Blanca.
Petraeus (por seguir con la analogía, el Westmoreland de Bush) tiene ahora el campo libre. ¿Pero para hacer qué? “Como un torniquete, el incremento de tropas ha permitido parar la hemorragia”, ha dicho el senador Jack Reed, pero no ha servido como cura definitiva. Petraeus teme que si liberan la presión sobre la herida la recaída será inevitable. Entonces ni la suerte ni ser el favorito del emperador le salvarán el cuello.
Iñigo Saénz de Ugarte
Tags: EEUU guerra IránLa evolución de las guerras de Irak y de Afganistán es sin duda compleja, y no deja de llamar la atención el modo cómo oficialmente se cuentan. Por ejemplo, y en el caso de Irak, barajando las cifras de manera adecuada, parecería ser que la situación mejora relativamente porque… mueren menos soldados de Estados Unidos. Pero los atentados contra civiles, la fragilidad de las instituciones, y por ejemplo la buena voluntad de alguna milicia chiita, que mantiene una tregua por su cuenta, son indicadores de que la cosa es mucho más confusa de lo que parece.
Y en estas dimite el almirante Fallon, jefe militar máximo de los operativos de Irak y de Afganistán. La Casa Blanca, como es de rigor con esta Administración Bush, se esconde tras el Pentágono, y éste dice que no tiene que ver con un artículo de prensa, pero un poco, sí. ¡Vamos! Es casi como si hubiese dimitido Eisenhower en plena búsqueda del soldado Ryan.
La verdad es que el mando unificado de ambas guerras, y sobre todo la complicada relación que esta estructura militar tiene, en Afganistán, con la OTAN, es fuente constante de problemas. Lo mejor del caso es que, si los hechos son ciertos, el militar, Fallon, dimite, porque le preocupan las tendencias militaristas (que no las habilidades militares) de sus superiores políticos en la Casa Blanca y en el Pentágono hacia Iran. La cosa no da para un tercer frente y Fallon lo sabe muy bien.
Resulta que el militar no es el militarista, y su jefe político no es el hombre prudente y sabio.
Pere Vilanova
Tags: EEUU guerra irak ugarteJamal al-Qaisi habla claro. Las fuerzas de seguridad iraquíes no son bienvenidas en el barrio de Al-Fadhil, en Bagdad: “Somos un Estado independiente. No permitiremos que entre aquí ni el Ejército ni la Policía”. Hay tantos grupos armados que no reconocen la autoridad del Gobierno iraquí que estas declaraciones no deberían llamar la atención. Sin embargo, no proceden de un dirigente de Al Qaeda o de un grupo insurgente, sino de un aliado de EEUU.
Al-Qaisi es el número dos de la milicia suní que colabora con los militares norteamericanos en la vigilancia del barrio. Su principal misión es mantener alejados de Bagdad a los miembros de Al Qaeda. El descenso de la violencia en la capital se debe fundamentalmente a grupos armados como el suyo, adoptados y financiados por EEUU para que se enfrenten a su peor enemigo.
Son la demostración de que no sólo las fuerzas occidentales han cometido errores en Irak de los que más tarde se han arrepentido. Al Qaeda intentó someter a las tribus suníes de la provincia de Anbar, a las que hasta el propio Sadam Hussein mantenía a distancia, y terminó por pagar el precio de su osadía.
La lista de gente que mira con recelo a estas milicias no se compone sólo de yihadistas que han jurado lealtad a Osama bin Laden. El Gobierno iraquí, controlado por los partidos chiíes, teme que terminen por extender su influencia hasta Bagdad. Allí a lo largo de 2006 se produjo una carnicería de asesinatos y represalias que desequilibró el balance demográfico de la ciudad a favor de los chiíes. Los vencedores no quieren revisar el resultado de la limpieza étnica que en la práctica limpió de suníes la ciudad.
Durante meses, el Ministerio iraquí del Interior se ha resistido a las presiones norteamericanas para que integre a esos 77.000 milicianos en las fuerzas de seguridad locales. A fin de cuentas, la mayoría de ellos son antiguos insurgentes. La semana pasada, el Ministerio cedió finalmente y anunció la contratación de 12.000. Evidentemente, los denominados Hijos de Irak (un cierto sentido del marketing a la hora de elegir un nombre con gancho también funciona en las guerras) esperaban algo más.
El Ejército de EEUU no es tan optimista sobre el futuro de Irak como la prensa de su país. Sabe que los avances conseguidos son frágiles y que pueden revertirse en no mucho tiempo. La maquinaria militar norteamericana no da más de sí. A partir del verano de este año, le será casi imposible mantener el mismo número de tropas en Bagdad. Las posibilidades de que haya choques armados entre la Policía y las milicias suníes son altas.
De hecho, esos enfrentamientos ya han comenzado. En Baquba, los milicianos han salido a la calle para exigir la dimisión del jefe de la Policía local, al que acusan de detener a suníes de forma indiscriminada. Amenazan con abandonar la primera línea de combate contra Al Qaeda, aunque pocos creen que vayan a dejar las armas y refugiarse en sus casas. Su intención es controlar Baquba, no estar a las órdenes de la Policía.
Algunos de los líderes nacionales de las milicias suníes niegan la legitimidad del Parlamento o incluso de los partidos suníes con representación en la Cámara. Otros no aceptan la nueva bandera iraquí o no permiten la entrada de la Policía en las zonas que patrullan. Hasta acusan a las milicias chiíes, y no a Al Qaeda, de la ola de ataques que han sufrido sus líderes.
La vacuna contra Al Qaeda puede terminar volviéndose contra el enfermo.
En el origen del problema está la falta de un acuerdo nacional entre chiíes, suníes y kurdos. El Parlamento ha aprobado esta semana tres leyes que son un paso en la dirección correcta, incluida una amnistía para muchos de los 26.000 presos, la mayoría suníes, que pueblan las cárceles. No se conocen los detalles de estas leyes, por lo que hay que recordar que parecidos esfuerzos de reconciliación han fracasado antes por la falta de voluntad del Gobierno.
Entre las nuevas iniciativas no hay ninguna relacionada con el petróleo. Los kurdos han entregado por su cuenta concesiones petrolíferas a dos empresas extranjeras, ante la indignación del Gobierno central, y continúan lanzando mensajes amenazadores sobre el estatus de la ciudad de Kirkuk, disputada por árabes y kurdos.
Quizá Irak ya no sea un moribundo agonizante, pero dista mucho de haber recuperado la salud. Se ha convertido en un enfermo crónico propenso a recaídas, que contempla alarmado cómo los médicos no se ponen de acuerdo o, cada vez con más frecuencia, se pelean entre sí.
Los norteamericanos no pueden prescindir de ninguno de sus aliados. Algunos de ellos son casi tan violentos e intolerantes como sus enemigos. Si no consiguen imponer una reconciliación por la fuerza –y ésa es una alianza que tendría todo el aspecto de un matrimonio temporal de conveniencia–, pueden verse forzados a tomar partido en una repetición de la guerra civil de 2006.
Iñigo Sáenz de Ugarte
Tags: guerra israel Libano ugarte
El informe de la comisión Winegrad sobre la guerra del Líbano en el verano de 2006 ha sido “un terremoto” para la cúpula militar israelí. Eso dicen algunas fuentes militares citadas por el diario Haaretz. Habrá que creerles. El esperado informe sobre el fracaso del asalto contra Hizbolá es en realidad la confirmación de un principio sacrosanto de la política israelí: no hay ningún problema que no pueda solucionarse con el uso de la fuerza. Es el único lenguaje que entienden los árabes. Es el único lenguaje que somos capaces de articular.
Todo eso queda claro en el veredicto de la comisión de investigación, tanto por lo que dice como, sobre todo, por lo que no dice. La guerra fue “una oportunidad perdida”. La ofensiva con tropas del Ejército, desencadenada 60 horas antes del fin de las hostilidades –cuando en la ONU se avanzaba hacia la declaración de un alto el fuego–, era “esencial”. No fue un error estratégico, según el informe, porque concedió al Gobierno la “flexibilidad política necesaria” para continuar las negociaciones. Esa “flexibilidad” le costó a Israel una cuarta parte de sus bajas totales.
El país fue a la guerra sin haber discutido antes las alternativas y sin contar con planes definidos. La comisión, en definitiva, condena el desastre que hizo, utilizando sus propias palabras, que “una organización paramilitar pudiera hacer frente durante semanas al Ejército más poderoso de Oriente Medio”.
Lo que no hizo la comisión Winograd fue cuestionar la misma decisión de responder a la captura de dos soldados por Hizbolá con un asalto a gran escala sobre Líbano. No se atreve a decir que la invasión no estuviera justificada. Hasta valora con sumo cuidado el uso indiscriminado de bombas de racimo, por las que sigue muriendo gente en el sur de Líbano. Aunque admite que su uso no es conforme al derecho internacional, tan sólo recomienda que se reconsidere en el futuro si deben continuar utilizándose en una guerra.
La ausencia más flagrante es la falta de interés en valorar el daño causado a Líbano y a su población. La sistemática destrucción de su infraestructura civil, incluso en zonas sin presencia de Hizbolá, no parece haber alarmado a la comisión. Los 1.200 libaneses muertos, la mayoría de ellos civiles, quizá aparezcan en alguna anotación a pie de página, pero no muchos la han detectado. Por eso, el primer ministro libanés ha dicho que el informe “no menciona las matanzas de civiles (…) ni la inmensa destrucción de la infraestructura, la mayor parte de la cual eran hospitales, colegios, centros religiosos, puentes y viviendas”, ha dicho Fuad Siniora.
¿Por qué no se habla de esto? “No creemos apropiado tratar de asuntos que son parte de la guerra de propaganda contra el Estado”, reza el informe.
Hay algo intrínsecamente inmoral en enjuiciar una acción militar sin reparar en sus consecuencias sobre la población civil. Es lógico que los miembros de la comisión presten más atención a la suerte de los civiles israelíes que sufrían el ataque de los cohetes Katyusha que a los habitantes de un país extranjero. Pero negarse a cuestionar los efectos de una campaña indiscriminada de bombardeos aéreos revela que los distinguidos integrantes de la comisión presidida por Eliyahud Winograd, juez retirado del Tribunal Supremo, consideran que esas bajas civiles supusieron un coste asumible o inevitable, un punto de vista no muy diferente al de los dirigentes de Hizbolá que justifican sus ataques sobre las poblaciones del Norte de Israel.
¿Era imprescindible ir a la guerra? El Gobierno de Ehud Olmert engañó a los israelíes haciéndoles creer que utilizaría a decenas de miles de tropas para encontrar a dos soldados a los que no podía localizar. Su auténtico objetivo era acabar con Hizbolá como fuera. La misma razón que dieron Begin y Sharon en la invasión de Líbano de 1982. Entonces destruyeron medio país para expulsar a la OLP y eliminarla hasta el fin de los tiempos. También vendieron a su opinión pública que la victoria estaba garantizada y que Israel no albergaba deseos de ocupar territorio libanés. El último soldado israelí no abandonó Líbano hasta 18 años más tarde.
La triste realidad es que el problema no se reduce a la actitud de los gobernantes ni de su mando militar. La militarización de la política israelí cambia de protagonistas y de escenario, pero no desaparece. Como ha explicado el periodista israelí Amnon Levy, la guerra fue una “operación suicida colectiva”, dirigida por el Gobierno, apoyada por los medios de comunicación y alentada por la mayoría de la opinión pública: “Todo el país se vio arrastrado a una fantasía absurda y pidió sangre. Y cuando la gente quiere sangre, el Gobierno se la concede”.
El informe Winograd ha aceptado el discurso oficial beligerante. Sólo le ha molestado que esta vez no fuera efectivo. Por eso, es el primer disparo de la próxima guerra que inicie el Estado de Israel.
Iñigo Sáenz de Ugarte
Tags: EEUU guerra irak ugarteEl ataque duró sólo diez minutos, pero no fue una simple escaramuza. Dos bombarderos B-1 y cuatro cazas F-16 lanzaron el martes 21 toneladas de explosivos sobre objetivos situados en Al Jabour, una zona rural en el límite sur de Bagdad. Algunos lo han comparado con una versión algo más reducida de la campaña de “shock and awe” con la que los norteamericanos iniciaron la invasión de Bagdad. Evidentemente, los portavoces militares lo denominaron un “ataque selectivo” contra “objetivos de Al Qaeda” que evitó infligir “daños colaterales”. ¿Cifra de bajas entre los miembros de Al Qaeda? Desconocida. ¿Cifra de bajas civiles? Ninguna. Desde luego.
La marea de fuego cayó sobre depósitos de armas y explosivos de los terroristas, según la versión oficial. “No supone en absoluto una escalada en los combates de Irak”, dijo el coronel Terry Ferrell. 21 toneladas no alcanzan el nivel de “escalada”. Es sólo un día más en la guerra de Irak.
Hace tan sólo cuatro semanas, el Ejército anunció a través de Radio Sawa, una emisora financiada por EEUU, que había eliminado los últimos vestigios de presencia de Al Qaeda en Al Jabour y otra localidad cercana. Por tanto, los habitantes que habían abandonado el pueblo por miedo a los combates podían volver tranquilamente a sus casas. Confíemos en que se hayan tomado su tiempo para hacer las maletas. Los iraquíes ya saben que creerse los comunicados oficiales puede ser un pasaporte rápido hacia la otra vida.
Esta semana hemos conocido también las conclusiones de uno de los mayores estudios realizados sobre el número de muertes en la guerra. La Organización Mundial de la Salud y el Ministerio iraquí de Sanidad estiman que entre el inicio de la invasión del país y junio de 2006 murieron entre 104.000 y 223.000 personas, siendo 151.000 la cifra más probable. Se trata de víctimas de la guerra, ya que no se contabilizan las muertes por causas naturales o por accidentes.
La estimación del estudio es muy inferior a la publicada por la revista científica The Lancet en 2006, que cifró los muertos en 600.000. Los dos informes se han hecho con una metodología similar y ambos cuentan con limitaciones inevitables a la hora de precisar una cifra que nunca podrá conocerse con exactitud. El responsable del departamento de Salud en la zona occidental de Bagdad cree que la cifra real es algo superior a las conclusiones del informe de la OMS. En cualquier caso, el recuento se detiene en junio de 2006, cuando aún quedaban seis meses para terminar el que fue el año más sangriento de la guerra, cuando como mínimo morían 3.000 personas cada mes.
Hablar en pasado de las consecuencias de esta carnicería que iba a traer la democracia a Irak es un error flagrante. Los últimos meses del 2007 han traído un descenso de la violencia, que en líneas generales se retrotraído al nivel de 2005. Por entonces, Irak no era un destino turístico muy solicitado.
Pasada la época de las mentiras, en EEUU se ha impuesto la de los mitos. La clase política y periodística se siente inmensamente aliviada con la evolución, aunque ya no engendra monstruos en sus especulaciones sobre Irak. Pocos hablan de victoria y, conscientes de que sus fuerzas militares no dan más de sí, sólo aspiran a ir neutralizando los peores efectos de la guerra, retirar quizá a unos 100.000 soldados en un periodo de dos años, y dejar a los iraquíes como regalo un reducido número de bases permanentes, dotadas de sus McDonalds, boleras y barbacoas, como legado de su aventura imperial.
EEUU nunca dejará de tener una cabeza de puente en Oriente Próximo con la que seguir protegiendo a las dictaduras árabes, en especial si gestionan una inmensa bolsa de petróleo.
El último mito que manejan los medios de comunicación es el de la reconciliación entre chiíes, suníes y kurdos. Se suponía que la escalada militar norteamericana iba a servir para crear un escenario político menos violento que permitiera a las fuerzas políticas iraquíes restañar las heridas de la guerra y establecer un consenso básico sobre el futuro.
La joya de ese acuerdo debía ser la ley del petróleo, que repartiría con justicia los ingresos de su exportación entre todas las comunidades del país. Ese pacto debía haberse comenzado a discutir en el Parlamento en diciembre de 2006 y aún está por llegar. El botín es demasiado suculento. Ahora hasta el Pentágono sabe, según un informe de diciembre, que “la corrupción en la industria petrolífera continúa siendo un problema significativo a todos los niveles”.
Lo único que ha conseguido EEUU es aprovechar el violento enfrentamiento entre los mayores grupos de la insurgencia con Al Qaeda para formar una red de milicias suníes integrada por decenas de miles de hombres armados. Ha sido un dinero bien invertido. A fin de cuentas, la mayoría de esos milicianos son antiguos insurgentes de la provincia de Anbar.
Resignados a la evidencia, EEUU ya no pretende ganarse “los corazones y las mentes” de los iraquíes, sino como mucho engordar sus bolsillos. Las milicias suníes se aprovechan de este giro para preparar la próxima guerra, la que les enfrentará a los partidos y milicias chiíes que gobiernan el país.
La cifra de 151.000 cadáveres se va a quedar muy corta.
Iñigo Sáenz de Ugarte
Tags: blackwater guerra irak mercenarios ugarteCuando el Gobierno iraquí anunció indignado que los mercenarios de Blackwater no tenían el permiso oficial para operar en las calles del país, las consecuencias se hicieron evidentes menos de 24 horas después. El Departamento de Estado prohibió a sus diplomáticos que salieran de la Zona Verde, la fortaleza que protege al personal extranjero en Bagdad. El imperio americano ha subcontratado buena parte de sus funciones militares. Son surafricanos, chilenos o croatas los que protegen a los funcionarios de la metrópoli.
Washington no es tan poderoso como parece. Aún menos lo son sus clientes. Karzai se queja en Afganistán por las muertes de civiles en los bombardeos de la OTAN. Maliki denuncia en Irak los tiroteos indiscriminados obra de Black-water. Las marionetas cobran vida propia ante los micrófonos y después enmudecen. Sin la presencia de las tropas de EEUU, ¿cuánto tiempo durarían en el poder?
El segundo país extranjero que más efectivos ha perdido en la guerra —no contamos aquí a la población civil iraquí— no tiene fronteras geográficas, aunque sí un gigantesco presupuesto. Es el personal civil que trabaja a las órdenes de las empresas contratadas por el Pentágono. Más de mil de ellos han perdido la vida. No todos son mercenarios. Hay traductores, conductores o cocineros. Los que sí llevan armas forman una división fantasma que libera a los militares de muchas funciones.
Las historias de Blackwater tienen derecho a formar parte de la crónica negra de la ocupación de Irak. Armas y alcohol siempre han mezclado mal en el campo de batalla. Sin embargo, convertirlos en símbolos de la guerra podría ser algo injusto. Porque esta cuadrilla de pistoleros de gatillo fácil, y sus primos dedicados a tareas menos letales, han permitido a EEUU implicarse en dos guerras sin necesidad de tener que volver a imponer el servicio militar obligatorio. Y sus tropas llevan ya casi seis años en Afganistán y cuatro y medio en Irak.
Aliviados se esa carga, los fornidos muchachotes de EEUU pueden seguir estudiando, oyendo música en el iPod y tirándole los tejos a Peggy Sue. Su única implicación consiste en hacer alardes de su patriotismo. ¿Cuánto tiempo duraría la guerra si no fuera por los mercenarios?
Iñigo Sáenz de Ugarte