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El tablero global

Carlos Enrique Bayo

Goldman Sachs se forra provocando hambrunas

24 nov 2011
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Tan obsesionados andamos con la deuda soberana, la crisis del euro y la recesión del ladrillo, que nos hemos olvidado de los que están mucho peor que nosotros: los mil millones de personas que cada día se acuestan con hambre.

Las hambrunas que aquejan al planeta tienen múltiples causas, desde las sequías e inundaciones causadas por el cambio climático hasta la industria de los biocombustibles, que quita tierras y cultivos a la producción de alimentos para llenar los depósitos de los grandes todoterrenos del mundo rico. Pero pocos saben que uno de los principales motivos de ese sufrimiento mundial –y de que cinco millones de niños mueran por malnutrición cada año en el Tercer Mundo– es la ingeniería financiera con la que los tiburones de Wall Street transformaron los mercados de futuros de las materias primas en una ruleta bursátil, con la que seguir enriqueciéndose, tras el pinchazo de la burbuja de las puntocom en 2000-2001.

En realidad, a los primeros que se les ocurrió tan estupenda idea fue a los banqueros neoyorquinos de Goldman Sachs, quienes ya en 1991 crearon un nuevo instrumento especulativo, un índice de 18 productos básicos –del trigo, el cacao, el cerdo, el arroz o el café, al cobre y al petróleo– para que los brokers pudieran también jugar en lo que hasta entonces era un mercado especializado. A ese Goldman Sachs Commodity Index se sumaron después muchas otras grandes entidades financieras deseosas de aprovecharse de la llamada “apuesta de China”: la lógica creencia de que a medida que crezcan los ingresos de chinos, indios y otros integrantes de las nuevas clases medias de las potencias emergentes, consumirán alimentos de mejor calidad y en más cantidad. Una jugada segura.

Es lo que la Conferencia sobre Comercio y Desarrollo de las Naciones Unidas (Unctad) denomina “financialización” de los mercados de productos de primera necesidad. Un fenómeno que se desbocó cuando los lobbies financieros norteamericanos consiguieron que el Congreso de EEUU aprobase por la vía de urgencia –para compensar a los mercados del colapso de la burbuja digital– una legislación que permitió a los grandes fondos de pensiones y hedge funds que empezasen a especular con derivados de esos índices de materias primas. Acababa de empezar el siglo XXI y tanto republicanos como demócratas abrazaban el credo de la desregulación financiera.

El resultado fue tan espectacular como ignorado por políticos y ciudadanos: en sólo cinco años, las posiciones de los fondos en el mercado de materias primas pasó de 13.000 a 317.000 millones de dólares. Esa tremenda multiplicación especulativa buscaba, por supuesto, que los precios de esos productos básicos se disparasen, para obtener pingües beneficios con los astronómicos márgenes entre lo que se paga a los agricultores (fijado de antemano e invariable) y lo que se acaba cobrando a los consumidores.

Y así fue. Según los cálculos de la Unctad, en la primera década del siglo los precios medios del trigo, el maíz y el arroz prácticamente se triplicaron… produciendo decenas de miles de millones de beneficios a los especuladores bursátiles, con los que compensaron sus pérdidas en las temerarias operaciones de las hipotecas subprime, los activos basura y los CDS. Entretanto, en 2008 estallaban revueltas del hambre en una treintena de países del Tercer Mundo, donde la mayoría de la población tiene que gastar en alimentos el 70% de sus ingresos y no puede costear ni la menor subida de precios; simplemente ha de pasar hambre.

Ni siquiera la actual crisis económica global ha frenado ese encarecimiento de los productos de primera necesidad, pues el año pasado los precios de los cereales aumentaron en más del 60%.

“El mercado de los alimentos se ha convertido en un casino”, declaró Joerg Mayer, de la Unctad, a The Guardian. “Y por una única razón: hacer que Wall Street gane todavía más dinero”.

Todos lo sabemos: nos están arruinando

04 nov 2011
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Leonard Cohen tenía razón: primero hay que ocupar Manhattan y detener la codicia demente de Wall Street, para poder tomar después Berlín y frenar la doctrina germánica de austeridad que está minando nuestra economía.

Cuando el inside job del casino bursátil dejó tiritando a EEUU, Europa pilló una pulmonía que no admitió hasta que se desplomaron varios pequeños países periféricos. Incluso entonces, la UE pretendió aplacar la voracidad de “los mercados” sacrificando su Estado del bienestar en aras del capital financiero.

Pero son ahora los norteamericanos quienes se han echado a las calles al grito de “¡muerte al capitalismo!”, consigna que hasta hace muy pocos años habría sido considerada blasfemia en la patria de la Escuela de Chicago. La propia sociedad civil estadounidense se está alzando contra el sistema económico que siempre idolatró, y eso puede ser el movimiento de indignación popular más poderoso del mundo porque socava los cimientos de la oligarquía mundial en el seno de la única superpotencia.

Mientras el Banco Central Europeo se deja en manos de uno de los directivos de Goldman Sachs que provocó la crisis de la Eurozona al enseñar a mentir al partido conservador griego (que ahora quiere volver al poder, aprovechándose del caos que él mismo causó), Washington persigue judicialmente a sus máximos ejecutivos. Y el Movimiento 99% de EEUU organiza un juicio público contra ese banco de inversiones que medró arruinando a los demás.

Como dijo Cohen: “Todo el mundo sabe que los dados están cargados / que todos los tiran con los dedos cruzados / todo el mundo sabe que la guerra terminó / y que los buenos la perdieron / todo el mundo sabe que la lid estaba amañada / los pobres siguen pobres y los ricos se enriquecen / así son las cosas / todo el mundo sabe / que el barco tiene una vía de agua / y que el capitán mintió” (1988).

Salvar a los que mueren de hambre no es urgente

17 nov 2009
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Ya es una burla. El grandilocuente compromiso de la cumbre de Roma de reducir a la mitad, en 2015, el número de personas que pasan hambre en el mundo no está acompañado de fondos, ni de mecanismos, ni de controles. Es decir, no se cumplirá.
En el último año de crisis global ha aumentado en 170 millones el número de víctimas de la hambruna, sin que las ocho grandes potencias económicas fueran capaces de cumplir su promesa de aportar, para combatirla, una minúscula fracción de lo que han entregado urgentemente a la banca. Se ve que la muerte de un niño cada seis segundos por desnutrición no les parece tan urgente.
Ahora nos dicen que rebajarán la descomunal cifra de famélicos en 500 millones, y en sólo seis años, al tiempo que se niegan a desembolsar entre todos una cantidad inferior a la que estafó Bernard Madoff; un dinero que la FAO está pidiendo para los campesinos pobres del planeta, que suman un tercio de todos los habitantes de la Tierra. Si esos agricultores –castigados por el cambio climático– no reciben ayuda inmediata, serán incapaces de alimentar a miles de millones de personas. Pero tampoco eso es urgente para los miembros del G-8.
El Programa Mundial de Alimentos ha tenido que pedir donativos individuales por primera vez en su historia, ante la falta de aportaciones de los países ricos. Intenta hacer frente a una docena de emergencias en las que está en juego la vida de millones de personas, pero sólo ha recibido la mitad de lo que necesita. Es decir, le falta una décima parte de lo que Wall Street va a repartir sólo en bonus a final de año, para celebrar los extraordinarios resultados obtenidos por la banca financiera gracias al dinero público.
Los que se están muriendo de hambre pueden esperar.

La hipocresía fiscal de las grandes potencias

17 may 2009
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Durante su campaña electoral, Barack Obama citó varias veces un solo edificio de las
Islas Caimán, el Ugland House, que alberga nada menos que a 12.000 empresas. “O es el mayor edificio conocido, o la más grande estafa fiscal jamás registrada”, denunció el ahora presidente de EEUU.
Ciertamente, el timo de las compañías internacionales que se establecen en los 44 paraísos fiscales del planeta ha alcanzado dimensiones astronómicas. Según las más meticulosas estimaciones, la cantidad de dinero que se oculta en esos refugios para multinacionales y multimillonarios asciende a unos 11,5 billones de dólares, equivalente a nueve veces el Producto Interior Bruto de España.
Lo que no se esconde es que las que operan en esos territorios fuera de la ley (fiscal) no son empresas de la economía sumergida, sino las mayores y más respetables compañías de cada país; del nuestro, por ejemplo, el 69% de las que cotizan en el Ibex 35.
El caso de EEUU es aún más descarado: en las Caimán, las Vírgenes o las Bermudas, tienen negocios 83 de las 100 mayores corporaciones norteamericanas, incluidas muchas de las que se han embolsado elevados rescates financieros del Estado, como
Citigroup, AIG y Bank of America. Clama al cielo –puesto que no parece haber autoridad a la que recurrir en esta Tierra– que las multinacionales que defraudan al fisco anualmente unos 100.000 millones de dólares gracias a sus escondrijos en paraísos fiscales (según los cálculos del senador Carl Levin) reciban ahora cuantiosas subvenciones del dinero de los contribuyentes. Los mismos que han de pagar mayores impuestos a causa de la continuada evasión fiscal de esas transnacionales, de cuya salvación tratan ahora de convencernos que depende nuestra prosperidad futura.
Para colmo de escarnio, en la reciente cumbre del G-20 los gobernantes de las grandes potencias pretendieron haberse dado cuenta por fin de semejante aberración y amenazaron con sanciones económicas a los países que oculten la información fiscal de impositores e inversores extranjeros, empezando por Suiza. También es verdad que esa nación alpina acumula algo así como la tercera parte de todo el dinero atesorado en los 44 edenes terrenales para potentados. Quizá por ello Suiza sea uno de los pocos países europeos cuya economía sigue creciendo en plena crisis mundial.
El gigante bancario suizo UBS se ha visto obligado a pagar fuertes multas a EEUU, y a revelar los nombres y datos de 300 clientes a los que estaba ayudando a defraudar a la Hacienda estadounidense. Y el Ejecutivo de Berna ha accedido a compartir información con los países de la OCDE… cuando haya concluido acuerdos de doble imposición con cada uno de esos gobiernos, un proceso que puede prolongarse años.
Pero la verdadera hipocresía de los poderosos radica en el hecho, menos conocido, de que los más importantes ejemplos de secreto bancario, lavado de dinero y fraude fiscal no hay que buscarlos en los valles alpinos ni en las islas caribeñas, sino en las trastiendas de las superpotencias económicas. Allí, la defraudación se practica formando compañías anónimas, a través de las cuales se abren las cuentas bancarias y se transfieren las cantidades sin que los beneficiarios sean nunca identificados.
Estoy hablando del estado de Nevada, cuyos principios de no hacer preguntas incómodas atraen a 80.000 nuevas compañías al año, pese a contar con sólo 2,6 millones de habitantes. En Las Vegas residen casi medio millón de empresas, que se benefician del anonimato total de sus accionistas y ejecutivos, y no pagan un centavo al fisco por los intereses que ganen con sus aventuras financieras. Un régimen muy similar al que conceden también a la élite empresarial Delaware y Wyoming.
Según el investigador australiano Jason Sharman, hay menos regulación de empresas tapadera en EEUU que en Liechtenstein o Somalia.
¡Ese sí que es el mayor timo fiscal conocido, señor Obama!

La gran banca coge el rescate y corre

16 mar 2009
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Ningún banco accedería a conceder un crédito importante sin conocer exactamente a qué se va a dedicar el dinero, como bien sabemos todos los que hemos tenido que presentar presupuestos oficiales para conseguir unos pocos miles de euros. Pero la gran banca cree estar exenta de esa norma básica, pues ahora se niega a revelar en qué se está gastando los cientos de miles de millones que le han sido adjudicados, a cargo de los contribuyentes, para que pueda salvar sus muebles tras el incendio económico mundial que ella misma ha provocado.
Hace una semana, la agencia Associated Press se puso en contacto con los 21 bancos estadounidenses que ya han recibido, cada uno, más de mil millones de dólares de los fondos públicos destinados por la Administración de Bush al rescate del arruinado sistema financiero internacional. Sólo quería saber cuatro cosas: ¿Cuánto de lo que han recibido se han gastado ya? ¿En qué lo gastaron? ¿Qué cantidad piensan ahorrar? ¿Qué planean hacer con el resto?
Ni una sola de esas entidades bancarias consintió en dar respuestas específicas a esas preguntas. Algunas incluso alegaron ignorar adónde ha ido a parar el dinero que les ha sido concedido. Otras fueron más sinceras. Como JP Morgan Chase, que ya ha recibido 25.000 millones del fondo de emergencia, cuyo portavoz, Thomas Nelly, respondió: “No vamos a rendir cuentas sobre ello, ni vamos a hacerlo público. Rehusamos hacerlo. Eso es lo que hemos decidido”.
Fantástico. Así que no sólo se quedan con el dinero de los impuestos para engrosar sus balances privados, sino que también ocultan esas operaciones y además lo proclaman sin tapujos. Al mismo tiempo, pretenderán que los ciudadanos confíen en que se dará buen uso a los 700.000 millones de dólares (equivalentes a la economía de un país como Holanda) que les concedió el Congreso, tan presionado por la Casa Blanca ante la urgencia de la situación que no previó controles sobre su destino.
Los congresistas han convocado a los banqueros más importantes de EEUU y les han implorado que hagan circular esa inmensa suma, concediendo créditos por los que cobrarán sus buenos intereses, para que los consumidores puedan volver a gastar y saquen al país de la recesión. Pero nada impide a los bancos que la utilicen para acumular capital, repartir bonus corporativos y prebendas a sus ejecutivos, o adquirir otras entidades cuyas acciones se han desplomado y no han recibido parte de esa subvención estatal. Incluso podrían estar reinvirtiéndola en una nueva pelota de fondos de alto riesgo como los que nos han llevado al abismo, en la esperanza de tener un golpe de suerte que les vuelva a hacer financieramente todopoderosos.
En cualquier caso, sólo podemos sospechar lo que está ocurriendo, ya que encima gozan del privilegio de no dar explicación ninguna de lo que hagan con el dinero público en sus negocios privados.
Pero podemos guiarnos por su comportamiento en la colosal estafa piramidal de Bernard Madoff, ex presidente de la bolsa Nasdaq (“El mercado para los próximos 100 años”, dice su propaganda) que ha reconocido un fraude masivo de unos 50.000 millones de dólares. Ahora, las grandes entidades financieras que cobraron fuertes comisiones por entregarle el dinero de sus clientes, sin verificar qué estaba haciendo con él, alegan que también son víctimas del delito para no hacerse responsables de las pérdidas de aquellos que les confiaron sus ahorros.
Aunque la madre de todas las estafas ha sido el desplome simultáneo de todos los mercados de valores del planeta, cuyos inversores han perdido en los últimos nueve meses la astronómica cifra de 28 billones de dólares (casi el doble del PIB de Estados Unidos) porque toda la ingeniería financiera sobre la que se sustentaba el sistema ha resultado ser un timo. Ahora, hay que pagarles a sus autores un rescate astronómico, porque somos rehenes de ese entramado. Y nuestros gobernantes están de acuerdo en recompensar a los chantajistas con el dinero de sus víctimas.

27/12/2008

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Salvar a la banca mata de hambre

16 mar 2009
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Hace diez días, el Banco Mundial anunció que este año otros 155 millones de personas han sido abocados a la más abyecta pobreza. Pero en los medios de comunicación no hubo espacio para reflejar ese dato, ya que estaba todo dedicado a exponer las astronómicas cifras de dinero que se están dedicando a salvar a la banca y a los demás potentados que han contribuido con su enriquecimiento personal a hundir el sistema financiero internacional.
Los datos que se publicaron sobre aquel informe se limitaron a constatar que el crecimiento de la economía mundial caerá en 2009 a sólo un 0,9% del PIB global y que el volumen total de comercio internacional se reducirá por primera vez en 25 años, a causa de la recesión de los países industrializados provocada por la debacle bursátil y bancaria. Los medios nos rebotaron una auténtica cascada de ominosas cifras macroeconómicas, manejando billones de unidades monetarias, pero a nadie se le ocurrió que el dato más importante eran esos 155 millones… de personas.
Pero ¿cómo se va a comparar tan mísera cantidad con los 200.000 millones de dólares que se emplearon en rescatar a los gigantes hipotecarios Fannie Mae y Freddie Mac? ¿O con los 700.000 millones que la Reserva Federal de EEUU está dedicando a comprar activos tóxicos de las grandes entidades financieras internacionales?
Mucho menos se puede parangonar ese número de miserables con los 6,7 billones de dólares que ya se han dedicado en todo el mundo a salvar grandes bancos, aseguradoras, entidades financieras y compañías multinacionales. ¡Y no basta! Según Barry Ritholtz, autor de Bailout Nation, habrá que dedicar hasta 8 billones de dólares de los impuestos de todos nosotros a salvar el sistema capitalista mundial.
Esa cantidad es superior a todos los gastos públicos de EEUU durante la totalidad del siglo XX, incluido lo que le costó a la superpotencia su participación en la Segunda Guerra Mundial, la de Vietnam, el Plan Marshall, el New Deal, la invasión de Irak… En breve, equivale a más de la mitad del PIB actual de Estados Unidos.
Aunque lo verdaderamente asombroso es que de pronto se pueda disponer de esas sumas fabulosas, cuando durante decenios ha sido imposible distraer un mero 0,7% del PIB de los países ricos para ayudar al desarrollo de los verdaderamente necesitados. En España, como somos ahora tan solidarios, prometemos que lo lograremos… en 2012.
Ya veremos. Por el momento, para dedicar cantidades tan desaforadas a retribuir a los mismos que nos han llevado a la ruina, estamos dejando sin la asistencia básica de supervivencia a los marginados del planeta. Las grandes organizaciones humanitarias de la ONU, de las que dependen para comer más de cien millones de personas en todo el mundo, se están quedando sin fondos porque los gobiernos están restringiendo sus presupuestos de ayuda exterior.
El World Food Programme (WFP), por ejemplo, ha recibido menos de la décima parte de los 5.200 millones de dólares que necesita para alimentar a 49 millones de personas en doce de los países más míseros del orbe. Así que se ha visto obligado a recortar las ya exiguas raciones que reparte en Etiopía y Zimbabue.
“El hambre avanza en todo el mundo”, advertía hace poco la directora ejecutiva del WFP, Josette Sheeran. “La crisis alimentaria ha golpeado al planeta con más fuerza de la que nos podíamos imaginar”. Porque llueve sobre mojado. La penuria llega cuando el Tercer Mundo no ha empezado a recuperarse de la brutal escalada del precio de los alimentos que este verano multiplicó por millones el número de niños, mujeres y ancianos desnutridos.
Todos ellos están ahora en peligro de muerte inminente. Para salvarlos, dice Sheeran, el WFP necesita menos del 1% del dinero que se está invirtiendo en reflotar a los grandes imperios financieros.
¿Podría quizá la gran banca prescindir de ese 1% para salvar millones de vidas? No lo creo.

20/12/2008