Para ser un antiamericano, como diría Gordon Brown, Nick Clegg ha asimilado muy bien la retórica de Barack Obama. En el segundo debate televisado, el líder de los liberal demócratas terminó su alegato final con un “It can be different. Yes it can“. Lo que vendría a ser una versión británica del “Yes we can” del Nobel de la paz.
Ahora presenta su vídeo electoral utilizando la otra palabra mágica: “hope“. O lo que es lo mismo, esperanza. El nuevo héroe británico, que afirma haberse acostado con unas cuantas mujeres en su vida, “no más de 30″, se pasea por Londres esquivando papeles con las promesas incumplidas de tories y laboristas.
También vuelve a demostrar su pasión por la cámara. Hay que reconocer que, por ejemplo, a Cameron en este vídeo le cuesta un poco más.
Y un día más, no podía faltar el vídeo de rigor de los laboristas. Hoy con el hombre del saco como invitado estrella.Los de Gordon Brown tratan en él de explicarle a los británicos que como se equivoquen de papeleta, un ejército de tories clonados irá casa por casa comunicándoles que les recortan las ayudas familiares y que les alargan la lista de espera de la Seguridad Social.
No deja de ser un poco de humor macabro para amortiguar la caída. Siguen terceros en las encuestas. Hasta los dibujos animados les abandonan.
Daniel del Pino
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El vídeo de Clegg se parece sospechosamente a una película de terror y hasta usa su banda sonora. Will Heaven lo explica en The Daily Telegraph.
La’batalla de las esposa’ de los tres principales líderes británicos ha quedado desequilibrada antes de empezar. Los conservadores han anunciado hoy que Samantha Cameron está embarazada. La esposa de Cameron tendrá el niño/a en septiembre.
Ayer un periódico mostró unas fotos de Samantha hechas a mediados de los 90 para echar una mano a una amiga diseñadora. Nada de lo que deba avergonzarse, aunque es de suponer que algunos de los más venerables votantes del partido hayan elevado ligeramente una ceja, o las dos. Para no tener problemas, David Cameron ha dicho que ellos no esperaban que se dieran a conocer. Vamos, que confiaban en que siguieran encerradas en algún cuarto oscuro. Por si acaso.
Hoy se ha sabido la noticia del embarazo, que tiene una curiosa repercusión política. El líder tory había anunciado que su esposa tendría una participación relevante en la inminente campaña electoral. La prensa –la seria, de la otra ya ni hablamos– no necesitaba muchas más excusas para dar más colorido a las páginas de política. Por muchos artículos que le dediquen a ello, nadie ha podido demostrar nunca que las esposas de los líderes (porque suelen ser hombres) tienen alguna repercusión en las urnas.
Ahora existe la duda de si la señora Cameron se prodigará en actos públicos, aunque si su embarazo no le da complicaciones, podría hacerlo.
Además de una cachonda portada de Private Eye, el tema de las esposas y las campañas ha dado lugar a la respuesta más inteligente, que proviene de la mujer del líder de los liberales demócratas, Nick Clegg. Miriam González Durántez, que por cierto es española, ha dicho que le gustaría desde luego que a su marido le vaya bien en las urnas y que le apoyará en lo que pueda, pero sus hijos, primero, y su trabajo, después, son mucho más importantes. No está para hacer de animadora del esposo y The Independent le ha elogiado por eso en un editorial.
Todos los partidos deberían tener a un Boris Johnson. En esta época en que los políticos repiten como robots las consignas que llegan del cuartel general, se agradece que algunos se salgan de la partitura. Y el alcalde de Londres es experto en sacar a pasear la lengua siempre que le apetece. Se ha perdido la cuenta de las veces que ha prometido a la plana mayor de los tories que se controlará, que no se saldrá de la línea oficial del partido. No importa. A las pocas semanas, Johnson vuelve a reincidir.
La última tiene que ver con los pronósticos electorales de los conservadores. Como todo partido que va por delante en las encuestas, no quieren que parezca que dan por ganadas las elecciones. En primer lugar, porque todo puede ocurrir y de hecho la ventaja se ha ido reduciendo, muy poco a poco eso sí, en los últimos meses. En segundo lugar, porque daría una imagen de arrogancia que es precisamente algo que pretenden evitar.
Y en tercer lugar, nadie quiere desmovilizar a sus propios votantes con la idea de que la victoria está en el bolsillo y no hay que asumir grandes sacrificios para obtenerla. Por ejemplo, si llueve en el día de las votaciones.
Pero un micrófono delante de la cara de Boris Johnson es una tentación irresistible. Le han preguntado si cree que los tories ganarán en las urnas. Desde luego. ¿Con qué diferencia de escaños sobre la mayoría absoluta? ¿20, 30, 40, 50? Por ahí arriba, ha dicho, 40 al menos.
Y David Cameron vuelve a pegarse cabezazos contra la pared. ¿No le habíamos dicho que no dijera eso? Es posible, ¿pero cuándo ha hecho caso Boris?
Johnson es un caso típico de político Teflón. Le resbala todo. Cuando ha parecido que su carrera estaba tocada, volvía a reaparecer, y con más fuerza. Empezó su carrera periodística en The Times (igual lo de bocazas le viene por haber sido periodista) y le pillaron inventándose la cita de un historiador. Otro habría muerto antes de empezar, pero él no. Fue trasladado de puesto y conservó el empleo. Labró una carrera más sólida como corresponsal del Daily Telegraph en Bruselas, dando pábulo a cualquier noticia, por mínima que fuera su veracidad, que pudiera dejar en ridículo a las instituciones europeas para solaz de los lectores euroescépticos del diario (casi todos). Ahí jugaba en casa. Aunque al Gobierno de John Major le hubiera gustado que otra persona ocupara la corresponsalía, tenía el apoyo de la empresa.
Volvió a Londres para dirigir la revista Spectator y, tiempo después, entró en política haciéndose con un escaño tory en el Parlamento. Mantuvo los dos puestos en una bicefalia que seguro que le iba a dar problemas, y vaya si se los dio. El Spectator es una revista por cuyas venas corre sangre tory, pero hay que decir que a Johnson no le importaba que en ella aparecieran artículos críticos con la dirección de los conservadores.
Para terminar de arreglarlo, tuvo una relación extramarital con otra periodista, aireada como si fuera un romance de Beckham (de entonces procede la portada de Private Eye), que tendría que haber enterrado su futuro político para siempre. Pues no. Lo único que los líos de cama y de la revista consiguieron es que tuviera que dejar el ‘Gobierno en la sombra’ de los tories.
El principal efecto, que entonces parecía definitivo, es que los escándalos que le rodeaban hicieron que perdiera el primer puesto potencial en la carrera por el imprescindible relevo generacional en los tories. Se le adelantó David Cameron, casi coetáneo suyo, con el que había coincidido en Eton y Oxford.
Ya está. Fin de la carrera. Boris, acostúmbrate a ocupar un escaño durante décadas sin más satisfacción que un puesto menor de viceministro cuando ganen los conservadores en las urnas. Tampoco. Ganó las elecciones a la alcaldía de Londres, un puesto que no parecía interesar mucho a los principales dirigentes del partido, que de hecho tenían previsto presentar a un candidato diferente a Johnson.
Lo más importante ahora es que no importa el puesto que ocupe Johnson, si está o no en un futuro Gobierno tory. Las bases más conservadores de los tories le tienen como a su líder predilecto. No es que quieran que desbanque a Cameron precisamente cuando parecen a punto de volver al poder. Pero es el dirigente con más carisma, el que mejor comunica con las bases, el más requerido para dar charlas en las reuniones del partido que se celebran fuera de Londres. Y es mucho más divertido que los demás.
Si Cameron llega al poder y la cosa no funciona, si el país no se recupera de la crisis económica y Cameron termina siendo tan impopular como Gordon Brown, allí estará esperando Boris Johnson.
En algún momento dejarán de hundir su prestigio en el barro, pero de momento no parecen tener ganas de echar el freno. Acaba de producirse otra ronda de revelaciones en el escándalo de los gastos de los parlamentarios británicos y nuevos ejemplos nada edificantes. Algunos diputados que ya habían anunciado que no se presentarían a la reelección, precisamente por todo lo que se había sido, se dedicaron a pasar gastos poco justificables. Un parlamentario laborista, que es además viceministro de Defensa, tiene el dudoso honor de haber visto cómo su casa aparece en casi todos los periódicos.
La mansión, que casi parece un castillo desde el aire, tiene una pequeña torre con un reloj y los gastos de reparación fueron facturados a los contribuyentes. Los parlamentarios vuelven a estar perplejos. No han vulnerado las normas propias de la Cámara. El problema son las propias normas que les reservan toda clase de privilegios que el electorado no está ya dispuesto a aceptar.
Hay que recordar que la justificación de estas normas es en teoría subvencionar algunos gastos de vivienda de los diputados que no son de Londres. Vivir en la capital del Reino Unido no es nada barato. De ahí a que los políticos designen como segunda vivienda la casa de fuera de Londres para financiarse reparaciones y compras de objetos de lujo hay un largo trecho.
La estrategia laborista de denunciar los privilegios de cuna de David Cameron y sus más directos colaboradores en el Partido Conservador no llegará muy lejos con la foto de la mansión. El Daily Mirror, tradicional apoyo de los laboristas, hace lo que puede apuntando directamente a la hipocresía de Cameron. Ningún periódico le sigue en esta línea.
Aquí han pringado todos pero en términos de coste político son los laboristas los que se están llevando la peor parte. Alguna desventaja debe tener llevar más de una década en el poder.
Ya sabemos que los partidos políticos están perdiendo imaginación y originalidad en su propaganda pero ahora nos hemos enterado que hasta se copian los chistes malos. Primero, fueron los laboristas los que se burlaron de sus rivales, David Cameron y George Osborne, comparándolos con los concursantes de moda, ya eliminados, en ‘X Factor’ (la versión británica de ‘Operación Triunfo’). Son dos gemelos irlandeses (sí, con ese mismo corte de pelo) no con demasiado talento desde el punto de vista musical pero con ese toque friki que siempre termina teniendo éxito en estos concursos.
Y unos días después, fueron los conservadores los que aplicaron el mismo tratamiento capilar a Gordon Brown y Alistair Darling. Si los partidos convierten la política en un escenario similar a un plató televisivo, ¿cómo van a convencer a los votantes de que van en serio en otras cosas?
El partido ultraderechista BNP ya tiene a su primer militante no blanco. Los fascistas no quieren ni rozarse con negros, asiáticos o judíos, pero las normas británicas que prohíben la discriminación racial le obligaban a cancelar su política de admisión. El primer invitado ha sido un sij, un profesor retirado que cuenta con las credenciales perfectas para un partido como el que dirige el europarlamentario Nick Griffin: odia a los musulmanes.
Tradicionalmente, el BNP ha sido un apestado en la política británica. Pero consiguió dos parlamentarios en las últimas elecciones europeas, lo que le ganó la participación de Griffin en el programa de debate de la BBC ‘Question Time’. La notoriedad alcanzada, a pesar de la penosa intervención de Griffin, hace temer que los ultras obtengan algún escaño en las próximas elecciones generales.
Iñigo Sáenz de Ugarte es corresponsal de Público en Londres.
Vive en Hackney pero pasa más tiempo en Islington. Siente una gran atracción por la Newcastle y la London Pride
pero a veces les engaña con una cerveza normal.
Daniel del Pino
Daniel del Pino es un periodista en apuros, pero quién no lo es hoy en día.
Sobrevive en el temido Hackney a base de Stella, conocida en la calle como wifebeater por sus
efectos secundarios en el comportamiento de las personas. Él no engaña a los autóctonos, que prefieren sabores más suaves para ahorrarse el dolor de cabeza y la somnolencia asegurados.