El carisma no se hereda, pero Maduro no lo necesita

06 mar 2013
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El carisma no se hereda, y no parece que lo tenga Nicolás Maduro, casi seguro próximo jefe de Estado de Venezuela. Ese aura que la mayoría de sus compatriotas veían en torno a Hugo Chávez no formaba parte del legado que el mandatario dejó a su número dos (“un revolucionario de cuerpo entero”) el pasado 10 de diciembre, justo antes de partir para Cuba para librar su definitiva batalla contra el cáncer. Sin embargo, al sucesor designado tampoco le será imprescindible hacer gala de ese don, que se tiene o no se tiene, para imponerse en las próximas elecciones, en las que, con gran probabilidad, se enfrentará a Henrique Capriles, el candidato opositor ya derrotado el 7 de octubre por casi 11 puntos de diferencia.

Esta seguridad en el resultado, que solo un cataclismo podría alterar, proviene de que la muerte de Chávez le ha convertido en un mito instantáneo, y de que la legión de incondicionales que nunca le fallaron en las urnas, mucho menos lo harán ahora, tras su dramático llamamiento: “Elijan a Nicolás Maduro como vicepresidente. Yo se lo pido desde el fondo de mi corazón”. Las deficiencias oratorias y el perfil más bajo del vicepresidente, el hecho de que se defienda mucho mejor en las distancias cortas que en ante multitudes, o la supuesta rivalidad entre el delfín y el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, quedan en un segundo plano, y no impedirán que el oficialismo forme una piña.

Lo que más pesa en el currículum de Maduro es su absoluta fidelidad al proyecto chavista, al que se sumó desde la primera hora y al que ha servido lealmente, allá donde su líder se lo pidió. En otras circunstancias, que fuese la voz de su amo, podría ser un obstáculo, y es de esperar que la oposición intente sacar partido de ello. Podría salirle el tiro por la culata, porque lo más probable es que la mayoría de los votantes vean como un plus esa lealtad sin tacha. ¿Quién mejor para administrar el legado del mito que el más obediente de sus subordinados?

La elevada posibilidad de elección de Maduro se sustenta en razones más sólidas que la emoción suscitada por la muerte de Chávez. Son las mismas que propiciaron la victoria de éste en octubre: reducción del desempleo, extensión de la sanidad y la educación gratuitas, masiva construcción de viviendas sociales y, sobre todo, la bajada espectacular del porcentaje de la población por debajo del índice de pobreza en un país que nada en petróleo pero que registra desigualdades lacerantes entre ricos y pobres. Los beneficiados por estas políticas, la mayoría de la población, sostienen el chavismo y pueden garantizar la supervivencia del proyecto incluso en ausencia de su creador.

El platillo de la balanza del haber pesa más a la hora del voto que la del debe, que incluye desde el terrible ascenso de la inseguridad ciudadana, a la imparable corrupción, la escasez de algunos productos de consumo o la hostilidad a la prensa opositora. El reto de Maduro es luchar contra esas lacras –que alarman sobre todo a las clases medias- sin renegar de la agenda social, a la que le queda mucho recorrido, siempre que se pueda seguir financiando con los jugosos ingresos del oro negro. Imposible saber si tendrá la capacidad necesaria para un empeño tan ambicioso. En cualquier caso, su estilo será por fuerza diferente del de Chávez, y quien sabe si, detrás de tanta sumisión durante años, no existirá un plan para dotar a su mandato de un perfil propio. No parece sin embargo que vaya a ser uno de esos casos en los que el delfín se aleja del camino de su padrino, como hizo Vladímir Putin en Rusia cuando relevó a Borís Yeltsin.

Se dice que los hermanos Castro influyeron sobre Chávez para que consagrase como sucesor a Maduro, un civil considerado por la oposición “el hombre de los cubanos” y que pasó un año formándose en la isla. Su biografía incluye orígenes humildes (también los tuvieron el brasileño Lula y el mismo Chávez), el trabajo como conductor de autobús, y la conversión en líder sindical y en ministro de Exteriores. No se le conoce la implicación en ningún escándalo de corrupción y se le atribuye un estilo de vida sencillo, sin lujos ni ostentaciones.

Lo más probable es que los enemigos del chavismo vuelvan a presentar un candidato único, y que éste sea Capriles. Sería la ocasión de ver si esa gloria del liberalismo llamada Mario Vargas Llosa se columpia de nuevo como lo hizo con el pronóstico que lanzó antes de los comicios de octubre. En esa ocasión, dio por descontado que Capriles ganaría por un amplio margen y que Chávez manipularía el resultado y sacaría a sus pistoleros a la calle para imponer su voluntad a la del pueblo, obviando que el estilo caudillista del mandatario venezolano siempre coexistió con victorias electorales limpias. Para descrédito de Vargas, mejor novelista que profeta, nadie, ni la propia oposición, cuestionó la rotunda derrota de Capriles. En el mismo artículo pronosticaba que en todo caso, en la siguiente cita electoral, ganaría de calle. Las probabilidades de que acierte parecen ahora, sin embargo, tan remotas como entonces.


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