Son el 1%, somos el 99%

06 Feb 2015
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Un informe de IntermonOxfam ha puesto fecha hace poco a la aberrante desigualdad: a menos que las cosas cambien mucho, lo que a estas alturas se antoja casi imposible, el 1% de la población acumulará en 2016 más riqueza que el 99% restante. Ya mismo, en la vieja Europa pionera en políticas sociales, España obtiene ya una siniestra medalla de plata, por detrás tan solo de Letonia: el 1% de lo más alto de la escala supera la riqueza del 70% de lo más bajo.

Capitan Swing ha editado dos notables ensayos sociales que vienen como anillo al dedo para ilustrar esta vergüenza. Uno es El problema de los supermillonarios, de Linda McQuaig y Neil Brook, aunque bien podría titularse Son el 1%, incluso Son el 0,1%, en alusión a la casta de privilegiados que concentran una parte desproporcionada de la riqueza mundial. El otro es Somos el 99%, de David Graeber, autor del imprescindible En Deuda. Una historia alternativa de la economía, y remite al lema de la protesta Occupy Wall Street (OWS), emparentada estrechamente con movimientos ciudadanos como el español 15-M.

El mismo Graeber reivindica la autoría del término 99%, aunque admite que la idea era anterior y que cuajó porque se lanzó en el lugar adecuado (el neoyorquino Zuccotti Park) en el momento adecuado (septiembre de 2011). Reconoce también que fueron dos indignados españoles, a los que solo identifica como Begoña y Luis, los que añadieron el nosotros de Somos de la consigna, y que el verbo en sí fue una idea de un tal Chris, activista del movimiento Comida, No Bombas.

Graeber ofrece algunas otras pinceladas de la participación española en OWS, como la de una anónima joven que advirtió a los activistas que intentaban organizar la protesta de que era “un error terriblemente estúpido” formar un círculo para asegurarse de que todos los asistentes podían escuchar sin problemas los acalorados debates, una cuestión práctica de importancia no desdeñable. Eso permitió recurrir al llamado micrófono del pueblo, una herramienta de comunicación que consiste en lo siguiente: “Una persona habla en voz alta, haciendo pausas cada diez o veinte palabras; en las pausas, quienes están dentro de ese campo de audiencia repiten lo que se ha dicho, y así las palabras llevan el doble de lejos que de otra manera”.

No importa demasiado que ese 99% del lema no se ajuste estrictamente a una realidad social que presenta muchos estratos, tan heterogénea como para incluir desde los marginados y expulsados del sistema hasta los estudiantes que se pasarán toda la vida intentando pagar sus deudas de la Universidad, o buena parte de las clases medias que se mueven entre la decadencia y las migajas de la prosperidad. Con toda su eventual imprecisión, la utilización de ese simbólico porcentaje funciona —y eso es lo que importa— como reflejo de una desigualdad lacerante que deja en evidencia la criminal complicidad entre las élites políticas y económicas.

Democracia auténtica

El contenido de ambos libros es demasiado amplio para ser reflejado en esta columna. Hay que leerlos. En el caso del de Graeber, se pone el énfasis en que el movimiento iniciado en Nueva York y que se extendió por 600 ciudades de EEUU pretendía en el fondo defender un ejercicio auténtico de la democracia. Algo que es muy diferente del simple hecho de votar (la mitad de la población norteamericana ni siquiera se molesta en hacerlo), sin una genuina capacidad de elección, para nombrar a unos representantes que lo más probable es que estén compinchados con los intereses del gran capital.

Su idea de democracia, por el contrario, es “una combinación del ideal de libertad individual con la noción —hasta el momento no materializada— de que las personas libres sean capaces de sentarse juntas como adultos razonables y dirigir sus propios asuntos”.

Agenda revolucionaria

Graeber, antropólogo, anarquista y activista, apuesta por la autoorganización del magma de descontentos, por la acción colectiva y solidaria, por promover ocupaciones de lugares de trabajo y de viviendas con hipotecas ejecutadas, por huelgas de impago de alquileres, por asambleas y seminarios de deudores… Toda una agenda revolucionaria con pocas posibilidades de triunfar, y menos en un país como Estados Unidos, pero que parece algo menos utópica tras la inusitada repercusión de movimientos como OWS.

Es una vía de protesta contra los gobiernos y estructuras institucionales que en la práctica “aseguran el flujo de dinero hacia los propietarios de instrumentos financieros”. El resultado de esta connivencia es que “un porcentaje considerable de sus salarios vaya directamente a los bancos”.

Algunos datos de escándalo

En 1937, el 1% más rico acaparaba en el Reino Unido el 16,9% de la renta nacional; en 1955, el 9,3% y, en 1978, el 5,7%… pero el descenso persistente que parecía apuntar a una repartición de recursos más justa se detuvo ahí. En 2010 se había vuelto a las andadas y se acercaba ya al 15%. La práctica totalidad del crecimiento de la renta en ese periodo fue a parar al 10% más rico, sobre todo al 1%, y de manera muy especial al 0,1%.

En Estados Unidos, entre 1980 y 2008, el 90% más pobre vio crecer sus ingresos un 1%, mientras que el 0,1% más rico los aumentó en un 403%. A nivel mundial, se estima que las 211.000 personas más ricas del planeta (en torno al 0,003% de la población) atesoran el 13% de la riqueza del mismo. John Paulson, gestor de fondos de alto riesgo, gana al año, por ejemplo, lo que 80.000 enfermeras.

El 60% del 0,1% de los que más ganan son ejecutivos de las finanzas y de grandes empresas; otro 10% son abogados y promotores inmobiliarios. En 2009, los 25 gestores de fondos de alto riesgo mejor pagados del mundo ingresaron 25.900 millones de dólares. Entre 2008 y 2014, los años de la crisis, se duplicó el número de milmillonarios. Etcétera, etcétera, etcétera…


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