Lo que más aterra del asesinato selectivo (mujer-escudo-humano incluida, según la primera versión oficial, luego desmentida) de Bin Laden es que el presidente de EEUU considere –y proclame– que “se ha hecho justicia” porque fuerzas de élite le han pegado un tiro en la cabeza al enemigo declarado y luego han arrojado su cadáver al mar. Si ésta es la forma en que Obama cree que se hace justicia, entonces se explica por qué ha perpetuado infamias de la “guerra contra el terror” de Bush como el penal ilegal de Guantánamo o las renditions (entregas) de sospechosos a terceros países donde se sabe que van a ser torturados y/o ejecutados.
Como el mundo entero ha de celebrar la desaparición de un líder de terroristas, responsable de espantosas masacres, resultará que pronto confundiremos la venganza violenta, la aniquilación militar de los (presuntos) criminales, con la administración de justicia. Pues incluso tratan de convencernos de que “a Bin Laden se le dio la oportunidad de entregarse antes de darle muerte”. ¿También le hicieron la prueba del ADN, para verificar su identidad, antes de dispararle?
La Casa Blanca admite que las órdenes eran “matar a Bin Laden”, y no capturarlo, pero sorprende que el comando de los Seals tuviera tanta prisa en deshacerse de su cadáver, cuando sin duda se hubiera extraído información interesante de su examen forense. Igual que su interrogatorio habría sido altamente instructivo… sobre todo en las celdas de tortura de la base estadounidense de Bagram, en Afganistán, adonde llevaron su cadáver, tras al parecer rematarlo de un segundo disparo.
Entonces, ¿por qué no se intentó apresarlo con vida? ¿Ya no necesitan sus ejecutores conocer lo que él sabía sobre las conspiraciones terroristas contra EEUU? Lo único indudable es que no querían que compareciera ante un tribunal.
Y eso no tiene nada que ver con la Justicia.
“Vamos a llamar a las cosas por su nombre: una zona de exclusión de vuelos comienza con un ataque contra Libia”. Así de claro fue el secretario de Defensa de EEUU, Robert Gates, cuando se le planteó –la semana pasada– la posibilidad de impedir que los aviones del dictador libio, Muamar Gadafi, bombardeasen a las fuerzas rebeldes que controlan el este del país.
El jefe del Pentágono no oculta su resistencia a emprender una intervención militar aliada en favor de los insurrectos, y no sólo porque el Ejército norteamericano está escarmentado por las guerras en Irak y Afganistán, sino sobre todo porque muchos estrategas están convencidos de que la tan debatida no-fly zone (o NFZ, según las siglas en inglés de la zona de exclusión aérea) no impediría en absoluto una victoria del Ejército de Gadafi. “El principal defecto militar de esa opción es que obvia cuál es el objetivo último de Gadafi”, sostiene la exanalista de la inteligencia militar estadounidense J. E. Dyer, quien participó con la Marina en la operación Libertad Duradera contra el régimen de Sadam Husein. “Él no emplea la fuerza militar porque quiera masacrar a su población, sino con el propósito convencional de recuperar el territorio [en poder de los insurrectos], aunque no le importe cuántos mueran (…) Una NFZ podría impedir que volasen los aviones de Gadafi, pero no evitar que reconquiste Libia”.
En realidad, y a pesar de todo lo que se ha atribuido a los bombardeos desde el aire, “la fuerza aérea operativa de Libia es pequeña en comparación con las fuerzas terrestres que puede desplegar Gadafi”, explica Naadir Jeewa, del University College de Londres. “Ras Lanuf no ha caído [en poder del régimen] a causa de los ataques aéreos, sino por los bombardeos de artillería y morteros”.
Ni siquiera los altos oficiales de EEUU creen que una zona de exclusión aérea fuera a ser decisiva en la guerra civil libia. “Las capacidades de la aviación de ala fija son más bien modestas; creo que la amenaza principal estriba en su flota de helicópteros” artillados (Mi-24), replicó el general James Amos, jefe de la fuerza de Marines, a las preguntas de los senadores norteamericanos. Y, claro, una clásica campaña de ataques contra las pistas de aterrizaje militares no afectarían a los helicópteros, ya que no las necesitan para despegar. “Lo que da una enorme ventaja a Gadafi [sobre los rebeldes] es la movilidad terrestre de sus fuerzas y vehículos de infantería”, subrayó Amos.
Hasta los corresponsales de guerra se han dado cuenta de la imprecisión de los bombardeos de los viejos Mig-21 y Mig-23 de la Guerra Fría, cuyos pilotos siempre estuvieron mal preparados. “Las Fuerzas Aéreas libias son una organización penosa, que era de muy escasa utilidad militar incluso en su cúspide, durante los años ochenta, y que ha empeorado mucho desde entonces”, sostiene Kenneth Pollack, director del Saban Center sobre Oriente Próximo de la Brookings Institution. “Así que es muy improbable que, aun cuando eliminásemos a la aviación de la ecuación bélica libia, una zona de exclusión pudiera ser clave para permitir el triunfo de la oposición”.
Pollack hace también hincapié en que “nunca antes hemos tratado de emplear una zona de exclusión aérea para derribar a un régimen, sólo para impedir una crisis humanitaria. Las que se adoptaron contra Sadam o Milosevic no los derribaron. Así que, probablemente ésa sea una opción equivocada si nuestro objetivo es derrocar a Gadafi, ya que es muy dudoso que tuviera ese efecto”.
Para este experto de la
Brookings, “existe un alto riesgo de que una NFZ provoque una escalada bélica, ya que no evitará que las fuerzas terrestres de Gadafi sigan matando gente y, si la oposición es incapaz de resistir sus contra-
ofensivas habrá una tremenda presión [de la opinión pública] para pasar a una no-drive zone: ir a por sus tanques y vehículos blindados, algo mucho más difícil para las fuerzas aéreas de EEUU y de la OTAN. Además, la mayor parte de las matanzas son cometidas por la infantería: hombres a pie y con rifles, que son los que siempre causan más bajas en las guerras civiles y a los que es imposible parar sólo con poder aéreo. Así que si decidimos seriamente impedirles seguir, necesitaremos enviar tropas, pues de lo contrario sobrevolaremos impotentes los escenarios de nuevas masacres”.
La otra posibilidad es que Gadafi no logre imponerse rápidamente en el campo de batalla y, tras unas semanas de combates, el frente se estabilice y comience una “guerra civil prolongada”, tal como advirtió la secretaria de Estado, Hillary Clinton. En ese caso, la zona de exclusión se tendría que mantener durante meses –o incluso años, como ocurrió en Irak–, a un elevadísimo coste material, militar y diplomático para los aliados.
Aunque “el problema de establecer una zona de exclusión aérea es político, no logístico”, asegura el especialista en temas de seguridad del Irish Times, Tom Clonan. “Desde una perspectiva militar, imponerla no presenta grandes dificultades, pues la OTAN y EEUU ya tienen importantes recursos aeronavales en el sur del Mediterráneo. La Sexta Flota está desplegada frente a Libia, cuenta con una gran base de apoyo en Gaeta, en el sur de Italia, y el portaaviones USS Enterprise está en camino desde el mar Rojo. Además, la Alianza puede contar con las bases militares británicas en Chipre y Malta, que pueden apoyar acciones aéreas sobre Libia”.
A EEUU y sus aliados les bastaron cien aviones para imponer dos zonas de exclusión aérea al sur y al norte de Irak, y sólo el Enterprise porta 70 cazabombarderos de alta tecnología capaces de destruir las defensas antiaéreas libias: 400 lanzadores de viejos cohetes SAM-2, SAM-3 y SAM-6, y 440 ametralladoras antiaéreas, que sería blanco fácil para las armas inteligentes y los misiles de crucero norteamericanos y británicos.
“Además, la propia geografía de Libia facilita la denegación de vuelos”, continúa Clonan. “Casi el 80% de la población libia está concentrada en ciudades y pueblos localizados en su línea costera del norte, con lo que la mayoría de sus sistemas antiaéreos –aviones, misiles y centros de comando y control– están ubicados allí y sólo hay que controlar un corredor aéreo de unos 3.000 kilómetros de largo por 500 de ancho”.
Por todo ello, el general McPeak, jefe del Estado Mayor de la US Air Force, replicó arrogantemente a la pregunta de un columnista del New York Times sobre si la zona de exclusión es factible: “No puedo imaginar un problema militar más simple. Si no podemos imponerla sobre una potencia militar de tercera, como Libia, entonces deberíamos dedicar nuestro presupuesto de Defensa a cosas más útiles”.
El gran escollo es diplomático: como los ataques iniciales para neutralizar las defensas antiaéreas libias sin duda causarían víctimas, incluidos civiles, la coalición anti-Gadafi necesitará tener luz verde de “la más alta autoridad internacional, lo que significa una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU”, afirma en The Times el excomandante de las fuerzas de la ONU en Bosnia, Bob Stewart. “Pero la toma de decisiones en ese Consejo a menudo se produce a la velocidad de ataque de la babosa, y la construcción de una coalición es algo lento”.
La gran alternativa sería que la Liga Árabe autorizase una intervención que podría estar capitaneada por Egipto y Arabia Saudí, cuyas fuerzas aéreas son plenamente capaces de imponer esa zona de exclusión, según estima el general Jaled Al-Bu Ainnain, exjefe de la Aviación de los Emiratos Árabes Unidos.
Eso, siempre que los regímenes árabes fuesen capaces de hacer una alianza, claro.
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La revolución árabe no ha hecho más que empezar.
Cuando Barack Obama proclamó desde la Casa Blanca que “este no es el final de la transición, sino el principio”, se refería sólo a Egipto tras la caída del dictador Hosni Mubarak, hasta muy poco antes el más fiel y valioso aliado de Occidente en Oriente Próximo. Pero sus palabras son sin duda premonitorias de un fenómeno mucho más amplio que la histórica victoria del pueblo, en sólo 18 días de revuelta callejera, sobre la colosal maquinaria represiva que el rais levantó en 30 años de despotismo.
La rebelión de los jóvenes ha prendido en todo el mundo árabe y se ha transformado en una revolución imparable que amenaza con barrer a los tiranos instalados durante decenios en la opresión de sus ciudadanos. Recién desencadenada esa convulsión mundial, las cancillerías occidentales, los especialistas y hasta los servicios secretos se preguntan hoy, estupefactos: ¿por qué ha estallado la juventud árabe? ¿Cómo pudo cogernos por sorpresa? ¿Hasta dónde llegará esta revolución?
“¡Qué equivocados estábamos!”, admite Roger Hardy, analista sobre Oriente Próximo del Woodrow Wilson Center de Washington. “Cuando los disturbios comenzaron en Túnez, la mayor parte de los expertos (incluido yo mismo) dijimos que el presidente Ben Alí aplastaría la revuelta y sobreviviría. Cuando salió huyendo del país, la mayoría de los expertos (incluido yo) argumentamos que Egipto no era Túnez y que Mubarak aplastaría la rebelión y sobreviviría”.
Pocos gobernantes están tan dispuestos a reconocer semejante error de cálculo, pero los militares y jefes del espionaje que tan estrechas relaciones mantenían con los regímenes que hoy se desmoronan no pueden ocultar que fueron incapaces de prever el tsunami revolucionario que va derribando a sus socios y amigos.
Al comienzo de las manifestaciones en la plaza Tahrir de El Cairo, la cúpula del Ejército egipcio no estaba en su país, sino en Virginia, a las afueras de la capital estadounidense, participando en el Comité de Cooperación Militar conjunto, la reunión que cada año reúne a los altos mandos de Egipto y de EEUU. El jefe del Estado Mayor, el general Sami Enan encabezaba una delegación de 25 oficiales para esos encuentros con sus homólogos estadounidenses, entre ellos el almirante Mike Mullen, jefe del Estado Mayor Conjunto norteamericano. El 28 de enero, los generales egipcios interrumpieron su visita y regresaron urgentemente a El Cairo.
Ni ellos ni sus mentores estadounidenses tenían la más remota idea de que la tempestad del cambio iba a derribar en poco más de dos semanas el régimen árabe más poderoso, que desde 1981 ha recibido 60.000 millones de dólares de Washington. En estas tres décadas, EEUU ha formado y financiado el Ejército egipcio, en una relación estratégica tan estrecha que los árboles de la cúpula militar de Mubarak impedían a los norteamericanos ver el inmenso bosque del descontento popular.
“Hemos entrenado a cientos, por no decir miles” de militares egipcios, subrayó el almirante Mullen en televisión hace algo más de una semana. “Han vivido con nosotros también sus familias y mi principal objetivo ha sido mantener el contacto con ellos”. Pero Mullen admitió en esa misma entrevista que los acontecimientos le habían “pillado por sorpresa” a pesar, o quizás a causa, de sus intensas relaciones con el Ejército del mayor país árabe.
A lo largo de los años, la proporción de ayuda militar de Washington a El Cairo fue creciendo, en relación a la económica, hasta ser cinco veces superior al monto de todas las otras aportaciones de EEUU a Egipto, a pesar de que ese país no participaba en ningún conflicto bélico. Y haciendo la vista gorda a la evidente corrupción en el seno de las Fuerzas Armadas egipcias.
Ahora, “el éxito del poder del pueblo en Egipto tendrá una repercusión en el mundo árabe mucho mayor que su triunfo en Túnez”, afirma Hardy, el analista del Woodrow Wilson. “El ejemplo egipcio ha electrizado a la opinión pública a lo largo de toda la región, en la que prevalecen males idénticos: autocracia, corrupción, desempleo, déficit de dignidad ciudadana… Los autócratas cuyos servicios de seguridad son más pequeños y débiles que los de Egipto son los más vulnerables al gélido viento de la ira popular. Los que cuentan con dinero están tratando de comprar la paz social, pero los estados más pobres, como Jordania y Yemen, tendrán que endeudarse para aplacar a la población”.
El problema es que hasta ahora las potencias occidentales despreciaban la capacidad de movilización de esas poblaciones y extendieron cheques en blanco a los déspotas, que se autoproclamaban baluartes contra el supuesto avance islamista para mantener durante decenios un estado de emergencia totalitario. Como en Argelia, donde ya se han producido graves disturbios en la capital al actuar con extrema contundencia la policía antidisturbios. Es, precisamente, en el tan cercano Magreb donde está llegando antes el virus revolucionario.
Palestino exiliado en Bélgica desde hace más de 40 años, Bichara Khader, director del Centro de Estudios e Investigación sobre el Mundo Árabe de la Universidad de Louvain, lo tiene claro: “Túnez ha sido la golondrina que anunció la revuelta árabe. El efecto de contagio en los demás países es evidente”. El Magreb cuenta con todos los ingredientes para que la sublevación popular estalle en las calles de Rabat, Casablanca, Argel y Trípoli: una población en su mayoría joven que se siente excluida, paro, represión política y social, y corrupción rampante de las autoridades.
“En Argelia y Libia, que cuentan con grandes recursos energéticos, las autoridades pueden decir: Consume y cállate’. Pero el dinero sólo sirve de somnífero y aplaza el despertar de la población”, explica Khader. Los analistas y diplomáticos occidentales aún ignoran qué está pasando en el país de Muamar al Gadafi. “No lo sabemos porque es un régimen cerrado y muy represivo”, se justifica Michael Willis, especialista en asuntos magrebíes del Middle East Centre de la Universidad de Oxford.
Pero sí vemos cómo los argelinos muestran su desesperación con intentos de suicidio a lo bonzo, gritando “¡basta!” a la hogra, el desprecio, en argelino. Argelia, un gigante económico con importantes reservas de petróleo y gas, mantiene a su población en estado de emergencia desde 1992 bajo el férreo control del Ejército.
“Argelia fue, en 1988, el precursor de las revueltas en el mundo árabe, pero su lucha fue secuestrada por el poder”, explica Aomar Baghzouz, profesor en la Universidad de Tizi Ouzou, al noreste del país. Y el sector en el que más ha invertido el Gobierno desde entonces ha sido el militar, mientras la población crecía más del 200% en medio siglo, hasta los 36 millones de habitantes, con una edad media de sólo 26 años.
Willis considera que en países como Argelia y Marruecos “hay una opresión económica y civil; es decir, la vida diaria es muy difícil, porque hay una falta de oportunidades, de visión para el futuro. Si no hay trabajo, no hay dinero; si no hay dinero, uno no puede casarse y no tendrá familia”. Pero desde las protestas que condujeron a la caída del tunecino Ben Alí, las poblaciones de los demás países de la zona “entendieron que era posible acabar con un dictador”.
“Sí, es posible” fue precisamente el titular de portada de la revista marroquí Tel Quel. En el reino alauí, consumido por la corrupción según Transparency International, y con una renta per cápita de unos 2.000 euros, la más baja de la región después de Mauritania, los sindicatos y la oposición islamista han convocado una manifestación el próximo día 20 para pedir más democracia.
“Marruecos es un caso complicado”, reconoce Bernabé López García, de la Universidad Autónoma de Madrid, “porque no es lo mismo echar a un tirano que se aferra al poder desde hace 30 años que a una monarquía que lleva ahí siglos, respetada hasta en las zonas más aisladas”.
Las autoridades de Rabat se han orientado hacia las reformas desde la muerte de Hasán II, en 1999, aunque muchos intelectuales marroquíes denuncian el autismo y autoritarismo del actual monarca, aún todopoderoso en su reino. “La corrupción endémica debería obligar a la Unión Europea a reaccionar y pedir reformas al Palacio Real. La primera de ellas debería ser un haraquiri del rey: que deje el poder absoluto e instaure una monarquía parlamentaria. Pero el problema es que los partidos políticos no están a la altura, se mantienen demasiado al margen”, considera el investigador español.
Los marroquíes tienen al menos a una figura central que encarna al poder, contra la que pueden gritar su malestar, “algo que falta a los argelinos”, según Willis. Abdelaziz Buteflika es presidente desde 1999, pero son los militares los que dirigen el país desde el golpe de Estado que abolió la victoria electoral islamista en enero de 1992. “El régimen contó con el maná petrolero para enfrentarse a las reivindicaciones sociales y sabe ahora que simples medidas económicas ya no son suficientes. Por eso ha anunciado el fin [en un futuro próximo] del estado de emergencia. Pero los argelinos seguirán reclamando cada vez más libertades y democracia”, dice el argelino Baghzouz.
Además, en Argelia “las desigualdades sociales son muy grandes”, subraya Amel Boubekeur, especialista del Magreb en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, quien teme “una represión brutal”. Porque, a diferencia de Túnez, el Ejército en Argelia “no ha sido marginalizado por las autoridades, sino que participa en el proceso de decisión política” y no dudará en usar la fuerza.
Pero las armas no bastan para acallar un volcán de indignación que se ha alimentado en el magma de internet y aprovecha las nuevas tecnologías para entrar en erupción. Porque las nuevas generaciones ya no pueden ser aisladas de la realidad por la censura.
Decenas de millones de árabes están enganchados a la serie Bab al hara (La puerta del barrio), que empezó a emitirse en 2006 y ha arrasado en casi todo Oriente Próximo. Ambientada en la ciudad vieja de Damasco en los años treinta, durante la colonización francesa de Siria y Líbano, y de la colonización inglesa de Palestina y Transjordania, debe su éxito, sobre todo entre los jóvenes, al enfoque moderno, hasta progresista, con que aborda las cuestiones sociales, incluida la situación de la mujer.
Bab al hara ha desplazado el foco de atención de Egipto a Siria, donde a pesar del régimen autoritario de Bashar al Asad, existe un margen para plantear cuestiones de más interés para la audiencia juvenil, ante la cual la sociedad tradicional de sus mayores se está resquebrajando rápidamente.
La penetración de la televisión por satélite en 22 países que comparten el conocimiento de un mismo idioma, el árabe clásico, también está siendo decisiva para internacionalizar la revolución de los jóvenes. Los planteamientos progresistas de la cadena de información Al Yazira, que ha estado en primera fila durante las revueltas, y que ha convertido su programación en una monografía sobre Egipto, están descubriendo una realidad distinta a millones de ciudadanos que durante toda su vida fueron sometidos al lavado de cerebro de medios de comunicación serviles con el poder.
El mundo árabe empieza a formar parte de la aldea global. Lo que ocurre en Túnez y Egipto se ve en directo en todos los demás países. Las redes sociales permiten que las protestas se convoquen de un día para otro, o en el mismo día. Los teléfonos móviles hacen que los manifestantes se organicen y reaccionen en segundos a los movimientos de la Policía o el Ejército.
Occidente siempre dio prioridad a la estabilidad de los regímenes árabes, por encima de la democracia y de los derechos humanos. Financiando y armando a los dictadores, dándoles manga ancha para oprimir y robar, confiando ciegamente en que las fuerzas represivas mantendrían a los ciudadanos a raya indefinidamente, EEUU y Francia han creado ese monstruo que ahora tanto temen: el poder revolucionario de un pueblo que ha perdido el miedo.
Los parias se han levantado, y nada les detendrá.
[CON INFORMACIÓN DE ISABEL PIQUER, GUILLAUME FOURMONT Y EUGENIO GARCÍA GASCÓN]
Ahora, Obama utiliza su teléfono rojo con El Cairo para cantarle las cuarenta a Mubarak y advertirle de que no puede volver a barajar las cartas y seguir jugando la misma baza dictatorial.
Hasta la cuasi-invisible baronesa Ashton se aparece ante el rais, expresando la súbita indignación de Europa ante una represión que estuvo tolerando durante décadas.
El presidente de EEUU que hoy proclama que “el pueblo de Egipto tiene derechos que son universales” ocupa la misma Casa Blanca que hace pocos años entregaba reos al régimen del “fiel aliado” Mubarak para que fueran torturados en las cárceles egipcias, puesto que sabía que allí estaban versados en esas prácticas… de tanto ensayarlas con sus propios ciudadanos.
Igual que la diplomacia europea despierta de pronto de su letargo para descubrir la falta de libertades en el Túnez del régimen de Ben Alí que tanto elogió y apoyó.
En los últimos veinte años, desde la victoria electoral del Frente Islámico de Salvación en Argelia, Occidente se ha dedicado a mimar a los regímenes militares (como el argelino, que desencadenó una guerra civil con 160.000 muertos) y a las tiranías monárquicas, esgrimiendo la amenaza del islamismo para sustentar dictaduras árabes dedicadas a oprimir y esquilmar a su propia gente.
Sólo ahora, cuando las revueltas populares contra la injusticia y la pobreza destronan a esos déspotas, Occidente recobra la memoria de sus olvidados principios democráticos.
Quizá porque esta vez no son los barbudos quienes toman las calles, sino jóvenes advertidos de su desdicha por el auge de las nuevas tecnologías. ¿Deben confiar en sus repentinos valedores?
El próximo 22 de enero se cumplirán dos años desde que Barack Obama rubricó, en una solemne ceremonia en el Despacho Oval, su directiva presidencial disponiendo el cierre de la ilegal prisión militar de Guantánamo “lo antes posible” y “no más tarde de un año”. En ese acto al que invitó a los más importantes dirigentes políticos estadounidenses, y cuyas imágenes dieron la vuelta al mundo, el presidente de EEUU firmó otras tres órdenes ejecutivas disponiendo la clausura de las cárceles secretas de la CIA (para entonces, un centenar) y prohibiendo la tortura de los sospechosos de terrorismo, así como su encarcelamiento indefinido sin garantías procesales. El día anterior ya había anunciado el cese de las actividades de las “comisiones militares” creadas por la Administración Bush para escenificar remedos de consejos de guerra contra los reos de Gitmo, en vistas orales sin abogados defensores ni procedimiento judicial.
La normativa presidencial con la que Obama inauguró su mandato proclamaba “el respeto de las obligaciones de Estados Unidos con los tratados internacionales, incluida la Convención de Ginebra” que protege a los prisioneros de guerra.
Esas fueron sus palabras… por escrito.
Los hechos, hasta la fecha, son:
La base aérea norteamericana de Bagram, en Afganistán, sigue siendo el mayor centro de detención del mundo de reos sin derechos legales ni abogado defensor, muchos de los cuales continúan sometidos a meses de duros interrogatorios sin que sepan si permanecerán presos el resto de su vida ni los crímenes de los que se les acusa.
Los estadounidenses que cometieron y ordenaron las torturas han sido exonerados por el propio Obama, prometiendo a los agentes de la CIA y a los letrados de la Administración Bush que diseñaron esos tormentos (como Jay Bybee, hoy magistrado federal de apelación) que siempre quedarán impunes sus crímenes de lesa humanidad, algo que viola todos los principios de la legalidad internacional.
El presidente también ha autorizado que prosigan las extraordinary renditions (entregas de prisioneros, a menudo cautivos por haber sido secuestrados en operaciones ilegales de espionaje, a dictaduras aliadas donde se sabe que van a ser torturados) y ha encargado al Departamento de Justicia que elabore los instrumentos legales necesarios para que decenas de reos de Guantánamo permanezcan presos para siempre, sin ser jamás juzgados, y que se creen nuevas “comisiones militares” con idénticas funciones que las anteriores, aunque maquilladas para que no parezcan tan arbitrarias a los ojos del resto del mundo.
¿Es de extrañar que Obama incumpla tan flagrantemente sus compromisos, escritos, de cerrar Guantánamo y de respetar los derechos humanos y las leyes internacionales? No, lo que sorprende es que muchos sigan creyendo que es progresista.
Desde el primer lunes de 2011, el mundo estará pendiente de la banda del té, un Tea Party que instilará extremismo ultra en la mayoría republicana de la Cámara de Representantes y tratará de descarrilar los grandes proyectos de Obama, sobre todo las medidas que puedan acercar a EEUU hacia algún tipo de Estado de bienestar.
Esos fuegos artificiales del Capitolio deslumbrarán a la opinión pública y eclipsarán el verdadero foco del año entrante: China, que pondrá todas las cartas sobre la mesa en su asalto al cetro de máxima superpotencia mundial. Durante la década que empieza, Pekín desplegará su tremenda potencia demográfica, económica, científica y militar para desbancar al gigante norteamericano con pies de barro fundamentalista cristiano.
En este primer año del decenio chino, el coloso asiático tratará de comprarse el mundo. En realidad, ya ha empezado, y en 2010 las multinacionales con sede en China o Hong Kong han efectuado una décima parte de todas las adquisiciones empresariales del mundo, incluidas inmensas inversiones petroleras y absorciones industriales como la de Volvo por parte de Geely. Al mismo tiempo, en una maniobra financiera maquiavélica, los bancos chinos han concedido créditos a compañías extranjeras por valor de más de medio billón de dólares. Como Pekín ya controla otros tres billones de dólares, en reservas de esa divisa
y en bonos del Tesoro de EEUU, pronto tendrá secuestradas por sus deudas a las demás potencias económicas.
Igual que el planeta seguirá siendo rehén de la amenaza atómica, sea la de la paranoica dinastía Kim en Corea del Norte o de los cavernícolas ayatolás iraníes. En 2011 deberemos seguir tan pendientes de impedir que más mujeres sean lapidadas en Irán como de evitar que el desafío nuclear de Teherán nos conduzca a un holocausto… de la mano de Israel. Hasta el Gobierno australiano ha manifestado su alarma a Washington por la insistencia israelí en atacar las instalaciones atómicas iraníes, planes bélicos que podríamos ver hechos realidad, con todas sus consecuencias, este nuevo año.
También en este caso, la guerra de Occidente contra Irán puede que ya haya comenzado, vistos los misteriosos asesinatos de científicos nucleares iraníes, los sofisticados ciberataques contra los sistemas informáticos estratégicos de Teherán y los sangrientos atentados en las regiones fronterizas con Pakistán y Afganistán.
De este último país deberían empezar a retirarse los soldados estadounidenses en julio, pero antes tratarán de poner un poco de orden en las entrañas del caos y su asalto a los bastiones talibanes en Kandahar y el Waziristán generará un nuevo infierno bélico en el eje del nuevo Gran Juego global.
Aunque para los trabajadores europeos los cuatro jinetes del Apocalipsis serán Merkel –amenazada de nuevas derrotas electorales en Hamburgo y Baden-Württemberg–; Berlusconi –aferrándose al poder con la desesperación del delincuente–; Sarkozy –dispuesto a captar hasta a la ultra Marine Le Pen–, y Cameron, presto a condenar a la miseria a 200.000 niños británicos, en beneficio del gran capital. Como todos.
Con las veleidades del inicio de su presidencia, Bill Clinton fue el verdadero impulsor del ascenso del ultraconservador Newt Gingrich, quien logró en 1994 que los republicanos controlasen la Cámara de Representantes por primera vez en 40 años. Pero después sería Gingrich el que propulsaría a Clinton hacia la aplastante victoria de su reelección, al forzar un viraje extremista de su partido y atrincherarse contra los presupuestos hasta paralizar el funcionamiento de la Administración.
Ese es el precedente que la dirección republicana va ahora a evitar a toda costa, puesto que la repetición de aquel infame gridlock (colapso) gubernamental que tanto perjudicó a los ciudadanos convertiría de nuevo al partido mayoritario de la Cámara en un spoiler, el saboteador que sólo pone palos en las ruedas. Y eso lo precipitaría hacia una segura derrota en 2012, cuando se disputará el auténtico gran premio: la Casa Blanca.
Todo esto lo sabía muy bien Obama cuando ayer emplazó a sus rivales a apoyar, en vez de entorpecer, la lucha contra la recesión. Y puso en un brete al establishment del Grand Old Party: no puede hacer caso omiso a los nuevos astros del firmamento Tea Party, como Marco Rubio o Rand Paul, pero tampoco puede permitirse una deriva radical que lo condenaría a la marginalidad política. Tres cuartas partes de los estadounidenses quieren que los dos grandes partidos lleguen a pactos para superar la recesión, según los sondeos.
De California a Delaware, pasando por Nevada y Colorado, los votantes han rechazado a los más fanáticos del Tea Party, negando a los republicanos el control del Senado. En realidad, y pese a su éxito electoral, la obstinación de ese movimiento en presentar candidatos iluminados ha impedido que el GOP se hiciera con ambas cámaras del Capitolio. Y corre el riesgo de repetir su historia.
Es como si la víctima de un ataque al corazón se querellase contra los enfermeros de la ambulancia que la recogieron, y contra los médicos que la curaron, alegando que si la hubieran dejado en paz hoy estaría muchísimo mejor. Eso es lo que se disponen a hacer los electores estadounidenses, olvidando el infarto del sistema financiero que, en otoño de 2008, los arruinó. Porque los republicanos han logrado convencerlos de que la culpa de la crisis no la tuvo el ultraliberalismo de la era Bush que la causó, sino las medidas de Obama para contenerla.
Esa campaña propagandística incluso acusa al actual presidente demócrata de arruinar al país con el Troubled Asset Relief Program (TARP) de compra de acciones y activos de las instituciones financieras en apuros… ¡que Bush firmó el 3 de octubre de 2008! Y tampoco importa el hecho de que el Estado federal ya ha recuperado la mayor parte de esa inversión, con beneficios.
El líder de los senadores republicanos, Mitch McConnell, dice no tener más que una prioridad política: “Frenar la agenda ultraizquierdista de Obama lo antes posible”. Esto es, revocar sus medidas que dieron cobertura sanitaria a 11 millones de niños sin seguro médico; permitieron a las mujeres denunciar a las empresas que las discriminan salarialmente; prohibieron las subidas abusivas y sin previo aviso del interés de las tarjetas de crédito; regularon las oscuras operaciones especulativas que causaron el hundimiento de las bolsas…
Todo ello, puro “socialismo soviético”, como braman los líderes del Tea Party, agitando la Constitución de EEUU. Su receta para exorcizar al diablo comunista es simple: suprimamos los servicios sociales… y los impuestos de los más ricos.
¿Qué creerán que indica su Preámbulo constitucional cuando insta a “promover el bienestar general”?
El comentarista de The Atlantic Monthly Jeffrey Goldberg era conocido (hasta hacerse famoso por atribuirle a Fidel Castro la frase de que el sistema cubano ya no sirve) por sus artículos sobre Oriente Próximo. Mejor dicho, contra los yihadistas (partidarios de la guerra santa), frente a los que Goldberg abogó ardientemente por la invasión de Irak, atribuyendo a Sadam no sólo vínculos con Al Qaeda sino la posesión de armas de destrucción masivas delirantes (como una supuestamente compuesta de aflatoxina, para causar cáncer de hígado a los niños).
Goldberg nunca se excusó por haber sostenido tales patrañas, pero hace unos meses insistió en que el yihadismo es el único móvil de terroristas como Faisal Shahzad (el que colocó la bomba en Times Square), en su airada respuesta a los que recordaban que era un hombre desequilibrado y acababa de ser desahuciado de su vivienda. Shahzad siempre protestó por las decenas de miles de víctimas inocentes en la guerra de Irak, y poco antes de su fallido atentado amateur se quejaba de las muertes de civiles paquistaníes en ataques de aviones-robot de EEUU.
Pero no. Nada de eso tiene que ver con sus acciones, según Goldberg, para quien el “móvil yihadista” es la única causa y razón del terrorismo islamista. Lo mismo opinan casi todos los analistas estadounidenses, que se niegan a aceptar la posibilidad de que las acciones de EEUU exacerben ese fanatismo.
Igual que los predicadores integristas sólo dicen: “América está en guerra contra el islam”. En eso, se parecen los que tanto se odian entre sí.
Sólo un Estado del planeta maneja el psicodramático término de “amenaza existencial” como justificación de sus acciones agresivas y de la violación de las leyes internacionales. Y sólo a un Gobierno de este mundo se le permite ocultar un arsenal de dos centenares de armas nucleares como supuesta garantía de su propia supervivencia, cuando ya cuenta con fuerzas militares y aliados estratégicos muchísimo más poderosos que todos sus enemigos juntos.
Israel sigue esgrimiendo los principios del movimiento sionista –que los judíos necesitan un país en el que refugiarse del antisemitismo que corroe el mundo– pese a que la realidad geoestratégica mundial está en otra dimensión totalmente distinta de la de hace un siglo. Porque la ultraderecha israelí que sostiene al Ejecutivo de Netanyahu puede así argumentar la necesidad de ocupar los territorios árabes, sitiar las poblaciones civiles y mantener un régimen militarizado.
Es innegable que grupos armados como Hamás, la Yihad Islámica o Hizbolá no constituyen a estas alturas una verdadera amenaza para la propia existencia del Estado judío, por muchos ataques y atentados que cometan. Y no cabe la menor duda de que Irán no podría destruir Israel ni aunque consiguiera en el futuro desarrollar algún arma atómica, por muchas baladronadas sobre “echar a los israelíes al mar” que pregone Ahmadineyad.
Pero el fantasma del peligro de otro Holocausto permite a los halcones perpetuar su política belicosa y represiva, aduciendo que no deben respetar las reglas hechas para los demás mortales. De paso, el secreto arsenal atómico israelí mantiene atemorizados a los países árabes… y eso ya les va bien a EEUU y a las potencias europeas.