Shadi Hamid mira intensamente a su interlocutor y espeta, subrayando enfáticamente cada palabra: “Ya no podemos seguir hablando de una Primavera Árabe, porque se está demostrando nuestra impotencia para frenar el derramamiento de sangre en Siria, Yemen, Libia o Bahrein. Hasta ahora, pensábamos que el pueblo podía ganar con las nuevas armas de Twitter, Facebook y YouTube, pero los regímenes dictatoriales tienen fusiles y tanques… y a veces, muchas veces, ganan los tanques”.
Aunque sea con menor rotundidad y vehemencia que Hamid, director de Investigación del Centro Brookings de Doha (Qatar), ese mismo análisis pesimista de la situación actual de las revoluciones juveniles en el mundo árabe es compartido por muchos de los mismos blogueros y activistas que impulsaron las revueltas, como se pudo comprobar en el Arab Media Forum. Esta conferencia internacional de medios de comunicación sobre la marea de cambios democráticos en la región se celebró hace diez días en Dubai y congregó a decenas de los más relevantes creadores de opinión del mundo árabe.
Por supuesto, “cada situación nacional concreta tiene condiciones propias muy diferentes a las de los demás países”, como subraya Najib Abu-Warda, profesor de Relaciones Internacionales de la Complutense. Pero lo que está más que probado es que las rebeliones populares no han triunfado en Libia, donde la guerra civil parece encaminada a dividir el país, ni en Yemen, donde las manifestaciones se han transformado en baños de sangre, ni en Siria, donde el régimen de Bashar al Asad está decidido a masacrar a los líderes opositores… igual que ocurre en Bahrein, ocupado por las tropas saudíes y donde se están cometiendo crímenes de lesa humanidad, como obligar a los médicos a delatar y a no curar a los heridos en las manifestaciones, sin que la comunidad internacional se conmueva.
“La opinión pública ya no reacciona a la represión en Bahrein porque tenemos procesos revolucionarios en marcha en siete países árabes y es muy difícil concentrar la atención en todos ellos”, explica Hamid. “Y a menudo lo que vemos en Twitter y Facebook nos ofrece una imagen distorsionada de la realidad, porque la mayoría de los que participan en esas redes sociales son laicos progresistas, mientras que, por ejemplo, la mayor parte de los egipcios son religiosos y conservadores. Sólo 9,5 de los 85 millones de egipcios están en Facebook, mientras que el más poderoso movimiento social de Egipto es el de los Hermanos Musulmanes”.
Algo parecido opina Sultan al Qassemi, presidente de la Fundación de Jóvenes Líderes Árabes: “Se ha exagerado mucho el efecto de las redes sociales en el éxito de los movimientos populares tunecino y egipcio; han permitido que nos comuniquemos, pero no son el germen de esas revoluciones. Las movilizaciones sindicales y opositoras en Egipto son muy anteriores a esos fenómenos de internet”.
Cortes de luz y teléfono
En otros países, esas redes de internautas pueden incluso empezar a ser contraproducentes, como en Siria, cuyos servicios secretos se están aprovechando de esas mismas herramientas para diezmar a la oposición. Hace sólo cuatro meses que Damasco dio a sus ciudadanos acceso libre a Facebook y YouTube, pero lo que parecía un avance de la libertad de expresión se ha convertido en una trampa represiva, ya que la Policía localiza a los disidentes a través de su dirección IP en la red, los detiene y procesa usando como pruebas lo que han publicado en internet, y los obliga a revelar sus códigos de acceso para luego modificar sus páginas web personales, llenándolas de contenidos favorables al régimen.
Para impedir la coordinación de las protestas callejeras, el Gobierno sirio no trata de bloquear el acceso a internet en todo el país, como hizo Hosni Mubarak infructuosamente en Egipto, sino que corta la electricidad y las líneas telefónicas fijas y de móviles de un barrio rebelde concreto en los momentos de mayor tensión. “Usan esas tácticas para impedir las comunicaciones entre la población”, denuncia Radwan Ziadeh, director del Centro de Estudios sobre Derechos Humanos de Damasco.
No sólo están consiguiéndolo, sino que han creado también un “Ejército electrónico sirio” que emplea las armas de la red para desacreditar a la oposición y que ya cuenta con 60.000 seguidores en Facebook.
Según el director del programa de Innovación del Instituto de Gobierno de Dubai, Fadi Salem, en estos momentos hay unos 580.000 usuarios de Facebook en Siria, cifra que se ha más que duplicado desde que Damasco levantó el veto a esa red, el 9 de febrero.
A pesar de esa estrategia de represión electrónica, “la única forma en la que podemos conseguir información sobre la situación interna en Siria es a través de los ciudadanos-periodistas”, afirma Ammar Abdulhamid, un activista sirio residente en Maryland (EEUU) que ha ayudado a organizar el envío de teléfonos satélite, cámaras digitales y portátiles a la oposición. “Si no fuera por ellos, no sabríamos nada de lo que ocurre”.
Otro tanto ha ocurrido en los demás países árabes, hasta hace poco aislados del mundo por unos medios de comunicación oficialistas hasta rayar en el autismo. El caso más espectacular fue el primero, Túnez, donde “tenemos cuatro millones de usuarios de las redes sociales de internet, el 40% de la población total”, explica el periodista Zied el Heni, uno de los blogueros más activos de la revolución, cuya página web fue cerrada en el pasado por el régimen de Ben Alí, que también asaltó su oficina y se incautó de todos los ordenadores y discos duros que poseía. “Los blogs juegan el papel de medios de comunicación alternativos para compensar el fracaso de la prensa y la TV oficiales árabes”.
“Mi madre siempre me había criticado, acusándome de ser un irresponsable con mi activismo opositor porque ponía en peligro el futuro de mis tres hijas”, recuerda El Heni. “Pero cuando estalló el levantamiento popular, un día me llamó para preguntarme cómo es que no salía a la calle a manifestarme con los demás”.
De Twitter a la Casa Blanca
Incluso Shadi Hamid reconoce el papel crucial que han tenido las redes sociales en la Primavera Árabe. “Durante la revolución de Egipto, yo seguía el Twitter local y contaba lo que decían a Al Yazira. Después, en la misma Casa Blanca veían esa cadena de televisión y se enteraban de los hechos”. En cambio, “en los años noventa, la revolución fracasó en Argelia porque el resto del mundo no estaba prestando atención. Millares fueron asesinados, muchos más fueron enviados a campos de concentración, pero no hubo repercusión internacional porque no existían entonces las redes sociales y los medios de comunicación clásicos no se hicieron eco de esa barbaridad”.
También Sultan al Qassemi, quien llegó a tener 70.000 seguidores en Twitter cuando relataba la revuelta en la plaza Tahrir de El Cairo, tiene que admitir la repercusión de lo que ya se denomina el quinto poder: “Vi que la mayor parte de los blogueros escribían en árabe y me puse a traducir sus twitters al inglés. Lo hacía en sólo 45 segundos y así descubría al resto del mundo las maniobras del régimen de Mubarak, como cuando lanzó a sus esbirros a atacar a los manifestantes”.
Así se suplió la falta de prensa independiente, subraya el famoso presentador de la televisión egipcia Hamdi Kandil: “Los medios clásicos no podían ser plataforma de la revolución ni cubrir objetivamente los acontecimientos, a causa de la opresión a la que estaban sometidos, pues en los meses previos más de mil periodistas habían sido procesados por instigar la subversión. Fue una confiscación de las libertades”.
Presa por conducir un coche
Ese cerrojazo a las libertades se refuerza hoy en los países del mundo árabe cuyos dictadores se han propuesto no correr la misma suerte que Ben Alí y Mubarak. En Arabia Saudí, acaba de ser encarcelada Manal al Sharif por atreverse a conducir un coche, algo prohibido a la mujer en nuestro gran aliado petrolero.
Pero la verdadera razón de su pena de cinco días de prisión es otra, ya que normalmente esa infracción se salda con un mero apercibimiento. Al Sharif está convocando a través de internet una protesta en demanda de derechos de la mujer para el 17 de junio, y las autoridades saudíes “no quieren que nadie se crea que puede organizar algo así a través de Facebook”, aclara su colega Wajiha Howeidar.
Incluso donde ha caído el régimen, como Egipto, sus sucesores preparan leyes para limitar derechos y libertades. “Si no hay un auténtico cambio constitucional, fracasará la revolución, porque la gente se conformará con llevar a juicio al clan de los Mubarak”, asegura el bloguero Faisal J. Abbas.
La primavera acabó y sólo queda un ardiente verano árabe que puede conducir al otoño de los sueños de libertad.
Ya no se sabe si son más extravagantes los amigos de Aznar como Gadafi o los amigos de McCain y Sarkozy como los dirigentes insurgentes libios –algunos de los cuales combatieron con Bin Laden–, cuyo actual líder, Abdeljalil, era el ministro de Justicia del régimen tiránico… o incluso los amigos de Cameron como el excanciller desertor libio, Musa Kusa, quien dirigía los servicios secretos cuando organizaron el atentado terrorista de Lockerbie, que mató a 270 personas en Reino Unido.
Puestos a conservar amistades, Obama ha decidido mimar al jefe del Comité Militar Supremo egipcio, el general Tantawi, a quien los diplomáticos estadounidenses llamaban (véase Wikileaks) “el perrito faldero de Mubarak”, otro examigo que Israel y Arabia Saudí trataron de mantener en el poder, en una extravagante alianza inamistosa para salvar al raís, hoy preso por acumular una fortuna descomunal a costa de la miseria de su pueblo.
Ahí tenemos (en Yemen) al amigo Saleh, con el que EEUU contaba para frenar a los asesinos de Al Qaeda y que ahora se dedica a masacrar a sus compatriotas manifestantes, pero que va a gozar de una inmunidad absoluta según el punto final forjado por nuestros amiguísimos reyes, emires y sultanes del golfo Pérsico.
En cambio, en Siria nuestra única amiga era la bella esposa de Al Asad y después de las últimas matanzas tendremos que hacer amistad con sus adversarios… que (ahí, en ese país, sí) resultan ser islamistas enemigos jurados de Occidente.
Tanta extravagancia hemos alimentado en el mundo árabe, que el nuestro está patas arriba. Pero seguimos haciendo amistades peligrosas… siempre que vemos la oportunidad de hacer grandes negocios con esos amiguitos del alma tan aficionados a la tiranía.
Etiquetas:
Argelia,
EEUU,
Egipto,
Francia,
Libia,
Magreb,
Marruecos,
OrientePróximo,
Siria,
Túnez,
UE
La revolución árabe no ha hecho más que empezar.
Cuando Barack Obama proclamó desde la Casa Blanca que “este no es el final de la transición, sino el principio”, se refería sólo a Egipto tras la caída del dictador Hosni Mubarak, hasta muy poco antes el más fiel y valioso aliado de Occidente en Oriente Próximo. Pero sus palabras son sin duda premonitorias de un fenómeno mucho más amplio que la histórica victoria del pueblo, en sólo 18 días de revuelta callejera, sobre la colosal maquinaria represiva que el rais levantó en 30 años de despotismo.
La rebelión de los jóvenes ha prendido en todo el mundo árabe y se ha transformado en una revolución imparable que amenaza con barrer a los tiranos instalados durante decenios en la opresión de sus ciudadanos. Recién desencadenada esa convulsión mundial, las cancillerías occidentales, los especialistas y hasta los servicios secretos se preguntan hoy, estupefactos: ¿por qué ha estallado la juventud árabe? ¿Cómo pudo cogernos por sorpresa? ¿Hasta dónde llegará esta revolución?
“¡Qué equivocados estábamos!”, admite Roger Hardy, analista sobre Oriente Próximo del Woodrow Wilson Center de Washington. “Cuando los disturbios comenzaron en Túnez, la mayor parte de los expertos (incluido yo mismo) dijimos que el presidente Ben Alí aplastaría la revuelta y sobreviviría. Cuando salió huyendo del país, la mayoría de los expertos (incluido yo) argumentamos que Egipto no era Túnez y que Mubarak aplastaría la rebelión y sobreviviría”.
Pocos gobernantes están tan dispuestos a reconocer semejante error de cálculo, pero los militares y jefes del espionaje que tan estrechas relaciones mantenían con los regímenes que hoy se desmoronan no pueden ocultar que fueron incapaces de prever el tsunami revolucionario que va derribando a sus socios y amigos.
Al comienzo de las manifestaciones en la plaza Tahrir de El Cairo, la cúpula del Ejército egipcio no estaba en su país, sino en Virginia, a las afueras de la capital estadounidense, participando en el Comité de Cooperación Militar conjunto, la reunión que cada año reúne a los altos mandos de Egipto y de EEUU. El jefe del Estado Mayor, el general Sami Enan encabezaba una delegación de 25 oficiales para esos encuentros con sus homólogos estadounidenses, entre ellos el almirante Mike Mullen, jefe del Estado Mayor Conjunto norteamericano. El 28 de enero, los generales egipcios interrumpieron su visita y regresaron urgentemente a El Cairo.
Ni ellos ni sus mentores estadounidenses tenían la más remota idea de que la tempestad del cambio iba a derribar en poco más de dos semanas el régimen árabe más poderoso, que desde 1981 ha recibido 60.000 millones de dólares de Washington. En estas tres décadas, EEUU ha formado y financiado el Ejército egipcio, en una relación estratégica tan estrecha que los árboles de la cúpula militar de Mubarak impedían a los norteamericanos ver el inmenso bosque del descontento popular.
“Hemos entrenado a cientos, por no decir miles” de militares egipcios, subrayó el almirante Mullen en televisión hace algo más de una semana. “Han vivido con nosotros también sus familias y mi principal objetivo ha sido mantener el contacto con ellos”. Pero Mullen admitió en esa misma entrevista que los acontecimientos le habían “pillado por sorpresa” a pesar, o quizás a causa, de sus intensas relaciones con el Ejército del mayor país árabe.
A lo largo de los años, la proporción de ayuda militar de Washington a El Cairo fue creciendo, en relación a la económica, hasta ser cinco veces superior al monto de todas las otras aportaciones de EEUU a Egipto, a pesar de que ese país no participaba en ningún conflicto bélico. Y haciendo la vista gorda a la evidente corrupción en el seno de las Fuerzas Armadas egipcias.
Ahora, “el éxito del poder del pueblo en Egipto tendrá una repercusión en el mundo árabe mucho mayor que su triunfo en Túnez”, afirma Hardy, el analista del Woodrow Wilson. “El ejemplo egipcio ha electrizado a la opinión pública a lo largo de toda la región, en la que prevalecen males idénticos: autocracia, corrupción, desempleo, déficit de dignidad ciudadana… Los autócratas cuyos servicios de seguridad son más pequeños y débiles que los de Egipto son los más vulnerables al gélido viento de la ira popular. Los que cuentan con dinero están tratando de comprar la paz social, pero los estados más pobres, como Jordania y Yemen, tendrán que endeudarse para aplacar a la población”.
El problema es que hasta ahora las potencias occidentales despreciaban la capacidad de movilización de esas poblaciones y extendieron cheques en blanco a los déspotas, que se autoproclamaban baluartes contra el supuesto avance islamista para mantener durante decenios un estado de emergencia totalitario. Como en Argelia, donde ya se han producido graves disturbios en la capital al actuar con extrema contundencia la policía antidisturbios. Es, precisamente, en el tan cercano Magreb donde está llegando antes el virus revolucionario.
Palestino exiliado en Bélgica desde hace más de 40 años, Bichara Khader, director del Centro de Estudios e Investigación sobre el Mundo Árabe de la Universidad de Louvain, lo tiene claro: “Túnez ha sido la golondrina que anunció la revuelta árabe. El efecto de contagio en los demás países es evidente”. El Magreb cuenta con todos los ingredientes para que la sublevación popular estalle en las calles de Rabat, Casablanca, Argel y Trípoli: una población en su mayoría joven que se siente excluida, paro, represión política y social, y corrupción rampante de las autoridades.
“En Argelia y Libia, que cuentan con grandes recursos energéticos, las autoridades pueden decir: Consume y cállate’. Pero el dinero sólo sirve de somnífero y aplaza el despertar de la población”, explica Khader. Los analistas y diplomáticos occidentales aún ignoran qué está pasando en el país de Muamar al Gadafi. “No lo sabemos porque es un régimen cerrado y muy represivo”, se justifica Michael Willis, especialista en asuntos magrebíes del Middle East Centre de la Universidad de Oxford.
Pero sí vemos cómo los argelinos muestran su desesperación con intentos de suicidio a lo bonzo, gritando “¡basta!” a la hogra, el desprecio, en argelino. Argelia, un gigante económico con importantes reservas de petróleo y gas, mantiene a su población en estado de emergencia desde 1992 bajo el férreo control del Ejército.
“Argelia fue, en 1988, el precursor de las revueltas en el mundo árabe, pero su lucha fue secuestrada por el poder”, explica Aomar Baghzouz, profesor en la Universidad de Tizi Ouzou, al noreste del país. Y el sector en el que más ha invertido el Gobierno desde entonces ha sido el militar, mientras la población crecía más del 200% en medio siglo, hasta los 36 millones de habitantes, con una edad media de sólo 26 años.
Willis considera que en países como Argelia y Marruecos “hay una opresión económica y civil; es decir, la vida diaria es muy difícil, porque hay una falta de oportunidades, de visión para el futuro. Si no hay trabajo, no hay dinero; si no hay dinero, uno no puede casarse y no tendrá familia”. Pero desde las protestas que condujeron a la caída del tunecino Ben Alí, las poblaciones de los demás países de la zona “entendieron que era posible acabar con un dictador”.
“Sí, es posible” fue precisamente el titular de portada de la revista marroquí Tel Quel. En el reino alauí, consumido por la corrupción según Transparency International, y con una renta per cápita de unos 2.000 euros, la más baja de la región después de Mauritania, los sindicatos y la oposición islamista han convocado una manifestación el próximo día 20 para pedir más democracia.
“Marruecos es un caso complicado”, reconoce Bernabé López García, de la Universidad Autónoma de Madrid, “porque no es lo mismo echar a un tirano que se aferra al poder desde hace 30 años que a una monarquía que lleva ahí siglos, respetada hasta en las zonas más aisladas”.
Las autoridades de Rabat se han orientado hacia las reformas desde la muerte de Hasán II, en 1999, aunque muchos intelectuales marroquíes denuncian el autismo y autoritarismo del actual monarca, aún todopoderoso en su reino. “La corrupción endémica debería obligar a la Unión Europea a reaccionar y pedir reformas al Palacio Real. La primera de ellas debería ser un haraquiri del rey: que deje el poder absoluto e instaure una monarquía parlamentaria. Pero el problema es que los partidos políticos no están a la altura, se mantienen demasiado al margen”, considera el investigador español.
Los marroquíes tienen al menos a una figura central que encarna al poder, contra la que pueden gritar su malestar, “algo que falta a los argelinos”, según Willis. Abdelaziz Buteflika es presidente desde 1999, pero son los militares los que dirigen el país desde el golpe de Estado que abolió la victoria electoral islamista en enero de 1992. “El régimen contó con el maná petrolero para enfrentarse a las reivindicaciones sociales y sabe ahora que simples medidas económicas ya no son suficientes. Por eso ha anunciado el fin [en un futuro próximo] del estado de emergencia. Pero los argelinos seguirán reclamando cada vez más libertades y democracia”, dice el argelino Baghzouz.
Además, en Argelia “las desigualdades sociales son muy grandes”, subraya Amel Boubekeur, especialista del Magreb en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, quien teme “una represión brutal”. Porque, a diferencia de Túnez, el Ejército en Argelia “no ha sido marginalizado por las autoridades, sino que participa en el proceso de decisión política” y no dudará en usar la fuerza.
Pero las armas no bastan para acallar un volcán de indignación que se ha alimentado en el magma de internet y aprovecha las nuevas tecnologías para entrar en erupción. Porque las nuevas generaciones ya no pueden ser aisladas de la realidad por la censura.
Decenas de millones de árabes están enganchados a la serie Bab al hara (La puerta del barrio), que empezó a emitirse en 2006 y ha arrasado en casi todo Oriente Próximo. Ambientada en la ciudad vieja de Damasco en los años treinta, durante la colonización francesa de Siria y Líbano, y de la colonización inglesa de Palestina y Transjordania, debe su éxito, sobre todo entre los jóvenes, al enfoque moderno, hasta progresista, con que aborda las cuestiones sociales, incluida la situación de la mujer.
Bab al hara ha desplazado el foco de atención de Egipto a Siria, donde a pesar del régimen autoritario de Bashar al Asad, existe un margen para plantear cuestiones de más interés para la audiencia juvenil, ante la cual la sociedad tradicional de sus mayores se está resquebrajando rápidamente.
La penetración de la televisión por satélite en 22 países que comparten el conocimiento de un mismo idioma, el árabe clásico, también está siendo decisiva para internacionalizar la revolución de los jóvenes. Los planteamientos progresistas de la cadena de información Al Yazira, que ha estado en primera fila durante las revueltas, y que ha convertido su programación en una monografía sobre Egipto, están descubriendo una realidad distinta a millones de ciudadanos que durante toda su vida fueron sometidos al lavado de cerebro de medios de comunicación serviles con el poder.
El mundo árabe empieza a formar parte de la aldea global. Lo que ocurre en Túnez y Egipto se ve en directo en todos los demás países. Las redes sociales permiten que las protestas se convoquen de un día para otro, o en el mismo día. Los teléfonos móviles hacen que los manifestantes se organicen y reaccionen en segundos a los movimientos de la Policía o el Ejército.
Occidente siempre dio prioridad a la estabilidad de los regímenes árabes, por encima de la democracia y de los derechos humanos. Financiando y armando a los dictadores, dándoles manga ancha para oprimir y robar, confiando ciegamente en que las fuerzas represivas mantendrían a los ciudadanos a raya indefinidamente, EEUU y Francia han creado ese monstruo que ahora tanto temen: el poder revolucionario de un pueblo que ha perdido el miedo.
Los parias se han levantado, y nada les detendrá.
[CON INFORMACIÓN DE ISABEL PIQUER, GUILLAUME FOURMONT Y EUGENIO GARCÍA GASCÓN]
Ahora, Obama utiliza su teléfono rojo con El Cairo para cantarle las cuarenta a Mubarak y advertirle de que no puede volver a barajar las cartas y seguir jugando la misma baza dictatorial.
Hasta la cuasi-invisible baronesa Ashton se aparece ante el rais, expresando la súbita indignación de Europa ante una represión que estuvo tolerando durante décadas.
El presidente de EEUU que hoy proclama que “el pueblo de Egipto tiene derechos que son universales” ocupa la misma Casa Blanca que hace pocos años entregaba reos al régimen del “fiel aliado” Mubarak para que fueran torturados en las cárceles egipcias, puesto que sabía que allí estaban versados en esas prácticas… de tanto ensayarlas con sus propios ciudadanos.
Igual que la diplomacia europea despierta de pronto de su letargo para descubrir la falta de libertades en el Túnez del régimen de Ben Alí que tanto elogió y apoyó.
En los últimos veinte años, desde la victoria electoral del Frente Islámico de Salvación en Argelia, Occidente se ha dedicado a mimar a los regímenes militares (como el argelino, que desencadenó una guerra civil con 160.000 muertos) y a las tiranías monárquicas, esgrimiendo la amenaza del islamismo para sustentar dictaduras árabes dedicadas a oprimir y esquilmar a su propia gente.
Sólo ahora, cuando las revueltas populares contra la injusticia y la pobreza destronan a esos déspotas, Occidente recobra la memoria de sus olvidados principios democráticos.
Quizá porque esta vez no son los barbudos quienes toman las calles, sino jóvenes advertidos de su desdicha por el auge de las nuevas tecnologías. ¿Deben confiar en sus repentinos valedores?
Mientras diplomáticos de numerosos países gastan cientos de millones en incesantes viajes por Oriente Próximo, muy ocupados en dar la imagen de que están empeñados en reactivar el moribundo proceso de paz árabe-israelí, la población palestina de Gaza machacada por los bombardeos del Tsahal sigue sometida al implacable castigo colectivo del bloqueo de la Franja, sin que los gobernantes occidentales quieran darse por enterados de que eso constituye un crimen contra la humanidad tanto o más grave que la masacre de más de un millar de civiles indefensos.
Ese asedio de la región más superpoblada del mundo se agrava inconmensurablemente por la devastación de 22 días de bombardeos, que han destruido 21.000 viviendas, además de los hospitales, almacenes de víveres y medicinas, sedes de las organizaciones humanitarias, edificios oficiales, escuelas y redes de agua potable, electricidad y alcantarillado, de los que dependían 1,5 millones de personas para su subsistencia. Miles de toneladas de suministros de emergencia permanecen bloqueados porque Israel se niega a abrir los pasos fronterizos, y el máximo responsable de la ONU para auxiliar a esos refugiados, John Ging, ha reconocido que “la gente corriente de Gaza no está recibiendo auxilio suficiente, ni lo está recibiendo con la rapidez con la que lo necesita”.
En el lado egipcio de la frontera, docenas de camiones cargados con alimentos, fármacos y vituallas están también parados por falta de acuerdo sobre su distribución, que El Cairo rehúsa conceder a Hamás por mucho que sea el único grupo que dispone todavía de capacidad de coordinación de las labores de reconstrucción en la Franja. Y ¿cómo se van a reconstruir las casas arrasadas por el Ejército israelí, cuando entre los materiales que Israel impide entrar en Gaza figura hasta el cemento, con el argumento de que se puede también emplear para hacer rampas de lanzamiento de cohetes caseros?
Pero lo más grave ni siquiera es que entre las condiciones del Gobierno israelí para levantar ese asedio contra toda la población civil (algo expresamente prohibido por las Convenciones de Ginebra) se haya ya incluido oficialmente la liberación del soldado Gilad Shalit, secuestrado en 2006. Es decir, un Estado ocupante toma medidas crueles e inhumanas contra toda una población civil para conseguir la liberación de uno solo de sus militares, rehén de algún grupo armado enemigo. ¿No les trae eso recuerdos de un conflicto en Europa hace casi 70 años?
No, lo más grave es la parsimonia e insensibilidad con la que la comunidad internacional se está tomando la catástrofe humana que padece Gaza. Ni los llamamientos de las organizaciones humanitarias internacionales, ni las evidencias filmadas y fotografiadas de los incalificables sufrimientos que padecen los civiles, han conmovido tampoco a los otros gobiernos, cuyos diplomáticos maniobran para negociar un acuerdo de tregua bajo la égida Fatah, del presidente Mahmud Abás, antes de que se abran los pasos y comience a aliviarse la atroz situación de más de un millón de refugiados.
Negociación que no sólo puede prolongarse indefinidamente, sino que también desestima hechos incontrovertibles. Abás es, en estos momentos, un cadáver político tras su inconfesable connivencia con Israel durante la destrucción de Gaza, confiando en que los bombardeos acabasen con sus rivales de Hamás. Además, su mandato concluyó el 9 de enero y aunque lo está prolongando bajo un “procedimiento de emergencia” muchos palestinos, empezando por Hamás, ya no reconocen su autoridad.
Abás trata ahora de cambiar el reglamento electoral para salvar su carrera política. Pero cualquier arreglo de Gobierno palestino de unidad pasará inevitablemente por unas elecciones, en las que Hamás tiene muchas posibilidades de ganar la presidencia, según estiman analistas políticos como Zakariya al Qaq, profesor en la Universidad Al Quds de Jerusalén.
¿Cuánto sufrimiento más dejaremos que padezcan los civiles de Gaza, mientras perseguimos unos objetivos políticos que están abocados al fracaso?
31/1/2009
1 comentario anterior