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El tablero global

Carlos Enrique Bayo

El 11-S fue utilizado como coartada para imponer el orden mundial ‘neocon’

12 sep 2011

Diez años después, todo el mundo habla de las consecuencias, pero casi nadie se pregunta por las causas. Así que… empecemos hablando de las consecuencias. Sobre todo, de la catástrofe económica que hemos heredado de la insensata respuesta neocon a la hecatombe del 11-S.

George W. Bush reconoció hace unos días al National Geographic Channel que ganó la Casa Blanca en 2000 prometiendo una política exterior “modesta”. Un año más tarde, halcones como Cheney, Rumsfeld y Wolfowitz se apropiaban de la agenda internacional de la única superpotencia, convirtiéndola en una contienda bélica permanente e interminable: la guerra contra el terror que, por definición, se prolongará hasta el fin de los tiempos. Pero, lo más relevante es que “ninguno de ellos se fijó en la economía, igual que ninguno de los teóricos neocon, como Kagan, Krauthammer, Kristol o Lewis, se ocupó tampoco de los problemas económicos”, explica Peter Beinart, investigador de la New American Foundation, quien en su día fue adalid de la invasión de Irak.

“Los neocon se hicieron con el timón de la política exterior de EEUU después del 11-S”, admite Beinart, “pero sólo pudieron manejarlo porque el 11-S le había metido el turbo al motor de la nave. Y ese motor era la disposición de los estadounidenses a derramar su sangre y gastar su fortuna en el otro extremo del mundo. Hoy, ese motor chisporrotea y la mayor parte de los norteamericanos ya no creen que eso por lo que luchamos en Afganistán merezca sacrificar las vidas de sus jóvenes, ni que seamos capaces de pagarlo”. Ningún ideólogo de la Administración Bush se centró en los problemas económicos que estaba generando su doctrina neoliberal y que acabarían llevando al planeta a la catástrofe financiera. “El neoconservadurismo post11-S daba por sentado que siempre habría dinero para una política exterior cuasi imperial”, continúa Beinart, “y que, si fuera necesario, siempre se podría recortar el gasto público para asegurarse de que al Pentágono no le alcanzaran los tijeretazos”.

A los neocon nunca se les ocurrió que EEUU no podría permitirse sendas guerras en Afganistán e Irak. Esas contiendas, según la estimación “más conservadora” de la Universidad de Brown, no sólo causaron la muerte de 137.000 civiles y convirtieron a 7,8 millones de personas en refugiados, sino que también supusieron un coste económico total (incluyendo los intereses de la deuda contraída para sufragarlas y la atención médica de los veteranos heridos en ellas) de unos 4 billones de dólares. Es decir, “equivalente a los déficits públicos acumulados [por EEUU] durante los seis años que van de 2005 a 2010″, constata The Economist.

Cuando toda la derecha de Occidente considera deber patriótico eliminar cualquier déficit público incluso al precio de acabar con el Estado del bienestar, es sangrante constatar que sus padrinos neocon despilfarraron en dos guerras sangrientas una fortuna equivalente a tres años del PIB de España. Con resultados bien poco rentables. En Irak, Al Qaeda cometió hace poco 42 atentados en un solo día, mientras que el Gobierno de Al Maliki en Bagdad es más cercano al de Teherán que al de Washington. En Afganistán, los talibanes están cada día más fuertes, este agosto fue el mes con más bajas norteamericanas desde la invasión de 2001, y el número de civiles muertos en acciones armadas insurgentes o bombardeos aliados no hace más que batir récords.

Paul Kennedy, catedrático de Historia y de Seguridad Internacional de la Universidad de Yale, sostiene que el efecto más importante del 11-Sfue “distraer” a EEUU de sus dos verdaderas prioridades: la geopolítica global y la prosperidad económica. Washington descuidó Latinoamérica, que hoy se ha desarrollado al margen de la influencia estadounidense, igual que se desentendió de otras áreas del mundo vitales, como China, Rusia… incluso Europa, salvo para presionarlas -hasta rozar el conflicto diplomático-, con el fin de que apoyasen sus aventuras militares.

Al mismo tiempo, “la combinación de carísimas guerras lejanas y las inexcusables rebajas de impuestos que favorecían a los ricos tuvieron efectos nefastos sobre el déficit federal de EEUU, la creciente dependencia estadounidense de fondos extranjeros y el futuro del dólar a largo plazo”, subraya Kennedy. “El tejido social [de EEUU] se está haciendo jirones, las clases marginadas crecen y el sistema de educación pública se desmorona. Y, para mayor desastre, aparece un Tea Party proponiendo políticas que agravarían esa doble distracción de EEUU. Ese puede ser el auténtico legado del 11-S, mucho después de que las tropas estadounidenses se hayan retirado de las
alturas del Hindu Kush”.

Los neocon del Tea Party

Es debatible si el surgimiento del Tea Party forma también parte de la herencia de ese pensamiento único que tomó el 11-S como coartada para imponer un nuevo orden militarista, imperial y despiadado, pero no cabe duda de que muchos de los principios que animan al nuevo movimiento ultra norteamericano son calcados de las drásticas decisiones adoptadas por la Administración Bush tras la caída de las Torres Gemelas. El gobernador de Texas, hoy favorito en el Tea Party, Rick Perry, está siendo asesorado en su campaña por Donald Rumsfeld y Doug Feith, destacados neocon que diseñaron gran parte de laestrategia bushaniana.

Un ejemplo del paralelismo entre el Tea Party y la ideología neocon está en la política de inmigración. Sólo ocho días después del 11-S, Bush firmó la Patriot Act, por la que los extranjeros pudieron ser detenidos indefinidamente y sin derecho a un juicio justo. Las normativas y prácticas represivas posteriores, organizadas en torno a un departamento de seguridad (Department of Homeland Security), que agrupó un año más tarde a las 22 agencias federales de seguridad e inteligencia, continuaron castigando a los inmigrantes con deportaciones por meras infracciones, violaciones de sus derechos civiles y una constante persecución policial que vulnera el principio constitucional de igualdad ante la ley. Bush firmó directivas para otorgar a las autoridades locales poderes ejecutivos contra extranjeros sospechosos de terrorismo que son muy similares a las medidas antiinmigrantes que el Tea Party impone en los estados fronterizos y las ciudades donde gobierna.

Se argumenta que los seguidores del Tea Party son radicalmente opuestos a ese Gran Hermano en el que Cheney, Bolton, Perle y otros asesores de Bush convirtieron el Gobierno de EEUU, espiando las comunicaciones de todos los norteamericanos y extendiendo por el mundo las cárceles secretas de la CIA y las entregas de sospechosos a regímenes aliados especializados en torturar detenidos. Pero las convicciones extremistas del Tea Party sí tienen mucho que ver con ese credo intolerante de que el supuesto buen fin que se persigue justifica cualquier medio por brutal y cruel que sea, como el manual de torturas que elaboraron para la CIA los letrados de la Casa Blanca John Yoo y Jay Bybee, hoy magistrado federal de apelación.

La poderosa máquina propagandística puesta en marcha tras el 11-S llegó a convencer a los estadounidenses de que para defenderse del terrorismo tenían que condonar violaciones de derechos humanos y hasta renunciar a garantías constitucionales como la primera y cuarta enmiendas -que defienden la libertad de expresión y reunión y protegen contra registros y detenciones arbitrarias-, frente a las que el equipo de abogados de Bush redactó argumentaciones jurídicas que justificaban poderes presidenciales por encima de ellas.

Gran parte de la opinión pública norteamericana está ahora imbuida de la creencia de que el penal ilegal de Guantánamo, las detenciones arbitrarias y sin derecho a defensa, el encarcelamiento indefinido sin proceso legal, juicio ni sentencia, e incluso la aplicación de tormentos como el waterboarding (llevar al reo al borde de la muerte por asfixia en agua) han sido necesarios y lo seguirán siendo para defender la democracia. Ni siquiera se plantean que eso no es democracia, pues celebraron alegremente que se hubiera asesinado a Bin Laden, tras arrancarle su rastro a Jalid Sheij Mohamed, en un interrogatorio durante el cual se le sometió al waterboarding 183 veces en su primer mes de cautiverio.

El fracaso de la guerra de Irak

Cheney acaba de publicar unas memorias (In My Time) en las que reivindica sin ambages toda la panoplia de abusos e iniquidades de la guerra contra el terror, pese a que es ya evidente el fracaso de la guerra de Irak, que los neocon pretendían que fuera el catalizador de una ola de cambios democráticos en todo Oriente Próximo. “Un nuevo régimen en Irak servirá de ejemplo de democracia espectacular y estimulante para las otras naciones de la región”, proclamó Bush en el American Enterprise Institute justo antes de desencadenar la guerra.

La realidad es que los pueblos de la zona “en vez de sentirse estimulados, sintieron repugnancia por la violencia, el caos, la quiebra de los servicios públicos” que generó la invasión de Irak, explica Paul R. Pillar, veterano especialista de la CIA y hoy profesor de Estudios de Seguridad en la Universidad de Georgetown. “El defecto fatal del sueño neocon fue el convencimiento absurdo de que algo impuesto desde fuera por EEUU podía motivar a los árabes para que se movilizasen en defensa de la soberanía popular (…). El cambio político no puede ser impuesto por una potencia exterior, ni mucho menos a cañonazos”.

Lo que ocurrió fue que “en Irak el tiro les salió por la culata, y hoy los gobernantes que impusieron en Bagdad están más bien resistiéndose a la propagación de la democracia, en vez de inspirándola”, asegura Pillar. “Es difícil comprender cómo los neocon lograron convencer a tanta gente, hace una década, de su insensato experimento, aunque sin duda el efecto estupefaciente del trauma nacional generado por el 11-S explica gran parte de ese fenómeno horrendamente erróneo”.

Las verdaderas causas

En cuanto a las causas del 11-S, se han tratado de ocultar tras la cortina de humo de que Al Qaeda sólo tiene una motivación religiosa integrista, argumento esgrimido por el informe oficial de 2004 de la Comisión Nacional creada por el Congreso, cuyos dos máximos responsables, Thomas Kean y Lee Hamilton, admitieron después: “Era un tema sensible y los comisionados que adujeron que Al Qaeda se guiaba sólo por ideología religiosa, y no por oponerse a la política de EEUU, rehusaron mencionar el conflicto palestino-israelí. Creían que, si se exponía el apoyo de EEUU a Israel como la raíz causal del ataque de Al Qaeda, entonces se indicaría que EEUU debía revisar esa política”.

Por tanto, jamás se establecieron las verdaderas causas de que la red terrorista atacara tan ferozmente a EEUU, ni lo que motivó a tantos suicidas a inmolarse en los aviones empleados como armas. Pero los motivos estaban bien claros, como exponen Anthony Summers y Robbyn Swan en El undécimo día: “Todas las pruebas indican que Palestina fue el factor que unió a los conspiradores en todos los niveles (…). Era sin duda el principal resentimiento político que movía a los jóvenes árabes” que prepararon los atentados. Es decir, los autores de la matanza creían que con ella los estadounidenses se fijarían en “las atrocidades que EEUU comete en su apoyo a Israel”.

Ni Israel ni los palestinos son jamás mencionados en las informaciones sobre el 11-S. Y la respuesta neocon al mayor ataque terrorista de todos los tiempos sólo agravó esa heridaen el mundo árabe e islámico, además de mutilar los valores democráticos con los que Occidente siempre se sintió superior al resto del planeta.

El triunvirato que dirige Al Qaeda… gracias a la ISI

16 jun 2011

Aymán al Zauahiri no es el nuevo líder de Al Qaeda. Siempre lo ha sido.

Lo fue como fundador, cuando en Peshawar se sentaba junto a Bin Laden, dejándole hablar para la prensa, mientras él actuaba en silencio para la causa de los muyahidines. Lo era mientras diseñaba la estrategia –y designaba a sus hombres de confianza como responsables de la logística– para cometer el mayor atentado terrorista de la historia. Y lo seguía siendo cuando escapó de Tora Bora con Osama y preparó un escondite perfecto para el gran icono del yihadismo fanático.

En cambio, ahora que el cerebro gris del 11-S, el auténtico artífice de la red de terrorismo global islamista, ha sido designado públicamente como “emir” de Al Qaeda, es cuando este médico egipcio acaba de dejar de ser el jeque de la organización. O, más bien, cuando tiene que compartir una dirección colegiada con otros dos príncipes del terror.

Después de Bin Laden, La Base ha quedado al cargo de un triunvirato formado por Al Zauahiri –encargado de dar la cara, como siempre hizo–, Ibrahim al Rubaish –clérigo saudí que no sólo nació en la tierra del Profeta, sino que porta el manto de haber salido incólume tras cuatro años en Guantánamo– y Abú Yahya al Libi –quien labró su leyenda al lograr fugarse, en julio de 2005, de la siniestra base de EEUU en Bagram, y es ahora el jefe de operaciones en Afganistán–.

Aunque el verdadero padrino de Al Qaeda es la Inter-Services Intelligence (ISI) de Pakistán, así que seguirá encontrando reemplazo si cualquiera de ellos es liquidado.

Que ¿cómo sé todo eso? Sólo hay que preguntarles a los que lo saben.

El nuevo mundo ‘justo’ del Nobel de la Paz

14 may 2011

Según el premio Nobel de la Paz que reside en la Casa Blanca, la “legítima defensa” consiste en matar a tiros, en cuanto se le pilla desarmado, al criminal que diez años antes ordenó una matanza. Cuando se arroja su cadáver al mar, “se ha hecho justicia”. Y el que no esté de acuerdo con esta nueva jurisprudencia, “que se lo haga mirar”… presumimos que por su propio bien, claro.

Según el autoproclamado “único país democrático de Oriente Próximo”, violar 34 resoluciones de la ONU y mantener durante más de cuatro decenios un régimen militar implacable sobre la población de los territorios que su Ejército ocupó por la fuerza de las armas, sólo demuestra la legitimidad de las acciones del Estado judío.

Según la vecina patria de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pretender que las Naciones Unidas estudien las violaciones de los derechos humanos cometidas con los saharauis por su gran aliado marroquí, que de paso ha incumplido otras 17 resoluciones de la ONU, es algo intolerable.

Según la alianza que se autodefine como máxima defensora de la libertad mundial, bombardear poblaciones en Afganistán, Irak o Libia es un acto de pleno derecho aunque mueran decenas, incluso miles, de mujeres,
niños y ancianos, siempre que esos mismos aliados hayan prejuzgado –sin perder tiempo con procedimientos jurídicos– que había algún culpable en los alrededores.

Y, según todos ellos, los demás deben abstenerse de imitarlos, ya que si lo hacen serán estrangulados económicamente y atacados militarmente… ¡con toda justicia!

No ha sido justicia, sino venganza

02 may 2011

Lo que más aterra del asesinato selectivo (mujer-escudo-humano incluida, según la primera versión oficial, luego desmentida) de Bin Laden es que el presidente de EEUU considere –y proclame– que “se ha hecho justicia” porque fuerzas de élite le han pegado un tiro en la cabeza al enemigo declarado y luego han arrojado su cadáver al mar. Si ésta es la forma en que Obama cree que se hace justicia, entonces se explica por qué ha perpetuado infamias de la “guerra contra el terror” de Bush como el penal ilegal de Guantánamo o las renditions (entregas) de sospechosos a terceros países donde se sabe que van a ser torturados y/o ejecutados.

Como el mundo entero ha de celebrar la desaparición de un líder de terroristas, responsable de espantosas masacres, resultará que pronto confundiremos la venganza violenta, la aniquilación militar de los (presuntos) criminales, con la administración de justicia. Pues incluso tratan de convencernos de que “a Bin Laden se le dio la oportunidad de entregarse antes de darle muerte”. ¿También le hicieron la prueba del ADN, para verificar su identidad, antes de dispararle?

La Casa Blanca admite que las órdenes eran “matar a Bin Laden”, y no capturarlo, pero sorprende que el comando de los Seals tuviera tanta prisa en deshacerse de su cadáver, cuando sin duda se hubiera extraído información interesante de su examen forense. Igual que su interrogatorio habría sido altamente instructivo… sobre todo en las celdas de tortura de la base estadounidense de Bagram, en Afganistán, adonde llevaron su cadáver, tras al parecer rematarlo de un segundo disparo.

Entonces, ¿por qué no se intentó apresarlo con vida? ¿Ya no necesitan sus ejecutores conocer lo que él sabía sobre las conspiraciones terroristas contra EEUU? Lo único indudable es que no querían que compareciera ante un tribunal.

Y eso no tiene nada que ver con la Justicia.

El yihadismo como único móvil del terrorismo islamista

10 sep 2010
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El comentarista de The Atlantic Monthly Jeffrey Goldberg era conocido (hasta hacerse famoso por atribuirle a Fidel Castro la frase de que el sistema cubano ya no sirve) por sus artículos sobre Oriente Próximo. Mejor dicho, contra los yihadistas (partidarios de la guerra santa), frente a los que Goldberg abogó ardientemente por la invasión de Irak, atribuyendo a Sadam no sólo vínculos con Al Qaeda sino la posesión de armas de destrucción masivas delirantes (como una supuestamente compuesta de aflatoxina, para causar cáncer de hígado a los niños).
Goldberg nunca se excusó por haber sostenido tales patrañas, pero hace unos meses insistió en que el yihadismo es el único móvil de terroristas como Faisal Shahzad (el que colocó la bomba en Times Square), en su airada respuesta a los que recordaban que era un hombre desequilibrado y acababa de ser desahuciado de su vivienda. Shahzad siempre protestó por las decenas de miles de víctimas inocentes en la guerra de Irak, y poco antes de su fallido atentado amateur se quejaba de las muertes de civiles paquistaníes en ataques de aviones-robot de EEUU.
Pero no. Nada de eso tiene que ver con sus acciones, según Goldberg, para quien el “móvil yihadista” es la única causa y razón del terrorismo islamista. Lo mismo opinan casi todos los analistas estadounidenses, que se niegan a aceptar la posibilidad de que las acciones de EEUU exacerben ese fanatismo.
Igual que los predicadores integristas sólo dicen: “América está en guerra contra el islam”. En eso, se parecen los que tanto se odian entre sí.

Al Qaeda ha descabezado el ‘equipo A’ de la CIA

08 ene 2010
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Obama no sólo está enojado por los clamorosos fallos de coordinación de sus servicios secretos, incapaces de atar cabos para evitar un atentado del que tenían claros avisos previos. Lo que le indigna es que la gigantesca red de inteligencia tejida entre todas las agencias de espionaje y oficinas de información de EEUU a partir del 11-S siga estando tan perdida en su persecución del terrorismo islamista.
La rama de Al Qaeda en Afganistán se atribuyó ayer mismo la matanza de siete agentes de la CIA en la Base Chapman de Khost y proclamó que el suicida jordano vengó así a varios líderes talibanes asesinados por los aviones robot Predator que dirigían esos espías. Ciertamente, ese golpe descabezó la División de Operaciones Especiales de la agencia, que se dedica a buscar a Bin Laden y sus lugartenientes, y demostró cuán ignorantes de los entresijos del yihadismo son los servicios secretos de EEUU.
Las dos mujeres –incluida la veterana jefa del equipo– y los cinco hombres con licencia para matar que perecieron en el atentado de Khost fueron víctimas de un doble agente que habían reclutado los servicios de seguridad jordanos un año antes y en el que confiaban plenamente para localizar y liquidar al número dos de Bin Laden, Ayman al Zawahiri, verdadero estratega de Al Qaeda. Ese topo, Al Balawi, engañó de tal forma a los mejores especialistas de la CIA que ahora la agencia se ha quedado sin su equipo A en la lucha contra los yihadistas.
Además, este fracaso da al traste con la nueva estrategia antiterrorista de Obama, quien nada más llegar a la Casa Blanca dio la orden de que la CIA dejase de interrogar detenidos bajo tortura, pero multiplicase los asesinatos selectivos de dirigentes de Al Qaeda.
Sí, Obama está disgustado, pero sobre todo porque ve imposible derrotar a Al Qaeda.

Siempre hay justificación para lanzar las bombas

04 ene 2010
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Primero le acusaron de bajar la guardia, por dar la orden de que se dejara de torturar a los sospechosos, aduciendo que, bajo tormento, varios dirigentes de Al Qaeda confesaron conspiraciones mortíferas que pudieron ser desmanteladas a tiempo. Aunque nunca dieron detalles de esos logros porque, claro, eran secretos.
Después, le bloquearon el cierre del penal ilegal de Guantánamo, al rechazar el traslado de los prisioneros a EEUU para que fueran juzgados con todos los derechos, alegando un supuesto riesgo de los residentes cerca de las cárceles de alta seguridad donde fueran internados.
Más tarde, le achacaron que estaba poniendo en peligro la seguridad nacional al “pretender que Estados Unidos no está en guerra” contra el terrorismo, en palabras de Cheney, el vice de Bush que ideó las torturas en cárceles secretas de la CIA.
Ahora, los republicanos reprochan a Obama que los servicios secretos no atasen los cabos que indicaban vínculos islamistas del nigeriano Abdulmutallab, para impedirle embarcar en el avión que trató de volar antes de aterrizar en Detroit.
Es decir, los herederos de la Administración que no supo evitar el 11-S, ni capturar a su autor intelectual, y que desencadenó la guerra devastadora que multiplicó el terrorismo islamista, condenan hoy al presidente por tratar de respetar la legalidad internacional y le acusan de no proteger a su país tras un incidente en el que sólo el atacante sufrió quemaduras.
Pero se trata de la Seguridad Nacional –siempre con mayúsculas en EEUU– y Obama no puede permitirse parecer blando en ese campo. Así que dará la orden de bombardear, aunque sepa que esta vez tampoco servirá más que para aumentar los estragos.

Buscar chivos expiatorios para salvar a los culpables

24 ago 2009
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Nuestro deificado presidente Barack Obama ha tenido que ser forzado por el Departamento de Justicia –y, más concretamente, por la veterana fiscal Mary Patrice Brown, quien hoy dirige su oficina de ética– a procesar por fin a algunos de los agentes que dirigieron o cometieron torturas. Para ello, tendrá que dar marcha atrás a la promesa que hizo dentro de la misma sede de la CIA. Y lo hará porque así se procurará limitar el escándalo a unos pocos casos concretos, se hará pagar el pato a unos cuantos chivos expiatorios, y se evitará (o eso es lo que se pretende) que comparezcan ante la justicia los verdaderos autores intelectuales de esos crímenes de guerra.
Esos últimos, entretanto, siguen con su campaña para demostrar que sus métodos execrables fueron eficaces. Y no sólo el tenebroso letrado John Yoo, al que la audiencia aplaude cuando pronuncia conferencias en California sobre la efectividad de los tormentos que él legalizó, sino también el ex vicepresidente Dick Cheney, quien pretende desclasificar secretos de Estado que –dice– prueban que se evitaron atentados gracias a las confesiones arrancadas a los torturados.
Y en todo este ignominioso debate siempre se olvida al último responsable de tanto horror, el ex presidente George W. Bush, quien –según todos los testimonios– autorizó personalmente el programa de interrogatorios de la CIA a comienzos del verano de 2002. Es decir, al menos un mes antes de que esos métodos criminales fueran justificados por su equipo legal con argumentos seudojurídicos.
Hoy dicen los republicanos, sin ruborizarse, que perseguir a los culpables de tan horrendos crímenes constituye una “caza de brujas”. ¡Qué bajo han caído los herederos de Joseph McCarthy!