El clan Ben Alí-Trabelsi rigió Túnez como un imperio mafioso, repartiéndose en familia (numerosa) el gran negocio del turismo, la lucrativa pesca del atún, las entidades financieras y el propio Banco Central del país. Se embolsaban comisiones astronómicas por las importaciones de vehículos, la gestión de puertos y aeropuertos, los establecimientos hoteleros y hasta el mercado negro de alcohol. Controlaban los proveedores de telefonía fija y móvil, internet, radio y televisión…
El producto de ese pillaje gigantesco se empleó para adquirir pisos de 37 millones en París, villas en la Riviera francesa, aviones privados en Suiza, latifundios en Canadá y Argentina… mientras los tunecinos vivían en la pobreza y el desempleo masivo, sometidos a una tiranía política y social, sin derechos, libertades ni futuro.
Los gobiernos europeos conocían al dedillo los entresijos de esa cleptocracia (como queda patente en las filtraciones de Wikileaks), pero no sólo toleraron conscientemente el expolio de todo un país, sino que alabaron una y otra vez ese régimen dictatorial como modélico aliado fiel y socio preferente de la UE. El reverenciado director general del FMI, Dominique Strauss-Khan, acudió a Túnez para proclamar que “la política económica del presidente Ben Alí es sana y un buen ejemplo a seguir”. Más aún, “el juicio del FMI sobre la política tunecina es muy positivo”, aseveró, sólo cinco meses después de los disturbios del hambre que sacudieron el país en 2008. A cambio, fue condecorado con la medalla de Gran Oficial de la Orden de la República de Túnez.
Una de dos. O nuestros gobernantes políticos y económicos prevaricaban (pues tomaban decisiones injustas a sabiendas); o resulta que de verdad su modelo de sociedad es el que permite que una élite oligárquica esquilme a la mayoría en un régimen de explotación y saqueo.
¿O son las dos cosas a la vez?
Es como si la víctima de un ataque al corazón se querellase contra los enfermeros de la ambulancia que la recogieron, y contra los médicos que la curaron, alegando que si la hubieran dejado en paz hoy estaría muchísimo mejor. Eso es lo que se disponen a hacer los electores estadounidenses, olvidando el infarto del sistema financiero que, en otoño de 2008, los arruinó. Porque los republicanos han logrado convencerlos de que la culpa de la crisis no la tuvo el ultraliberalismo de la era Bush que la causó, sino las medidas de Obama para contenerla.
Esa campaña propagandística incluso acusa al actual presidente demócrata de arruinar al país con el Troubled Asset Relief Program (TARP) de compra de acciones y activos de las instituciones financieras en apuros… ¡que Bush firmó el 3 de octubre de 2008! Y tampoco importa el hecho de que el Estado federal ya ha recuperado la mayor parte de esa inversión, con beneficios.
El líder de los senadores republicanos, Mitch McConnell, dice no tener más que una prioridad política: “Frenar la agenda ultraizquierdista de Obama lo antes posible”. Esto es, revocar sus medidas que dieron cobertura sanitaria a 11 millones de niños sin seguro médico; permitieron a las mujeres denunciar a las empresas que las discriminan salarialmente; prohibieron las subidas abusivas y sin previo aviso del interés de las tarjetas de crédito; regularon las oscuras operaciones especulativas que causaron el hundimiento de las bolsas…
Todo ello, puro “socialismo soviético”, como braman los líderes del Tea Party, agitando la Constitución de EEUU. Su receta para exorcizar al diablo comunista es simple: suprimamos los servicios sociales… y los impuestos de los más ricos.
¿Qué creerán que indica su Preámbulo constitucional cuando insta a “promover el bienestar general”?
En poco más de un mes, el 4 de agosto, se cumplirán 221 años desde que la Asamblea Nacional Constituyente de Francia abolió el feudalismo, eliminando las prebendas del clero y los derechos señoriales de la nobleza. Pero más de dos siglos después la aristocracia económica francesa sigue gozando de muchos de los privilegios derogados aquella célebre noche, como el de no pagar impuestos. Le basta con derivar sus caudales hacia paraísos fiscales tan atractivos como las islas Seychelles, o tan cercanos como la vecina Suiza. Lógico.
Lo que ya no es tan normal es que los ministros participen de esa traición a la Revolución Francesa… ¿O sí lo es, sólo que no solemos enterarnos?
Esta vez ha sido un mayordomo el que grabó las conversaciones de la heredera de L’Oréal con el asesor que le recomendaba esconder mejor su patrimonio, pero poner dinero en las campañas electorales de dos ministros, uno de ellos Eric Woerth, supuesto látigo de la evasión fiscal y artífice de recortes sociales, rebajas salariales y subidas de impuestos.
La magnate, claro, dice estar indignada por esas “grabaciones ilícitas y odiosas” que exponen su “vida privada”, y subraya que ha pagado 400 millones en impuestos en diez años. Como su fortuna es de 17.000 millones y cobra 280 millones al año sólo en dividendos, pues le sale una tasa impositiva anual del 14,3%, pero eso es lo de menos.
La esposa del ministro asegura que llevaba dos años deseando dimitir como asesora fiscal de la potentada. Ya.
Eso sí, es gente que sabe cómo salir de la crisis… a costa del sacrificio de los demás.
Las furiosas protestas de Pekín por el encuentro entre Barack Obama y Tenzin Gyatso pueden parecer la misma pose de siempre –cada vez que un presidente de EEUU recibe al Dalai Lama–, sin más intención que la de disuadir a gobernantes menos poderosos de que atiendan al líder espiritual de los tibetanos. Pero sus duras advertencias previas y las perspectivas de represalias, incluida la posibilidad de que el presidente Hu Jintao decline la invitación de visitar Washington en abril, reflejan una tendencia mucho más preocupante de confrontación progresiva entre las dos mayores potencias del globo.
Obama inició su mandato volcándose en la relación con Asia, y sobre todo con China, pero muy pronto se topó con una gran muralla de intransigencia, rayana en la arrogancia. Los gobernantes chinos no están dispuestos a ceder en las relaciones comerciales, ni en temas monetarios, ni en medidas frente al cambio climático, ni en la contención de los programas nucleares norcoreano e iraní, ni en la libertad de expresión en Internet, ni en las demandas autonómicas en Tíbet y Xianjiang, ni en cuanto a la alianza entre EEUU y Taiwán…
En cambio, Obama anuló su primer encuentro con el Dalai Lama (algo que el inquilino de la Casa Blanca no hacía desde 1991) para allanarse el camino hacia la cumbre de Pekín; aceptó limitaciones en su primera visita allí, y ha evitado exacerbar las tensiones con el gigante asiático, por mucho que su secretaria de Estado haga declaraciones indignadas, destinadas al consumo interno, cada vez que el Gobierno chino impone sus intereses a la comunidad internacional.
Lo que está claro es que, después de más de 30 años de transición al capitalismo, China ya no depende de Occidente para su desarrollo: nada en la abundancia de divisas, produce la mayor parte de la alta tecnología del planeta y por primera vez el principal motor de su crecimiento fue en 2009 su mercado interior, por encima de sus exportaciones, pese a que estas superaron las de Alemania.
A medida que China se expande en todos los terrenos, y el tamaño de su economía iguala a la de Japón en el segundo puesto mundial, Pekín muestra un creciente desprecio por el Occidente industrializado y entre sus élites dirigentes cunde la convicción de que su autoritarismo es infinitamente más efectivo que los desvaríos democráticos de sus rivales. Sentimiento reforzado por la recesión del sistema financiero global.
Si China considera que la economía estadounidense ha entrado en la pendiente de un declive estructural, y que los años de la hegemonía mundial de EEUU están contados, las relaciones entre Washington y Pekín cambiarán radicalmente. Y los peligros de ese vuelco geoestratégico son bien difíciles de calibrar hoy.
Aun así, los dos colosos no son sólo contrincantes en la arena internacional, sino también intrínsecamente dependientes el uno del otro. Sus economías padecen tantas servidumbres recíprocas –el gran deudor es aún mayor cliente de su enorme acreedor– que por el momento han de mantener el equilibrio a cualquier precio.
Pero el mundo cambia a gran velocidad, y los que lo empujan son los chinos.
Parece mentira que Pekín haya terminado por ser el gran paladín de la fortaleza del dólar y el aún mayor defensor de la debilidad de la moneda china. Ni siquiera Sun Tzu –el genial estratega del siglo V antes de Cristo que escribió El arte de la guerra– habría podido concebir un plan tan diabólico para arruinar al enemigo.
Primero, hay que inclinarse ante el poderío económico del adversario e ir pacientemente atesorando sus divisas –por el humilde método de venderle todo lo que desee al menor precio posible–, hasta acumular más de dos billones (sí, con b) de dólares en reservas del Estado. Después, es menester reverenciar el Tesoro del rival, adquiriendo sus bonos de referencia hasta acaparar deuda pública estadounidense por valor de otros 800.000 millones de dólares.
Finalmente, se le otorga al contrincante total preeminencia monetaria mundial, de forma que su dinero sea la referencia de todos los intercambios de materias primas y minerales estratégicos, mientras se mantiene artificialmente bajo el valor del yuan propio con el que se cobran las exportaciones.
Ya sólo queda emplear la colosal reserva de divisas para comprar masivamente yacimientos de recursos energéticos, sobornar gobiernos tercermundistas, construir las infraestructuras que nos permitan extraer y transportar esos bienes, y desarrollar una industria de tecnología punta sin parangón internacional. Y que el adversario se encomiende a Confucio.
Como decía Bruce Lee: “Be water, my friend”.
La senadora demócrata Lincoln de Arkansas puede pasar a la historia del despropósito si acaba impidiendo con su voto la reforma sanitaria del presidente Obama. Porque su motivación es electoralista: afronta a un duro rival el año próximo para revalidar su escaño y ya está siendo objeto de una despiadada campaña de televisión, pagada con millones de dólares de los lobbies que defienden la gestión (y la rentabilidad) exclusivamente privada de los servicios de salud.
A primera vista, parece un desatino que Blanche Lincoln sienta que pone en peligro su reelección si vota a favor de la llamada “opción pública”: la creación de un seguro sanitario gubernamental que competiría con las aseguradoras privadas, forzándolas a rebajar las primas y cubriendo a los que no pueden permitirse pagarlas de su bolsillo. Arkansas es uno de los estados más pobres de la Unión, y muchos de sus residentes carecen de seguro médico. Entonces, ¿cómo puede ser impopular que se garantice una asistencia sanitaria universal?
Pues sí. Resulta que la multimillonaria campaña propagandística –financiada con una fracción de los beneficios que obtienen las corporaciones médicas y farmacéuticas– mantiene convencida a la mayoría de los estadounidenses de que cualquier servicio sanitario gubernamental es un engendro comunista que impone el criterio de los burócratas por encima del de los doctores y obliga a los ciudadanos a aceptar el tratamiento y los medicamentos que decida algún funcionario. ¡Y esto se lo creen hasta los que hoy carecen de toda ayuda médica!
Así que los temores de la senadora Lincoln están bien fundados… en que una mentira repetida un millón de veces acaba por parecer verdad. Táctica republicana que recuerda al más puro fascismo.
Ya es una burla. El grandilocuente compromiso de la cumbre de Roma de reducir a la mitad, en 2015, el número de personas que pasan hambre en el mundo no está acompañado de fondos, ni de mecanismos, ni de controles. Es decir, no se cumplirá.
En el último año de crisis global ha aumentado en 170 millones el número de víctimas de la hambruna, sin que las ocho grandes potencias económicas fueran capaces de cumplir su promesa de aportar, para combatirla, una minúscula fracción de lo que han entregado urgentemente a la banca. Se ve que la muerte de un niño cada seis segundos por desnutrición no les parece tan urgente.
Ahora nos dicen que rebajarán la descomunal cifra de famélicos en 500 millones, y en sólo seis años, al tiempo que se niegan a desembolsar entre todos una cantidad inferior a la que estafó Bernard Madoff; un dinero que la FAO está pidiendo para los campesinos pobres del planeta, que suman un tercio de todos los habitantes de la Tierra. Si esos agricultores –castigados por el cambio climático– no reciben ayuda inmediata, serán incapaces de alimentar a miles de millones de personas. Pero tampoco eso es urgente para los miembros del G-8.
El Programa Mundial de Alimentos ha tenido que pedir donativos individuales por primera vez en su historia, ante la falta de aportaciones de los países ricos. Intenta hacer frente a una docena de emergencias en las que está en juego la vida de millones de personas, pero sólo ha recibido la mitad de lo que necesita. Es decir, le falta una décima parte de lo que Wall Street va a repartir sólo en bonus a final de año, para celebrar los extraordinarios resultados obtenidos por la banca financiera gracias al dinero público.
Los que se están muriendo de hambre pueden esperar.
Los políticos republicanos de EEUU y la mayoría de los analistas conservadores en todo el mundo van a tratar de convencernos de que las derrotas electorales demócratas del martes, 3 de noviembre, suponen un duro revés, incluso una desautorización, de Barack Obama, justo un año después de ganar las presidenciales.
Pero el análisis de los exhaustivos sondeos a pie de urna demuestra que tanto en Virginia como en Nueva Jersey la mayoría de los votantes sigue apoyando la gestión de Obama en la Casa Blanca, pese a que eligieron a los candidatos republicanos. Lo que realmente les movió a votar contra el senador Deeds y el gobernador Corzine no sólo fueron la decepcionante campaña del primero y la desastrosa gestión del segundo, sino sobre todo la preocupación por la crisis económica y el aumento del paro.
Una vez más, “¡es la economía, estúpido!”, como escribió James Carville, el estratega electoral de Bill Clinton, en la pared de la sede de campaña presidencial demócrata, para disuadir a todos los que pretendían centrar el discurso de candidatura en otros temas. Y ni siquiera Obama tiene la receta mágica para salir rápidamente del hoyo económico en el que nos metieron los neocon.
Aún así, los republicanos no deben entregarse a las celebraciones, pues su partido perdió un escaño en el Congreso que mantenía en su poder desde hace más de un siglo. Y la derrota fue posible porque los nuevos líderes de ese Grand Old Party se empeñaron en descabalgar a su propio candidato, Dede Scozzafava, por apoyar el derecho al aborto y los matrimonios gays.
Al final, esos ultraconservadores no sólo han perdido el escaño, sino que han demostrado que la derecha republicana no tolera en sus filas a políticos moderados.
En menos de un mes, los precios del petróleo se han disparado un 25%, hasta superar los 80 dólares por barril, sin que la incipiente recuperación económica pueda justificar semejante encarecimiento. Así que, planteaba hace pocos días The New York Times, “la pregunta más desconcertante es ¿por qué es tan alto el precio [del crudo] mientras el mundo sigue inmerso en una de las peores recesiones en más de medio siglo?”
La primera explicación está en la debilidad del dólar, que anima a los inversores con euros y otras divisas a comprar stocks petrolíferos en la moneda norteamericana. Maniobra especulativa que esperan rentabilizar cuando se cumplan las previsiones de una gran demanda, el año próximo, por parte de Asia.
Esa es la segunda explicación. China y otras potencias asiáticas se están recuperando de la crisis financiera global con una celeridad inusitada: la recuperación económica más rápida que haya vivido Asia en los últimos 50 años. Los países asiáticos y del Pacífico son responsables del 87% del aumento del consumo energético mundial. Eso, claro, multiplica los precios de las fuentes de energía.
La tercera razón, menos conocida, es la falta de elasticidad del sistema de cotización del petróleo, una vez terminada la era en la que los productores podían extraer rápidamente más crudo en cuanto subía la demanda. Los antiguos pozos en funcionamiento cada vez producen menos porque su capacidad está en declive, mientras que la recesión mundial y la anterior caída de precios frenaron las inversiones en exploración de nuevos yacimientos y desarrollo de nuevos métodos de extracción. Además, las reservas de fácil explotación, el petróleo barato, están en países complicados (como Arabia Saudí, Irak e Irán) o cuyos gobiernos han limitado el negocio de las transnacionales (como Venezuela, Brasil y Rusia).
Según los altos ejecutivos de las multinacionales petrolíferas, su margen de beneficios cuando el barril de crudo está a menos de 60 dólares no les permite invertir en nuevos pozos. Más aún, dicen que el suelo mínimo es de 70 dólares/barril para que su industria prospere. Así que eso es lo que han conseguido, permitiendo una drástica caída de las reservas, con la ayuda de la OPEP, que por primera vez ha cumplido a rajatabla su decisión de reducir la producción para elevar los precios.
En consecuencia, los analistas prevén que el barril estará en torno a los 100 dólares en los próximos años, sobre todo a causa del renovado crecimiento económico de China. Pero existe un cuarto motivo, del que también es protagonista el gigante asiático: su afán por controlar las reservas mundiales de crudo le ha llevado a liderar la maniobra para reemplazar al dólar, como referencia de pago del petróleo, por una cesta de monedas con el euro, el yuan, el yen y una nueva creada por los países del golfo Pérsico.
Ahora bien, ¿por qué el mundo islámico está ayudando a China en ese empeño? No hay más que pensar en las decenas de miles de árabes que han muerto en la guerra de Irak para comprender que Bush perjudicó a los intereses de EEUU más de lo que se cree, al empujar a los países musulmanes en los brazos de la otra superpotencia planetaria.
El golpe ha resonado tanto o más fuerte que los que solía asestar Bush cuando amenazaba con su poderío militar unilateral. Pero al dar su primer puñetazo sobre la mesa del tablero global, Obama se ha arropado de la legitimidad multilateral, del concierto de naciones –esta vez, con el consenso de Rusia y China– para imprimir potencia inteligente a su ultimátum a Teherán.
No cabe duda de que el régimen de los ayatolás es indefendible en su tiranía religiosa, su opresión de la mujer, sus violaciones de los derechos humanos y, últimamente, su flagrante fraude electoral. Por tanto, menos sostenible es todavía que semejantes integristas deban gozar del privilegio de desarrollar sin freno una tecnología nuclear sospechosamente rayana en el rearme atómico. Y que otros fanáticos ya cuenten con el arma final no puede justificar que ese club apocalíptico haya de engrosar con nuevos exaltados.
Ahora bien, ¿por qué eclipsó Obama la gran inauguración del G-20 con un anuncio que podía haber formulado la víspera en el Consejo de Seguridad? Además, un Consejo que por vez primera presidía un inquilino de la Casa Blanca y que estaba precisamente dedicado a la no proliferación nuclear.
¿Será que había que tapar la falta de soluciones del G-20 para otra crisis bien distinta?