Einstein advirtió de que “la Cuarta Guerra Mundial se librará a pedradas”. Es muy posible que tuviera razón, aunque no porque la tercera sea nuclear, como él temía, sino porque es financiera y consiste en exprimir a los trabajadores hasta la ruina total de la economía.
Porque la situación a la que nos ha llevado el desatino de la globalización bursátil es ya prebélica, al menos para la sibila Merkel, que la compara con la última hecatombe militar europea. Sin embargo, se limita a prescribir más régimen de ascetismo público para satisfacer a “los mercados” privados.
Pero esa amarga medicina germánica no sacia a los tiburones de la City, que siguen asfixiando Italia tras imponer a su preferido en la jefatura del Gobierno… igual que ahogan España sin importarles que la derecha se disponga a tomar el poder. Quizá Merkel se crea capaz de resistir esa voracidad, pero las dentelladas especulativas que han destrozado a Berlusconi (igual que devoraron a Cowen, Sócrates y Papandreu, y desangraron a Zapatero) se dirigen ahora hacia el norte y Sarkozy será sin duda su próxima víctima.
Todos los gobernantes (mejor dicho, sirvientes de Goldman Sachs) reclaman más y más “sacrificios” de la población en aras de la salvación del sistema capitalista, sin atender los avisos de que el que ponen en peligro es el sistema democrático, al rendir su política a los intereses del gran capital. Hacen sonar las alarmas de la Depresión, sin darse cuenta de que “no es la pobreza, sino el miedo a ella, lo que pone en peligro la democracia”, como alertaron Martin y Schumann en su obra sobre la globalización… ¡hace ya 15 años!
¿Quedarán piedras para la próxima Gran Guerra?
Leonard Cohen tenía razón: primero hay que ocupar Manhattan y detener la codicia demente de Wall Street, para poder tomar después Berlín y frenar la doctrina germánica de austeridad que está minando nuestra economía.
Cuando el inside job del casino bursátil dejó tiritando a EEUU, Europa pilló una pulmonía que no admitió hasta que se desplomaron varios pequeños países periféricos. Incluso entonces, la UE pretendió aplacar la voracidad de “los mercados” sacrificando su Estado del bienestar en aras del capital financiero.
Pero son ahora los norteamericanos quienes se han echado a las calles al grito de “¡muerte al capitalismo!”, consigna que hasta hace muy pocos años habría sido considerada blasfemia en la patria de la Escuela de Chicago. La propia sociedad civil estadounidense se está alzando contra el sistema económico que siempre idolatró, y eso puede ser el movimiento de indignación popular más poderoso del mundo porque socava los cimientos de la oligarquía mundial en el seno de la única superpotencia.
Mientras el Banco Central Europeo se deja en manos de uno de los directivos de Goldman Sachs que provocó la crisis de la Eurozona al enseñar a mentir al partido conservador griego (que ahora quiere volver al poder, aprovechándose del caos que él mismo causó), Washington persigue judicialmente a sus máximos ejecutivos. Y el Movimiento 99% de EEUU organiza un juicio público contra ese banco de inversiones que medró arruinando a los demás.
Como dijo Cohen: “Todo el mundo sabe que los dados están cargados / que todos los tiran con los dedos cruzados / todo el mundo sabe que la guerra terminó / y que los buenos la perdieron / todo el mundo sabe que la lid estaba amañada / los pobres siguen pobres y los ricos se enriquecen / así son las cosas / todo el mundo sabe / que el barco tiene una vía de agua / y que el capitán mintió” (1988).
La monstruosidad de Utoya parece sacudir por fin cierto resto de conciencia entre algunos de los nuevos ideólogos del odio ultraderechista, pero la mayoría sigue pretendiendo que difundir propaganda incendiaria contra minorías, inmigrantes, progresistas y feministas no es más que una forma de defender valores ancestrales.
Sólo horas después de que Timothy McVeigh masacrara en Oklahoma a 168 conciudadanos, entre ellos 19 niños de una guardería pública, cientos de patriotas estadounidenses se lanzaron a atacar mezquitas en varios estados del país, pues semejante atrocidad sólo podía haber sido cometida por un terrorista islamista. Pero cuando se descubrió que el autor era un supremacista blanco, los mismos neocons que habían instigado a las turbas a matar musulmanes, en venganza por esa acción, saltaron a la palestra para defender el sagrado derecho de los fanáticos como McVeigh de seguir armándose, entrenándose en técnicas militares y difundiendo libelos xenófobos.
Algo parecido está ocurriendo ahora en la caverna europea, que trata de esconder su responsabilidad tras instigar las mismas ideas asesinas de Breivik con una virulenta campaña de inquina contra todos los que no comulguen con su doctrina fundamentalista. En España, el diario altavoz de ese totalitarismo fingió en portada que la noticia era que “la izquierda esconde que el asesino es masón”. Nunca rectificó esa falsedad pueril.
Aunque lo más grave es que esos agitadores del odio, pese a la ferocidad de su cachorro noruego, sigan culpabilizando a las víctimas e instigando el fanatismo, amparándose en una libertad de expresión que no toleran a los demás.
Ahora, Obama utiliza su teléfono rojo con El Cairo para cantarle las cuarenta a Mubarak y advertirle de que no puede volver a barajar las cartas y seguir jugando la misma baza dictatorial.
Hasta la cuasi-invisible baronesa Ashton se aparece ante el rais, expresando la súbita indignación de Europa ante una represión que estuvo tolerando durante décadas.
El presidente de EEUU que hoy proclama que “el pueblo de Egipto tiene derechos que son universales” ocupa la misma Casa Blanca que hace pocos años entregaba reos al régimen del “fiel aliado” Mubarak para que fueran torturados en las cárceles egipcias, puesto que sabía que allí estaban versados en esas prácticas… de tanto ensayarlas con sus propios ciudadanos.
Igual que la diplomacia europea despierta de pronto de su letargo para descubrir la falta de libertades en el Túnez del régimen de Ben Alí que tanto elogió y apoyó.
En los últimos veinte años, desde la victoria electoral del Frente Islámico de Salvación en Argelia, Occidente se ha dedicado a mimar a los regímenes militares (como el argelino, que desencadenó una guerra civil con 160.000 muertos) y a las tiranías monárquicas, esgrimiendo la amenaza del islamismo para sustentar dictaduras árabes dedicadas a oprimir y esquilmar a su propia gente.
Sólo ahora, cuando las revueltas populares contra la injusticia y la pobreza destronan a esos déspotas, Occidente recobra la memoria de sus olvidados principios democráticos.
Quizá porque esta vez no son los barbudos quienes toman las calles, sino jóvenes advertidos de su desdicha por el auge de las nuevas tecnologías. ¿Deben confiar en sus repentinos valedores?
Igual que la nueva derecha europea escogió la etiqueta popular para disimular que sirve a los intereses de la oligarquía, los nuevos movimientos fascistas europeos han decidido denominarse partidos “de la libertad” –primero fue el austriaco FPOe y ahora se llama así el PVV holandés de Wilders, además del Pueblo de la Libertad de Berlusconi en el que se han integrado posfascistas como Fini– para enmascarar su vocación autoritaria y su fanatismo racista. Aunque lo que de verdad sorprende es cómo han logrado engañar a electorados bastante instruidos.
Parece mentira que, en Holanda, una sociedad que siempre habíamos tomado como paradigma de tolerancia y progresismo acabe de entregar un millón y medio de votos al líder xenófobo por excelencia, quien pronto tendrá que sentarse en el banquillo por comparar el Corán con Mein Kampf y el islam con el nazismo. Al caudillo integrista cuya lucha personal consiste en expulsar a todos los musulmanes se le ha entregado la llave de la gobernabilidad del país que siempre fue tierra de acogida y anfitrión de diversidad.
El motivo es, una vez más, el miedo de la población autóctona a perder su privilegiado modo de vida, su prosperidad reservada a una fracción de los habitantes del planeta. Muchos europeos han olvidado que la obtuvieron explotando, primero, a esos mismos pueblos que otrora colonizaron y ahora pretenden desterrar. Y no ven que los inmigrantes les permiten vivir aún mejor, aceptando los trabajos más duros, aportando impuestos para financiar ese Estado del bienestar, y cuidando de ancianos e infantes por salarios ínfimos.
El recelo que recorre una Europa aterrada por la crisis abona el resurgimiento del extremismo, la intolerancia y el odio hacia “los otros”. Y a esa ideología suicida la llaman “libertad”. No se puede ensuciar más ese concepto.
En las elecciones generales de Holanda, el primer país de la Eurozona que acude a las urnas tras la debacle griega, las fuerzas neoliberales han salido enormemente reforzadas por el pánico de la población a la crisis financiera que ellas mismas provocaron. Después de haber hundido la economía global dando rienda suelta a la más salvaje especulación –que llamaron “libertad de mercado” y endiosaron como única vía verdadera hacia la prosperidad–, esos mismos profetas de la derecha más dura consiguen convencer ahora a los electores de que sólo ellos atesoran las recetas para salvarlos de la ruina.
Atemorizados por el fantasma de una nueva gran depresión que ellos no sufren, los holandeses se han resignado a entregar el poder a los que les prometen sacrificar su Estado del bienestar (mutilando las conquistas alcanzadas en un siglo de luchas obreras y movilizaciones sociales) en aras del continuo enriquecimiento de los magnates que amenazan con derribar divisas y socavar naciones si no se acepta su chantaje. Porque los electores –y no sólo los de Países Bajos– han llegado a creerse culpables de la quiebra del sistema de casino global: el hundimiento (según esa falacia) no se debe a las desaforadas apuestas de los fondos de alto riesgo y las entidades bancarias, sino a la elevada deuda contraída por los gobiernos… precisamente para rescatar a esos responsables del desastre.
Así que ahora hay que abrazar de nuevo los dogmas del capitalismo más implacable –ese mismo que todos decían que había que refundar cuando nos llevó al crash–, expoliar a los más débiles, negar la entrada a los inmigrantes (Wilders incluso quiere cobrar un impuesto por llevar pañuelo islámico) y eliminar asistencia y ayudas a todos… los que no sean grandes corporaciones. Una política del miedo para arruinar los logros de las sociedades europeas.
Hoy todos tratan de arrogarse el mérito de haber causado la caída del Muro. Según los estadounidenses, fue la firmeza de Reagan; para los europeos, fue la flexibilidad de la Realpolitik de Kohl; y a los rusos no les cabe duda de que fue la perestroika, aunque no felicitan a Gorbachov, puesto que su debilidad provocó el hundimiento del imperio soviético, algo que Putin ha calificado como “la mayor catástrofe geoestratégica del siglo XX”.
Ayer, los gobernantes de toda Europa se felicitaban por la reunificación del continente que comenzó hace 20 años, sin mencionar que ese derribo del bloque comunista no fue en absoluto controlado: la catastrófica implosión balcánica nos sumió de nuevo en los horrores de las guerras y la limpieza étnica; la desintegración de la URSS
trajo aún peores genocidios en el Cáucaso y enfrentó a las repúblicas ex soviéticas; la ampliación atlantista y comunitaria agudizó las tensiones con Rusia sin acabar con la división Este-Oeste ni con el abismo Norte-Sur.
Mañana, habrá que preguntar a esos líderes tan satisfechos de la gran demolición, por qué no desmantelan los nuevos muros que levantaron sobre los escombros del viejo: el de Tijuana a El Paso, que niega la libertad económica a los mexicanos; el de Cisjordania, que encarcela a los palestinos en la miseria; los de Ceuta y Melilla, que apartan a los africanos de la prosperidad; el del Sáhara, que veta la autodeterminación de un pueblo; los del Ulster, que aún separan por religiones; el de Río, auténtica barrera entre ricos y pobres… y el que la UE ha obligado a alzar a Polonia en su frontera oriental para cerrar el paso de los ucranianos.
¿Qué estamos celebrando?