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El tablero global

Carlos Enrique Bayo

Putin, el zar de un sistema político privatizado

25 sep 2011
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Como ya sabíamos todos, Putin regresa al lugar del que nunca se fue: la cúpula del Kremlin. Y lo hace con la mayor de las desvergüenzas: fingiendo que su marioneta Medvédev es quien le ha pedido ese nuevo sacrificio y después de que la Presidencia (cuando él supuestamente no la ostentaba) reformase la Constitución para que ahora pueda seguir reinando durante dos mandatos de seis años, en vez de los cuatro años que fijaba anteriormente. Prolongación que, claro, no entrará en vigor hasta que le toque a él de nuevo ser jefe del Estado, dentro de seis meses.

Como Putin lleva al frente de todas las Rusias desde 1999 (primero, como jefe de Gobierno, después como presidente en funciones, más tarde como jefe del Estado y a continuación como primer ministro omnipotente), su era de poder absoluto se prolongará durante todo un cuarto de siglo –¿a quién le cabe alguna duda de que será elegido presidente dos veces más?– hasta que haya cumplido 71 años.

Como Putin no parece tener ideología alguna –algo muy conveniente para su forma de gobernar–, tampoco ha de tenerla su partido Rusia Unida, en el que puede dejar al frente a Medvédev porque su único objetivo es mantener en el poder a los mismos burócratas que entronizó este exagente del KGB que llegó a la cima manipulando a un beodo y senil Yeltsin.

Como Putin se ha especializado en crear minipartidos a medida para controlar los votos que no se incluyan en el 60% preadjudicado a Rusia Unida, podemos esperar unas cuantas formaciones que exploten el nacionalismo xenófobo de una parte importante del electorado. Peligroso ejercicio demagógico que seguirá al cargo del Rasputín del Kremlin, Vladislav Surkov, quien ha urdido “un sistema político privatizado”, como lo definió el defenestrado oligarca Prójorov, expulsado del partido (supuestamente opositor) Causa Justa por no ceñirse estrictamente a las instrucciones de la jefatura del Estado.

Como, en fin, ya conocemos con toda precisión los resultados definitivos de los dos próximos escrutinios (el legislativo en diciembre y el presidencial en marzo), también sabemos que Rusia seguirá sometida al imperio de la corrupción y la arbitrariedad. Lo que no sabemos es si tan gran nación logrará sobrevivir a otro periodo de estancamiento como el que padeció durante el sovietismo (y mientras Putin ascendía a la política utilizando las armas del servicio secreto) o si acabará tan exhausto y desesperanzado como en el final de la URSS.

Como quiera que sea, lo que ocurra será responsabilidad personal (y privada) del nuevo zar Putin I. Y la prolongación cuasi vitalicia de su regencia no augura nada bueno para el pueblo ruso.

¿Por qué no creer a los que siempre mienten sobre Palestina?

22 sep 2011
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Una vez más, EEUU y sus aliados pretenden convencernos de que 20 años de negociación no son nada (sobre todo cuando ya lleva un año interrumpida), y que la solución está en continuar por la misma vía –¿quizá otros dos decenios?– mientras los palestinos siguen bajo ocupación militar y sometidos a graves vejaciones.

Hemos de creer que “no hay atajos para la paz”, aplicado a una sola parte del conflicto, cuando seis días bastaron para instaurar el imperio de la guerra que se mantiene desde hace más de 40 años y en desafío a todas las resoluciones de esa misma ONU en la que hoy se niega a los palestinos el derecho a pedir un mero reconocimiento.

Hay que tragarse que “las aspiraciones palestinas” tendrán muchas mejores perspectivas si Abás sigue esperando a la hipotética generosidad de un Netanyahu que desafió al propio Obama cuando el presidente de EEUU sólo le pidió que cumpliera la legalidad internacional en cuanto a las fronteras de 1967, el estatus de Jerusalén y los asentamientos.

Tomemos, pues, como dogma de fe que EEUU quiere disuadir a los palestinos de proclamar un Estado propio por su bien, mientras que el de Israel es sacrosanto porque fue creado por una resolución de la ONU… que disponía también la creación de una nación palestina.

Admitamos que todo esto no tiene nada que ver con que la colonización del territorio tomado a otro país por la fuerza sea un crimen de guerra, igual que lo son las acciones del Ejército ocupante que castigan colectivamente a los civiles. Y aceptemos que lo mejor es no recurrir a los tribunales internacionales, sino confiar en el que te oprime.

Exacto. Nos lo creeremos.

El 11-S fue utilizado como coartada para imponer el orden mundial ‘neocon’

12 sep 2011

Diez años después, todo el mundo habla de las consecuencias, pero casi nadie se pregunta por las causas. Así que… empecemos hablando de las consecuencias. Sobre todo, de la catástrofe económica que hemos heredado de la insensata respuesta neocon a la hecatombe del 11-S.

George W. Bush reconoció hace unos días al National Geographic Channel que ganó la Casa Blanca en 2000 prometiendo una política exterior “modesta”. Un año más tarde, halcones como Cheney, Rumsfeld y Wolfowitz se apropiaban de la agenda internacional de la única superpotencia, convirtiéndola en una contienda bélica permanente e interminable: la guerra contra el terror que, por definición, se prolongará hasta el fin de los tiempos. Pero, lo más relevante es que “ninguno de ellos se fijó en la economía, igual que ninguno de los teóricos neocon, como Kagan, Krauthammer, Kristol o Lewis, se ocupó tampoco de los problemas económicos”, explica Peter Beinart, investigador de la New American Foundation, quien en su día fue adalid de la invasión de Irak.

“Los neocon se hicieron con el timón de la política exterior de EEUU después del 11-S”, admite Beinart, “pero sólo pudieron manejarlo porque el 11-S le había metido el turbo al motor de la nave. Y ese motor era la disposición de los estadounidenses a derramar su sangre y gastar su fortuna en el otro extremo del mundo. Hoy, ese motor chisporrotea y la mayor parte de los norteamericanos ya no creen que eso por lo que luchamos en Afganistán merezca sacrificar las vidas de sus jóvenes, ni que seamos capaces de pagarlo”. Ningún ideólogo de la Administración Bush se centró en los problemas económicos que estaba generando su doctrina neoliberal y que acabarían llevando al planeta a la catástrofe financiera. “El neoconservadurismo post11-S daba por sentado que siempre habría dinero para una política exterior cuasi imperial”, continúa Beinart, “y que, si fuera necesario, siempre se podría recortar el gasto público para asegurarse de que al Pentágono no le alcanzaran los tijeretazos”.

A los neocon nunca se les ocurrió que EEUU no podría permitirse sendas guerras en Afganistán e Irak. Esas contiendas, según la estimación “más conservadora” de la Universidad de Brown, no sólo causaron la muerte de 137.000 civiles y convirtieron a 7,8 millones de personas en refugiados, sino que también supusieron un coste económico total (incluyendo los intereses de la deuda contraída para sufragarlas y la atención médica de los veteranos heridos en ellas) de unos 4 billones de dólares. Es decir, “equivalente a los déficits públicos acumulados [por EEUU] durante los seis años que van de 2005 a 2010″, constata The Economist.

Cuando toda la derecha de Occidente considera deber patriótico eliminar cualquier déficit público incluso al precio de acabar con el Estado del bienestar, es sangrante constatar que sus padrinos neocon despilfarraron en dos guerras sangrientas una fortuna equivalente a tres años del PIB de España. Con resultados bien poco rentables. En Irak, Al Qaeda cometió hace poco 42 atentados en un solo día, mientras que el Gobierno de Al Maliki en Bagdad es más cercano al de Teherán que al de Washington. En Afganistán, los talibanes están cada día más fuertes, este agosto fue el mes con más bajas norteamericanas desde la invasión de 2001, y el número de civiles muertos en acciones armadas insurgentes o bombardeos aliados no hace más que batir récords.

Paul Kennedy, catedrático de Historia y de Seguridad Internacional de la Universidad de Yale, sostiene que el efecto más importante del 11-Sfue “distraer” a EEUU de sus dos verdaderas prioridades: la geopolítica global y la prosperidad económica. Washington descuidó Latinoamérica, que hoy se ha desarrollado al margen de la influencia estadounidense, igual que se desentendió de otras áreas del mundo vitales, como China, Rusia… incluso Europa, salvo para presionarlas -hasta rozar el conflicto diplomático-, con el fin de que apoyasen sus aventuras militares.

Al mismo tiempo, “la combinación de carísimas guerras lejanas y las inexcusables rebajas de impuestos que favorecían a los ricos tuvieron efectos nefastos sobre el déficit federal de EEUU, la creciente dependencia estadounidense de fondos extranjeros y el futuro del dólar a largo plazo”, subraya Kennedy. “El tejido social [de EEUU] se está haciendo jirones, las clases marginadas crecen y el sistema de educación pública se desmorona. Y, para mayor desastre, aparece un Tea Party proponiendo políticas que agravarían esa doble distracción de EEUU. Ese puede ser el auténtico legado del 11-S, mucho después de que las tropas estadounidenses se hayan retirado de las
alturas del Hindu Kush”.

Los neocon del Tea Party

Es debatible si el surgimiento del Tea Party forma también parte de la herencia de ese pensamiento único que tomó el 11-S como coartada para imponer un nuevo orden militarista, imperial y despiadado, pero no cabe duda de que muchos de los principios que animan al nuevo movimiento ultra norteamericano son calcados de las drásticas decisiones adoptadas por la Administración Bush tras la caída de las Torres Gemelas. El gobernador de Texas, hoy favorito en el Tea Party, Rick Perry, está siendo asesorado en su campaña por Donald Rumsfeld y Doug Feith, destacados neocon que diseñaron gran parte de laestrategia bushaniana.

Un ejemplo del paralelismo entre el Tea Party y la ideología neocon está en la política de inmigración. Sólo ocho días después del 11-S, Bush firmó la Patriot Act, por la que los extranjeros pudieron ser detenidos indefinidamente y sin derecho a un juicio justo. Las normativas y prácticas represivas posteriores, organizadas en torno a un departamento de seguridad (Department of Homeland Security), que agrupó un año más tarde a las 22 agencias federales de seguridad e inteligencia, continuaron castigando a los inmigrantes con deportaciones por meras infracciones, violaciones de sus derechos civiles y una constante persecución policial que vulnera el principio constitucional de igualdad ante la ley. Bush firmó directivas para otorgar a las autoridades locales poderes ejecutivos contra extranjeros sospechosos de terrorismo que son muy similares a las medidas antiinmigrantes que el Tea Party impone en los estados fronterizos y las ciudades donde gobierna.

Se argumenta que los seguidores del Tea Party son radicalmente opuestos a ese Gran Hermano en el que Cheney, Bolton, Perle y otros asesores de Bush convirtieron el Gobierno de EEUU, espiando las comunicaciones de todos los norteamericanos y extendiendo por el mundo las cárceles secretas de la CIA y las entregas de sospechosos a regímenes aliados especializados en torturar detenidos. Pero las convicciones extremistas del Tea Party sí tienen mucho que ver con ese credo intolerante de que el supuesto buen fin que se persigue justifica cualquier medio por brutal y cruel que sea, como el manual de torturas que elaboraron para la CIA los letrados de la Casa Blanca John Yoo y Jay Bybee, hoy magistrado federal de apelación.

La poderosa máquina propagandística puesta en marcha tras el 11-S llegó a convencer a los estadounidenses de que para defenderse del terrorismo tenían que condonar violaciones de derechos humanos y hasta renunciar a garantías constitucionales como la primera y cuarta enmiendas -que defienden la libertad de expresión y reunión y protegen contra registros y detenciones arbitrarias-, frente a las que el equipo de abogados de Bush redactó argumentaciones jurídicas que justificaban poderes presidenciales por encima de ellas.

Gran parte de la opinión pública norteamericana está ahora imbuida de la creencia de que el penal ilegal de Guantánamo, las detenciones arbitrarias y sin derecho a defensa, el encarcelamiento indefinido sin proceso legal, juicio ni sentencia, e incluso la aplicación de tormentos como el waterboarding (llevar al reo al borde de la muerte por asfixia en agua) han sido necesarios y lo seguirán siendo para defender la democracia. Ni siquiera se plantean que eso no es democracia, pues celebraron alegremente que se hubiera asesinado a Bin Laden, tras arrancarle su rastro a Jalid Sheij Mohamed, en un interrogatorio durante el cual se le sometió al waterboarding 183 veces en su primer mes de cautiverio.

El fracaso de la guerra de Irak

Cheney acaba de publicar unas memorias (In My Time) en las que reivindica sin ambages toda la panoplia de abusos e iniquidades de la guerra contra el terror, pese a que es ya evidente el fracaso de la guerra de Irak, que los neocon pretendían que fuera el catalizador de una ola de cambios democráticos en todo Oriente Próximo. “Un nuevo régimen en Irak servirá de ejemplo de democracia espectacular y estimulante para las otras naciones de la región”, proclamó Bush en el American Enterprise Institute justo antes de desencadenar la guerra.

La realidad es que los pueblos de la zona “en vez de sentirse estimulados, sintieron repugnancia por la violencia, el caos, la quiebra de los servicios públicos” que generó la invasión de Irak, explica Paul R. Pillar, veterano especialista de la CIA y hoy profesor de Estudios de Seguridad en la Universidad de Georgetown. “El defecto fatal del sueño neocon fue el convencimiento absurdo de que algo impuesto desde fuera por EEUU podía motivar a los árabes para que se movilizasen en defensa de la soberanía popular (…). El cambio político no puede ser impuesto por una potencia exterior, ni mucho menos a cañonazos”.

Lo que ocurrió fue que “en Irak el tiro les salió por la culata, y hoy los gobernantes que impusieron en Bagdad están más bien resistiéndose a la propagación de la democracia, en vez de inspirándola”, asegura Pillar. “Es difícil comprender cómo los neocon lograron convencer a tanta gente, hace una década, de su insensato experimento, aunque sin duda el efecto estupefaciente del trauma nacional generado por el 11-S explica gran parte de ese fenómeno horrendamente erróneo”.

Las verdaderas causas

En cuanto a las causas del 11-S, se han tratado de ocultar tras la cortina de humo de que Al Qaeda sólo tiene una motivación religiosa integrista, argumento esgrimido por el informe oficial de 2004 de la Comisión Nacional creada por el Congreso, cuyos dos máximos responsables, Thomas Kean y Lee Hamilton, admitieron después: “Era un tema sensible y los comisionados que adujeron que Al Qaeda se guiaba sólo por ideología religiosa, y no por oponerse a la política de EEUU, rehusaron mencionar el conflicto palestino-israelí. Creían que, si se exponía el apoyo de EEUU a Israel como la raíz causal del ataque de Al Qaeda, entonces se indicaría que EEUU debía revisar esa política”.

Por tanto, jamás se establecieron las verdaderas causas de que la red terrorista atacara tan ferozmente a EEUU, ni lo que motivó a tantos suicidas a inmolarse en los aviones empleados como armas. Pero los motivos estaban bien claros, como exponen Anthony Summers y Robbyn Swan en El undécimo día: “Todas las pruebas indican que Palestina fue el factor que unió a los conspiradores en todos los niveles (…). Era sin duda el principal resentimiento político que movía a los jóvenes árabes” que prepararon los atentados. Es decir, los autores de la matanza creían que con ella los estadounidenses se fijarían en “las atrocidades que EEUU comete en su apoyo a Israel”.

Ni Israel ni los palestinos son jamás mencionados en las informaciones sobre el 11-S. Y la respuesta neocon al mayor ataque terrorista de todos los tiempos sólo agravó esa heridaen el mundo árabe e islámico, además de mutilar los valores democráticos con los que Occidente siempre se sintió superior al resto del planeta.

El final de la guerra civil libia será otra pesadilla

21 ago 2011
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En la euforia de la inminente caída de un régimen tiránico, la OTAN puede pretender que olvidemos el mandato que recibió de la ONU para intervenir en el conflicto libio: proteger la vida de la población civil, que estaba siendo masacrada por las tropas de Gadafi.

Así hicieron los aviones aliados al impedir que las columnas de tanques de los mercenarios asaltasen Bengasi a sangre y fuego. Pero, en los meses siguientes, el papel bélico de la Alianza ha sido claramente de participante exterior en una guerra civil desigual, en la que sólo los bombardeos occidentales lograban igualar la contienda.

Ahora, con el régimen libio desmoronándose, la intervención militar extranjera puede toparse con su irresoluble contradicción intrínseca: si los insurgentes asedian y atacan Trípoli y los seguidores de Gadafi resisten, los civiles que correrán gravísimo peligro serán los habitantes de la capital, así que tocaría bombardear a nuestros aliados rebeldes para proteger a los tripolitanos inocentes.

Incluso si el Ejército gadafista se derrumba en cuestión de horas, se alzará la amenaza del vacío de poder, el caos, las venganzas sanguinarias y los saqueos generalizados, como ocurrió tras el colapso del régimen de Sadam en Irak. Los dirigentes del Consejo de Transición difícilmente controlarán la situación desde la lejana Bengasi y tampoco se sabe si sus cabecillas están de verdad dispuestos a renunciar a ambiciones autoritarias y convicciones islamistas.

En un país fragmentado en tribus, carente de estructuras de gobierno por 40 años de dictadura paranoica y librando una brutal lucha fratricida, la injerencia armada de la OTAN puede instigar una pesadilla peor de la que evitó.

Son antisociales, sí, porque se les expulsa de la sociedad

12 ago 2011
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Sólo hay que leer los titulares de los análisis que proliferan en los medios para descubrir un esfuerzo conjunto, casi unánime, por negar cualquier origen de desigualdad social en las revueltas urbanas inglesas: “No son los recortes”; “Aquí no hay reivindicaciones sociales”; “Los disturbios tienen más que ver con el consumismo que con el malestar político”…

Son decenas las argumentaciones que procuran desvincular el estallido de violencia de la marginación y la pobreza, en una de las naciones más opulentas; que culpan a padres canallas incapaces de educar a sus hijos; que hablan de la “cultura de dependencia” de haraganes acostumbrados a vivir de subsidios. Hasta se arguye que no se puede hablar de “revueltas sociales”, como si esos jóvenes estuvieran fuera de la sociedad, expulsados de ella.

“Esto no tiene que ver con la pobreza, sino con una cultura que glorifica la violencia, desprecia a la autoridad y sólo habla de derechos, pero no de responsabilidades”, proclamó ayer Cameron, miembro destacado de la élite aristocrática, hijo de broker, educado en Oxford y paradigma de la jet-set society a la que jamás accederán esos “rufianes” a los que tanto desprecia.

Sí, son violentos. Sí, saquean esos productos tan codiciados de alta tecnología que saben que jamás poseerán, porque nunca saldrán de la miseria. Sí, desafían a la autoridad que suele hostigarles en las calles. Sí, malviven de los subsidios porque no tienen empleo, ni educación.

Pero ¿son ellos los únicos culpables de todo eso? ¿No tiene responsabilidad ninguna esa élite multimillonaria a la que pertenece Cameron y cuya política de austeridad consiste en recortar los servicios públicos para pobres?

Las recetas de Cameron y los “rufianes”

11 ago 2011
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Según el sagaz análisis esgrimido ayer por David Cameron, lo que está ocurriendo en los barrios marginales de Londres y de muchas otras ciudades inglesas no es más que una explosión de “violencia irracional”, que se extiende por un fenómeno de simple “imitación”, y está protagonizado por bandas de “rufianes” que serán “derrotados” y sometidos a “todo el peso de la ley”. Se triplica el número de policías en las calles, se ordena a los agentes que empleen tácticas más “robustas” y se persigue a esos “matones” identificándolos con los vídeos de las cámaras de circuito cerrado que se desplegaron a miles en Londres ante la amenaza de Al Qaeda.

Asunto resuelto, pues. Y es de esperar que esa sabia estrategia sea aplaudida desde aquí por el mismo que consideró que la gestión económica de Cameron era la luz que había de guiarnos fuera de la crisis. Es decir, Mariano Rajoy.

Porque las revueltas sociales que incendian Inglaterra son consideradas por la derechacomo siempre que se rebelan los desheredados un desagradable problema de orden público que se arregla a garrotazos. ¿Cómo van a tener algo que ver en ello los tijeretazos de los subsidios y programas sociales impuestos por Cameron en su política de austeridad?

En Tottenham, donde saltó la primera chispa de la insurrección, el presupuesto de servicios cívicos para la juventud, como los clubes y las actividades educativas que la apartan de las bandas callejeras, ha sido recortado en un 75%, la mayor reducción de todas las partidas, justo en el lugar donde el paro juvenil es pavoroso: sólo hay un puesto de trabajo por cada 50 jóvenes que buscan empleo.

Tampoco debe tener nada que ver con la revuelta el rencor racial fermentado durante 30 años, desde el chispazo de Brixton en 1981, ante la actuación prepotente y xenófoba de la Policía Metropolitana destacada en esas empobrecidas barriadas de población afro-caribeña: de Toxteth, en Liverpool, a Handsworth, en Birmingham.

“Décadas de individualismo, de egoísmo atizado por el Estado y la economía competitiva, combinado con un aplastamiento sistemático de los sindicatos y una creciente criminalización de toda disensión, han convertido a Gran Bretaña en uno de los países con más desigualdades del mundo”, escribía ayer Nina Power, en The Guardian, aparentemente sin comprender que todo esto no es más que el resultado de “una oleada de vandalismo” insensato, como aduce unánimemente la prensa conservadora.

Ningún papel debe jugar en todo esto la crisis que está fustigando a las clases más bajas, mientras las capas altas hallan en ella nuevas oportunidades de enriquecerse. Que los grandes disturbios de los 80 en Reino Unido se produjeran también en plena recesión, con altísimo desempleo y severas medidas del thatcherismo ultraconservador es sólo una coincidencia, claro.

“La irracionalidad de las turbas no se puede explicar por la predisposición individual al crimen, sino por su sentimiento de grupo social deslegitimado en su relación histórica con los que les rodean”, explica Clifford Stott, catedrático de Psicología en la Universidad de Liverpool y especializado en disturbios. Apreciación que sin duda descartará el buen juicio de Cameron, frente al sólido argumento de los “rufianes”.

Rajoy debe estar impaciente por llegar al poder, para poner orden en las calles españolas aplicando las recetas de su admirado Cameron.

La derecha hunde la credibilidad económica de EEUU

08 ago 2011
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Nunca se creyeron que pudiese ocurrir. Incluso acusaron a Barack Obama de emplear “la táctica del Armagedón” por advertir sobre las gravísimas consecuencias que tendría el bloqueo de la negociación sobre el techo de la deuda de EEUU. “Hay que dejar de creer al presidente cuando emplea esa estrategia del miedo”, proclamó el congresista republicano por Texas Louie Gohmert, quien votó contra el acuerdo para aumentar ese límite. Y Michele Bachmann, también líder del Tea Party, descartó que una suspensión de pagos de Washington fuera a tener los efectos “alarmistas” de los que advertía la Reserva Federal. “No podemos seguir asustando al pueblo americano”, adujo Bachmann.

Sólo en el último segundo se llegó a un acuerdo ínfimo: una reducción del 0,57% del Presupuesto para 2012, pues todos los pactos para años siguientes pueden ser -y serán- modificados. La reacción de los tiburones financieros internacionales era de esperar: Standard&Poors rebajó la calificación de la deuda estadounidense por primera vez desde el fin de la Primera Guerra Mundial, y los mercados bursátiles empezaron a hundirse por el del mayor aliado de EEUU: Israel.

De inmediato, la derecha bramó que esa reacción era provocada por el fracaso de la gestión de Obama, cuando es precisamente la estrategia ultra de desgaste de la Administración la que ha hundido la credibilidad económica de EEUU, algo que el resto del mundo nunca antes puso en duda.

“Incluso si las agencias de calificación no degradasen a EEUU, los estadounidenses se habrían degradado a sí mismos. El sistema no funcionó”, asevera el analista Fareed Zakaria en el gran tema de portada de Time sobre “el fracaso del pacto de la deuda”. “Los americanos se han demostrado a sí mismos, al mundo y a los mercados globales que su sistema político está quebrado y es incapaz de concebir y aplicar una gestión pública sensata”.

El motivo, según Zakaria, es que “en esta crisis el Tea Party ha tomado como rehén de su agenda la misma solvencia económica del país”. Y el resultado ha sido que “Estados Unidos ha jugado a la ruleta con su recurso más preciado: la confianza del resto del mundo. Si, como consecuencia de estas veleidades parlamentarias, la tasa de la deuda estadounidense sube en un punto -es decir, si el mundo pide sólo un poco más de interés para prestar dinero a EEUU- el déficit presupuestario aumentará en 1,3 billones de dólares a lo largo de los próximos diez años. Eso barrerá sobradamente todos los recortes acordados para ese periodo”.

Aunque no es en absoluto la primera vez que los puristas de la derecha neoliberal norteamericana consiguen disparar el déficit público de EEUU… precisamente aduciendo que van a combatirlo, y poner fin al despilfarro demócrata de los programas sociales. El gran taumaturgo de esa receta imposible (rebajar impuestos sin reducir prestaciones, como ahora dice el PP que se dispone a hacer en España) fue Ronald Reagan.Sus célebres reaganomics fueron también llamadas “de goteo” (trickle-down) porque supuestamente iban a reactivar la economía permitiendo que las grandes compañías y fortunas del país se enriqueciesen aún más. La lógica de aquello era que, al disponer de tanto dinero, lo invertirían en iniciativas que crearían puestos de trabajo y desarrollo. Vamos, igual que aquí el PP asegura que hay que bajar la presión fiscal a las empresas porque son las que dan empleo.

La realidad fue que las rebajas de impuestos de Reagan, sumadas al gasto astronómico de su guerra de las galaxias (que fue el gran negocio del complejo militar-industrial) sólo lograron poner en órbita el déficit presupuestario. Durante su mandato, que para los hoy campeones de la austeridad fue económicamente ejemplar, la deuda pública de EEUU se triplicó: de 712.000 millones a 2 billones de dólares entre 1980 y 1988.

Bush padre no redujo en absoluto el gasto público, y tuvo que venir el izquierdista Clinton (el que llegó a la Casa Blanca con el lema “es la economía, estúpido”) no ya para equilibrar el presupuesto, sino incluso para obtener un gran superávit, con una gestión meramente keynesiana; pues es de sentido común que una crisis no se puede afrontar rebajando drásticamente la participación del Estado en la economía nacional, ya que se reduce aún más el crecimiento.

Pero volvieron los neocons al poder, de la mano de Bush hijo, con la misma doctrina de quitar poder al Estado, y se embarcaron en dos guerras, amplias rebajas de impuestos (hasta dejar la presión fiscal en un mínimo histórico del 15% del PIB) y la privatización de cuantos más servicios sociales, mejor. Así que en sólo ocho años no sólo se habían comido todo el superávit de Clinton, sino que llevaron la deuda a casi el triple de la de Reagan: 5,8 billones. La crisis financiera provocada por ese mismo fanatismo neoliberal hizo el resto.

Por eso asciende ahora la deuda de EEUU a 14,3 billones, no porque Obama la haya generado… salvo en lo que cuestan las dos guerras que heredó, más el rescate del sistema financiero hundido por la codicia de los que hoy siguen destruyendo países en beneficio propio.

¿Cómo podemos, pues, creer a los que prometen sacarnos de la crisis con recetas reaganianas?

Siembran el odio ultra y esconden la mano asesina

30 jul 2011
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La monstruosidad de Utoya parece sacudir por fin cierto resto de conciencia entre algunos de los nuevos ideólogos del odio ultraderechista, pero la mayoría sigue pretendiendo que difundir propaganda incendiaria contra minorías, inmigrantes, progresistas y feministas no es más que una forma de defender valores ancestrales.

Sólo horas después de que Timothy McVeigh masacrara en Oklahoma a 168 conciudadanos, entre ellos 19 niños de una guardería pública, cientos de patriotas estadounidenses se lanzaron a atacar mezquitas en varios estados del país, pues semejante atrocidad sólo podía haber sido cometida por un terrorista islamista. Pero cuando se descubrió que el autor era un supremacista blanco, los mismos neocons que habían instigado a las turbas a matar musulmanes, en venganza por esa acción, saltaron a la palestra para defender el sagrado derecho de los fanáticos como McVeigh de seguir armándose, entrenándose en técnicas militares y difundiendo libelos xenófobos.

Algo parecido está ocurriendo ahora en la caverna europea, que trata de esconder su responsabilidad tras instigar las mismas ideas asesinas de Breivik con una virulenta campaña de inquina contra todos los que no comulguen con su doctrina fundamentalista. En España, el diario altavoz de ese totalitarismo fingió en portada que la noticia era que “la izquierda esconde que el asesino es masón”. Nunca rectificó esa falsedad pueril.

Aunque lo más grave es que esos agitadores del odio, pese a la ferocidad de su cachorro noruego, sigan culpabilizando a las víctimas e instigando el fanatismo, amparándose en una libertad de expresión que no toleran a los demás.

El enemigo sabio y el amigo tonto de Afganistán

29 jun 2011
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Sordo a las explosiones y al fuego cruzado que han destruido el hotel Intercontinental de Kabul, simbólico refugio para todos los extranjeros que hemos viajado por Afganistán, el presidente Obama proclamaba ayer que “la marea de la guerra se retira”. Era un mensaje de consumo interno, para tranquilizar a los estadounidenses que exigen poner fin a la sangría económica del legado militarista de Bush; pero parecía una broma macabra para los residentes en la capital afgana, la única ciudad del país que era considerada segura hasta hace tres años.
No digamos ya lo que pensarán los miles de desplazados afganos que se hacinan en campos de refugiados en las afueras de Kabul tras huir del frente, en Helmand o Kandahar, donde la población no nota que baje la marea bélica, sino que aumentan los bombardeos aliados en zonas habitadas en las que se multiplican los daños colaterales, es decir las muertes de cientos de civiles.
Obama no retira a sus tropas de Afganistán porque el Pentágono esté ganando la guerra contra el terror de Al Qaeda, sino porque cada soldado desplegado en ese remoto campo de batalla cuesta un millón de dólares al año. Es fácil hacer la cuenta de lo que se ahorra sacando del avispero talibán a 33.000 militares antes de que acabe 2012, año electoral en EEUU.
Incluso en 1989, cuando las fuerzas soviéticas se retiraban de Afganistán y los muyahidines asediaban Kabul, el Intercontinental era el remanso de paz que todos ansiábamos al regresar del frente. Así que la matanza de ayer muestra que los ejércitos aliados tienen menos control de la situación que el que mantuvo durante años el régimen legado por Moscú.
Porque la URSS era “un enemigo sabio”, me decía hace unos días un excombatiente muyahidín de la época, “y más vale tomar veneno con un enemigo sabio, que vino con un amigo tonto”.

Intereses espurios del expolio sin beneficios del Sáhara Occidental

29 jun 2011
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Los que aducen que el Movimiento 15-M no tiene la legitimidad parlamentaria que da las urnas deberían fijarse en los actos ilegítimos que cometen los gobiernos europeos en el Sáhara Occidental, en flagrante desprecio del dictamen jurídico del Parlamento Europeo sobre la ilegal explotación de los recursos naturales de los saha-
rauis y en provecho de la potencia ocupante y de las grandes compañías occidentales.
Resulta ser que las resoluciones de los eurodiputados no importan lo más mínimo a nuestros gobernantes, que siempre consideran prioritarios los resultados económicos –es decir, los de las corporaciones que están esquilmando la pesca y los recursos minerales saharauis– frente a los derechos de los ciudadanos. Puesto que todos los gobiernos de la UE son plenamente conscientes de la injusta expoliación que están padeciendo los saharauis, pero han decidido hacer caso omiso a sus propios legisladores, argumentando que no se pueden perjudicar, con los tiempos que corren, a las maltrechas economías de las sociedades que dirigen.
Tamaña falacia pretende ocultarnos que los que de verdad se aprovechan de ese expolio son los ocupantes de un territorio cuya autodeterminación, exigida por la ONU, jamás se ha respetado. En realidad, las compañías europeas ni siquiera hacen gran negocio en el Sáhara (la aportación económica de la UE a Marruecos a cambio de pescar en las costas saharauis es incluso superior al rendimiento que obtienen nuestros pesqueros), pero legitiman a las empresas marroquíes que operan allí y que sí sacan buena rentabilidad de sus explotaciones.
La verdad es que nuestros políticos sólo buscan beneficiar intereses espurios. Por eso no nos representan… aunque consigan muchos votos.