Moncho Alpuente, la esencia del vivir

Se acercaba al final de su vida y la vivía como si acabase de empezar. Hacía un nuevo amigo y su espíritu lo abrazaba como si lo fuera desde la infancia. Porque Moncho Alpuente (1949-2015) era la misma esencia del vivir; nadie tuvo su vitalidad, su coraje, su humor, su ingenio… ni su amor por el prójimo, su solidaridad, afecto y ternura con todos, pero especialmente con los desposeídos y los marginados.

Tal como mostraba con su sarcástica agudeza habitual en su última columna, publicada en este diario la propia víspera de su muerte, La peineta griega, al denunciar la salvaje injusticia de la oligarquía financiera europea con Grecia: “…es una provocación intolerable, proteger a los parados, pagarles la luz a los insolventes y subir el salario mínimo mientras los acreedores sufren tremendas penalidades pensando que nunca van a cobrar lo que les deben porque los griegos derrochadores e irresponsables se van a gastar lo que no es suyo en los pobres ¿habrase visto tamaña ofensa?”

La suya fue una vida riquísima porque todo lo que hizo se lo ofreció a los pobres, sus artículos, sus canciones, sus obras de teatro y musicales, sus programas radiofónicos y televisivos… porque de todo hizo –y siempre bien– Moncho en su polifacética trayectoria de periodista, escritor, guionista, compositor, dramaturgo, actor, cantante, director, presentador… pero, sobre todo, amigo, pues siempre fue el mejor que se podía tener. Y todos los que lo fuimos siempre lamentaremos no haber sido capaces de estar a su altura en esa dimensión donde él era un gigante: la amistad.

Porque su frágil y pequeño cuerpecito quedaba desmentido por su inquebrantable entereza y su enorme corazón. Tan quebradizo era su cuerpo que en una ocasión –me contó su viejo amigo Javier Krahe– se rompió ambos brazos al tropezar, caer al suelo de bruces y tratar de protegerse con ellos. Pues bien, durante la larga convalecencia con las dos muñecas escayoladas, no dejó de escribir ni un solo día: contrató a una mecanógrafa a la que dictaba los textos que seguía trenzando en su incansable mente.

Él escogió Cabeza de ratón como nombre de su postrera columna periodística, en Público, porque, me decía, toda su vida creyó firmemente aquello de que “más vale ser cabeza de ratón que cola de león”. Y llevó a la práctica, día a día, esa convicción de que no se puede renunciar a la independencia ni a los principios por intentar trepar en la estructura de los colosos mediáticos, como muchos colegas de su profesión han hecho.

Así que al final de su vida se encontró apartado por algunos de los más poderosos magnates de los media y el show-business a los que tanto había ayudado Moncho, con su inagotable inspiración, a levantar auténticos imperios. Entre el incalculable legado que nos deja, figura una inédita comedia musical sobre Franco, hilarante y descarnada burla del dictador, cuyo muchas veces planeado estreno en la Gran Vía era su mayor ilusión. Pero, como tan a menudo le ocurriera a lo largo de su vida, se topó una y otra vez con los temores e indecisiones de los que se escandalizaban con su ingenio iconoclasta, su ironía descarnada contra los poderosos, y pretendían corregirle lo impecable.

Autor de una docena de libros, de otros tantos espectáculos teatrales y espacios radiofónicos o televisivos, de decenas de canciones y guiones, y de miles de opúsculos de todo tipo, sólo su inconmensurable humanidad estaba por encima de su brillante intelecto, y sólo su compromiso con la justicia social superaba su ilimitada capacidad de trabajo. Nadie podrá ocupar su lugar.

Hasta siempre, Moncho.