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La violencia contra el Arsenal

07 mar 2010
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Abou Diaby, Eduardo da Silva y Aaron Ramsey. En los últimos cuatro años, estos tres jugadores del Arsenal han salido en camilla del campo tras sufrir una fractura por terribles entradas de sus rivales. La más reciente, la de Ramsey, fue tan estremecedora que la cadena que retransmitía el partido se negó a dar la repetición.

¿Mala suerte? ¿Coincidencia? Ni el entrenador ni los jugadores lo creen. Denuncian que todo proviene de una estrategia deliberada de sus oponentes, alentada por la actitud permisiva de los árbitros.

“La forma en que algunos equipos juegan contra nosotros es una vergüenza”, ha dicho Diaby. Cesc Fàbregas opina lo mismo: “No es la primera vez en esta temporada que vemos entradas como esta, pero hasta que no le rompen la pierna a alguien nadie dice nada. A mí me ha pasado dos veces esta temporada y he tenido suerte de no salir gravemente lesionado”.

Los jugadores del Arsenal tienen tanta razón como pocas posibilidades de que les hagan caso. La mayoría de los comentaristas disculpó a Shawcross, el agresor de Ramsey, con el argumento de que no pretendía causar tantos destrozos en la pierna del rival.

Y aunque eso es cierto –Shawcross se fue llorando del campo–, resulta difícil creer que esa violencia no proceda de una voluntad consciente de intimidar a unos jugadores de talento a los que hay que parar sobre el césped por lo civil o por lo criminal.

Los árbitros ingleses ya no toleran la violencia con tanta facilidad como en el pasado. Los defensas de la Premier ya no tienen ese aspecto de haber salido del reparto de La matanza de Texas o Viernes 13. Pero con el Arsenal hacen una excepción.

Antes de los partidos, es habitual que sus rivales comenten que tienen que ser más “físicos” o agresivos para no ser arrollados por el passing game del equipo de Wenger. “Nadie en todo el país se sorprende”, decía un delantero del equipo de Shawcross cuando comentaba ese tipo de declaraciones.

La plantilla del Arsenal tiene derecho a protestar, pero no va a cambiar el ADN del fútbol inglés, donde la violencia dentro de un orden se considera un elemento más del juego. De momento, la desgracia de Ramsey les ha servido para cerrar filas y convencerse de que pueden ganar la Liga.

Han perdido sus cuatro partidos contra el Chelsea y el Manchester United, y les han dado por muertos varias veces. Sin embargo, ahí están a dos puntos del líder (el United) y con un calendario favorable. En las nueve jornadas que faltan, sólo jugarán dos veces contra equipos que están entre los siete primeros de la tabla.

Su gran problema es que Fàbregas se retiró del campo el sábado con una lesión muscular similar a la que le dejó parado un mes en diciembre. Muchos piensan que el Liverpool no ganó la Premier la temporada pasada por quedarse sin Fernando Torres en el momento decisivo. Es lo mismo que le puede pasar al Arsenal.

Iñigo Sáenz de Ugarte

Cameron se queda seco en los sondeos

28 feb 2010
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David Cameron  apela al “deber patriótico” de los conservadores para ganar las próximas elecciones en un desesperado intento por cambiar la tendencia de los sondeos. La conferencia de primavera de los tories ha reunido en Brighton a un partido que no da crédito a lo que está ocurriendo. Hace tres meses, creían tener ganadas las elecciones. Ahora, ven alarmados que se les pueden escapar.

El último sondeo, publicado ayer por The Sunday Times, reduce a sólo dos puntos, dentro del margen de error, la ventaja de los tories sobre el partido de Gordon Brown, 37% a 35%.  El titular elegido por el periódico para su primera página –“Brown, en camino de ganar las elecciones– no es exagerado. Por las características del sistema electoral británico, una derrota por dos puntos supondría una victoria en escaños para los laboristas.

La estimación del dominical es que esos porcentajes concederían 317 diputados a Brown y 263 a Cameron. Los laboristas se quedarían a nueve escaños de la mayoría absoluta y podrían gobernar en minoría.

Otros sondeos anteriores dejaban la ventaja conservadora en cinco o seis puntos. En todos, la tendencia del voto a Cameron es a la baja.

Con la intención de detener esta hemorragia, Cameron ha elegido para su discurso propuestas que pudieran ser bien recibidas por el sector duro del partido, no muy satisfecho con las intenciones modernizadoras de su líder. Eso se traduce en un plan de emergencia para reducir el déficit presupuestario, apoyo fiscal a los matrimonios y un mayor control de la inmigración.

“Si no hacemos nada (con el déficit), tendremos tipos de interés más altos, hipotecas más altas y menos confianza en nuestra economía, y el país caerá en una recesión más profunda y oscura”, ha dicho en un discurso pronunciado sin notas.
Sin embargo, el FMI y el primer ministro, Gordon Brown, coinciden en que la retirada de los estímulos con fondos públicos puede cortar de raíz la recuperación económica.

Los conservadores han presentado en Brighton su nuevo eslogan para la campaña, y se supone que ya definitivo. “Vota por el cambio” es un mensaje simple y sencillo, alejado de los tonos pesimistas de otros lemas (“No podemos seguir así”) con los que es más difícil movilizar a un electorado desengañado con los políticos.

En otras palabras, los tories han ido perdiendo apoyos al dedicarse a decir a los votantes algo que estos ya saben.

No parece que las revelaciones aparecidas en el libro ‘The End of the Party’ sobre el carácter colérico e insoportable de Brown hayan hecho mella en los votantes. Sin embargo, en los poco más de dos meses que quedan para la probable fecha electoral, el 6 de mayo, los conservadores pretenden mantener las críticas al primer ministro como uno de sus principales activos.

“Creo que todos saben que otros cinco años de Gordon Brown serían un desastre para este país. Otros cinco años de un Gobierno tan débil y dividido que los ministros ni pueden trabajar con él ni librarse de él”, dijo ayer Cameron.

Cameron debería preguntarse por qué, con un primer ministro descrito en esos términos, su ventaja se ha diluido hasta quedarse casi en nada. Si los conservadores ni siquiera llegan al 40% de los votos, la culpa no puede ser de Brown.

Iñigo Sáenz de Ugarte

La nueva Alicia de Tim Burton

25 feb 2010
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 Tim Burton ya no parece un niño adoptado por la familia Adams ni un superviviente de una tribu gótica nocturna. Su compañera, Helena Bonham Carter, dice que hasta termina las frases, una convención social a la que le costó acostumbrarse.

Lo que no ha perdido es valor y un apetito visual tan desbordante que quizá esta vez, sólo quizá, no haya podido controlar. Este jueves estrena en Londres su “Alicia en el país de las maravillas”, convencido de que no había que sentir ningún miedo por dar otra visión del clásico del Lewis Carroll.

“Ha habido más de veinte versiones de la obra. Se ha convertido en un parte de la cultura, de la música, del arte”, ha contado a los periodistas. “Me parecía que era un territorio abierto en el que podía entrar. No había ninguna razón para sentirme presionado. De hecho, no tenía ni tiempo para preocuparme”.

Disney y Tim Burton tenían claro desde el principio que sería una película en 3D. En especial, la compañía. “Me dieron el guión y me dijeron 3D”, comenta el director hace unas semanas. Ahora dice que está muy feliz con el resultado. En realidad, se rodó en el 2D de siempre y luego se pasó a 3D. Es lo que se ha hecho con “Pesadilla antes de Navidad” y los resultados le han parecido satisfactorios. Burton opina que Alicia era la película perfecta para esta nueva tendencia.

Lo que se ve en pantalla es que los directores deberían tener cuidado con los movimientos dentro del plano de las escenas en las que el 3D resulta más evidente. Lo que en “Avatar” quedaba técnicamente muy fluido, aquí a veces puede llegar a marear. Eso sí, ver al gato de Cheshire flotando en mitad de la sala resulta muy estimulante.

Los que sólo hayan visto la versión de dibujos animados de Disney de 1951 deben saber que la Alicia de Burton no es un ‘remake’. La idea partió de la guionista Linda Woolverton y se basa en la pregunta: ¿qué pasaría si Alicia se hubiera hecho mayor y con 19 años regresara a ese mundo de fantasía?

La joven atraviesa la misma barrera que antes y se encuentra con sus viejos conocidos, que no están muy seguros de que sea la auténtica Alicia. Y la necesitan desesperadamente porque sólo ella podrá acabar con el dominio tiránico de la Reina Roja, creada tanto por la interpretación de Bonham Carter como por los efectos visuales.

Pero al menos la reina conserva el hábito de solucionar los problemas gritando: “¡Que le corten la cabeza!” Por eso, la actriz dice que se quedaba sin voz cada día a las diez de la mañana.

Johnny Depp recuerda que leyó el libro de pequeño y que, más que la historia, lo que le dejó una huella profunda fueron los personajes. El suyo es un lienzo en el que se van dibujando literalmente los estados de ánimo. El Sombrerero Loco está más loco que nunca: “Una de las cosas que hablé con Tim es que él sería tan puro, en el sentido de que ves de inmediato cuáles son sus sentimientos, que sus ropas, su piel, su pelo, todo, cambia para reflejar sus emociones”.

El personaje de Depp es por tanto una sinfonía andante de colores y en él se centra la atención del director, quedando a su lado una Alicia algo desdibujada, con la misma inseguridad de una adolescente que no sabe a qué mundo pertenece.

El festín visual habitual en las películas de Burton se convierte por momentos en un banquete que deja al espectador algo saturado. Resulta complicado digerir tanto derroche de fantasía en unos escenarios íntegramente creados por ordenador. Era distinto cuando Burton iba a todas partes con las gafas de sol puestas.

Iñigo Sáenz de Ugarte

Ya llueve menos para los laboristas

23 feb 2010
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Durante dos años, David Cameron ha navegado con el viento a favor de las encuestas. La prensa británica se había apuntado a la idea de que la victoria de los conservadores era un hecho irreversible. La única incógnita era el número de escaños con el que superarían la mayoría absoluta.

Ya no. En los últimos tres días, dos sondeos diferentes han estrechado la diferencia entre laboristas y tories hasta el punto de que el resultado más comentado en estos momentos es que las urnas ofrezcan un Parlamento sin mayoría absoluta para ningún partido.

The Guardian ha anunciado en su sondeo de hoy que la distancia es ya de sólo siete puntos, 37%-30%, a favor de los tories. Es el punto más bajo de apoyo popular para los conservadores desde febrero de 2008. Cualquier resultado por debajo del 40% le pone las cosas muy difíciles al partido de Cameron en un Parlamento en el que las dos principales formaciones obtendrían menos diputados que nunca.

El sondeo de The Times, publicado el domingo, arrojó resultados similares con una ventaja de seis puntos para los tories (39%-33%). Si bien el partido de Gordon Brown ha mejorado algo sus porcentajes en los últimos seis meses, cuando se arriesgaban a tener el peor resultado electoral desde los años 30, la clave de estos números está en el descenso de los tories.

Cameron ha tenido que concretar su programa electoral y ha elegido una descripción tan dramática de la situación económica y de la necesidad de aplicar con carácter de urgencia un drástico recorte del gasto público que ha terminado por asustar a la opinión pública.

Uno de los lemas más utilizados por los tories (“No podemos seguir así”) ha terminado por volverse contra ellos. A partir de ese momento,  la prensa y el electorado han prestado más atención a sus propuestas. Algunas contradicciones y el uso de estadísticas que se han revelado falsas o manipuladas no han contribuido precisamente a tranquilizar a los votantes.

Mientras tanto, Gordon Brown insiste en que una reducción exagerada del déficit presupuestario pondría en peligro la recuperación económica. Las últimas conclusiones del FMI, difundidas hoy, han confirmado la cautela de Brown y los laboristas se han apresurado a utilizarlas. “El informe del FMI es una prueba más de que David Cameron y George Osborne no tienen la experiencia ni el juicio necesarios para ocuparse de la economía. El informe confirma que lo que Cameron propone hundirá la recuperación”, ha dicho el ministro de Hacienda, Alistair Darling.

Cameron confía en que las últimas informaciones sobre el carácter iracundo de Gordon Brown tengan alguna influencia. Por desgracia para él, los votantes están ahora más preocupados por su futuro económico que por los gritos del primer ministro.

Iñigo Sáenz de Ugarte

La ira de Gordon Brown

22 feb 2010
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¿Qué es mejor? ¿Tener a un primer ministro educado pero incompetente o a otro paranoico e iracundo pero que sepa hacer su trabajo? ¿Se puede elegir? ¿Qué ocurre si es incompetente y paranoico?

Los informativos de TV echan humo con las revelaciones del libro “The End of the Party”, del periodista Andrew Rawnsley. Es la historia de las dos últimas legislaturas con Gobierno laborista. Los extractos publicados este domingo por The Observer estaban centrados en su mayoría en el temperamento volcánico de Gordon Brown.

Algunas de las escenas descritas son casi cómicas, por patéticas, pero perderían toda la gracia si uno tuviera que sufrirlas en su centro de trabajo. Brown es un hombre perseguido por sus inseguridades personales, su timidez, su incapacidad para comunicarse con la gente (un defecto mucho más extendido entre políticos de lo que la gente cree) y sus ataques de ira.

Más allá de la mala educación, lo más preocupante del retrato que hace del Gobierno de Brown el libro es la descripción del ambiente de trabajo en Downing Street, un lugar en el que todo sale mal desde que el primer ministro amagó con convocar elecciones anticipadas al poco de llegar al poder. Perdió esa oportunidad y desde entonces Brown va cuesta abajo. Es lo que pasa cuando persiguen de verdad a la gente con mentalidad paranoica. Se suelen poner peor.

La directora de un servicio de ayuda a víctimas de acoso laboral ha aparecido hoy en todas las pantallas denunciando que varias personas que trabajaban en Downing Street llamaron por teléfono para solicitar asesoramiento, aunque en ningún caso se refirieron directamente a Brown. Hay serias dudas sobre la entidad de su testimonio. El servicio no es un organismo público y sus responsables tienen relaciones personales con el Partido Conservador. Pero sus palabras sirven para mantener viva la historia.

El libro también incluye el papel brillante de Brown al salvar el sistema financiero. En un fin de semana en que el ministro de Hacienda y el gobernador del Banco de Inglaterra estaban fuera del país, varios de los principales bancos estuvieron a punto de caer en la bancarrota porque la retirada de depósitos había llegado a tal punto que temían que no podrían abrir sus puertas el lunes y mantener operativos los cajeros automáticos. Brown y su equipo rescataron a los bancos del abismo, pero las medallas que brillaban en su pechera se desgastaron muy rápido.

A fin de cuentas, Brown se había resistido siempre a mejorar la regulación del sistema financiero y había sido un adalid de la (falsa) fortaleza de los bancos. El estallido de la cruda realidad se llevó por delante una parte de su reputación de gestor.

Curiosamente, The Sunday Times publicó ayer una encuesta que pone a los laboristas a sólo seis puntos de los tories, la distancia más corta en ese sondeo en el último año. Si consigue superar esta tormenta, quizá le mejore un poco el carácter.

Es poco probable.

Iñigo Sáenz de Ugarte

La vida privada de las estrellas

21 feb 2010
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La prensa británica ya no tiene ninguna duda. No sólo Wayne Rooney se sobra para ocupar el vacío que dejó Ronaldo en el Manchester United, sino que ya está entre los tres mejores jugadores del mundo. Su entrenador tampoco le regatea los elogios, pero quiere más. Tiene que “mejorar su instinto depredador en el área”, ha dicho.

Mal carácter. Casi incapaz de aceptar una derrota. Látigo de los árbitros. Alex Ferguson es todo eso y algunas cosas más. A lo que no se dedica es a dar masajes de cuello a los jugadores. Les exige tanto que algunos terminan por sentirse asfixiados. Y las estrellas del fútbol hace tiempo que han desarrollado una piel fina. Cualquier crítica les parece una violación de sus derechos civiles de millonarios. Y muchos entrenadores contribuyen a crear inaguantables niños mimados.

Fabianski, portero del Arsenal, protagonizó en la Liga de Campeones dos errores insólitos que provocaron la derrota de su equipo en Oporto. Es lógico que Arsène Wenger no se cebara con él en público. No tanto que acusara al árbitro de ser el auténtico responsable del fracaso. En la prensa, ya se apunta con razón que Wenger ha perdido la sabiduría y la clase de antaño.

En el Chelsea, Carlo Ancelotti disculpó las aventuras de cama de John Terry por tratarse de un asunto privado. Al entrenador sólo le interesa lo que ocurra en el campo y la actitud de la plantilla en los entrenamientos. Una intención loable, pero cuando se supo que el defensa Ashley Cole se había metido en un lío similar (con unas fotos suyas de él medio desnudo que aparecieron en el móvil de una modelo), al dueño del club se le acabó el respeto a la privacidad.

Abramovich ordenó que se comunicara a la plantilla el siguiente mensaje: el próximo al que le pillen con los pantalones bajados puede acabar en la calle. Bueno, no lo dijeron con esas palabras pero venía a ser eso. Si hay más historias que empañan la imagen del club, los responsables asumirán las consecuencias en forma de fuertes sanciones o incluso la rescisión del contrato.

A pesar del correctivo, los jugadores del club parecen empeñados en demostrar que se puede ser tan rápido en la cama como en el campo. Este fin de semana, ganaron en el campo del Wolverhampton y ampliaron a cuatro puntos su ventaja sobre el United.

La derrota del Manchester ante el Everton revela que cuando Rooney se toma un ligero descanso al resto del equipo le cuesta dar un paso al frente. Eso contribuye a agriar aún más el carácter de Ferguson, que sabe que la Premier de este año se ganará con muchos menos puntos que en temporadas anteriores.

En este ambiente irregular, el Liverpool ha ido poco a poco estabilizando sus constantes vitales. Ayer recuperó a Fernando Torres, que jugó unos minutos en el empate frente al Manchester City. El equipo está a un punto de la cuarta plaza. Después de todo lo que ha tenido que pasar el club, si la consigue, será casi una proeza.

Iñigo Sáenz de Ugarte

La coronación de Lady Gaga

17 feb 2010
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Lady Gaga por triplicado. La música y los medios de comunicación británicos han apostado por girar como satélites programados en torno a esta neoyorquina de 23 años, otro producto que toca todas las teclas para asegurarse el éxito.

Los Brits de este año confirmaron la tendencia y le dieron tres premios: mejor revelación internacional, mejor artista internacional y mejor álbum del año por ‘The Fame’. Gaga (nombre real: Stefani Germanotta) no sorprendió con su atuendo, perfectamente apropiado para el carnaval de Venecia, es decir sobrio para lo habitual en ella, ni por su imperturbable rostro cuando recogió cada uno de sus galardones.

Lo que sí hizo fue interpretar dos canciones poco conocidas de su repertorio, como ‘Dance In The Dark’, con la intención de ofrecer un homenaje al modisto Alexander McQueen. Los buenos sentimientos son también buenos para las ventas. De blanco inmaculado, Lady Gaga se olvidó de la pirotecnia y hasta desmintió el único chiste bueno del presentador de la gala: “Es la única chica que conozco que se compra la ropa en Ikea”.

Fue el detalle tierno de unos premios que desde hace tiempo se limitan a poner la rúbrica a los planes de las discográficas y del programa televisivo ‘The X Factor’. Cualquier subversión se considera de extremado mal gusto.

Pero por una vez los Brits repartieron los galardones sin dar sólo la razón a los que saben de marketing. Confirmaron que la mayor parte de la crítica no se equivocó con el premio al mejor álbum británico para ‘Lungs’, el debut de Florence + The Machine, cuya cantante  tiene una voz que afortunadamente nos va a acompañar durante mucho tiempo si no bebe tanto como Lily Allen o Amy Winehouse.

Los principales productos de ‘The X Factor’ se fueron de vacío pero hubo un reconocimiento a uno de sus ahijados, el grupo JLS. Sus integrantes son de raza negra, lo que es un asunto que merece la pena destacar. Los Brits son tan blancos que no parecen muy implicados en eso que llaman la Inglaterra multicultural. Este año, no. El rapero Dizzee Rascal fue el mejor artista masculino y poco después Jay Z subió al escenario para recoger el premio al artista internacional.

Lily Allen recibió la estatuilla a la mejor artista solista femenina, compensando así el cero absoluto con que se quedó tras las cuatro candidaturas de su primer álbum. Apareció con una peluca de color indefinible. Según su confesión, se la puso en el último momento para despistar al realizador cuando intentara captar su decepción al volver a ser ninguneada. ¿Cómo lo iba a celebrar? “Bebiendo, supongo”, dijo. Hay costumbres difíciles de abandonar.

Hubo pocos momentos para el escándalo o la vergüenza ajena. En eso, fueron los Brits menos Brits de los últimos años. A ese apartado hay que consignar un breve mensaje grabado del príncipe Harry, que acabó con una mueca a cámara para hacer ver que es un tío enrollado.

Al ser el 30º aniversario de los premios, se concedió un premio a la mejor actuación en todas las galas (¡a las Spice Girls!) y al mejor álbum, ‘(What’s the Story) Morning Glory’, de Oasis. Liam Gallagher subió a recogerlo, la tele quitó el sonido para que no se escuchara el inevitable “Fuck”, y el cantante tiró el micrófono al público. Y después la estatuilla. “Vaya gilipollas”, dijo el presentador, obviamente cuando Gallagher ya se había ido.

La gala finalizó con la entrega del premio a toda una carrera para Robbie Williams. El cantante ha recibido ya 16 Brits. Otro encantador detalle de la excentricidad británica.

Iñigo Sáenz de Ugarte

Lady Gaga

Dizzee Rascal y Florence Welch

Liam Gallagher

Los tories tienen problemas con las sumas

15 feb 2010
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Los tories necesitan urgentemente una calculadora. En su empeño por pintar una imagen tétrica de la Gran Bretaña gobernada por los laboristas, han cogido la mala costumbre de tropezar con las estadísticas. Y lo malo es que les pillan muy rápido.

Los conservadores han denunciado la decadencia social del país y el fracaso de las promesas laboristas de conseguir una nación más igualitaria. Como muestra, han presentado un informe con, entre otros datos, el escandaloso número de embarazos adolescentes.

En diez de las zonas más deprimidas de Gran Bretaña, dicen, el porcentaje de chicas embarazadas de 15 a 17 años es ya del 54%, mientras que en las zonas más ricas ‘sólo’ es del 19%.  En el prólogo del documento, el líder conservador, David Cameron, es contundente: “Este informe revela la verdad: después de 13 años de Gobierno, el partido que alardea de trabajar por la igualdad ha ofrecido lo contrario. Los laboristas han dejado tirados a los más pobres”.

¿La verdad? A la cifra de embarazos le falta una coma, porque la real es 5,4%. La errata se repite tres veces en el documento. Pero también se equivocan con el 19%. Aquí la realidad también es diez veces menos dramática. De hecho, los embarazos de jóvenes han descendido un 10,5% desde 1998, según los laboristas, aunque en 2009 hubo un leve aumento sobre el año anterior.

Si fuera la primera vez, se podría achacar todo a un error producto de las urgencias de la precampaña. Pero hay ya unos cuantos precedentes. En febrero, el partido envió a sus sedes locales estadísticas de inseguridad ciudadana que ponían los pelos de punta. Los tories no se habían dado cuenta, o sí pero prefirieron obviarlo, de que la forma de registrar las denuncias había cambiado en 2002. Los policías estaban obligados a computar cualquier denuncia, incluso si se refería a un perro paseando sin correa.

En una intervención poco habitual, el presidente del Instituto de Estadística acusó a los conservadores de “engañar a la opinión pública” al hacer un uso equivocado de las cifras.

Algo peor que fallar con los números es la demagogia. El portavoz conservador de Interior, Chris Grayling, se convirtió en agosto en el hazmerreír de la prensa cuando comparó la violenta Baltimore que se ve en la serie televisiva The Wire con lo que ocurre en algunas ciudades británicas. Grayling no sabía de lo que hablaba. Baltimore tuvo 36 asesinatos por 100.000 habitantes en 2008. En el Reino Unido, la tasa fue de 1,5 crímenes por 100.000, y en todo EEUU de 5,5.

En cierto modo, los laboristas se lo tienen merecido por su intento de congraciarse con la prensa sensacionalista prometiendo mano dura no sólo lógicamente contra los delitos sino también contra lo que llaman “conductas antisociales”. Es un concepto tan amplio que puede abarcarlo todo e incluye comportamientos difíciles de solucionar a corto plazo.

Los laboristas no pueden presumir de haber conseguido una sociedad más justa que la que recibieron cuando Tony Blair ganó las elecciones de 1997. Al menos tienen a su favor las estadísticas del crimen. Aunque no siempre son fáciles de interpretar, revelan un claro descenso, un 45%, en el número de delitos, según The Economist, desde que en 1995 llegaron a su punto más alto. La tendencia es similar con los delitos más graves, como homicidios y robos con violencia.

Sin embargo, la inseguridad ciudadana es también un asunto de percepción. Los ciudadanos creen que ha aumentado en todo el país, aunque se da la paradoja de que si les preguntan sobre lo que conocen, su ciudad o condado, responden en los sondeos que ha descendido o que no es un problema serio.

En lo que coinciden es en el pesimismo sobre la situación actual del Reino Unido. Un 70% opina que vive en una sociedad “rota”, perseguida por profundos problemas sociales, según una encuesta reciente de The Times.

Es precisamente uno de los lemas más empleados por los conservadores. El partido de Cameron juega con el viento a favor. Sólo tiene que aprender a no hacer el ridículo con los números.

Iñigo Sáenz de Ugarte

Boris Johnson nunca decepciona

12 feb 2010
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Todos los partidos deberían tener a un Boris Johnson. En esta época en que los políticos repiten como robots las consignas que llegan del cuartel general, se agradece que algunos se salgan de la partitura. Y el alcalde de Londres es experto en sacar a pasear la lengua siempre que le apetece. Se ha perdido la cuenta de las veces que ha prometido a la plana mayor de los tories que se controlará, que no se saldrá de la línea oficial del partido. No importa. A las pocas semanas, Johnson vuelve a reincidir.

La última tiene que ver con los pronósticos electorales de los conservadores. Como todo partido que va por delante en las encuestas, no quieren que parezca que dan por ganadas las elecciones. En primer lugar, porque todo puede ocurrir y de hecho la ventaja se ha ido reduciendo, muy poco a poco eso sí, en los últimos meses. En segundo lugar, porque daría una imagen de arrogancia que es precisamente algo que pretenden evitar.

Y en tercer lugar, nadie quiere desmovilizar a sus propios votantes con la idea de que la victoria está en el bolsillo y no hay que asumir grandes sacrificios para obtenerla. Por ejemplo, si llueve en el día de las votaciones.

Pero un micrófono delante de la cara de Boris Johnson es una tentación irresistible. Le han preguntado si cree que los tories ganarán en las urnas. Desde luego. ¿Con qué diferencia de escaños sobre la mayoría absoluta? ¿20, 30, 40,  50? Por ahí arriba, ha dicho, 40 al menos.

Y David Cameron vuelve a pegarse cabezazos contra la pared. ¿No le habíamos dicho que no dijera eso? Es posible, ¿pero cuándo ha hecho caso Boris?

Johnson es un caso típico de político Teflón. Le resbala todo. Cuando ha parecido que su carrera estaba tocada, volvía a reaparecer, y con más fuerza. Empezó su carrera periodística en The Times (igual lo de bocazas le viene por haber sido periodista) y le pillaron inventándose la cita de un historiador. Otro habría muerto antes de empezar, pero él no. Fue trasladado de puesto y conservó el empleo. Labró una carrera más sólida como corresponsal del Daily Telegraph en Bruselas, dando pábulo a cualquier noticia, por mínima que fuera su veracidad, que pudiera dejar en ridículo a las instituciones europeas para solaz de los lectores euroescépticos del diario (casi todos). Ahí jugaba en casa. Aunque al Gobierno de John Major le hubiera gustado que otra persona ocupara la corresponsalía, tenía el apoyo de la empresa.

Volvió a Londres para dirigir la revista Spectator y, tiempo después, entró en política haciéndose con un escaño tory en el Parlamento. Mantuvo los dos puestos en una bicefalia que seguro que le iba a dar problemas, y vaya si se los dio. El Spectator es una revista por cuyas venas corre sangre tory, pero hay que decir que a Johnson no le importaba que en ella aparecieran artículos críticos con la dirección de los conservadores.

Para terminar de arreglarlo, tuvo una relación extramarital con otra periodista, aireada como si fuera un romance de Beckham (de entonces procede la portada de Private Eye), que tendría que haber enterrado su futuro político para siempre. Pues no. Lo único que los líos de cama y de la revista  consiguieron es que tuviera que dejar el ‘Gobierno en la sombra’ de los tories.

El principal efecto, que entonces parecía definitivo, es que los escándalos que le rodeaban hicieron que perdiera el primer puesto potencial en la carrera por el imprescindible relevo generacional en los tories. Se le adelantó David Cameron, casi coetáneo suyo, con el que había coincidido en Eton y Oxford.

Ya está. Fin de la carrera. Boris, acostúmbrate a ocupar un escaño durante décadas sin más satisfacción que un puesto menor de viceministro cuando ganen los conservadores en las urnas. Tampoco. Ganó las elecciones a la alcaldía de Londres, un puesto que no parecía interesar mucho a los principales dirigentes del partido, que de hecho tenían previsto presentar a un candidato diferente a Johnson.

Lo más importante ahora es que no importa el puesto que ocupe Johnson, si está o no en un futuro Gobierno tory. Las bases más conservadores de los tories le tienen como a su líder predilecto. No es que quieran que desbanque a Cameron precisamente cuando parecen a punto de volver al poder. Pero es el dirigente con más carisma, el que mejor comunica con las bases, el más requerido para dar charlas en las reuniones del partido que se celebran fuera de Londres. Y es mucho más divertido que los demás.

Si Cameron llega al poder y la cosa no funciona, si el país no se recupera de la crisis económica y Cameron termina siendo tan impopular como Gordon Brown, allí estará esperando Boris Johnson.

Iñigo Sáenz de Ugarte

Daños colaterales de los Juegos Olímpicos

04 feb 2010
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No es ni mucho menos el bar más glamuroso de Shoreditch, pero sí uno de sus pequeños emblemas escondidos. El ayuntamiento de Hackney ha decidido deshacerse de The Foundry, un pub destartalado en el ‘east end’ de Londres, a mitad de camino de Old Street, para construir un hotel. Otro más de los que están llamados a albergar a los millones de visitantes que la capital británica espera acoger durante los Juegos Olímpicos de 2012.

Imagen de The Foundry, The Guardian

Cuentan en The Guardian cómo las paredes de este pub mítico, ahora convertido en espacio multiusos para artistas inquietos y bebedores de cerveza barata, contienen algunos de las primeras estrofas del nocturno Pete Doherty, o cómo los Hot Chip lo utilizaron de cuartel general en sus comienzos.

En verano, la rotonda en la que está situado se convertía en una terraza improvisada repleta de sillas de chiringuito playero y muebles destartalados recogidos de algún vertedero. A media tarde, con un poco de suerte atmosférica, la puesta de sol enrojecía las caras de los congregados alrededor de una Stella en vaso de plástico de los de los cumpleaños. De sonido ambiente, los autobuses que pasan alrededor y ese tipo de charlas que, vistas desde fuera, se adivinan mucho más interesantes que las tuyas.

Pero la urgencia olímpica ha decidido tirarlo. Como muchos otros edificios representativos de Hackney. En su lugar irá un hotel cilíndrico y acristalado que se sentirá como si no hubiera sido invitado a la fiesta. La vanguardia va ganando terreno al ladrillo rojo tan característico del este de Londres y va reduciendo el barrio a la apariencia que requieren los eventos de este tipo.

De la ruina se salvará un Banksy que el ayuntamiento piensa conservar. Y tiene su ironía. El grafitero de Bristol dejó su firma en forma de rata de seis metros de alto que sujeta un cuchillo y un tenedor. El capitalismo del que ni siquiera Banksy escapa, que se merienda la cultura. Un día más. Hasta 2012.

Daniel del Pino