Santos vendió el oso (la paz) antes de cazarlo

03 Oct 2016
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Se equivocaron las encuestas, que pronosticaban una clara victoria del sí en el referéndum sobre los acuerdos de paz con la guerrilla de las FARC, y se equivocó el presidente, Juan Manuel Santos, que vendió la piel del oso antes de cazarlo y montó un grandioso espectáculo internacional en Cartagena de Indias –Ban Ki-moon, Raúl Castro y el rey emérito español incluidos- que, al día siguiente de la votación, le deja humillado, con cara de pasmo y al borde del ridículo.

Como presión adicional a los votantes, Santos presentó al mundo la solemne e “histórica” firma de los acuerdos negociados laboriosamente durante cuatro años en La Habana, como el fin irreversible de un proceso cuando, a la vista de los resultados, fue tan solo otra etapa del camino repleto de obstáculos que debe conducir al cese definitivo de la violencia.

El expresidente Álvaro Uribe, que rechazaba rotundamente la “rendición” ante los insurgentes –que para él no son sino fanáticos asesinos y narcotraficantes- puede proclamarse hoy legítimamente vencedor, aunque quizás le haya hecho un flaco servicio a su país. Eso sí, se ha cobrado cumplida venganza de su ex ministro de Defensa y hoy jefe de Estado, cuyo ascenso al poder promovió para ver luego como le traicionaba y seguía una vía para resolver el conflicto rotundamente contraria a la que él siguió en sus dos mandatos, cuando arrinconó a las FARC y redujo sus efectivos a menos de la mitad, aunque la guerra –pese a su práctica erradicación de las ciudades- dejó tras de sí un rastro de miles de muertos. En términos globales, el balance de 52 años de enfrentamientos ha sido de 220.000 muertos y siete millones de desplazados.

Uribe puede estar contento pero, aunque sea como consecuencia de la libre y respetable voluntad de la ciudadanía expresada en las urnas, por mínima que haya sido, Colombia sale perdiendo y entra en una vía incierta, que no tiene por qué suponer el regreso inmediato a la vía armada, pero que aleja el horizonte de una paz que parecía al alcance de la mano.

El tono que hoy predomina –más allá de un país fracturado en dos partes casi iguales-es, por supuesto, el de la decepción, pero tampoco hay motivos para un pesimismo cercano a la desesperación. Lo que ocurre, simple y llanamente, es que se ha impuesto la tesis de Uribe: “Queremos la paz, pero no esta paz. La paz es ilusionante, pero esta es decepcionante”. Es decir, que hay que renegociar, y aunque el líder de las FARC, Rodrigo Londoño, Timochenko, afirmase antes del referéndum que era todo o nada, al día siguiente mantiene el alto el fuego y se muestra dispuesto a adaptarse a la nueva realidad y resignado a una negociación en la que las cuestiones clave serán la impunidad, las reparaciones a las víctimas, y las garantías a la conversión de la guerrilla en un partido político constitucional.

El problema es que el ex presidente –cuyo poder oficioso rivaliza hoy con el del propio Uribe- ha defendido siempre que no se efectuase una negociación entre iguales, sino entre vencedor (el Estado) y vencido (la guerrilla). De haber estado él los últimos años en el palacio de Nariño, habría tratado de imponer esa senda debilitando al máximo a las FARC hasta llevarlas al borde de la extinción, aún a costa de prolongar la sangría. Es decir, habría buscado algo parecido a la capitulación. Por el contrario, Santos ha optado por la vía negociadora, convencido de que es la única razonable cuando uno de los bandos no tiene capacidad para exterminar al otro, sobre todo cuando el conflicto es civil y, más allá de que callen las armas, es imprescindible la compleja labor de la reconciliación. Casi todo el mundo y algo menos de la mitad de los colombianos están de acuerdo con él.

Como cabía esperar, mientras unos cantan victoria y otros lamen sus heridas, hoy es el día en que, tras el rechazo en las urnas de los acuerdos de paz, todo el mundo habla de paz, desde Santos a Uribe pasando por Timochenko. Sin embargo, la cuestión clave es de qué paz habla cada uno de ellos, y hasta qué punto será posible reconciliar posiciones tan enfrentadas como para partir al país en dos.

Un aspecto especialmente sensible será el de la impunidad, es decir si el castigo a los responsables de crímenes que con frecuencia han rozado la delincuencia común será tan leve como para permitirles evitar la cárcel como establecían los acuerdos que hoy son papel mojado. También si se establecerá un doble rasero a la hora de juzgar a los guerrilleros y a los miembros del Ejército y la policía responsables de incontables violaciones de los derechos humanos en la lucha contra la insurgencia. Uribe quiere proteger a estos últimos porque fueron su ariete para arrinconar a la guerrilla entre 2002 y 2010. Santos, por el contrario, y aunque sin admitir la igualdad de culpas entre unos y otros, admitió el principio de que hubo excesos en los dos bandos y de que la justicia –más bien la clemencia- no debe aplicarse con doble rasero.

En el plano estrictamente político, Santos queda derrotado y humillado. El gran objetivo de su presidencia era la paz, y está ya claro que no llegará mientras él esté aún en el poder. Además, se ralentizará el impulso definitivo, el salto de gigante que el cese de la violencia debía dar al desarrollo económico de un país que no ha podido desarrollar todo su potencial en el último medio siglo a causa del conflicto.

Como nota al pie, pero no por ello irrelevante, hay que señalar que los acuerdos de paz con las FARC no iban a acabar por completo con la violencia guerrillera en Colombia, donde hay otros grupos armados menos importantes que no se sumaron el proceso, especialmente el ELN, del que incluso se especulaba que podría llenar algunos de los huecos que las fuerzas de Timochenko abandonaran en un proceso de desmovilización que ya estaba en marcha. Se trata de un indicio más de que la paz que todos dicen anhelar aún queda muy lejos.


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