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El tablero global

Carlos Enrique Bayo

El 11-S fue utilizado como coartada para imponer el orden mundial ‘neocon’

12 sep 2011

Diez años después, todo el mundo habla de las consecuencias, pero casi nadie se pregunta por las causas. Así que… empecemos hablando de las consecuencias. Sobre todo, de la catástrofe económica que hemos heredado de la insensata respuesta neocon a la hecatombe del 11-S.

George W. Bush reconoció hace unos días al National Geographic Channel que ganó la Casa Blanca en 2000 prometiendo una política exterior “modesta”. Un año más tarde, halcones como Cheney, Rumsfeld y Wolfowitz se apropiaban de la agenda internacional de la única superpotencia, convirtiéndola en una contienda bélica permanente e interminable: la guerra contra el terror que, por definición, se prolongará hasta el fin de los tiempos. Pero, lo más relevante es que “ninguno de ellos se fijó en la economía, igual que ninguno de los teóricos neocon, como Kagan, Krauthammer, Kristol o Lewis, se ocupó tampoco de los problemas económicos”, explica Peter Beinart, investigador de la New American Foundation, quien en su día fue adalid de la invasión de Irak.

“Los neocon se hicieron con el timón de la política exterior de EEUU después del 11-S”, admite Beinart, “pero sólo pudieron manejarlo porque el 11-S le había metido el turbo al motor de la nave. Y ese motor era la disposición de los estadounidenses a derramar su sangre y gastar su fortuna en el otro extremo del mundo. Hoy, ese motor chisporrotea y la mayor parte de los norteamericanos ya no creen que eso por lo que luchamos en Afganistán merezca sacrificar las vidas de sus jóvenes, ni que seamos capaces de pagarlo”. Ningún ideólogo de la Administración Bush se centró en los problemas económicos que estaba generando su doctrina neoliberal y que acabarían llevando al planeta a la catástrofe financiera. “El neoconservadurismo post11-S daba por sentado que siempre habría dinero para una política exterior cuasi imperial”, continúa Beinart, “y que, si fuera necesario, siempre se podría recortar el gasto público para asegurarse de que al Pentágono no le alcanzaran los tijeretazos”.

A los neocon nunca se les ocurrió que EEUU no podría permitirse sendas guerras en Afganistán e Irak. Esas contiendas, según la estimación “más conservadora” de la Universidad de Brown, no sólo causaron la muerte de 137.000 civiles y convirtieron a 7,8 millones de personas en refugiados, sino que también supusieron un coste económico total (incluyendo los intereses de la deuda contraída para sufragarlas y la atención médica de los veteranos heridos en ellas) de unos 4 billones de dólares. Es decir, “equivalente a los déficits públicos acumulados [por EEUU] durante los seis años que van de 2005 a 2010″, constata The Economist.

Cuando toda la derecha de Occidente considera deber patriótico eliminar cualquier déficit público incluso al precio de acabar con el Estado del bienestar, es sangrante constatar que sus padrinos neocon despilfarraron en dos guerras sangrientas una fortuna equivalente a tres años del PIB de España. Con resultados bien poco rentables. En Irak, Al Qaeda cometió hace poco 42 atentados en un solo día, mientras que el Gobierno de Al Maliki en Bagdad es más cercano al de Teherán que al de Washington. En Afganistán, los talibanes están cada día más fuertes, este agosto fue el mes con más bajas norteamericanas desde la invasión de 2001, y el número de civiles muertos en acciones armadas insurgentes o bombardeos aliados no hace más que batir récords.

Paul Kennedy, catedrático de Historia y de Seguridad Internacional de la Universidad de Yale, sostiene que el efecto más importante del 11-Sfue “distraer” a EEUU de sus dos verdaderas prioridades: la geopolítica global y la prosperidad económica. Washington descuidó Latinoamérica, que hoy se ha desarrollado al margen de la influencia estadounidense, igual que se desentendió de otras áreas del mundo vitales, como China, Rusia… incluso Europa, salvo para presionarlas -hasta rozar el conflicto diplomático-, con el fin de que apoyasen sus aventuras militares.

Al mismo tiempo, “la combinación de carísimas guerras lejanas y las inexcusables rebajas de impuestos que favorecían a los ricos tuvieron efectos nefastos sobre el déficit federal de EEUU, la creciente dependencia estadounidense de fondos extranjeros y el futuro del dólar a largo plazo”, subraya Kennedy. “El tejido social [de EEUU] se está haciendo jirones, las clases marginadas crecen y el sistema de educación pública se desmorona. Y, para mayor desastre, aparece un Tea Party proponiendo políticas que agravarían esa doble distracción de EEUU. Ese puede ser el auténtico legado del 11-S, mucho después de que las tropas estadounidenses se hayan retirado de las
alturas del Hindu Kush”.

Los neocon del Tea Party

Es debatible si el surgimiento del Tea Party forma también parte de la herencia de ese pensamiento único que tomó el 11-S como coartada para imponer un nuevo orden militarista, imperial y despiadado, pero no cabe duda de que muchos de los principios que animan al nuevo movimiento ultra norteamericano son calcados de las drásticas decisiones adoptadas por la Administración Bush tras la caída de las Torres Gemelas. El gobernador de Texas, hoy favorito en el Tea Party, Rick Perry, está siendo asesorado en su campaña por Donald Rumsfeld y Doug Feith, destacados neocon que diseñaron gran parte de laestrategia bushaniana.

Un ejemplo del paralelismo entre el Tea Party y la ideología neocon está en la política de inmigración. Sólo ocho días después del 11-S, Bush firmó la Patriot Act, por la que los extranjeros pudieron ser detenidos indefinidamente y sin derecho a un juicio justo. Las normativas y prácticas represivas posteriores, organizadas en torno a un departamento de seguridad (Department of Homeland Security), que agrupó un año más tarde a las 22 agencias federales de seguridad e inteligencia, continuaron castigando a los inmigrantes con deportaciones por meras infracciones, violaciones de sus derechos civiles y una constante persecución policial que vulnera el principio constitucional de igualdad ante la ley. Bush firmó directivas para otorgar a las autoridades locales poderes ejecutivos contra extranjeros sospechosos de terrorismo que son muy similares a las medidas antiinmigrantes que el Tea Party impone en los estados fronterizos y las ciudades donde gobierna.

Se argumenta que los seguidores del Tea Party son radicalmente opuestos a ese Gran Hermano en el que Cheney, Bolton, Perle y otros asesores de Bush convirtieron el Gobierno de EEUU, espiando las comunicaciones de todos los norteamericanos y extendiendo por el mundo las cárceles secretas de la CIA y las entregas de sospechosos a regímenes aliados especializados en torturar detenidos. Pero las convicciones extremistas del Tea Party sí tienen mucho que ver con ese credo intolerante de que el supuesto buen fin que se persigue justifica cualquier medio por brutal y cruel que sea, como el manual de torturas que elaboraron para la CIA los letrados de la Casa Blanca John Yoo y Jay Bybee, hoy magistrado federal de apelación.

La poderosa máquina propagandística puesta en marcha tras el 11-S llegó a convencer a los estadounidenses de que para defenderse del terrorismo tenían que condonar violaciones de derechos humanos y hasta renunciar a garantías constitucionales como la primera y cuarta enmiendas -que defienden la libertad de expresión y reunión y protegen contra registros y detenciones arbitrarias-, frente a las que el equipo de abogados de Bush redactó argumentaciones jurídicas que justificaban poderes presidenciales por encima de ellas.

Gran parte de la opinión pública norteamericana está ahora imbuida de la creencia de que el penal ilegal de Guantánamo, las detenciones arbitrarias y sin derecho a defensa, el encarcelamiento indefinido sin proceso legal, juicio ni sentencia, e incluso la aplicación de tormentos como el waterboarding (llevar al reo al borde de la muerte por asfixia en agua) han sido necesarios y lo seguirán siendo para defender la democracia. Ni siquiera se plantean que eso no es democracia, pues celebraron alegremente que se hubiera asesinado a Bin Laden, tras arrancarle su rastro a Jalid Sheij Mohamed, en un interrogatorio durante el cual se le sometió al waterboarding 183 veces en su primer mes de cautiverio.

El fracaso de la guerra de Irak

Cheney acaba de publicar unas memorias (In My Time) en las que reivindica sin ambages toda la panoplia de abusos e iniquidades de la guerra contra el terror, pese a que es ya evidente el fracaso de la guerra de Irak, que los neocon pretendían que fuera el catalizador de una ola de cambios democráticos en todo Oriente Próximo. “Un nuevo régimen en Irak servirá de ejemplo de democracia espectacular y estimulante para las otras naciones de la región”, proclamó Bush en el American Enterprise Institute justo antes de desencadenar la guerra.

La realidad es que los pueblos de la zona “en vez de sentirse estimulados, sintieron repugnancia por la violencia, el caos, la quiebra de los servicios públicos” que generó la invasión de Irak, explica Paul R. Pillar, veterano especialista de la CIA y hoy profesor de Estudios de Seguridad en la Universidad de Georgetown. “El defecto fatal del sueño neocon fue el convencimiento absurdo de que algo impuesto desde fuera por EEUU podía motivar a los árabes para que se movilizasen en defensa de la soberanía popular (…). El cambio político no puede ser impuesto por una potencia exterior, ni mucho menos a cañonazos”.

Lo que ocurrió fue que “en Irak el tiro les salió por la culata, y hoy los gobernantes que impusieron en Bagdad están más bien resistiéndose a la propagación de la democracia, en vez de inspirándola”, asegura Pillar. “Es difícil comprender cómo los neocon lograron convencer a tanta gente, hace una década, de su insensato experimento, aunque sin duda el efecto estupefaciente del trauma nacional generado por el 11-S explica gran parte de ese fenómeno horrendamente erróneo”.

Las verdaderas causas

En cuanto a las causas del 11-S, se han tratado de ocultar tras la cortina de humo de que Al Qaeda sólo tiene una motivación religiosa integrista, argumento esgrimido por el informe oficial de 2004 de la Comisión Nacional creada por el Congreso, cuyos dos máximos responsables, Thomas Kean y Lee Hamilton, admitieron después: “Era un tema sensible y los comisionados que adujeron que Al Qaeda se guiaba sólo por ideología religiosa, y no por oponerse a la política de EEUU, rehusaron mencionar el conflicto palestino-israelí. Creían que, si se exponía el apoyo de EEUU a Israel como la raíz causal del ataque de Al Qaeda, entonces se indicaría que EEUU debía revisar esa política”.

Por tanto, jamás se establecieron las verdaderas causas de que la red terrorista atacara tan ferozmente a EEUU, ni lo que motivó a tantos suicidas a inmolarse en los aviones empleados como armas. Pero los motivos estaban bien claros, como exponen Anthony Summers y Robbyn Swan en El undécimo día: “Todas las pruebas indican que Palestina fue el factor que unió a los conspiradores en todos los niveles (…). Era sin duda el principal resentimiento político que movía a los jóvenes árabes” que prepararon los atentados. Es decir, los autores de la matanza creían que con ella los estadounidenses se fijarían en “las atrocidades que EEUU comete en su apoyo a Israel”.

Ni Israel ni los palestinos son jamás mencionados en las informaciones sobre el 11-S. Y la respuesta neocon al mayor ataque terrorista de todos los tiempos sólo agravó esa heridaen el mundo árabe e islámico, además de mutilar los valores democráticos con los que Occidente siempre se sintió superior al resto del planeta.

El enemigo sabio y el amigo tonto de Afganistán

29 jun 2011
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Sordo a las explosiones y al fuego cruzado que han destruido el hotel Intercontinental de Kabul, simbólico refugio para todos los extranjeros que hemos viajado por Afganistán, el presidente Obama proclamaba ayer que “la marea de la guerra se retira”. Era un mensaje de consumo interno, para tranquilizar a los estadounidenses que exigen poner fin a la sangría económica del legado militarista de Bush; pero parecía una broma macabra para los residentes en la capital afgana, la única ciudad del país que era considerada segura hasta hace tres años.
No digamos ya lo que pensarán los miles de desplazados afganos que se hacinan en campos de refugiados en las afueras de Kabul tras huir del frente, en Helmand o Kandahar, donde la población no nota que baje la marea bélica, sino que aumentan los bombardeos aliados en zonas habitadas en las que se multiplican los daños colaterales, es decir las muertes de cientos de civiles.
Obama no retira a sus tropas de Afganistán porque el Pentágono esté ganando la guerra contra el terror de Al Qaeda, sino porque cada soldado desplegado en ese remoto campo de batalla cuesta un millón de dólares al año. Es fácil hacer la cuenta de lo que se ahorra sacando del avispero talibán a 33.000 militares antes de que acabe 2012, año electoral en EEUU.
Incluso en 1989, cuando las fuerzas soviéticas se retiraban de Afganistán y los muyahidines asediaban Kabul, el Intercontinental era el remanso de paz que todos ansiábamos al regresar del frente. Así que la matanza de ayer muestra que los ejércitos aliados tienen menos control de la situación que el que mantuvo durante años el régimen legado por Moscú.
Porque la URSS era “un enemigo sabio”, me decía hace unos días un excombatiente muyahidín de la época, “y más vale tomar veneno con un enemigo sabio, que vino con un amigo tonto”.

El triunvirato que dirige Al Qaeda… gracias a la ISI

16 jun 2011

Aymán al Zauahiri no es el nuevo líder de Al Qaeda. Siempre lo ha sido.

Lo fue como fundador, cuando en Peshawar se sentaba junto a Bin Laden, dejándole hablar para la prensa, mientras él actuaba en silencio para la causa de los muyahidines. Lo era mientras diseñaba la estrategia –y designaba a sus hombres de confianza como responsables de la logística– para cometer el mayor atentado terrorista de la historia. Y lo seguía siendo cuando escapó de Tora Bora con Osama y preparó un escondite perfecto para el gran icono del yihadismo fanático.

En cambio, ahora que el cerebro gris del 11-S, el auténtico artífice de la red de terrorismo global islamista, ha sido designado públicamente como “emir” de Al Qaeda, es cuando este médico egipcio acaba de dejar de ser el jeque de la organización. O, más bien, cuando tiene que compartir una dirección colegiada con otros dos príncipes del terror.

Después de Bin Laden, La Base ha quedado al cargo de un triunvirato formado por Al Zauahiri –encargado de dar la cara, como siempre hizo–, Ibrahim al Rubaish –clérigo saudí que no sólo nació en la tierra del Profeta, sino que porta el manto de haber salido incólume tras cuatro años en Guantánamo– y Abú Yahya al Libi –quien labró su leyenda al lograr fugarse, en julio de 2005, de la siniestra base de EEUU en Bagram, y es ahora el jefe de operaciones en Afganistán–.

Aunque el verdadero padrino de Al Qaeda es la Inter-Services Intelligence (ISI) de Pakistán, así que seguirá encontrando reemplazo si cualquiera de ellos es liquidado.

Que ¿cómo sé todo eso? Sólo hay que preguntarles a los que lo saben.

El nuevo mundo ‘justo’ del Nobel de la Paz

14 may 2011

Según el premio Nobel de la Paz que reside en la Casa Blanca, la “legítima defensa” consiste en matar a tiros, en cuanto se le pilla desarmado, al criminal que diez años antes ordenó una matanza. Cuando se arroja su cadáver al mar, “se ha hecho justicia”. Y el que no esté de acuerdo con esta nueva jurisprudencia, “que se lo haga mirar”… presumimos que por su propio bien, claro.

Según el autoproclamado “único país democrático de Oriente Próximo”, violar 34 resoluciones de la ONU y mantener durante más de cuatro decenios un régimen militar implacable sobre la población de los territorios que su Ejército ocupó por la fuerza de las armas, sólo demuestra la legitimidad de las acciones del Estado judío.

Según la vecina patria de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pretender que las Naciones Unidas estudien las violaciones de los derechos humanos cometidas con los saharauis por su gran aliado marroquí, que de paso ha incumplido otras 17 resoluciones de la ONU, es algo intolerable.

Según la alianza que se autodefine como máxima defensora de la libertad mundial, bombardear poblaciones en Afganistán, Irak o Libia es un acto de pleno derecho aunque mueran decenas, incluso miles, de mujeres,
niños y ancianos, siempre que esos mismos aliados hayan prejuzgado –sin perder tiempo con procedimientos jurídicos– que había algún culpable en los alrededores.

Y, según todos ellos, los demás deben abstenerse de imitarlos, ya que si lo hacen serán estrangulados económicamente y atacados militarmente… ¡con toda justicia!

Una versión impecable de la muerte de Bin Laden

05 may 2011
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Al fin está todo claro.  Tras 40 minutos de “feroz tiroteo” (los dos disparos que hizo Abu Ahmed desde el interior de su casita de guardés, antes de ser acribillado), la veintena de rambos de los Navy Seals alcanzó el piso superior de la mansión fortificada y halló al enemigo número uno de la humanidad.

Antes, en su peligroso ascenso por la escalera hostil, Jaled –uno de los hijos del maligno– se había arrojado gritando contra el reducido grupo de hombres armados, que tuvieron que liquidarlo. Cuando alcanzaron la guarida, Bin Laden seguía impertérrito, pero junto a él lucían amenazadores –al alcance de su mano– su fusil AK-47 y su pistola Makarov; las mismas armas que siempre portó desde que combatió en Afganistán hace más de 20 años.

Ante esa patente amenaza, y pese al intento de interponerse de una mujer cómplice, uno de los comandos abrió fuego a quemarropa, en defensa propia, y la bala entró por el ojo izquierdo del asesino múltiple. Aun así, hubo que descerrajarle un segundo tiro en el pecho para salvaguardar la integridad física de los servidores de la ley, prioridad mucho más alta que la remota posibilidad de que el líder de Al Qaeda pudiera saber alguna cosa de interés sobre las redes terroristas internacionales.

Todo salió bien, gracias a que Khalid Sheikh Mohamed –quien se negó a hablar las 183 veces que fue sometido a interrogatorios “mejorados” sumergiéndole la cabeza en agua– finalmente se decidió a delatar a Abu Ahmed, cuando se lo volvieron a preguntar amablemente.

¿Cómo objetar a esta impecable versión de los hechos?

No ha sido justicia, sino venganza

02 may 2011

Lo que más aterra del asesinato selectivo (mujer-escudo-humano incluida, según la primera versión oficial, luego desmentida) de Bin Laden es que el presidente de EEUU considere –y proclame– que “se ha hecho justicia” porque fuerzas de élite le han pegado un tiro en la cabeza al enemigo declarado y luego han arrojado su cadáver al mar. Si ésta es la forma en que Obama cree que se hace justicia, entonces se explica por qué ha perpetuado infamias de la “guerra contra el terror” de Bush como el penal ilegal de Guantánamo o las renditions (entregas) de sospechosos a terceros países donde se sabe que van a ser torturados y/o ejecutados.

Como el mundo entero ha de celebrar la desaparición de un líder de terroristas, responsable de espantosas masacres, resultará que pronto confundiremos la venganza violenta, la aniquilación militar de los (presuntos) criminales, con la administración de justicia. Pues incluso tratan de convencernos de que “a Bin Laden se le dio la oportunidad de entregarse antes de darle muerte”. ¿También le hicieron la prueba del ADN, para verificar su identidad, antes de dispararle?

La Casa Blanca admite que las órdenes eran “matar a Bin Laden”, y no capturarlo, pero sorprende que el comando de los Seals tuviera tanta prisa en deshacerse de su cadáver, cuando sin duda se hubiera extraído información interesante de su examen forense. Igual que su interrogatorio habría sido altamente instructivo… sobre todo en las celdas de tortura de la base estadounidense de Bagram, en Afganistán, adonde llevaron su cadáver, tras al parecer rematarlo de un segundo disparo.

Entonces, ¿por qué no se intentó apresarlo con vida? ¿Ya no necesitan sus ejecutores conocer lo que él sabía sobre las conspiraciones terroristas contra EEUU? Lo único indudable es que no querían que compareciera ante un tribunal.

Y eso no tiene nada que ver con la Justicia.

El yihadismo como único móvil del terrorismo islamista

10 sep 2010
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El comentarista de The Atlantic Monthly Jeffrey Goldberg era conocido (hasta hacerse famoso por atribuirle a Fidel Castro la frase de que el sistema cubano ya no sirve) por sus artículos sobre Oriente Próximo. Mejor dicho, contra los yihadistas (partidarios de la guerra santa), frente a los que Goldberg abogó ardientemente por la invasión de Irak, atribuyendo a Sadam no sólo vínculos con Al Qaeda sino la posesión de armas de destrucción masivas delirantes (como una supuestamente compuesta de aflatoxina, para causar cáncer de hígado a los niños).
Goldberg nunca se excusó por haber sostenido tales patrañas, pero hace unos meses insistió en que el yihadismo es el único móvil de terroristas como Faisal Shahzad (el que colocó la bomba en Times Square), en su airada respuesta a los que recordaban que era un hombre desequilibrado y acababa de ser desahuciado de su vivienda. Shahzad siempre protestó por las decenas de miles de víctimas inocentes en la guerra de Irak, y poco antes de su fallido atentado amateur se quejaba de las muertes de civiles paquistaníes en ataques de aviones-robot de EEUU.
Pero no. Nada de eso tiene que ver con sus acciones, según Goldberg, para quien el “móvil yihadista” es la única causa y razón del terrorismo islamista. Lo mismo opinan casi todos los analistas estadounidenses, que se niegan a aceptar la posibilidad de que las acciones de EEUU exacerben ese fanatismo.
Igual que los predicadores integristas sólo dicen: “América está en guerra contra el islam”. En eso, se parecen los que tanto se odian entre sí.

La maldición de una retirada anunciada

25 ago 2010
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Cuando Obama anunció su nueva estrategia en Afganistán, se suponía que el envío de otros 30.000 soldados formaba parte de un plan para proteger a la población civil, ganar su confianza y promover un Gobierno fuerte, competente y honesto.
Ocho meses después, el número de víctimas civiles ha aumentado un 31%, los afganos desconfían más que nunca de las tropas extranjeras y de los gobernantes locales que les envía Kabul, el Ejecutivo se reconoce incapaz de controlar la situación antes de 2014 y Karzai ha amenazado a
Washington con recortar los poderes de los cuerpos policiales que investigan (con asesores estadounidenses) la corrupción del régimen, tras la detención de uno de sus hombres. El presidente intervino personalmente para excarcelar a su colaborador, Zia Saleh, y sus portavoces proclamaron que los verdaderos culpables de crear una “mafia económica” son los contratistas extranjeros importados por las fuerzas de ocupación.
El único objetivo que sigue en pie es una fecha, julio de 2011, cuando deberían empezar a retirarse las tropas de EEUU. Un calendario que la Casa Blanca confirma una y otra vez en un año electoral, pero que cada vez es puesto más en duda por los mandos del Pentágono. Además, el propio anuncio del plazo de retirada se ha convertido en una maldición. Tanto los jefes militares de EEUU como los responsables gubernamentales afganos advierten de que sólo ha conseguido envalentonar a los talibanes y convencer a los habitantes de que se acerca la hora en la que todos los occidentales desaparecerán y ellos volverán a quedar a merced de la opresión talibán, los señores de la guerra y lo que quede del Gobierno central.
Ronald Neumann, embajador norteamericano en Kabul de 2005 a 2007, explica que el anuncio de retirada no ha hecho más que reforzar el convencimiento de Karzai de que tiene que cerrar rápidamente alianzas con los señores de la guerra, por feroces que sean, para asegurarse el poder después de que la OTAN abandone su país. Según Neumann, “Karzai considera que parte de la corrupción es vital para su supervivencia”, por lo que se opondrá a los intentos de erradicarla y protegerá a los caciques locales, empezando por su hermanastro, Ahmed Wali.
En realidad, Washington ya ha renunciado a la táctica contrainsurgente –garantizar la seguridad de las ciudades y zonas rurales clave para ganarse a la población y aislar a los rebeldes– y ha pasado a la antiterrorista: lanzar ataques militares selectivos para asesinar a los cabecillas de Al Qaeda y de los talibanes. El vicepresidente Biden ha impulsado esa estrategia, en contra del criterio del general Petraeus, y ha declarado a la cadena NBC: “Estamos en Afganistán para combatir a Al Qaeda, no para construir un país y convertirlo en una democracia”.
Así que los talibanes atacan ahora a los que adiestran a los militares afganos para impedir que Karzai blinde su régimen antes de la retirada.

Devastaron Irak y ni siquiera les da vergüenza

20 ago 2010
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Hace pocos días, el vicepresidente iraquí, Adel Abdul Mahdi, reconocía a The New York Times: “Deberíamos avergonzarnos de cómo hemos gobernado nuestro país”. Ciertamente, la élite que EEUU encumbró al poder tras invadir Irak ha demostrado no sólo incompetencia, sectarismo y egoísmo sin límites, sino también una codicia de verdaderos cleptócratas.
Al menos, Mahdi lo reconoce. Igual que la directora del MI5 de 2002 a 2007, Eliza Manningham-Buller, admitió ante la comisión investigadora que no había prueba ninguna contra Sadam antes de la invasión, que la guerra provocó un auge terrorista islamista en todo el mundo que llegó a desbordar a los servicios secretos occidentales, y que “radicalizó a toda una generación de jóvenes que la vieron como un ataque contra el islam”. Y ¿quién lo puede saber mejor que la jefa del espionaje británico?
Salta a la vista que más de siete años de delirio bélico han devastado un país de grandes riquezas; han causado la muerte directa de al menos 100.000 civiles (y provocado cientos de miles de fallecimientos por la destrucción del sistema sanitario y de la red de los suministros básicos); han acabado con los progresos sociales de un régimen laico, arrastrando a la sociedad hacia el oscurantismo de un pasado integrista; han desviado los esfuerzos de la lucha contra Al Qaeda, atizando en cambio el reclutamiento de sus sicarios suicidas; han entregado Irak a unas milicias chiíes con las que Irán tiene más influencia en su vecino de la que jamás hubiera soñado alcanzar con Sadam…
Además, “le dimos a Osama Bin Laden su yihad iraquí, de forma que pudo infiltrarse en Irak como nunca lo habría logrado”, especificó la gran jefa de los espías con licencia para matar. Hasta ella, hoy miembro de la Cámara de los Lores, se mostró abochornada al admitir que no logró convencer a los neocon qu e rodeaban a Bush (Cheney, Rumsfeld, Wolfowitz y Perle) de que se lanzaban hacia un abismo criminal.
En cambio, otros no tienen ni la vergüenza de dejar de justificar esa abominación, como Blair, o incluso llegan al descaro de hacer burla de ello, como Aznar. Su cinismo pasará a la historia de la infamia.

Al Qaeda ha descabezado el ‘equipo A’ de la CIA

08 ene 2010
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Obama no sólo está enojado por los clamorosos fallos de coordinación de sus servicios secretos, incapaces de atar cabos para evitar un atentado del que tenían claros avisos previos. Lo que le indigna es que la gigantesca red de inteligencia tejida entre todas las agencias de espionaje y oficinas de información de EEUU a partir del 11-S siga estando tan perdida en su persecución del terrorismo islamista.
La rama de Al Qaeda en Afganistán se atribuyó ayer mismo la matanza de siete agentes de la CIA en la Base Chapman de Khost y proclamó que el suicida jordano vengó así a varios líderes talibanes asesinados por los aviones robot Predator que dirigían esos espías. Ciertamente, ese golpe descabezó la División de Operaciones Especiales de la agencia, que se dedica a buscar a Bin Laden y sus lugartenientes, y demostró cuán ignorantes de los entresijos del yihadismo son los servicios secretos de EEUU.
Las dos mujeres –incluida la veterana jefa del equipo– y los cinco hombres con licencia para matar que perecieron en el atentado de Khost fueron víctimas de un doble agente que habían reclutado los servicios de seguridad jordanos un año antes y en el que confiaban plenamente para localizar y liquidar al número dos de Bin Laden, Ayman al Zawahiri, verdadero estratega de Al Qaeda. Ese topo, Al Balawi, engañó de tal forma a los mejores especialistas de la CIA que ahora la agencia se ha quedado sin su equipo A en la lucha contra los yihadistas.
Además, este fracaso da al traste con la nueva estrategia antiterrorista de Obama, quien nada más llegar a la Casa Blanca dio la orden de que la CIA dejase de interrogar detenidos bajo tortura, pero multiplicase los asesinatos selectivos de dirigentes de Al Qaeda.
Sí, Obama está disgustado, pero sobre todo porque ve imposible derrotar a Al Qaeda.