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El tablero global

Carlos Enrique Bayo

El 11-S fue utilizado como coartada para imponer el orden mundial ‘neocon’

12 sep 2011

Diez años después, todo el mundo habla de las consecuencias, pero casi nadie se pregunta por las causas. Así que… empecemos hablando de las consecuencias. Sobre todo, de la catástrofe económica que hemos heredado de la insensata respuesta neocon a la hecatombe del 11-S.

George W. Bush reconoció hace unos días al National Geographic Channel que ganó la Casa Blanca en 2000 prometiendo una política exterior “modesta”. Un año más tarde, halcones como Cheney, Rumsfeld y Wolfowitz se apropiaban de la agenda internacional de la única superpotencia, convirtiéndola en una contienda bélica permanente e interminable: la guerra contra el terror que, por definición, se prolongará hasta el fin de los tiempos. Pero, lo más relevante es que “ninguno de ellos se fijó en la economía, igual que ninguno de los teóricos neocon, como Kagan, Krauthammer, Kristol o Lewis, se ocupó tampoco de los problemas económicos”, explica Peter Beinart, investigador de la New American Foundation, quien en su día fue adalid de la invasión de Irak.

“Los neocon se hicieron con el timón de la política exterior de EEUU después del 11-S”, admite Beinart, “pero sólo pudieron manejarlo porque el 11-S le había metido el turbo al motor de la nave. Y ese motor era la disposición de los estadounidenses a derramar su sangre y gastar su fortuna en el otro extremo del mundo. Hoy, ese motor chisporrotea y la mayor parte de los norteamericanos ya no creen que eso por lo que luchamos en Afganistán merezca sacrificar las vidas de sus jóvenes, ni que seamos capaces de pagarlo”. Ningún ideólogo de la Administración Bush se centró en los problemas económicos que estaba generando su doctrina neoliberal y que acabarían llevando al planeta a la catástrofe financiera. “El neoconservadurismo post11-S daba por sentado que siempre habría dinero para una política exterior cuasi imperial”, continúa Beinart, “y que, si fuera necesario, siempre se podría recortar el gasto público para asegurarse de que al Pentágono no le alcanzaran los tijeretazos”.

A los neocon nunca se les ocurrió que EEUU no podría permitirse sendas guerras en Afganistán e Irak. Esas contiendas, según la estimación “más conservadora” de la Universidad de Brown, no sólo causaron la muerte de 137.000 civiles y convirtieron a 7,8 millones de personas en refugiados, sino que también supusieron un coste económico total (incluyendo los intereses de la deuda contraída para sufragarlas y la atención médica de los veteranos heridos en ellas) de unos 4 billones de dólares. Es decir, “equivalente a los déficits públicos acumulados [por EEUU] durante los seis años que van de 2005 a 2010″, constata The Economist.

Cuando toda la derecha de Occidente considera deber patriótico eliminar cualquier déficit público incluso al precio de acabar con el Estado del bienestar, es sangrante constatar que sus padrinos neocon despilfarraron en dos guerras sangrientas una fortuna equivalente a tres años del PIB de España. Con resultados bien poco rentables. En Irak, Al Qaeda cometió hace poco 42 atentados en un solo día, mientras que el Gobierno de Al Maliki en Bagdad es más cercano al de Teherán que al de Washington. En Afganistán, los talibanes están cada día más fuertes, este agosto fue el mes con más bajas norteamericanas desde la invasión de 2001, y el número de civiles muertos en acciones armadas insurgentes o bombardeos aliados no hace más que batir récords.

Paul Kennedy, catedrático de Historia y de Seguridad Internacional de la Universidad de Yale, sostiene que el efecto más importante del 11-Sfue “distraer” a EEUU de sus dos verdaderas prioridades: la geopolítica global y la prosperidad económica. Washington descuidó Latinoamérica, que hoy se ha desarrollado al margen de la influencia estadounidense, igual que se desentendió de otras áreas del mundo vitales, como China, Rusia… incluso Europa, salvo para presionarlas -hasta rozar el conflicto diplomático-, con el fin de que apoyasen sus aventuras militares.

Al mismo tiempo, “la combinación de carísimas guerras lejanas y las inexcusables rebajas de impuestos que favorecían a los ricos tuvieron efectos nefastos sobre el déficit federal de EEUU, la creciente dependencia estadounidense de fondos extranjeros y el futuro del dólar a largo plazo”, subraya Kennedy. “El tejido social [de EEUU] se está haciendo jirones, las clases marginadas crecen y el sistema de educación pública se desmorona. Y, para mayor desastre, aparece un Tea Party proponiendo políticas que agravarían esa doble distracción de EEUU. Ese puede ser el auténtico legado del 11-S, mucho después de que las tropas estadounidenses se hayan retirado de las
alturas del Hindu Kush”.

Los neocon del Tea Party

Es debatible si el surgimiento del Tea Party forma también parte de la herencia de ese pensamiento único que tomó el 11-S como coartada para imponer un nuevo orden militarista, imperial y despiadado, pero no cabe duda de que muchos de los principios que animan al nuevo movimiento ultra norteamericano son calcados de las drásticas decisiones adoptadas por la Administración Bush tras la caída de las Torres Gemelas. El gobernador de Texas, hoy favorito en el Tea Party, Rick Perry, está siendo asesorado en su campaña por Donald Rumsfeld y Doug Feith, destacados neocon que diseñaron gran parte de laestrategia bushaniana.

Un ejemplo del paralelismo entre el Tea Party y la ideología neocon está en la política de inmigración. Sólo ocho días después del 11-S, Bush firmó la Patriot Act, por la que los extranjeros pudieron ser detenidos indefinidamente y sin derecho a un juicio justo. Las normativas y prácticas represivas posteriores, organizadas en torno a un departamento de seguridad (Department of Homeland Security), que agrupó un año más tarde a las 22 agencias federales de seguridad e inteligencia, continuaron castigando a los inmigrantes con deportaciones por meras infracciones, violaciones de sus derechos civiles y una constante persecución policial que vulnera el principio constitucional de igualdad ante la ley. Bush firmó directivas para otorgar a las autoridades locales poderes ejecutivos contra extranjeros sospechosos de terrorismo que son muy similares a las medidas antiinmigrantes que el Tea Party impone en los estados fronterizos y las ciudades donde gobierna.

Se argumenta que los seguidores del Tea Party son radicalmente opuestos a ese Gran Hermano en el que Cheney, Bolton, Perle y otros asesores de Bush convirtieron el Gobierno de EEUU, espiando las comunicaciones de todos los norteamericanos y extendiendo por el mundo las cárceles secretas de la CIA y las entregas de sospechosos a regímenes aliados especializados en torturar detenidos. Pero las convicciones extremistas del Tea Party sí tienen mucho que ver con ese credo intolerante de que el supuesto buen fin que se persigue justifica cualquier medio por brutal y cruel que sea, como el manual de torturas que elaboraron para la CIA los letrados de la Casa Blanca John Yoo y Jay Bybee, hoy magistrado federal de apelación.

La poderosa máquina propagandística puesta en marcha tras el 11-S llegó a convencer a los estadounidenses de que para defenderse del terrorismo tenían que condonar violaciones de derechos humanos y hasta renunciar a garantías constitucionales como la primera y cuarta enmiendas -que defienden la libertad de expresión y reunión y protegen contra registros y detenciones arbitrarias-, frente a las que el equipo de abogados de Bush redactó argumentaciones jurídicas que justificaban poderes presidenciales por encima de ellas.

Gran parte de la opinión pública norteamericana está ahora imbuida de la creencia de que el penal ilegal de Guantánamo, las detenciones arbitrarias y sin derecho a defensa, el encarcelamiento indefinido sin proceso legal, juicio ni sentencia, e incluso la aplicación de tormentos como el waterboarding (llevar al reo al borde de la muerte por asfixia en agua) han sido necesarios y lo seguirán siendo para defender la democracia. Ni siquiera se plantean que eso no es democracia, pues celebraron alegremente que se hubiera asesinado a Bin Laden, tras arrancarle su rastro a Jalid Sheij Mohamed, en un interrogatorio durante el cual se le sometió al waterboarding 183 veces en su primer mes de cautiverio.

El fracaso de la guerra de Irak

Cheney acaba de publicar unas memorias (In My Time) en las que reivindica sin ambages toda la panoplia de abusos e iniquidades de la guerra contra el terror, pese a que es ya evidente el fracaso de la guerra de Irak, que los neocon pretendían que fuera el catalizador de una ola de cambios democráticos en todo Oriente Próximo. “Un nuevo régimen en Irak servirá de ejemplo de democracia espectacular y estimulante para las otras naciones de la región”, proclamó Bush en el American Enterprise Institute justo antes de desencadenar la guerra.

La realidad es que los pueblos de la zona “en vez de sentirse estimulados, sintieron repugnancia por la violencia, el caos, la quiebra de los servicios públicos” que generó la invasión de Irak, explica Paul R. Pillar, veterano especialista de la CIA y hoy profesor de Estudios de Seguridad en la Universidad de Georgetown. “El defecto fatal del sueño neocon fue el convencimiento absurdo de que algo impuesto desde fuera por EEUU podía motivar a los árabes para que se movilizasen en defensa de la soberanía popular (…). El cambio político no puede ser impuesto por una potencia exterior, ni mucho menos a cañonazos”.

Lo que ocurrió fue que “en Irak el tiro les salió por la culata, y hoy los gobernantes que impusieron en Bagdad están más bien resistiéndose a la propagación de la democracia, en vez de inspirándola”, asegura Pillar. “Es difícil comprender cómo los neocon lograron convencer a tanta gente, hace una década, de su insensato experimento, aunque sin duda el efecto estupefaciente del trauma nacional generado por el 11-S explica gran parte de ese fenómeno horrendamente erróneo”.

Las verdaderas causas

En cuanto a las causas del 11-S, se han tratado de ocultar tras la cortina de humo de que Al Qaeda sólo tiene una motivación religiosa integrista, argumento esgrimido por el informe oficial de 2004 de la Comisión Nacional creada por el Congreso, cuyos dos máximos responsables, Thomas Kean y Lee Hamilton, admitieron después: “Era un tema sensible y los comisionados que adujeron que Al Qaeda se guiaba sólo por ideología religiosa, y no por oponerse a la política de EEUU, rehusaron mencionar el conflicto palestino-israelí. Creían que, si se exponía el apoyo de EEUU a Israel como la raíz causal del ataque de Al Qaeda, entonces se indicaría que EEUU debía revisar esa política”.

Por tanto, jamás se establecieron las verdaderas causas de que la red terrorista atacara tan ferozmente a EEUU, ni lo que motivó a tantos suicidas a inmolarse en los aviones empleados como armas. Pero los motivos estaban bien claros, como exponen Anthony Summers y Robbyn Swan en El undécimo día: “Todas las pruebas indican que Palestina fue el factor que unió a los conspiradores en todos los niveles (…). Era sin duda el principal resentimiento político que movía a los jóvenes árabes” que prepararon los atentados. Es decir, los autores de la matanza creían que con ella los estadounidenses se fijarían en “las atrocidades que EEUU comete en su apoyo a Israel”.

Ni Israel ni los palestinos son jamás mencionados en las informaciones sobre el 11-S. Y la respuesta neocon al mayor ataque terrorista de todos los tiempos sólo agravó esa heridaen el mundo árabe e islámico, además de mutilar los valores democráticos con los que Occidente siempre se sintió superior al resto del planeta.

No ha sido justicia, sino venganza

02 may 2011

Lo que más aterra del asesinato selectivo (mujer-escudo-humano incluida, según la primera versión oficial, luego desmentida) de Bin Laden es que el presidente de EEUU considere –y proclame– que “se ha hecho justicia” porque fuerzas de élite le han pegado un tiro en la cabeza al enemigo declarado y luego han arrojado su cadáver al mar. Si ésta es la forma en que Obama cree que se hace justicia, entonces se explica por qué ha perpetuado infamias de la “guerra contra el terror” de Bush como el penal ilegal de Guantánamo o las renditions (entregas) de sospechosos a terceros países donde se sabe que van a ser torturados y/o ejecutados.

Como el mundo entero ha de celebrar la desaparición de un líder de terroristas, responsable de espantosas masacres, resultará que pronto confundiremos la venganza violenta, la aniquilación militar de los (presuntos) criminales, con la administración de justicia. Pues incluso tratan de convencernos de que “a Bin Laden se le dio la oportunidad de entregarse antes de darle muerte”. ¿También le hicieron la prueba del ADN, para verificar su identidad, antes de dispararle?

La Casa Blanca admite que las órdenes eran “matar a Bin Laden”, y no capturarlo, pero sorprende que el comando de los Seals tuviera tanta prisa en deshacerse de su cadáver, cuando sin duda se hubiera extraído información interesante de su examen forense. Igual que su interrogatorio habría sido altamente instructivo… sobre todo en las celdas de tortura de la base estadounidense de Bagram, en Afganistán, adonde llevaron su cadáver, tras al parecer rematarlo de un segundo disparo.

Entonces, ¿por qué no se intentó apresarlo con vida? ¿Ya no necesitan sus ejecutores conocer lo que él sabía sobre las conspiraciones terroristas contra EEUU? Lo único indudable es que no querían que compareciera ante un tribunal.

Y eso no tiene nada que ver con la Justicia.

Guantánamo, el gran engaño de Obama

06 ene 2011
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El próximo 22 de enero se cumplirán dos años desde que Barack Obama rubricó, en una solemne ceremonia en el Despacho Oval, su directiva presidencial disponiendo el cierre de la ilegal prisión militar de Guantánamo “lo antes posible” y “no más tarde de un año”. En ese acto al que invitó a los más importantes dirigentes políticos estadounidenses, y cuyas imágenes dieron la vuelta al mundo, el presidente de EEUU firmó otras tres órdenes ejecutivas disponiendo la clausura de las cárceles secretas de la CIA (para entonces, un centenar) y prohibiendo la tortura de los sospechosos de terrorismo, así como su encarcelamiento indefinido sin garantías procesales. El día anterior ya había anunciado el cese de las actividades de las “comisiones militares” creadas por la Administración Bush para escenificar remedos de consejos de guerra contra los reos de Gitmo, en vistas orales sin abogados defensores ni procedimiento judicial.

La normativa presidencial con la que Obama inauguró su mandato proclamaba “el respeto de las obligaciones de Estados Unidos con los tratados internacionales, incluida la Convención de Ginebra” que protege a los prisioneros de guerra.

Esas fueron sus palabras… por escrito.

Los hechos, hasta la fecha, son:

La base aérea norteamericana de Bagram, en Afganistán, sigue siendo el mayor centro de detención del mundo de reos sin derechos legales ni abogado defensor, muchos de los cuales continúan sometidos a meses de duros interrogatorios sin que sepan si permanecerán presos el resto de su vida ni los crímenes de los que se les acusa.

Los estadounidenses que cometieron y ordenaron las torturas han sido exonerados por el propio Obama, prometiendo a los agentes de la CIA y a los letrados de la Administración Bush que diseñaron esos tormentos (como Jay Bybee, hoy magistrado federal de apelación) que siempre quedarán impunes sus crímenes de lesa humanidad, algo que viola todos los principios de la legalidad internacional.

El presidente también ha autorizado que prosigan las extraordinary renditions (entregas de prisioneros, a menudo cautivos por haber sido secuestrados en operaciones ilegales de espionaje, a dictaduras aliadas donde se sabe que van a ser torturados) y ha encargado al Departamento de Justicia que elabore los instrumentos legales necesarios para que decenas de reos de Guantánamo permanezcan presos para siempre, sin ser jamás juzgados, y que se creen nuevas “comisiones militares” con idénticas funciones que las anteriores, aunque maquilladas para que no parezcan tan arbitrarias a los ojos del resto del mundo.

¿Es de extrañar que Obama incumpla tan flagrantemente sus compromisos, escritos, de cerrar Guantánamo y de respetar los derechos humanos y las leyes internacionales? No, lo que sorprende es que muchos sigan creyendo que es progresista.

Todo vale para exorcizar al diablo del socialismo

30 oct 2010
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Es como si la víctima de un ataque al corazón se querellase contra los enfermeros de la ambulancia que la recogieron, y contra los médicos que la curaron, alegando que si la hubieran dejado en paz hoy estaría muchísimo mejor. Eso es lo que se disponen a hacer los electores estadounidenses, olvidando el infarto del sistema financiero que, en otoño de 2008, los arruinó. Porque los republicanos han logrado convencerlos de que la culpa de la crisis no la tuvo el ultraliberalismo de la era Bush que la causó, sino las medidas de Obama para contenerla.
Esa campaña propagandística incluso acusa al actual presidente demócrata de arruinar al país con el Troubled Asset Relief Program (TARP) de compra de acciones y activos de las instituciones financieras en apuros… ¡que Bush firmó el 3 de octubre de 2008! Y tampoco importa el hecho de que el Estado federal ya ha recuperado la mayor parte de esa inversión, con beneficios.
El líder de los senadores republicanos, Mitch McConnell, dice no tener más que una prioridad política: “Frenar la agenda ultraizquierdista de Obama lo antes posible”. Esto es, revocar sus medidas que dieron cobertura sanitaria a 11 millones de niños sin seguro médico; permitieron a las mujeres denunciar a las empresas que las discriminan salarialmente; prohibieron las subidas abusivas y sin previo aviso del interés de las tarjetas de crédito; regularon las oscuras operaciones especulativas que causaron el hundimiento de las bolsas…
Todo ello, puro “socialismo soviético”, como braman los líderes del Tea Party, agitando la Constitución de EEUU. Su receta para exorcizar al diablo comunista es simple: suprimamos los servicios sociales… y los impuestos de los más ricos.
¿Qué creerán que indica su Preámbulo constitucional cuando insta a “promover el bienestar general”?

Devastaron Irak y ni siquiera les da vergüenza

20 ago 2010
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Hace pocos días, el vicepresidente iraquí, Adel Abdul Mahdi, reconocía a The New York Times: “Deberíamos avergonzarnos de cómo hemos gobernado nuestro país”. Ciertamente, la élite que EEUU encumbró al poder tras invadir Irak ha demostrado no sólo incompetencia, sectarismo y egoísmo sin límites, sino también una codicia de verdaderos cleptócratas.
Al menos, Mahdi lo reconoce. Igual que la directora del MI5 de 2002 a 2007, Eliza Manningham-Buller, admitió ante la comisión investigadora que no había prueba ninguna contra Sadam antes de la invasión, que la guerra provocó un auge terrorista islamista en todo el mundo que llegó a desbordar a los servicios secretos occidentales, y que “radicalizó a toda una generación de jóvenes que la vieron como un ataque contra el islam”. Y ¿quién lo puede saber mejor que la jefa del espionaje británico?
Salta a la vista que más de siete años de delirio bélico han devastado un país de grandes riquezas; han causado la muerte directa de al menos 100.000 civiles (y provocado cientos de miles de fallecimientos por la destrucción del sistema sanitario y de la red de los suministros básicos); han acabado con los progresos sociales de un régimen laico, arrastrando a la sociedad hacia el oscurantismo de un pasado integrista; han desviado los esfuerzos de la lucha contra Al Qaeda, atizando en cambio el reclutamiento de sus sicarios suicidas; han entregado Irak a unas milicias chiíes con las que Irán tiene más influencia en su vecino de la que jamás hubiera soñado alcanzar con Sadam…
Además, “le dimos a Osama Bin Laden su yihad iraquí, de forma que pudo infiltrarse en Irak como nunca lo habría logrado”, especificó la gran jefa de los espías con licencia para matar. Hasta ella, hoy miembro de la Cámara de los Lores, se mostró abochornada al admitir que no logró convencer a los neocon qu e rodeaban a Bush (Cheney, Rumsfeld, Wolfowitz y Perle) de que se lanzaban hacia un abismo criminal.
En cambio, otros no tienen ni la vergüenza de dejar de justificar esa abominación, como Blair, o incluso llegan al descaro de hacer burla de ello, como Aznar. Su cinismo pasará a la historia de la infamia.

La vergonzosa gestión del secretario general que impuso Bush

02 ago 2010
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Poco después de llegar a secretario general de la ONU (porque Bush impuso a un títere al frente del organismo) Ban Ki-moon se presentó en el Jerusalén árabe, bajo ocupación militar desde 1967, y les dijo a sus estupefactos anfitriones palestinos que estaba “encantado de estar en Israel”.
Pero todavía más anonadados quedarían dos años más tarde, cuando no se dignó a interrumpir sus vacaciones durante las dos primeras semanas de devastación militar de Gaza, mientras los bombardeos indiscriminados daban muerte a más de un millar de civiles, cientos de ellos niños. Sólo reapareció cuando el Tsahal regó con fósforo blanco y bombas de racimo los cuarteles generales de la ONU en la Franja. Se declaró “afligido” por la matanza, y regresó a su despacho en el piso 34º de magníficas vistas sobre el río Hudson.
Ban permaneció impertérrito durante la invasión rusa de Georgia y las matanzas de Darfur, Somalia y Zimbabue. Después, se le ocurrió encargar al ruandés Kagame, sospechoso de crímenes de guerra, la verificación de los Objetivos del Milenio (y puso en un brete a Zapatero). Hace sólo diez días, la auditora anticorrupción de la ONU, Inga-Britt Ahlenius, denunció que la gestión de Ban no sólo ha sido “deplorable”, sino “una vergüenza”.
Como vergonzoso es que designe al colombiano Uribe, bajo cuyos mandatos fueron asesinados por el Ejército miles de campesinos –y espiados por su servicio secreto jueces, diputados y defensores de los derechos humanos–, para investigar el mortífero asalto israelí a la Flotilla de la Libertad. Lo único que no sorprende es que Israel lo aplauda.

Esta es ahora la guerra de Obama, y no la puede ganar

07 dic 2009
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Aún no sabemos si Barack Obama nos acaba de presentar una campaña bélica de victoria, endulzada con el anuncio de un corto plazo de repliegue; o un plan de retirada total, edulcorado con una gran ofensiva militar previa. En cualquier caso, esta es ahora su guerra, aunque trate de ponerle fecha de caducidad, y lo peor de todo es que es una contienda que no se puede ganar. Así que, a partir de este momento, todas las víctimas del conflicto serán inútiles; todos los desastres y sufrimientos, plena responsabilidad del hombre que va a recibir el Premio Nobel de la Paz dentro de cuatro días.

Más aún, esta es una guerra que Estados Unidos ya ganó rápidamente hace casi ocho años… y esa victoria fue tan dulce para la Administración de George W. Bush que antes de que los combates cesaran ya estaba planeando reproducir ese modelo en Irak. Así lo hizo, sin darse cuenta de que el triunfo de las armas en Afganistán no era más que un espejismo, el mismo que suele engañar a las superpotencias cuando derrocan con facilidad a un régimen tercermundista y luego se enfangan en una ocupación militar para la que no hay estrategia de salida. Situación que genera una insurgencia guerrillera local, invencible porque es interminable.

Ahora, Obama pretende convencernos de que con enviar unos 40.000 soldados más (incluidos los de los países aliados que accedamos a ello) a ese remoto, agreste e inmenso territorio lograremos vencer en un año escaso a las tribus de feroces y fanáticos guerreros que han puesto de rodillas a todos los imperios desde hace más de 2.000 años. Además, les estamos dando nuestro calendario, para que se puedan limitar a retirarse temporalmente a sus inaccesibles guaridas en las cumbres, con vistas a regresar fortalecidos a los valles en cuanto nos vayamos de allí. ¿No es un despropósito hacer ese anuncio? Eso mismo le preguntó al propio La victoria inicial en Afganistán no fue más que un espejismo, que Bush repitió en Irak Obama pretende hacer en un año, con 40.000 tropas más, lo que ningún imperio logró jamás La única estrategia viable es la que no puede asumir: admitir la derrota y dar orden de retirada Obama, en un almuerzo restringido previo a su discurso ante los cadetes de West Point, el periodista David Ignatius, de The Washington Post.

“Si nos ciñésemos a la lógica, nunca nos iríamos de allí –le respondió al instante el presidente, que esperaba esa pregunta–. Así que, en realidad, estaríamos rubricando la transformación de Afganistán en un protectorado indefinido de Estados Unidos”.

En cuanto a dar un plazo fijo de retirada –algo que parece suicida en términos de estrategia militar– Obama argumentó en esa comida (en la biblioteca del sótano de la Casa Blanca, con otros columnistas washingtonianos, como Joe Klein, de la revista Time) que era la única forma de forzar la cooperación del presidente afgano, Hamid Karzai. “En mi larga conversación telefónica con él, ayer”, explicó el presidente de EEUU a esos periodistas, “pude exponerle con precisión qué va a tener que hacer en los próximos dos años para prepararse para esa transición”.

Después, en el histórico discurso en el que por primera vez un premio Nobel de la Paz ha llamado a la guerra sólo días antes de recoger ese galardón, Obama explicó: “El compromiso de nuestras tropas en Afganistán no puede ser indefinido, porque la nación que más interés tengo en construir es la nuestra”.

Antes habló del billón de dólares que EEUU se había ya gastado en las guerras iraquí y afgana antes de que él llegara a la Casa Blanca, de la “discordia con gran parte del mundo” que le costó a Washington la invasión para derrocar a Sadam y, sobre todo, de que comprende que los estadounidenses no quieran seguir por ese camino tras “años de debate sobre Irak y el terrorismo que han hecho jirones nuestra unidad en temas de seguridad nacional”.

En definitiva, un excelente discurso para consumo interno, dirigido a las emociones en vez de a la razón, sin aportar la verdadera solución externa: hay que irse de Afganistán porque allí la victoria militar a largo plazo es imposible. La única estrategia viable es también la única que Obama no puede asumir: reconocer la derrota y dar la orden de retirada inmediata.

 

El presidente que no llegó ni a la suela del zapato

19 sep 2009
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Sólo le arrojó sus sandalias al hombre más poderoso del mundo, pero el gesto de Muntazer Al Zaidi ha resultado ser más poderoso que todas las bombas y tropas con las que George W. Bush consiguió causar la muerte de 150.000 civiles, devastar todo un país y condenar a su sociedad al oscurantismo de la guerra civil interétnica e interreligiosa, para satisfacer las ambiciones conquistadoras de los neocon.
“Cuando Bush mire atrás y repase las páginas de su vida, verá los zapatos de Muntazer en cada una de ellas”, decía ayer su hermano Uday. Porque, de sus dos mandatos, el ex presidente estadounidense sólo puede alardear de que logró esquivar ambas chanclas convertidas en proyectiles improvisados.
Por lo demás, bajo su reinado EEUU sufrió el mayor ataque terrorista de la historia (cuyo autor intelectual sigue vivo y desafiante ocho años después); se metió en un nuevo y cruento Vietnam; legalizó la tortura y cometió abusos equiparables a crímenes de guerra; obstaculizó la lucha contra el cambio climático y vetó el desarrollo de avances médicos y científicos; hizo retroceder los derechos de las mujeres y las minorías en todo el mundo; multiplicó las injusticias sociales y económicas, y nos legó una hecatombe financiera que a punto estuvo de derrumbar al mismo sistema capitalista neoliberal que tanto idolatraba.
No cabría aquí ni siquiera un sucinto resumen de todos los desmanes y despropósitos por los que W. Bush pasará a la historia, pero tampoco cabe duda de que el acto de protesta de Al Zaidi, y su repercusión mundial, tendrá un lugar destacado en los anales de tamaña aberración. Ya que demostró que el presidente de EEUU no le llegaba ni a la suela del zapato.

El verdadero «imperio del mal» de la era Cheney

14 jul 2009
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Paso a paso, Dick Cheney se aproxima a su juicio final, el de rendir cuentas sobre uno de los gobiernos más tenebrosos de la historia reciente, al que solemos denominar Administración de [George W.] Bush, pero que sin lugar a dudas cometió sus mayores atrocidades bajo órdenes e instrucciones personales del vicepresidente.
A pesar de los deseos de Barack Obama de pasar página –para que los horrores del pasado no enturbien sus planes de futuro–, al fiscal general, Eric Holder, cada día le cuesta más resistirse a abrir una investigación judicial sobre las torturas de la CIA. Pesquisas en las que poco costaría probar lo que todos ya sabemos: fue Cheney en persona quien ordenó, e incluso diseñó en algunos de sus detalles, el programa de interrogatorios en violación de las leyes internacionales y de los tratados rubricados por EEUU.
En un caso concreto, la oficina del vicepresidente mandó que se siguiera torturando a un detenido pese a que los agentes interrogadores insistían en que la víctima ya había dicho todo lo que sabía. Simplemente, porque no había confesado la existencia de vínculos entre Al Qaeda y Bagdad; confesión falsa que Cheney necesitaba para justificar sus planes de invadir Irak.
No puede sorprender que el vicepresidente ordenase a la CIA que ocultase al Congreso sus planes de asesinatos antiterroristas en el extranjero, cuando Cheney había creado su propia task force secreta de espionaje (cuyas operaciones no conocía ni la Agencia Central) para manipular los informes de los agentes secretos.
Todo indica que Cheney levantó un auténtico “imperio del mal” paralelo a la Casa Blanca y fuera de la ley. Tapar esa infame actuación en aras de la seguridad nacional sería otra vileza.

Inductores de torturas que administran hoy ‘justicia’

15 may 2009
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Si tanto daño puede hacer su difusión al prestigio y la seguridad de los Estados Unidos, hasta el punto de poner en peligro la vida de estadounidenses en todo el mundo, es que esas imágenes de los interrogatorios de la CIA son verdaderamente espantosas. Al menos, deben ser más horribles de lo que el propio Obama se imaginaba, ya que ha decidido incumplir sus promesas.
Empero, y por muy espeluznantes que sean esas fotos, sólo nos mostrarían a sicarios en el acto de poner en práctica lo que sus superiores les habían ordenado hacer. Igual que ocurrió en Abu Ghraib, cuando los responsables de la Administración Bush se ocultaron cobardemente tras cabezas de turco  como la desgraciada soldado Lynndie England.
Más escalofriantes son todavía los memorandos de los que diseñaron esas torturas, pues describen con nauseabunda precisión los elementos y técnicas legales según esos catálogos del tormento. Uno de los inductores de esos crímenes de lesa humanidad, Jay Bybee (en aquel entonces vicefiscal general y hoy juez), incluso escribió admirativamente sobre un aparato que enderezaba de golpe al que, sometido al waterboarding, dejaba de respirar mientras se le arrojaba agua en la cara. Y felicitó a la CIA por tener médicos a mano para que hicieran traqueotomías de emergencia en caso necesario.
Pues bien, ese Bybee fue recompensado por Bush con el cargo vitalicio de magistrado federal de apelación, desde el que actualmente decide sobre la validez constitucional y legal de sentencias judiciales. Eso es una vergüenza todavía mayor que la anterior aplicación de sus recetas criminales.
Es difícil concederle a Obama que deben ser perdonados  los que alegan obediencia debida. Pero es del todo imposible aceptar que deje impunes, y administrando justicia, a individuos como Bybee.