Aymán al Zauahiri no es el nuevo líder de Al Qaeda. Siempre lo ha sido.
Lo fue como fundador, cuando en Peshawar se sentaba junto a Bin Laden, dejándole hablar para la prensa, mientras él actuaba en silencio para la causa de los muyahidines. Lo era mientras diseñaba la estrategia –y designaba a sus hombres de confianza como responsables de la logística– para cometer el mayor atentado terrorista de la historia. Y lo seguía siendo cuando escapó de Tora Bora con Osama y preparó un escondite perfecto para el gran icono del yihadismo fanático.
En cambio, ahora que el cerebro gris del 11-S, el auténtico artífice de la red de terrorismo global islamista, ha sido designado públicamente como “emir” de Al Qaeda, es cuando este médico egipcio acaba de dejar de ser el jeque de la organización. O, más bien, cuando tiene que compartir una dirección colegiada con otros dos príncipes del terror.
Después de Bin Laden, La Base ha quedado al cargo de un triunvirato formado por Al Zauahiri –encargado de dar la cara, como siempre hizo–, Ibrahim al Rubaish –clérigo saudí que no sólo nació en la tierra del Profeta, sino que porta el manto de haber salido incólume tras cuatro años en Guantánamo– y Abú Yahya al Libi –quien labró su leyenda al lograr fugarse, en julio de 2005, de la siniestra base de EEUU en Bagram, y es ahora el jefe de operaciones en Afganistán–.
Aunque el verdadero padrino de Al Qaeda es la Inter-Services Intelligence (ISI) de Pakistán, así que seguirá encontrando reemplazo si cualquiera de ellos es liquidado.
Que ¿cómo sé todo eso? Sólo hay que preguntarles a los que lo saben.
Shadi Hamid mira intensamente a su interlocutor y espeta, subrayando enfáticamente cada palabra: “Ya no podemos seguir hablando de una Primavera Árabe, porque se está demostrando nuestra impotencia para frenar el derramamiento de sangre en Siria, Yemen, Libia o Bahrein. Hasta ahora, pensábamos que el pueblo podía ganar con las nuevas armas de Twitter, Facebook y YouTube, pero los regímenes dictatoriales tienen fusiles y tanques… y a veces, muchas veces, ganan los tanques”.
Aunque sea con menor rotundidad y vehemencia que Hamid, director de Investigación del Centro Brookings de Doha (Qatar), ese mismo análisis pesimista de la situación actual de las revoluciones juveniles en el mundo árabe es compartido por muchos de los mismos blogueros y activistas que impulsaron las revueltas, como se pudo comprobar en el Arab Media Forum. Esta conferencia internacional de medios de comunicación sobre la marea de cambios democráticos en la región se celebró hace diez días en Dubai y congregó a decenas de los más relevantes creadores de opinión del mundo árabe.
Por supuesto, “cada situación nacional concreta tiene condiciones propias muy diferentes a las de los demás países”, como subraya Najib Abu-Warda, profesor de Relaciones Internacionales de la Complutense. Pero lo que está más que probado es que las rebeliones populares no han triunfado en Libia, donde la guerra civil parece encaminada a dividir el país, ni en Yemen, donde las manifestaciones se han transformado en baños de sangre, ni en Siria, donde el régimen de Bashar al Asad está decidido a masacrar a los líderes opositores… igual que ocurre en Bahrein, ocupado por las tropas saudíes y donde se están cometiendo crímenes de lesa humanidad, como obligar a los médicos a delatar y a no curar a los heridos en las manifestaciones, sin que la comunidad internacional se conmueva.
“La opinión pública ya no reacciona a la represión en Bahrein porque tenemos procesos revolucionarios en marcha en siete países árabes y es muy difícil concentrar la atención en todos ellos”, explica Hamid. “Y a menudo lo que vemos en Twitter y Facebook nos ofrece una imagen distorsionada de la realidad, porque la mayoría de los que participan en esas redes sociales son laicos progresistas, mientras que, por ejemplo, la mayor parte de los egipcios son religiosos y conservadores. Sólo 9,5 de los 85 millones de egipcios están en Facebook, mientras que el más poderoso movimiento social de Egipto es el de los Hermanos Musulmanes”.
Algo parecido opina Sultan al Qassemi, presidente de la Fundación de Jóvenes Líderes Árabes: “Se ha exagerado mucho el efecto de las redes sociales en el éxito de los movimientos populares tunecino y egipcio; han permitido que nos comuniquemos, pero no son el germen de esas revoluciones. Las movilizaciones sindicales y opositoras en Egipto son muy anteriores a esos fenómenos de internet”.
Cortes de luz y teléfono
En otros países, esas redes de internautas pueden incluso empezar a ser contraproducentes, como en Siria, cuyos servicios secretos se están aprovechando de esas mismas herramientas para diezmar a la oposición. Hace sólo cuatro meses que Damasco dio a sus ciudadanos acceso libre a Facebook y YouTube, pero lo que parecía un avance de la libertad de expresión se ha convertido en una trampa represiva, ya que la Policía localiza a los disidentes a través de su dirección IP en la red, los detiene y procesa usando como pruebas lo que han publicado en internet, y los obliga a revelar sus códigos de acceso para luego modificar sus páginas web personales, llenándolas de contenidos favorables al régimen.
Para impedir la coordinación de las protestas callejeras, el Gobierno sirio no trata de bloquear el acceso a internet en todo el país, como hizo Hosni Mubarak infructuosamente en Egipto, sino que corta la electricidad y las líneas telefónicas fijas y de móviles de un barrio rebelde concreto en los momentos de mayor tensión. “Usan esas tácticas para impedir las comunicaciones entre la población”, denuncia Radwan Ziadeh, director del Centro de Estudios sobre Derechos Humanos de Damasco.
No sólo están consiguiéndolo, sino que han creado también un “Ejército electrónico sirio” que emplea las armas de la red para desacreditar a la oposición y que ya cuenta con 60.000 seguidores en Facebook.
Según el director del programa de Innovación del Instituto de Gobierno de Dubai, Fadi Salem, en estos momentos hay unos 580.000 usuarios de Facebook en Siria, cifra que se ha más que duplicado desde que Damasco levantó el veto a esa red, el 9 de febrero.
A pesar de esa estrategia de represión electrónica, “la única forma en la que podemos conseguir información sobre la situación interna en Siria es a través de los ciudadanos-periodistas”, afirma Ammar Abdulhamid, un activista sirio residente en Maryland (EEUU) que ha ayudado a organizar el envío de teléfonos satélite, cámaras digitales y portátiles a la oposición. “Si no fuera por ellos, no sabríamos nada de lo que ocurre”.
Otro tanto ha ocurrido en los demás países árabes, hasta hace poco aislados del mundo por unos medios de comunicación oficialistas hasta rayar en el autismo. El caso más espectacular fue el primero, Túnez, donde “tenemos cuatro millones de usuarios de las redes sociales de internet, el 40% de la población total”, explica el periodista Zied el Heni, uno de los blogueros más activos de la revolución, cuya página web fue cerrada en el pasado por el régimen de Ben Alí, que también asaltó su oficina y se incautó de todos los ordenadores y discos duros que poseía. “Los blogs juegan el papel de medios de comunicación alternativos para compensar el fracaso de la prensa y la TV oficiales árabes”.
“Mi madre siempre me había criticado, acusándome de ser un irresponsable con mi activismo opositor porque ponía en peligro el futuro de mis tres hijas”, recuerda El Heni. “Pero cuando estalló el levantamiento popular, un día me llamó para preguntarme cómo es que no salía a la calle a manifestarme con los demás”.
De Twitter a la Casa Blanca
Incluso Shadi Hamid reconoce el papel crucial que han tenido las redes sociales en la Primavera Árabe. “Durante la revolución de Egipto, yo seguía el Twitter local y contaba lo que decían a Al Yazira. Después, en la misma Casa Blanca veían esa cadena de televisión y se enteraban de los hechos”. En cambio, “en los años noventa, la revolución fracasó en Argelia porque el resto del mundo no estaba prestando atención. Millares fueron asesinados, muchos más fueron enviados a campos de concentración, pero no hubo repercusión internacional porque no existían entonces las redes sociales y los medios de comunicación clásicos no se hicieron eco de esa barbaridad”.
También Sultan al Qassemi, quien llegó a tener 70.000 seguidores en Twitter cuando relataba la revuelta en la plaza Tahrir de El Cairo, tiene que admitir la repercusión de lo que ya se denomina el quinto poder: “Vi que la mayor parte de los blogueros escribían en árabe y me puse a traducir sus twitters al inglés. Lo hacía en sólo 45 segundos y así descubría al resto del mundo las maniobras del régimen de Mubarak, como cuando lanzó a sus esbirros a atacar a los manifestantes”.
Así se suplió la falta de prensa independiente, subraya el famoso presentador de la televisión egipcia Hamdi Kandil: “Los medios clásicos no podían ser plataforma de la revolución ni cubrir objetivamente los acontecimientos, a causa de la opresión a la que estaban sometidos, pues en los meses previos más de mil periodistas habían sido procesados por instigar la subversión. Fue una confiscación de las libertades”.
Presa por conducir un coche
Ese cerrojazo a las libertades se refuerza hoy en los países del mundo árabe cuyos dictadores se han propuesto no correr la misma suerte que Ben Alí y Mubarak. En Arabia Saudí, acaba de ser encarcelada Manal al Sharif por atreverse a conducir un coche, algo prohibido a la mujer en nuestro gran aliado petrolero.
Pero la verdadera razón de su pena de cinco días de prisión es otra, ya que normalmente esa infracción se salda con un mero apercibimiento. Al Sharif está convocando a través de internet una protesta en demanda de derechos de la mujer para el 17 de junio, y las autoridades saudíes “no quieren que nadie se crea que puede organizar algo así a través de Facebook”, aclara su colega Wajiha Howeidar.
Incluso donde ha caído el régimen, como Egipto, sus sucesores preparan leyes para limitar derechos y libertades. “Si no hay un auténtico cambio constitucional, fracasará la revolución, porque la gente se conformará con llevar a juicio al clan de los Mubarak”, asegura el bloguero Faisal J. Abbas.
La primavera acabó y sólo queda un ardiente verano árabe que puede conducir al otoño de los sueños de libertad.
Justo al día siguiente de que el fiscal Brammertz presentase sus primeras conclusiones denunciando la “insuficiente” colaboración de Belgrado en la persecución del carnicero de los Balcanes, el primer ministro serbio anunciaba ayer su captura y aseguraba que “todas las puertas de adhesión a la UE están ahora abiertas”. Boris Tadic también aseveró: “Hemos limpiado nuestro nombre y el nombre de todos los ciudadanos serbios”.
Esta última afirmación es falsa, y la primera también debería serlo. Después de 16 años de burla a la Justicia internacional, Serbia pretende haber lavado todas sus culpas con la entrega de un solo hombre –por abominables que fueran sus crímenes– sin que nadie responda por ese largo encubrimiento de un genocida que al final fue hallado en un domicilio familiar al que hace años que informaciones periodísticas señalaban como su posible escondite. Durante ese tiempo, Ratko Mladic incluso participó en cacerías en bosques remotos y asistió a fiestas de cumpleaños de sus antiguos camaradas de armas, como mostraron los vídeos caseros aparecidos en 2009, donde se le veía bailar y celebrar.
No cabe la menor duda de que altos oficiales del Ejército serbio le ayudaban a eludir a la Justicia, y estos siguen jugando un papel relevante en la política del país. Dar ahora por buena la salud democrática de Serbia como para incorporarse a la UE sería bajar de nuevo la guardia como se hizo con las prisas de acoger a otros países de la Europa del Este, cuyos gobiernos siguen exhibiendo muchos años después comportamientos antidemocráticos, exacerbando la xenofobia, limitando la libertad de expresión y coartando los derechos de las minorías en el propio seno de la Unión.
Seríamos más que ingenuos si creyésemos que los militares serbios merecen el título de demócratas sólo por haber entregado a uno de los suyos.
Según el premio Nobel de la Paz que reside en la Casa Blanca, la “legítima defensa” consiste en matar a tiros, en cuanto se le pilla desarmado, al criminal que diez años antes ordenó una matanza. Cuando se arroja su cadáver al mar, “se ha hecho justicia”. Y el que no esté de acuerdo con esta nueva jurisprudencia, “que se lo haga mirar”… presumimos que por su propio bien, claro.
Según el autoproclamado “único país democrático de Oriente Próximo”, violar 34 resoluciones de la ONU y mantener durante más de cuatro decenios un régimen militar implacable sobre la población de los territorios que su Ejército ocupó por la fuerza de las armas, sólo demuestra la legitimidad de las acciones del Estado judío.
Según la vecina patria de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pretender que las Naciones Unidas estudien las violaciones de los derechos humanos cometidas con los saharauis por su gran aliado marroquí, que de paso ha incumplido otras 17 resoluciones de la ONU, es algo intolerable.
Según la alianza que se autodefine como máxima defensora de la libertad mundial, bombardear poblaciones en Afganistán, Irak o Libia es un acto de pleno derecho aunque mueran decenas, incluso miles, de mujeres,
niños y ancianos, siempre que esos mismos aliados hayan prejuzgado –sin perder tiempo con procedimientos jurídicos– que había algún culpable en los alrededores.
Y, según todos ellos, los demás deben abstenerse de imitarlos, ya que si lo hacen serán estrangulados económicamente y atacados militarmente… ¡con toda justicia!
Al fin está todo claro. Tras 40 minutos de “feroz tiroteo” (los dos disparos que hizo Abu Ahmed desde el interior de su casita de guardés, antes de ser acribillado), la veintena de rambos de los Navy Seals alcanzó el piso superior de la mansión fortificada y halló al enemigo número uno de la humanidad.
Antes, en su peligroso ascenso por la escalera hostil, Jaled –uno de los hijos del maligno– se había arrojado gritando contra el reducido grupo de hombres armados, que tuvieron que liquidarlo. Cuando alcanzaron la guarida, Bin Laden seguía impertérrito, pero junto a él lucían amenazadores –al alcance de su mano– su fusil AK-47 y su pistola Makarov; las mismas armas que siempre portó desde que combatió en Afganistán hace más de 20 años.
Ante esa patente amenaza, y pese al intento de interponerse de una mujer cómplice, uno de los comandos abrió fuego a quemarropa, en defensa propia, y la bala entró por el ojo izquierdo del asesino múltiple. Aun así, hubo que descerrajarle un segundo tiro en el pecho para salvaguardar la integridad física de los servidores de la ley, prioridad mucho más alta que la remota posibilidad de que el líder de Al Qaeda pudiera saber alguna cosa de interés sobre las redes terroristas internacionales.
Todo salió bien, gracias a que Khalid Sheikh Mohamed –quien se negó a hablar las 183 veces que fue sometido a interrogatorios “mejorados” sumergiéndole la cabeza en agua– finalmente se decidió a delatar a Abu Ahmed, cuando se lo volvieron a preguntar amablemente.
¿Cómo objetar a esta impecable versión de los hechos?
Lo que más aterra del asesinato selectivo (mujer-escudo-humano incluida, según la primera versión oficial, luego desmentida) de Bin Laden es que el presidente de EEUU considere –y proclame– que “se ha hecho justicia” porque fuerzas de élite le han pegado un tiro en la cabeza al enemigo declarado y luego han arrojado su cadáver al mar. Si ésta es la forma en que Obama cree que se hace justicia, entonces se explica por qué ha perpetuado infamias de la “guerra contra el terror” de Bush como el penal ilegal de Guantánamo o las renditions (entregas) de sospechosos a terceros países donde se sabe que van a ser torturados y/o ejecutados.
Como el mundo entero ha de celebrar la desaparición de un líder de terroristas, responsable de espantosas masacres, resultará que pronto confundiremos la venganza violenta, la aniquilación militar de los (presuntos) criminales, con la administración de justicia. Pues incluso tratan de convencernos de que “a Bin Laden se le dio la oportunidad de entregarse antes de darle muerte”. ¿También le hicieron la prueba del ADN, para verificar su identidad, antes de dispararle?
La Casa Blanca admite que las órdenes eran “matar a Bin Laden”, y no capturarlo, pero sorprende que el comando de los Seals tuviera tanta prisa en deshacerse de su cadáver, cuando sin duda se hubiera extraído información interesante de su examen forense. Igual que su interrogatorio habría sido altamente instructivo… sobre todo en las celdas de tortura de la base estadounidense de Bagram, en Afganistán, adonde llevaron su cadáver, tras al parecer rematarlo de un segundo disparo.
Entonces, ¿por qué no se intentó apresarlo con vida? ¿Ya no necesitan sus ejecutores conocer lo que él sabía sobre las conspiraciones terroristas contra EEUU? Lo único indudable es que no querían que compareciera ante un tribunal.
Y eso no tiene nada que ver con la Justicia.
Ya no se sabe si son más extravagantes los amigos de Aznar como Gadafi o los amigos de McCain y Sarkozy como los dirigentes insurgentes libios –algunos de los cuales combatieron con Bin Laden–, cuyo actual líder, Abdeljalil, era el ministro de Justicia del régimen tiránico… o incluso los amigos de Cameron como el excanciller desertor libio, Musa Kusa, quien dirigía los servicios secretos cuando organizaron el atentado terrorista de Lockerbie, que mató a 270 personas en Reino Unido.
Puestos a conservar amistades, Obama ha decidido mimar al jefe del Comité Militar Supremo egipcio, el general Tantawi, a quien los diplomáticos estadounidenses llamaban (véase Wikileaks) “el perrito faldero de Mubarak”, otro examigo que Israel y Arabia Saudí trataron de mantener en el poder, en una extravagante alianza inamistosa para salvar al raís, hoy preso por acumular una fortuna descomunal a costa de la miseria de su pueblo.
Ahí tenemos (en Yemen) al amigo Saleh, con el que EEUU contaba para frenar a los asesinos de Al Qaeda y que ahora se dedica a masacrar a sus compatriotas manifestantes, pero que va a gozar de una inmunidad absoluta según el punto final forjado por nuestros amiguísimos reyes, emires y sultanes del golfo Pérsico.
En cambio, en Siria nuestra única amiga era la bella esposa de Al Asad y después de las últimas matanzas tendremos que hacer amistad con sus adversarios… que (ahí, en ese país, sí) resultan ser islamistas enemigos jurados de Occidente.
Tanta extravagancia hemos alimentado en el mundo árabe, que el nuestro está patas arriba. Pero seguimos haciendo amistades peligrosas… siempre que vemos la oportunidad de hacer grandes negocios con esos amiguitos del alma tan aficionados a la tiranía.
Fukushima no tiene nada que ver con Chernóbil. Para empezar, no es un solo reactor, de tecnología obsoleta y sin edificio de contención, que estalla por la imprudente temeridad de los operarios; sino tres (o cuatro) reactores de alta gama, con todos los sistemas disponibles de seguridad y aislamiento, que un mes después de un accidente previsible siguen fuera de control y emitiendo radiactividad.
No se trata de un régimen totalitario y oscurantista que se niega a informar de la realidad; sino de un Gobierno democrático y una multinacional que se empeñan en negar día a día la gravedad creciente de la situación.
No está en una zona rural de la remota estepa, de la que hubo que evacuar a más de 100.000 personas y donde fue contaminada un área de hasta 500 kilómetros de distancia de la central; sino en una región densamente poblada, donde viven más de 200.000 personas en un radio de 30 kilómetros, junto a la costa de cuya pesca depende la alimentación de los japoneses y a 240 kilómetros de la mayor ciudad del mundo.
No se ha tardado seis días en evacuar un perímetro de 36 kilómetros en torno a la planta, sino que aún sigue el Gobierno minimizando el riesgo acumulado para la población a esa distancia.
No, esto no es Chernóbil.
Ciertamente, el nivel de radiactividad del agua de Fukushima que se está arrojando al Pacífico no supone un riesgo inmediato para el entorno. Sin duda, la radiación desprendida por los reactores destruidos en sucesivas explosiones e incendios, no presenta todavía una amenaza directa para los residentes más allá del radio de exclusión de 30 kilómetros en torno a la central. Claro está, las minúsculas concentraciones de partículas radiactivas que se han repartido ya por todo el planeta son tan insignificantes que su impacto sobre nuestra salud será nulo.
Ahora bien, la afición de las autoridades y los ejecutivos de la industria nuclear por minimizar las causas y los efectos de los “incidentes” atómicos raya en el delito. Tras el fallo masivo del sistema de refrigeración por la destrucción de los generadores de emergencia, tanto la Tepco como el OIEA sostuvieron que la avería sería controlada sin fugas importantes y que el accidente era imprevisible por la magnitud del seísmo y su tsunami.
Ayer, 18 días después de la catástrofe y con cuatro reactores fuera de control, el director del OIEA por fin admitió: “Está claro que lo que hicimos nosotros, los estados miembros y las empresas nucleares [para garantizar la seguridad] no fue suficiente”. Poco antes, el Gobierno de Tokio reconocía su impotencia ante un escape radiactivo que tendrá “un enorme impacto en el océano” si no se frena pronto. Y el portavoz de la Tepco se puso a llorar cuando pidió perdón a la región y sus habitantes.
Lo peor es que no sabemos cuáles serán las consecuencias de este desastre. Pero casi tan malo es que los padrinos políticos de la industria atómica sigan vendiéndonos certezas de las que carecen.
Resulta que nadie quería atacar Libia… salvo Sarkozy. Berlusconi insiste en que la OTAN debe dirigir una operación limpia de vigilancia de los cielos, y trata de conseguir un alto el fuego lo antes posible, quizá asustado por las conquistas de las fuerzas rebeldes. Hasta llegó a amenazar con retirar el permiso a los aliados para utilizar las imprescindibles bases aéreas italianas.
Merkel se opone a cualquier acción militar, hasta el punto de que retiró los buques alemanes del dispositivo de embargo de armamentos. Cameron repite como un mantra que jamás enviará a la infantería británica a tierras libias.
Obama promete a los estadounidenses que no se va a meter en otra guerra y retuerce los brazos de los europeos hasta que acceden a regañadientes a tomar el mando de la intervención militar.
Sólo Sarkozy –quien tanta prisa tuvo en reconocer la legitimidad del Consejo Nacional insurgente… cuando aún no existía– parece entusiasmado. Puesto que se puso a bombardear tropas terrestres del régimen antes de imponer la zona de exclusión aérea que autorizó la ONU.
Vistas las magníficas relaciones –sobre todo, de negocios– que Sarkozy y su gente mantenían con los déspotas de Túnez y de Egipto (hoy derrocados), sorprende la pasión con la que salió a destruir al de Libia, sólo tres días después de que el Gadafi hijo asegurase que ellos habían financiado la campaña electoral del presidente francés.
Aunque lo más insólito de todo es que uno de los diarios más militantes de Berlusconi, Libero, que suele dedicarse a ensalzar su figura política, saltase con la “exclusiva” en portada de que Sarkozy montó la rebelión contra Gadafi. El periódico de Il Cavaliere aportó todos los detalles de las maniobras de los espías franceses a partir de noviembre y hasta desveló la identidad del agente doble libio (Nouri Mesmari) que impulsó la sublevación y acabó asilado en París. Vaya, cosas que sólo pueden saber los servicios secretos de un país rico.
Está claro que todo esto a Italia le ha arruinado una alianza económica exuberante con el antes amiguísimo Gadafi, y que Francia lleva ahora todas las de ganar en el futuro reparto del petróleo libio.
Pero, caballero, aun así hay cosas que no se cuentan. ¿No?