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El tablero global

Carlos Enrique Bayo

En 2012, el mundo cambiará para quedarse igual

22 dic 2011
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Los que crean que 2011 fue un año tumultuoso, sólo tienen que esperar a ver las convulsiones que nos deparará 2012, cuando podemos prever que verdaderamente va a cambiar el mundo… para que todo siga igual.

Para empezar, en marzo coinciden dos rituales, vacíos de autenticidad pero cruciales en sus anunciados resultados, en dos superpotencias: las elecciones presidenciales en Rusia, que ganará Vladímir Putin para regresar al Kremlin; y la sesión anual de la Asamblea Popular China, en la que resultarán elegidos Xi Jinping, como nuevo gran líder del gigante asiático, y Li Keqiang, como jefe del Gobierno de Pekín.

En ambos casos, se pretende que nada cambie pero la imposición del continuismo del poder a ciudadanos cada día más indignados con sus gobernantes puede resultar explosiva. En Rusia, aunque las urnas vuelvan a estar rellenas de antemano, el cóctel de un nuevo zarismo corrupto y arbitrario agitado con una desigualdad social rampante amenaza con desencadenar una primavera eslava si los dos tercios de la población que cobran menos del salario medio del país (550 euros/mes) se alzan contra un sistema de oligarcas que ha convertido Moscú en la capital mundial de los milmillonarios (ya son más de cien allí).

En China, los salientes Hu Jintao y Wen Jiabao pronunciarán sendos informes de despedida, pero sus sucesores no tendrán que anunciar sus planes públicamente hasta dentro de un año (Li) o incluso cinco (Xi) porque supuestamente ya están previstos desde principios de 2011. Empero, las consecuencias de la crisis económica global para el coloso de la exportación pueden ser mucho menos previsibles, y si se estanca el crecimiento estallará el profundo malestar provocado por las brutales disparidades entre las grandes urbes y el campo, que aqueja a unos 300 millones de chinos.

Mucho más cerca, en la vecina Francia, a partir de abril se jugará el futuro político de Nicolas Sarkozy, que podría agotarse el 6 de mayo con la victoria presidencial de François Hollande. Sin embargo, y pese a las promesas de cambiarlo todo que lanzará durante la campaña, el líder socialista seguramente mantendrá intacto el eje franco-alemán siervo de los mercados una vez se instale en el Elíseo.

Mucho después, el 6 de noviembre, es más que probable que Barack Obama revalide el inquilinato de la Casa Blanca, sólo porque los votantes norteamericanos tienen miedo a cambiar de timonel en plena tormenta y los republicanos parecen incapaces de presentar un candidato sin defectos de fábrica. Así que, tras muchos aspavientos, EEUU quedará exactamente donde empezó: atascado en la recesión, dividido políticamente hasta la médula y disminuido en su hegemonía mundial.

Entretanto, América Latina se verá sacudida por elecciones fratricidas en México y Venezuela, mientras el arco de la crisis de Oriente Próximo tiembla bajo la presión de los procesos revolucionarios de la Primavera Árabe… algo que nadie pudo prever (incluido yo) hace un año.

Goldman Sachs se forra provocando hambrunas

24 nov 2011
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Tan obsesionados andamos con la deuda soberana, la crisis del euro y la recesión del ladrillo, que nos hemos olvidado de los que están mucho peor que nosotros: los mil millones de personas que cada día se acuestan con hambre.

Las hambrunas que aquejan al planeta tienen múltiples causas, desde las sequías e inundaciones causadas por el cambio climático hasta la industria de los biocombustibles, que quita tierras y cultivos a la producción de alimentos para llenar los depósitos de los grandes todoterrenos del mundo rico. Pero pocos saben que uno de los principales motivos de ese sufrimiento mundial –y de que cinco millones de niños mueran por malnutrición cada año en el Tercer Mundo– es la ingeniería financiera con la que los tiburones de Wall Street transformaron los mercados de futuros de las materias primas en una ruleta bursátil, con la que seguir enriqueciéndose, tras el pinchazo de la burbuja de las puntocom en 2000-2001.

En realidad, a los primeros que se les ocurrió tan estupenda idea fue a los banqueros neoyorquinos de Goldman Sachs, quienes ya en 1991 crearon un nuevo instrumento especulativo, un índice de 18 productos básicos –del trigo, el cacao, el cerdo, el arroz o el café, al cobre y al petróleo– para que los brokers pudieran también jugar en lo que hasta entonces era un mercado especializado. A ese Goldman Sachs Commodity Index se sumaron después muchas otras grandes entidades financieras deseosas de aprovecharse de la llamada “apuesta de China”: la lógica creencia de que a medida que crezcan los ingresos de chinos, indios y otros integrantes de las nuevas clases medias de las potencias emergentes, consumirán alimentos de mejor calidad y en más cantidad. Una jugada segura.

Es lo que la Conferencia sobre Comercio y Desarrollo de las Naciones Unidas (Unctad) denomina “financialización” de los mercados de productos de primera necesidad. Un fenómeno que se desbocó cuando los lobbies financieros norteamericanos consiguieron que el Congreso de EEUU aprobase por la vía de urgencia –para compensar a los mercados del colapso de la burbuja digital– una legislación que permitió a los grandes fondos de pensiones y hedge funds que empezasen a especular con derivados de esos índices de materias primas. Acababa de empezar el siglo XXI y tanto republicanos como demócratas abrazaban el credo de la desregulación financiera.

El resultado fue tan espectacular como ignorado por políticos y ciudadanos: en sólo cinco años, las posiciones de los fondos en el mercado de materias primas pasó de 13.000 a 317.000 millones de dólares. Esa tremenda multiplicación especulativa buscaba, por supuesto, que los precios de esos productos básicos se disparasen, para obtener pingües beneficios con los astronómicos márgenes entre lo que se paga a los agricultores (fijado de antemano e invariable) y lo que se acaba cobrando a los consumidores.

Y así fue. Según los cálculos de la Unctad, en la primera década del siglo los precios medios del trigo, el maíz y el arroz prácticamente se triplicaron… produciendo decenas de miles de millones de beneficios a los especuladores bursátiles, con los que compensaron sus pérdidas en las temerarias operaciones de las hipotecas subprime, los activos basura y los CDS. Entretanto, en 2008 estallaban revueltas del hambre en una treintena de países del Tercer Mundo, donde la mayoría de la población tiene que gastar en alimentos el 70% de sus ingresos y no puede costear ni la menor subida de precios; simplemente ha de pasar hambre.

Ni siquiera la actual crisis económica global ha frenado ese encarecimiento de los productos de primera necesidad, pues el año pasado los precios de los cereales aumentaron en más del 60%.

“El mercado de los alimentos se ha convertido en un casino”, declaró Joerg Mayer, de la Unctad, a The Guardian. “Y por una única razón: hacer que Wall Street gane todavía más dinero”.

Todos lo sabemos: nos están arruinando

04 nov 2011
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Leonard Cohen tenía razón: primero hay que ocupar Manhattan y detener la codicia demente de Wall Street, para poder tomar después Berlín y frenar la doctrina germánica de austeridad que está minando nuestra economía.

Cuando el inside job del casino bursátil dejó tiritando a EEUU, Europa pilló una pulmonía que no admitió hasta que se desplomaron varios pequeños países periféricos. Incluso entonces, la UE pretendió aplacar la voracidad de “los mercados” sacrificando su Estado del bienestar en aras del capital financiero.

Pero son ahora los norteamericanos quienes se han echado a las calles al grito de “¡muerte al capitalismo!”, consigna que hasta hace muy pocos años habría sido considerada blasfemia en la patria de la Escuela de Chicago. La propia sociedad civil estadounidense se está alzando contra el sistema económico que siempre idolatró, y eso puede ser el movimiento de indignación popular más poderoso del mundo porque socava los cimientos de la oligarquía mundial en el seno de la única superpotencia.

Mientras el Banco Central Europeo se deja en manos de uno de los directivos de Goldman Sachs que provocó la crisis de la Eurozona al enseñar a mentir al partido conservador griego (que ahora quiere volver al poder, aprovechándose del caos que él mismo causó), Washington persigue judicialmente a sus máximos ejecutivos. Y el Movimiento 99% de EEUU organiza un juicio público contra ese banco de inversiones que medró arruinando a los demás.

Como dijo Cohen: “Todo el mundo sabe que los dados están cargados / que todos los tiran con los dedos cruzados / todo el mundo sabe que la guerra terminó / y que los buenos la perdieron / todo el mundo sabe que la lid estaba amañada / los pobres siguen pobres y los ricos se enriquecen / así son las cosas / todo el mundo sabe / que el barco tiene una vía de agua / y que el capitán mintió” (1988).

¿Por qué no creer a los que siempre mienten sobre Palestina?

22 sep 2011
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Una vez más, EEUU y sus aliados pretenden convencernos de que 20 años de negociación no son nada (sobre todo cuando ya lleva un año interrumpida), y que la solución está en continuar por la misma vía –¿quizá otros dos decenios?– mientras los palestinos siguen bajo ocupación militar y sometidos a graves vejaciones.

Hemos de creer que “no hay atajos para la paz”, aplicado a una sola parte del conflicto, cuando seis días bastaron para instaurar el imperio de la guerra que se mantiene desde hace más de 40 años y en desafío a todas las resoluciones de esa misma ONU en la que hoy se niega a los palestinos el derecho a pedir un mero reconocimiento.

Hay que tragarse que “las aspiraciones palestinas” tendrán muchas mejores perspectivas si Abás sigue esperando a la hipotética generosidad de un Netanyahu que desafió al propio Obama cuando el presidente de EEUU sólo le pidió que cumpliera la legalidad internacional en cuanto a las fronteras de 1967, el estatus de Jerusalén y los asentamientos.

Tomemos, pues, como dogma de fe que EEUU quiere disuadir a los palestinos de proclamar un Estado propio por su bien, mientras que el de Israel es sacrosanto porque fue creado por una resolución de la ONU… que disponía también la creación de una nación palestina.

Admitamos que todo esto no tiene nada que ver con que la colonización del territorio tomado a otro país por la fuerza sea un crimen de guerra, igual que lo son las acciones del Ejército ocupante que castigan colectivamente a los civiles. Y aceptemos que lo mejor es no recurrir a los tribunales internacionales, sino confiar en el que te oprime.

Exacto. Nos lo creeremos.

El 11-S fue utilizado como coartada para imponer el orden mundial ‘neocon’

12 sep 2011

Diez años después, todo el mundo habla de las consecuencias, pero casi nadie se pregunta por las causas. Así que… empecemos hablando de las consecuencias. Sobre todo, de la catástrofe económica que hemos heredado de la insensata respuesta neocon a la hecatombe del 11-S.

George W. Bush reconoció hace unos días al National Geographic Channel que ganó la Casa Blanca en 2000 prometiendo una política exterior “modesta”. Un año más tarde, halcones como Cheney, Rumsfeld y Wolfowitz se apropiaban de la agenda internacional de la única superpotencia, convirtiéndola en una contienda bélica permanente e interminable: la guerra contra el terror que, por definición, se prolongará hasta el fin de los tiempos. Pero, lo más relevante es que “ninguno de ellos se fijó en la economía, igual que ninguno de los teóricos neocon, como Kagan, Krauthammer, Kristol o Lewis, se ocupó tampoco de los problemas económicos”, explica Peter Beinart, investigador de la New American Foundation, quien en su día fue adalid de la invasión de Irak.

“Los neocon se hicieron con el timón de la política exterior de EEUU después del 11-S”, admite Beinart, “pero sólo pudieron manejarlo porque el 11-S le había metido el turbo al motor de la nave. Y ese motor era la disposición de los estadounidenses a derramar su sangre y gastar su fortuna en el otro extremo del mundo. Hoy, ese motor chisporrotea y la mayor parte de los norteamericanos ya no creen que eso por lo que luchamos en Afganistán merezca sacrificar las vidas de sus jóvenes, ni que seamos capaces de pagarlo”. Ningún ideólogo de la Administración Bush se centró en los problemas económicos que estaba generando su doctrina neoliberal y que acabarían llevando al planeta a la catástrofe financiera. “El neoconservadurismo post11-S daba por sentado que siempre habría dinero para una política exterior cuasi imperial”, continúa Beinart, “y que, si fuera necesario, siempre se podría recortar el gasto público para asegurarse de que al Pentágono no le alcanzaran los tijeretazos”.

A los neocon nunca se les ocurrió que EEUU no podría permitirse sendas guerras en Afganistán e Irak. Esas contiendas, según la estimación “más conservadora” de la Universidad de Brown, no sólo causaron la muerte de 137.000 civiles y convirtieron a 7,8 millones de personas en refugiados, sino que también supusieron un coste económico total (incluyendo los intereses de la deuda contraída para sufragarlas y la atención médica de los veteranos heridos en ellas) de unos 4 billones de dólares. Es decir, “equivalente a los déficits públicos acumulados [por EEUU] durante los seis años que van de 2005 a 2010″, constata The Economist.

Cuando toda la derecha de Occidente considera deber patriótico eliminar cualquier déficit público incluso al precio de acabar con el Estado del bienestar, es sangrante constatar que sus padrinos neocon despilfarraron en dos guerras sangrientas una fortuna equivalente a tres años del PIB de España. Con resultados bien poco rentables. En Irak, Al Qaeda cometió hace poco 42 atentados en un solo día, mientras que el Gobierno de Al Maliki en Bagdad es más cercano al de Teherán que al de Washington. En Afganistán, los talibanes están cada día más fuertes, este agosto fue el mes con más bajas norteamericanas desde la invasión de 2001, y el número de civiles muertos en acciones armadas insurgentes o bombardeos aliados no hace más que batir récords.

Paul Kennedy, catedrático de Historia y de Seguridad Internacional de la Universidad de Yale, sostiene que el efecto más importante del 11-Sfue “distraer” a EEUU de sus dos verdaderas prioridades: la geopolítica global y la prosperidad económica. Washington descuidó Latinoamérica, que hoy se ha desarrollado al margen de la influencia estadounidense, igual que se desentendió de otras áreas del mundo vitales, como China, Rusia… incluso Europa, salvo para presionarlas -hasta rozar el conflicto diplomático-, con el fin de que apoyasen sus aventuras militares.

Al mismo tiempo, “la combinación de carísimas guerras lejanas y las inexcusables rebajas de impuestos que favorecían a los ricos tuvieron efectos nefastos sobre el déficit federal de EEUU, la creciente dependencia estadounidense de fondos extranjeros y el futuro del dólar a largo plazo”, subraya Kennedy. “El tejido social [de EEUU] se está haciendo jirones, las clases marginadas crecen y el sistema de educación pública se desmorona. Y, para mayor desastre, aparece un Tea Party proponiendo políticas que agravarían esa doble distracción de EEUU. Ese puede ser el auténtico legado del 11-S, mucho después de que las tropas estadounidenses se hayan retirado de las
alturas del Hindu Kush”.

Los neocon del Tea Party

Es debatible si el surgimiento del Tea Party forma también parte de la herencia de ese pensamiento único que tomó el 11-S como coartada para imponer un nuevo orden militarista, imperial y despiadado, pero no cabe duda de que muchos de los principios que animan al nuevo movimiento ultra norteamericano son calcados de las drásticas decisiones adoptadas por la Administración Bush tras la caída de las Torres Gemelas. El gobernador de Texas, hoy favorito en el Tea Party, Rick Perry, está siendo asesorado en su campaña por Donald Rumsfeld y Doug Feith, destacados neocon que diseñaron gran parte de laestrategia bushaniana.

Un ejemplo del paralelismo entre el Tea Party y la ideología neocon está en la política de inmigración. Sólo ocho días después del 11-S, Bush firmó la Patriot Act, por la que los extranjeros pudieron ser detenidos indefinidamente y sin derecho a un juicio justo. Las normativas y prácticas represivas posteriores, organizadas en torno a un departamento de seguridad (Department of Homeland Security), que agrupó un año más tarde a las 22 agencias federales de seguridad e inteligencia, continuaron castigando a los inmigrantes con deportaciones por meras infracciones, violaciones de sus derechos civiles y una constante persecución policial que vulnera el principio constitucional de igualdad ante la ley. Bush firmó directivas para otorgar a las autoridades locales poderes ejecutivos contra extranjeros sospechosos de terrorismo que son muy similares a las medidas antiinmigrantes que el Tea Party impone en los estados fronterizos y las ciudades donde gobierna.

Se argumenta que los seguidores del Tea Party son radicalmente opuestos a ese Gran Hermano en el que Cheney, Bolton, Perle y otros asesores de Bush convirtieron el Gobierno de EEUU, espiando las comunicaciones de todos los norteamericanos y extendiendo por el mundo las cárceles secretas de la CIA y las entregas de sospechosos a regímenes aliados especializados en torturar detenidos. Pero las convicciones extremistas del Tea Party sí tienen mucho que ver con ese credo intolerante de que el supuesto buen fin que se persigue justifica cualquier medio por brutal y cruel que sea, como el manual de torturas que elaboraron para la CIA los letrados de la Casa Blanca John Yoo y Jay Bybee, hoy magistrado federal de apelación.

La poderosa máquina propagandística puesta en marcha tras el 11-S llegó a convencer a los estadounidenses de que para defenderse del terrorismo tenían que condonar violaciones de derechos humanos y hasta renunciar a garantías constitucionales como la primera y cuarta enmiendas -que defienden la libertad de expresión y reunión y protegen contra registros y detenciones arbitrarias-, frente a las que el equipo de abogados de Bush redactó argumentaciones jurídicas que justificaban poderes presidenciales por encima de ellas.

Gran parte de la opinión pública norteamericana está ahora imbuida de la creencia de que el penal ilegal de Guantánamo, las detenciones arbitrarias y sin derecho a defensa, el encarcelamiento indefinido sin proceso legal, juicio ni sentencia, e incluso la aplicación de tormentos como el waterboarding (llevar al reo al borde de la muerte por asfixia en agua) han sido necesarios y lo seguirán siendo para defender la democracia. Ni siquiera se plantean que eso no es democracia, pues celebraron alegremente que se hubiera asesinado a Bin Laden, tras arrancarle su rastro a Jalid Sheij Mohamed, en un interrogatorio durante el cual se le sometió al waterboarding 183 veces en su primer mes de cautiverio.

El fracaso de la guerra de Irak

Cheney acaba de publicar unas memorias (In My Time) en las que reivindica sin ambages toda la panoplia de abusos e iniquidades de la guerra contra el terror, pese a que es ya evidente el fracaso de la guerra de Irak, que los neocon pretendían que fuera el catalizador de una ola de cambios democráticos en todo Oriente Próximo. “Un nuevo régimen en Irak servirá de ejemplo de democracia espectacular y estimulante para las otras naciones de la región”, proclamó Bush en el American Enterprise Institute justo antes de desencadenar la guerra.

La realidad es que los pueblos de la zona “en vez de sentirse estimulados, sintieron repugnancia por la violencia, el caos, la quiebra de los servicios públicos” que generó la invasión de Irak, explica Paul R. Pillar, veterano especialista de la CIA y hoy profesor de Estudios de Seguridad en la Universidad de Georgetown. “El defecto fatal del sueño neocon fue el convencimiento absurdo de que algo impuesto desde fuera por EEUU podía motivar a los árabes para que se movilizasen en defensa de la soberanía popular (…). El cambio político no puede ser impuesto por una potencia exterior, ni mucho menos a cañonazos”.

Lo que ocurrió fue que “en Irak el tiro les salió por la culata, y hoy los gobernantes que impusieron en Bagdad están más bien resistiéndose a la propagación de la democracia, en vez de inspirándola”, asegura Pillar. “Es difícil comprender cómo los neocon lograron convencer a tanta gente, hace una década, de su insensato experimento, aunque sin duda el efecto estupefaciente del trauma nacional generado por el 11-S explica gran parte de ese fenómeno horrendamente erróneo”.

Las verdaderas causas

En cuanto a las causas del 11-S, se han tratado de ocultar tras la cortina de humo de que Al Qaeda sólo tiene una motivación religiosa integrista, argumento esgrimido por el informe oficial de 2004 de la Comisión Nacional creada por el Congreso, cuyos dos máximos responsables, Thomas Kean y Lee Hamilton, admitieron después: “Era un tema sensible y los comisionados que adujeron que Al Qaeda se guiaba sólo por ideología religiosa, y no por oponerse a la política de EEUU, rehusaron mencionar el conflicto palestino-israelí. Creían que, si se exponía el apoyo de EEUU a Israel como la raíz causal del ataque de Al Qaeda, entonces se indicaría que EEUU debía revisar esa política”.

Por tanto, jamás se establecieron las verdaderas causas de que la red terrorista atacara tan ferozmente a EEUU, ni lo que motivó a tantos suicidas a inmolarse en los aviones empleados como armas. Pero los motivos estaban bien claros, como exponen Anthony Summers y Robbyn Swan en El undécimo día: “Todas las pruebas indican que Palestina fue el factor que unió a los conspiradores en todos los niveles (…). Era sin duda el principal resentimiento político que movía a los jóvenes árabes” que prepararon los atentados. Es decir, los autores de la matanza creían que con ella los estadounidenses se fijarían en “las atrocidades que EEUU comete en su apoyo a Israel”.

Ni Israel ni los palestinos son jamás mencionados en las informaciones sobre el 11-S. Y la respuesta neocon al mayor ataque terrorista de todos los tiempos sólo agravó esa heridaen el mundo árabe e islámico, además de mutilar los valores democráticos con los que Occidente siempre se sintió superior al resto del planeta.

La derecha hunde la credibilidad económica de EEUU

08 ago 2011
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Nunca se creyeron que pudiese ocurrir. Incluso acusaron a Barack Obama de emplear “la táctica del Armagedón” por advertir sobre las gravísimas consecuencias que tendría el bloqueo de la negociación sobre el techo de la deuda de EEUU. “Hay que dejar de creer al presidente cuando emplea esa estrategia del miedo”, proclamó el congresista republicano por Texas Louie Gohmert, quien votó contra el acuerdo para aumentar ese límite. Y Michele Bachmann, también líder del Tea Party, descartó que una suspensión de pagos de Washington fuera a tener los efectos “alarmistas” de los que advertía la Reserva Federal. “No podemos seguir asustando al pueblo americano”, adujo Bachmann.

Sólo en el último segundo se llegó a un acuerdo ínfimo: una reducción del 0,57% del Presupuesto para 2012, pues todos los pactos para años siguientes pueden ser -y serán- modificados. La reacción de los tiburones financieros internacionales era de esperar: Standard&Poors rebajó la calificación de la deuda estadounidense por primera vez desde el fin de la Primera Guerra Mundial, y los mercados bursátiles empezaron a hundirse por el del mayor aliado de EEUU: Israel.

De inmediato, la derecha bramó que esa reacción era provocada por el fracaso de la gestión de Obama, cuando es precisamente la estrategia ultra de desgaste de la Administración la que ha hundido la credibilidad económica de EEUU, algo que el resto del mundo nunca antes puso en duda.

“Incluso si las agencias de calificación no degradasen a EEUU, los estadounidenses se habrían degradado a sí mismos. El sistema no funcionó”, asevera el analista Fareed Zakaria en el gran tema de portada de Time sobre “el fracaso del pacto de la deuda”. “Los americanos se han demostrado a sí mismos, al mundo y a los mercados globales que su sistema político está quebrado y es incapaz de concebir y aplicar una gestión pública sensata”.

El motivo, según Zakaria, es que “en esta crisis el Tea Party ha tomado como rehén de su agenda la misma solvencia económica del país”. Y el resultado ha sido que “Estados Unidos ha jugado a la ruleta con su recurso más preciado: la confianza del resto del mundo. Si, como consecuencia de estas veleidades parlamentarias, la tasa de la deuda estadounidense sube en un punto -es decir, si el mundo pide sólo un poco más de interés para prestar dinero a EEUU- el déficit presupuestario aumentará en 1,3 billones de dólares a lo largo de los próximos diez años. Eso barrerá sobradamente todos los recortes acordados para ese periodo”.

Aunque no es en absoluto la primera vez que los puristas de la derecha neoliberal norteamericana consiguen disparar el déficit público de EEUU… precisamente aduciendo que van a combatirlo, y poner fin al despilfarro demócrata de los programas sociales. El gran taumaturgo de esa receta imposible (rebajar impuestos sin reducir prestaciones, como ahora dice el PP que se dispone a hacer en España) fue Ronald Reagan.Sus célebres reaganomics fueron también llamadas “de goteo” (trickle-down) porque supuestamente iban a reactivar la economía permitiendo que las grandes compañías y fortunas del país se enriqueciesen aún más. La lógica de aquello era que, al disponer de tanto dinero, lo invertirían en iniciativas que crearían puestos de trabajo y desarrollo. Vamos, igual que aquí el PP asegura que hay que bajar la presión fiscal a las empresas porque son las que dan empleo.

La realidad fue que las rebajas de impuestos de Reagan, sumadas al gasto astronómico de su guerra de las galaxias (que fue el gran negocio del complejo militar-industrial) sólo lograron poner en órbita el déficit presupuestario. Durante su mandato, que para los hoy campeones de la austeridad fue económicamente ejemplar, la deuda pública de EEUU se triplicó: de 712.000 millones a 2 billones de dólares entre 1980 y 1988.

Bush padre no redujo en absoluto el gasto público, y tuvo que venir el izquierdista Clinton (el que llegó a la Casa Blanca con el lema “es la economía, estúpido”) no ya para equilibrar el presupuesto, sino incluso para obtener un gran superávit, con una gestión meramente keynesiana; pues es de sentido común que una crisis no se puede afrontar rebajando drásticamente la participación del Estado en la economía nacional, ya que se reduce aún más el crecimiento.

Pero volvieron los neocons al poder, de la mano de Bush hijo, con la misma doctrina de quitar poder al Estado, y se embarcaron en dos guerras, amplias rebajas de impuestos (hasta dejar la presión fiscal en un mínimo histórico del 15% del PIB) y la privatización de cuantos más servicios sociales, mejor. Así que en sólo ocho años no sólo se habían comido todo el superávit de Clinton, sino que llevaron la deuda a casi el triple de la de Reagan: 5,8 billones. La crisis financiera provocada por ese mismo fanatismo neoliberal hizo el resto.

Por eso asciende ahora la deuda de EEUU a 14,3 billones, no porque Obama la haya generado… salvo en lo que cuestan las dos guerras que heredó, más el rescate del sistema financiero hundido por la codicia de los que hoy siguen destruyendo países en beneficio propio.

¿Cómo podemos, pues, creer a los que prometen sacarnos de la crisis con recetas reaganianas?

Siembran el odio ultra y esconden la mano asesina

30 jul 2011
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La monstruosidad de Utoya parece sacudir por fin cierto resto de conciencia entre algunos de los nuevos ideólogos del odio ultraderechista, pero la mayoría sigue pretendiendo que difundir propaganda incendiaria contra minorías, inmigrantes, progresistas y feministas no es más que una forma de defender valores ancestrales.

Sólo horas después de que Timothy McVeigh masacrara en Oklahoma a 168 conciudadanos, entre ellos 19 niños de una guardería pública, cientos de patriotas estadounidenses se lanzaron a atacar mezquitas en varios estados del país, pues semejante atrocidad sólo podía haber sido cometida por un terrorista islamista. Pero cuando se descubrió que el autor era un supremacista blanco, los mismos neocons que habían instigado a las turbas a matar musulmanes, en venganza por esa acción, saltaron a la palestra para defender el sagrado derecho de los fanáticos como McVeigh de seguir armándose, entrenándose en técnicas militares y difundiendo libelos xenófobos.

Algo parecido está ocurriendo ahora en la caverna europea, que trata de esconder su responsabilidad tras instigar las mismas ideas asesinas de Breivik con una virulenta campaña de inquina contra todos los que no comulguen con su doctrina fundamentalista. En España, el diario altavoz de ese totalitarismo fingió en portada que la noticia era que “la izquierda esconde que el asesino es masón”. Nunca rectificó esa falsedad pueril.

Aunque lo más grave es que esos agitadores del odio, pese a la ferocidad de su cachorro noruego, sigan culpabilizando a las víctimas e instigando el fanatismo, amparándose en una libertad de expresión que no toleran a los demás.

El enemigo sabio y el amigo tonto de Afganistán

29 jun 2011
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Sordo a las explosiones y al fuego cruzado que han destruido el hotel Intercontinental de Kabul, simbólico refugio para todos los extranjeros que hemos viajado por Afganistán, el presidente Obama proclamaba ayer que “la marea de la guerra se retira”. Era un mensaje de consumo interno, para tranquilizar a los estadounidenses que exigen poner fin a la sangría económica del legado militarista de Bush; pero parecía una broma macabra para los residentes en la capital afgana, la única ciudad del país que era considerada segura hasta hace tres años.
No digamos ya lo que pensarán los miles de desplazados afganos que se hacinan en campos de refugiados en las afueras de Kabul tras huir del frente, en Helmand o Kandahar, donde la población no nota que baje la marea bélica, sino que aumentan los bombardeos aliados en zonas habitadas en las que se multiplican los daños colaterales, es decir las muertes de cientos de civiles.
Obama no retira a sus tropas de Afganistán porque el Pentágono esté ganando la guerra contra el terror de Al Qaeda, sino porque cada soldado desplegado en ese remoto campo de batalla cuesta un millón de dólares al año. Es fácil hacer la cuenta de lo que se ahorra sacando del avispero talibán a 33.000 militares antes de que acabe 2012, año electoral en EEUU.
Incluso en 1989, cuando las fuerzas soviéticas se retiraban de Afganistán y los muyahidines asediaban Kabul, el Intercontinental era el remanso de paz que todos ansiábamos al regresar del frente. Así que la matanza de ayer muestra que los ejércitos aliados tienen menos control de la situación que el que mantuvo durante años el régimen legado por Moscú.
Porque la URSS era “un enemigo sabio”, me decía hace unos días un excombatiente muyahidín de la época, “y más vale tomar veneno con un enemigo sabio, que vino con un amigo tonto”.

El nuevo mundo ‘justo’ del Nobel de la Paz

14 may 2011

Según el premio Nobel de la Paz que reside en la Casa Blanca, la “legítima defensa” consiste en matar a tiros, en cuanto se le pilla desarmado, al criminal que diez años antes ordenó una matanza. Cuando se arroja su cadáver al mar, “se ha hecho justicia”. Y el que no esté de acuerdo con esta nueva jurisprudencia, “que se lo haga mirar”… presumimos que por su propio bien, claro.

Según el autoproclamado “único país democrático de Oriente Próximo”, violar 34 resoluciones de la ONU y mantener durante más de cuatro decenios un régimen militar implacable sobre la población de los territorios que su Ejército ocupó por la fuerza de las armas, sólo demuestra la legitimidad de las acciones del Estado judío.

Según la vecina patria de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pretender que las Naciones Unidas estudien las violaciones de los derechos humanos cometidas con los saharauis por su gran aliado marroquí, que de paso ha incumplido otras 17 resoluciones de la ONU, es algo intolerable.

Según la alianza que se autodefine como máxima defensora de la libertad mundial, bombardear poblaciones en Afganistán, Irak o Libia es un acto de pleno derecho aunque mueran decenas, incluso miles, de mujeres,
niños y ancianos, siempre que esos mismos aliados hayan prejuzgado –sin perder tiempo con procedimientos jurídicos– que había algún culpable en los alrededores.

Y, según todos ellos, los demás deben abstenerse de imitarlos, ya que si lo hacen serán estrangulados económicamente y atacados militarmente… ¡con toda justicia!

Una versión impecable de la muerte de Bin Laden

05 may 2011
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Al fin está todo claro.  Tras 40 minutos de “feroz tiroteo” (los dos disparos que hizo Abu Ahmed desde el interior de su casita de guardés, antes de ser acribillado), la veintena de rambos de los Navy Seals alcanzó el piso superior de la mansión fortificada y halló al enemigo número uno de la humanidad.

Antes, en su peligroso ascenso por la escalera hostil, Jaled –uno de los hijos del maligno– se había arrojado gritando contra el reducido grupo de hombres armados, que tuvieron que liquidarlo. Cuando alcanzaron la guarida, Bin Laden seguía impertérrito, pero junto a él lucían amenazadores –al alcance de su mano– su fusil AK-47 y su pistola Makarov; las mismas armas que siempre portó desde que combatió en Afganistán hace más de 20 años.

Ante esa patente amenaza, y pese al intento de interponerse de una mujer cómplice, uno de los comandos abrió fuego a quemarropa, en defensa propia, y la bala entró por el ojo izquierdo del asesino múltiple. Aun así, hubo que descerrajarle un segundo tiro en el pecho para salvaguardar la integridad física de los servidores de la ley, prioridad mucho más alta que la remota posibilidad de que el líder de Al Qaeda pudiera saber alguna cosa de interés sobre las redes terroristas internacionales.

Todo salió bien, gracias a que Khalid Sheikh Mohamed –quien se negó a hablar las 183 veces que fue sometido a interrogatorios “mejorados” sumergiéndole la cabeza en agua– finalmente se decidió a delatar a Abu Ahmed, cuando se lo volvieron a preguntar amablemente.

¿Cómo objetar a esta impecable versión de los hechos?