Con Bastenier, el verbo se hizo periodismo

Desde la guerra de las Malvinas a la de Siria, Miguel Ángel Bastenier y yo no dejamos de discutir sobre la realidad internacional –incluida España– ni un momento, a pesar de que estábamos de acuerdo en casi todo. Por eso eran tan fructíferas nuestras discusiones; por eso y porque él poseía una de las mentes más lúcidas del periodismo moderno y una erudición histórica y cultural sin parangón.

Ese inmenso poderío intelectual, sólo superado por su infinita capacidad de trabajo, le convirtió en el gran maestro del periodismo contemporáneo en lengua española –aunque dominaba inglés y francés con idéntica desenvoltura–, como así lo reconociera hasta Gabriel García Márquez, del que fue íntimo amigo y en cuya Fundación Nuevo Periodismo Latinoamericano de Cartagena de Indias impartió clases magistrales durante muchísimos años y hasta el pasado verano, pese a que ya estaba muy enfermo.

No sólo ha sido un periodista “de raza” –escribió su última columna en el lecho de muerte sólo 48 horas antes de fallecer– sino que para la mayoría de los que ejercemos este oficio se convirtió en el paradigma del periodismo cabal, honrado y verdadero. Sus enseñanzas –también impartidas durante 35 años en la Escuela de Periodismo de El País– perdurarán para la historia de la profesión, tanto en las páginas de sus soberbios manuales El blanco móvil (Aguilar, 2001) y Cómo se escribe un periódico (Fondo de Cultura Económica de España, 2009) como en los casi 85.000 tuits que dedicó al análisis preclaro de la actualidad y a la disección de los hábitos, defectos y logros periodísticos.

Porque gran parte de esos tuits eran aforismos geniales sobre la relación entre la realidad y el periodismo; máximas inapelables sobre lo que muy pocos saben de este espinoso tema y nadie podía sintetizar como él:

Esos preceptos Bastenier –que muchos se niegan a aceptar porque no pretenden interpretar los hechos sino intoxicar a los lectores– se cuentan por centenares, y afortunadamente los plasmó por escrito participando incansablemente en las redes digitales, que consideraba el vehículo periodístico no del futuro sino del presente. Pero los que tuvimos la suerte de escuchar esas lecciones de sus labios, en pleno trabajo febril durante cualquiera de las decenas de crisis mundiales cuya cobertura y narración coordinó y ejecutó, aprendimos una esencia profesional extraordinaria.

Como jefe –más bien comandante– de Información en un diario, Baste (como muchos íntimos le llamábamos) era un auténtico volcán: inagotable fuente de instrucciones, datos, diatribas y hasta insultos que muchos no soportaban pero que ocultaban, tras esa gruñona personalidad, un carácter entregado y leal. Ese temperamento ácido y mordaz escondía una naturaleza generosa y noble. Los que crecimos profesionalmente gracias a él le debemos la mayor parte del núcleo de valores y principios que nos han formado y nos permiten hoy transmitir esos conocimientos a las siguientes generaciones.

En cambio, los que se molestaban por sus agrias palabras cuando consideraba que no estaban a la altura de la profesión no lograron asimilar los principios esenciales del periodismo. Yo mismo he repetido muchas veces a los redactores júnior axiomas bastenieranos del estilo de:

“Hay dos tipos de periodistas: los rápidos y los que no son periodistas”. Siempre precediéndolo de: “Como dice Bastenier”… para que no se lo tomasen a mal. Cosa que a menudo no he conseguido.

Más allá del periodismo, Bastenier era un referente mundial de la información internacional. Nos lega una biblioteca borgiana de miles de obras notables sobre historia moderna y contemporánea, la mayor parte en inglés o francés, escritas por eminentes investigadores… todas ellas leídas por él –y subrayadas a bolígrafo en casi cada página, ya que no le preocupaba la apariencia de las cosas– en una trayectoria vital de estudioso inigualable. Leía a tal velocidad en cualquiera de los tres idiomas que más dominaba, que a todos esos libros hay que agregar la lectura diaria de media docena de los periódicos más importantes del mundo, así como otras tantas revistas internacionales cada semana.

Así acumuló un océano de conocimiento. Y no de un centímetro de profundidad, como nos ocurre a muchos periodistas, sino de magnitudes abisales. Debatir con él sobre actualidad internacional e historia mundial era un lujo que no muchos especialistas eran capaces de hacer, y los mayores expertos en esa área –a uno y otro lado del Atlántico– le respetaron siempre como uno de los suyos… no como un mero periodista, sino como un auténtico historiador. Título que él nunca quiso arrogarse, pese a haberse licenciado en Historia por la Universidad de Barcelona.

Bastenier ha sido –sigue siendo– un gigante del periodismo, un coloso de la información internacional, un científico del análisis histórico que pudo mantenerse en la palestra hasta el último de sus días gracias al apoyo incondicional y abnegado de su doblemente esposa y singularmente compañera, la escritora y periodista Pepa Roma. Para mí fue, además, mi mentor, maestro, camarada y amigo. Mi mayor logro profesional ha sido que él acabase sintiéndose orgulloso de mi evolución.

Como él mismo escribió, sólo una semana antes de morir, para finalizar una de sus excepcionales columnas: ” Así fue como el verbo se hizo periodismo”. Con Bastenier.