La rabia con la que los mercados financieros han acogido los resultados electorales en Francia y Grecia se ha hecho patente nada más abrir las bolsas, en la mañana siguiente a esos dos veredictos de las urnas contra la mortífera austeridad a ultranza impuesta por Merkozy para salvar a la banca a costa de los contribuyentes. El inmediato desplome en un 8% de los valores griegos era previsible, tras el caos parlamentario provocado por la reacción de los votantes a las implacables imposiciones de la UE, el FMI y el Banco Mundial, que han paralizado la economía del país y sumido a la población en una penuria tercermundista. Pero el castigo contra los franceses por haber votado socialista –ampliado a todos los europeos con la caída del valor del euro a su nivel más bajo en tres meses y la brusca subida de las primas de riesgo de los países mediterráneos– no tiene lógica alguna, cuando la victoria de Hollande estaba prevista por todos los sondeos desde hace meses y debería haber sido descontada de antemano por los inversores.
Lo que se está ahora produciendo es una auténtica venganza de la oligarquía financiera (esa que ha aumentado su capital en Europa en otros dos billones de euros, según cálculos de Eurostat, durante esta crisis de recortes sociales y laborales) contra los que se han atrevido a votar a favor de alternativas políticas al neoliberalismo imperante. Porque ninguna de las medidas económicas anunciadas por Hollande en su campaña es auténticamente radical, por mucho que llamen la atención las subidas de impuestos a los millonarios y las entidades bancarias; ni van a afectar seriamente al sector financiero, pues se estima que sólo le supondrá la pérdida de una décima parte de sus beneficios.
Lo que de verdad tiene airados a los magnates de la banca es la sugerencia, lanzada por el ya presidente electo de Francia en las postrimerías de su campaña electoral, de que el Banco Central Europeo (BCE) debe conceder préstamos directamente a los gobiernos, en vez de entregar cientos de miles de millones de euros a los bancos al 1% de interés para que a continuación estos se los presten a cada Estado con intereses del 5%, 6% o más (en el caso de Grecia, su bono a diez años alcanzó ayer la descomunal tasa del 23,25%), para obtener pingües beneficios (en ocasiones, rayanos con la usura) a costa de los erarios públicos. Hace poco, un alto directivo bancario de la City londinense me justificó esa práctica ruinosa para las arcas del Estado alegando que ésa ha sido la manera de camuflar un rescate masivo de la banca europea (arruinada por sus propios excesos en el casino bursátil), subterfugio que ha permitido inyectar en las entidades financieras más de un billón de euros (casi el equivalente al PIB de España) procedentes de los impuestos de los contribuyentes.
Esa astronómica cantidad de dinero público facilitado, vía BCE, a los bancos europeos nunca es reconocida por nuestros gobernantes, cuando alegan que el rescate bancario (en España, 115.000 millones de euros del Estado) se limita a avales, créditos y compra de activos. Es sangrante que el mismo día en que comienza a trabajar el nuevo presidente socialista francés, Rajoy admita por fin que está dispuesto a inyectar en la banca los miles de millones que aduce que no existen para Sanidad, Educación, Seguridad Social, investigación… y que sea el grupo Bankia dirigido por el gurú económico del PP, Rodrigo Rato, el que primero vaya a beneficiarse de ese colosal trasvase de los fondos que se niegan a jubilados, enfermos, maestros, funcionarios, científicos…
En el terreno político, lo peor del resultado electoral francés para la derecha es que se va a poner de manifiesto la profunda falsedad, el tremendo engaño, de su discurso a favor de la austeridad como única salida de la crisis; de la mentira mil veces repetida, hasta lograr que muchos trabajadores se la crean, de que la izquierda es responsable de la crisis y del desempleo por haber despilfarrado los fondos públicos; de que “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. ¿Quiénes? ¿Los mileuristas, los parados, los pensionistas…? Es insultante para todos ellos, porque los que sostienen esa tesis saben perfectamente que es falsa, que la crisis fue la que disparó la deuda pública y el déficit presupuestario, no al revés, y que esta Gran Recesión que padecemos fue provocada por los excesos de los potentados a los que ahora se sigue enriqueciendo quitándoles a los trabajadores sus escasos ingresos y sus duramente conquistados derechos sociales.
Y lo más inadmisible de todo esto es que, además, esa imposición de austeridad mayúscula no hace más que agravar esa misma crisis, precipitando a la economía en un abismo de parálisis que genera aún mayores pérdidas en un círculo vicioso que amenaza con arruinar a las sociedades más prósperas del planeta. Como sostiene el premio Nobel de Economía Paul Krugman en su último libro (¡Acabad ya con esta crisis!) “…políticos y funcionarios públicos de primer orden (…) han elegido olvidar las lecciones de la historia y las conclusiones de varias generaciones de grandes analistas económicos; y en lugar de este conocimiento, obtenido con tanto empeño, han optado por prejuicios ideológicos y políticamente convenientes”.
Krugman subraya que nuestros gobernantes “han hecho caso omiso por completo de la máxima esencial de Keynes: ‘el auge, y no la depresión, es la hora de la austeridad’. Es hora de que el Gobierno gaste más, y no menos”. No sólo eso, digo yo, sino que los mismos que hoy recortan los gastos sociales y las inversiones estatales, cuando son más necesarias que nunca, fueron los que impulsaron proyectos públicos faraónicos y permitieron el enriquecimiento ilícito de sus amigos durante los años de bonanza, como se comprueba con sólo dirigir la vista hacia Valencia. O hacia Grecia, donde hoy pretende volver a gobernar la misma derecha de Nueva Democracia que causó la catástrofe económica del país al falsificar las cuentas del Estado y despilfarrar los recursos públicos.
Y, para mayor escarnio, ese partido se proclama ganador, tras perder un 15% de los votos y quedarse con menos del 19% de los sufragios emitidos, porque el sistema electoral griego (diseñado para dar el poder absoluto a los ya poderosos) le regala 50 escaños (casi un 17% del total de diputados) para que pueda tener más del doble de parlamentarios que el izquierdista Syriza, al que sólo ha superado en dos puntos porcentuales. Con semejantes perversiones de la democracia, en su propia cuna, a nadie puede extrañar que la ciudadanía se rebele contra los políticos, como se pondrá de manifiesto este próximo fin de semana 12M-15M en un millar de ciudades del planeta, donde la ciudadanía reclamará no ser gobernada por malhechores.
Ahí radica el verdadero temor de los mercados: que el pueblo se subleve contra su tiranía. Y es por eso que su venganza va a ser, sin duda, terrible.
Los que crean que 2011 fue un año tumultuoso, sólo tienen que esperar a ver las convulsiones que nos deparará 2012, cuando podemos prever que verdaderamente va a cambiar el mundo… para que todo siga igual.
Para empezar, en marzo coinciden dos rituales, vacíos de autenticidad pero cruciales en sus anunciados resultados, en dos superpotencias: las elecciones presidenciales en Rusia, que ganará Vladímir Putin para regresar al Kremlin; y la sesión anual de la Asamblea Popular China, en la que resultarán elegidos Xi Jinping, como nuevo gran líder del gigante asiático, y Li Keqiang, como jefe del Gobierno de Pekín.
En ambos casos, se pretende que nada cambie pero la imposición del continuismo del poder a ciudadanos cada día más indignados con sus gobernantes puede resultar explosiva. En Rusia, aunque las urnas vuelvan a estar rellenas de antemano, el cóctel de un nuevo zarismo corrupto y arbitrario agitado con una desigualdad social rampante amenaza con desencadenar una primavera eslava si los dos tercios de la población que cobran menos del salario medio del país (550 euros/mes) se alzan contra un sistema de oligarcas que ha convertido Moscú en la capital mundial de los milmillonarios (ya son más de cien allí).
En China, los salientes Hu Jintao y Wen Jiabao pronunciarán sendos informes de despedida, pero sus sucesores no tendrán que anunciar sus planes públicamente hasta dentro de un año (Li) o incluso cinco (Xi) porque supuestamente ya están previstos desde principios de 2011. Empero, las consecuencias de la crisis económica global para el coloso de la exportación pueden ser mucho menos previsibles, y si se estanca el crecimiento estallará el profundo malestar provocado por las brutales disparidades entre las grandes urbes y el campo, que aqueja a unos 300 millones de chinos.
Mucho más cerca, en la vecina Francia, a partir de abril se jugará el futuro político de Nicolas Sarkozy, que podría agotarse el 6 de mayo con la victoria presidencial de François Hollande. Sin embargo, y pese a las promesas de cambiarlo todo que lanzará durante la campaña, el líder socialista seguramente mantendrá intacto el eje franco-alemán siervo de los mercados una vez se instale en el Elíseo.
Mucho después, el 6 de noviembre, es más que probable que Barack Obama revalide el inquilinato de la Casa Blanca, sólo porque los votantes norteamericanos tienen miedo a cambiar de timonel en plena tormenta y los republicanos parecen incapaces de presentar un candidato sin defectos de fábrica. Así que, tras muchos aspavientos, EEUU quedará exactamente donde empezó: atascado en la recesión, dividido políticamente hasta la médula y disminuido en su hegemonía mundial.
Entretanto, América Latina se verá sacudida por elecciones fratricidas en México y Venezuela, mientras el arco de la crisis de Oriente Próximo tiembla bajo la presión de los procesos revolucionarios de la Primavera Árabe… algo que nadie pudo prever (incluido yo) hace un año.
Según el premio Nobel de la Paz que reside en la Casa Blanca, la “legítima defensa” consiste en matar a tiros, en cuanto se le pilla desarmado, al criminal que diez años antes ordenó una matanza. Cuando se arroja su cadáver al mar, “se ha hecho justicia”. Y el que no esté de acuerdo con esta nueva jurisprudencia, “que se lo haga mirar”… presumimos que por su propio bien, claro.
Según el autoproclamado “único país democrático de Oriente Próximo”, violar 34 resoluciones de la ONU y mantener durante más de cuatro decenios un régimen militar implacable sobre la población de los territorios que su Ejército ocupó por la fuerza de las armas, sólo demuestra la legitimidad de las acciones del Estado judío.
Según la vecina patria de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pretender que las Naciones Unidas estudien las violaciones de los derechos humanos cometidas con los saharauis por su gran aliado marroquí, que de paso ha incumplido otras 17 resoluciones de la ONU, es algo intolerable.
Según la alianza que se autodefine como máxima defensora de la libertad mundial, bombardear poblaciones en Afganistán, Irak o Libia es un acto de pleno derecho aunque mueran decenas, incluso miles, de mujeres,
niños y ancianos, siempre que esos mismos aliados hayan prejuzgado –sin perder tiempo con procedimientos jurídicos– que había algún culpable en los alrededores.
Y, según todos ellos, los demás deben abstenerse de imitarlos, ya que si lo hacen serán estrangulados económicamente y atacados militarmente… ¡con toda justicia!
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La revolución árabe no ha hecho más que empezar.
Cuando Barack Obama proclamó desde la Casa Blanca que “este no es el final de la transición, sino el principio”, se refería sólo a Egipto tras la caída del dictador Hosni Mubarak, hasta muy poco antes el más fiel y valioso aliado de Occidente en Oriente Próximo. Pero sus palabras son sin duda premonitorias de un fenómeno mucho más amplio que la histórica victoria del pueblo, en sólo 18 días de revuelta callejera, sobre la colosal maquinaria represiva que el rais levantó en 30 años de despotismo.
La rebelión de los jóvenes ha prendido en todo el mundo árabe y se ha transformado en una revolución imparable que amenaza con barrer a los tiranos instalados durante decenios en la opresión de sus ciudadanos. Recién desencadenada esa convulsión mundial, las cancillerías occidentales, los especialistas y hasta los servicios secretos se preguntan hoy, estupefactos: ¿por qué ha estallado la juventud árabe? ¿Cómo pudo cogernos por sorpresa? ¿Hasta dónde llegará esta revolución?
“¡Qué equivocados estábamos!”, admite Roger Hardy, analista sobre Oriente Próximo del Woodrow Wilson Center de Washington. “Cuando los disturbios comenzaron en Túnez, la mayor parte de los expertos (incluido yo mismo) dijimos que el presidente Ben Alí aplastaría la revuelta y sobreviviría. Cuando salió huyendo del país, la mayoría de los expertos (incluido yo) argumentamos que Egipto no era Túnez y que Mubarak aplastaría la rebelión y sobreviviría”.
Pocos gobernantes están tan dispuestos a reconocer semejante error de cálculo, pero los militares y jefes del espionaje que tan estrechas relaciones mantenían con los regímenes que hoy se desmoronan no pueden ocultar que fueron incapaces de prever el tsunami revolucionario que va derribando a sus socios y amigos.
Al comienzo de las manifestaciones en la plaza Tahrir de El Cairo, la cúpula del Ejército egipcio no estaba en su país, sino en Virginia, a las afueras de la capital estadounidense, participando en el Comité de Cooperación Militar conjunto, la reunión que cada año reúne a los altos mandos de Egipto y de EEUU. El jefe del Estado Mayor, el general Sami Enan encabezaba una delegación de 25 oficiales para esos encuentros con sus homólogos estadounidenses, entre ellos el almirante Mike Mullen, jefe del Estado Mayor Conjunto norteamericano. El 28 de enero, los generales egipcios interrumpieron su visita y regresaron urgentemente a El Cairo.
Ni ellos ni sus mentores estadounidenses tenían la más remota idea de que la tempestad del cambio iba a derribar en poco más de dos semanas el régimen árabe más poderoso, que desde 1981 ha recibido 60.000 millones de dólares de Washington. En estas tres décadas, EEUU ha formado y financiado el Ejército egipcio, en una relación estratégica tan estrecha que los árboles de la cúpula militar de Mubarak impedían a los norteamericanos ver el inmenso bosque del descontento popular.
“Hemos entrenado a cientos, por no decir miles” de militares egipcios, subrayó el almirante Mullen en televisión hace algo más de una semana. “Han vivido con nosotros también sus familias y mi principal objetivo ha sido mantener el contacto con ellos”. Pero Mullen admitió en esa misma entrevista que los acontecimientos le habían “pillado por sorpresa” a pesar, o quizás a causa, de sus intensas relaciones con el Ejército del mayor país árabe.
A lo largo de los años, la proporción de ayuda militar de Washington a El Cairo fue creciendo, en relación a la económica, hasta ser cinco veces superior al monto de todas las otras aportaciones de EEUU a Egipto, a pesar de que ese país no participaba en ningún conflicto bélico. Y haciendo la vista gorda a la evidente corrupción en el seno de las Fuerzas Armadas egipcias.
Ahora, “el éxito del poder del pueblo en Egipto tendrá una repercusión en el mundo árabe mucho mayor que su triunfo en Túnez”, afirma Hardy, el analista del Woodrow Wilson. “El ejemplo egipcio ha electrizado a la opinión pública a lo largo de toda la región, en la que prevalecen males idénticos: autocracia, corrupción, desempleo, déficit de dignidad ciudadana… Los autócratas cuyos servicios de seguridad son más pequeños y débiles que los de Egipto son los más vulnerables al gélido viento de la ira popular. Los que cuentan con dinero están tratando de comprar la paz social, pero los estados más pobres, como Jordania y Yemen, tendrán que endeudarse para aplacar a la población”.
El problema es que hasta ahora las potencias occidentales despreciaban la capacidad de movilización de esas poblaciones y extendieron cheques en blanco a los déspotas, que se autoproclamaban baluartes contra el supuesto avance islamista para mantener durante decenios un estado de emergencia totalitario. Como en Argelia, donde ya se han producido graves disturbios en la capital al actuar con extrema contundencia la policía antidisturbios. Es, precisamente, en el tan cercano Magreb donde está llegando antes el virus revolucionario.
Palestino exiliado en Bélgica desde hace más de 40 años, Bichara Khader, director del Centro de Estudios e Investigación sobre el Mundo Árabe de la Universidad de Louvain, lo tiene claro: “Túnez ha sido la golondrina que anunció la revuelta árabe. El efecto de contagio en los demás países es evidente”. El Magreb cuenta con todos los ingredientes para que la sublevación popular estalle en las calles de Rabat, Casablanca, Argel y Trípoli: una población en su mayoría joven que se siente excluida, paro, represión política y social, y corrupción rampante de las autoridades.
“En Argelia y Libia, que cuentan con grandes recursos energéticos, las autoridades pueden decir: Consume y cállate’. Pero el dinero sólo sirve de somnífero y aplaza el despertar de la población”, explica Khader. Los analistas y diplomáticos occidentales aún ignoran qué está pasando en el país de Muamar al Gadafi. “No lo sabemos porque es un régimen cerrado y muy represivo”, se justifica Michael Willis, especialista en asuntos magrebíes del Middle East Centre de la Universidad de Oxford.
Pero sí vemos cómo los argelinos muestran su desesperación con intentos de suicidio a lo bonzo, gritando “¡basta!” a la hogra, el desprecio, en argelino. Argelia, un gigante económico con importantes reservas de petróleo y gas, mantiene a su población en estado de emergencia desde 1992 bajo el férreo control del Ejército.
“Argelia fue, en 1988, el precursor de las revueltas en el mundo árabe, pero su lucha fue secuestrada por el poder”, explica Aomar Baghzouz, profesor en la Universidad de Tizi Ouzou, al noreste del país. Y el sector en el que más ha invertido el Gobierno desde entonces ha sido el militar, mientras la población crecía más del 200% en medio siglo, hasta los 36 millones de habitantes, con una edad media de sólo 26 años.
Willis considera que en países como Argelia y Marruecos “hay una opresión económica y civil; es decir, la vida diaria es muy difícil, porque hay una falta de oportunidades, de visión para el futuro. Si no hay trabajo, no hay dinero; si no hay dinero, uno no puede casarse y no tendrá familia”. Pero desde las protestas que condujeron a la caída del tunecino Ben Alí, las poblaciones de los demás países de la zona “entendieron que era posible acabar con un dictador”.
“Sí, es posible” fue precisamente el titular de portada de la revista marroquí Tel Quel. En el reino alauí, consumido por la corrupción según Transparency International, y con una renta per cápita de unos 2.000 euros, la más baja de la región después de Mauritania, los sindicatos y la oposición islamista han convocado una manifestación el próximo día 20 para pedir más democracia.
“Marruecos es un caso complicado”, reconoce Bernabé López García, de la Universidad Autónoma de Madrid, “porque no es lo mismo echar a un tirano que se aferra al poder desde hace 30 años que a una monarquía que lleva ahí siglos, respetada hasta en las zonas más aisladas”.
Las autoridades de Rabat se han orientado hacia las reformas desde la muerte de Hasán II, en 1999, aunque muchos intelectuales marroquíes denuncian el autismo y autoritarismo del actual monarca, aún todopoderoso en su reino. “La corrupción endémica debería obligar a la Unión Europea a reaccionar y pedir reformas al Palacio Real. La primera de ellas debería ser un haraquiri del rey: que deje el poder absoluto e instaure una monarquía parlamentaria. Pero el problema es que los partidos políticos no están a la altura, se mantienen demasiado al margen”, considera el investigador español.
Los marroquíes tienen al menos a una figura central que encarna al poder, contra la que pueden gritar su malestar, “algo que falta a los argelinos”, según Willis. Abdelaziz Buteflika es presidente desde 1999, pero son los militares los que dirigen el país desde el golpe de Estado que abolió la victoria electoral islamista en enero de 1992. “El régimen contó con el maná petrolero para enfrentarse a las reivindicaciones sociales y sabe ahora que simples medidas económicas ya no son suficientes. Por eso ha anunciado el fin [en un futuro próximo] del estado de emergencia. Pero los argelinos seguirán reclamando cada vez más libertades y democracia”, dice el argelino Baghzouz.
Además, en Argelia “las desigualdades sociales son muy grandes”, subraya Amel Boubekeur, especialista del Magreb en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, quien teme “una represión brutal”. Porque, a diferencia de Túnez, el Ejército en Argelia “no ha sido marginalizado por las autoridades, sino que participa en el proceso de decisión política” y no dudará en usar la fuerza.
Pero las armas no bastan para acallar un volcán de indignación que se ha alimentado en el magma de internet y aprovecha las nuevas tecnologías para entrar en erupción. Porque las nuevas generaciones ya no pueden ser aisladas de la realidad por la censura.
Decenas de millones de árabes están enganchados a la serie Bab al hara (La puerta del barrio), que empezó a emitirse en 2006 y ha arrasado en casi todo Oriente Próximo. Ambientada en la ciudad vieja de Damasco en los años treinta, durante la colonización francesa de Siria y Líbano, y de la colonización inglesa de Palestina y Transjordania, debe su éxito, sobre todo entre los jóvenes, al enfoque moderno, hasta progresista, con que aborda las cuestiones sociales, incluida la situación de la mujer.
Bab al hara ha desplazado el foco de atención de Egipto a Siria, donde a pesar del régimen autoritario de Bashar al Asad, existe un margen para plantear cuestiones de más interés para la audiencia juvenil, ante la cual la sociedad tradicional de sus mayores se está resquebrajando rápidamente.
La penetración de la televisión por satélite en 22 países que comparten el conocimiento de un mismo idioma, el árabe clásico, también está siendo decisiva para internacionalizar la revolución de los jóvenes. Los planteamientos progresistas de la cadena de información Al Yazira, que ha estado en primera fila durante las revueltas, y que ha convertido su programación en una monografía sobre Egipto, están descubriendo una realidad distinta a millones de ciudadanos que durante toda su vida fueron sometidos al lavado de cerebro de medios de comunicación serviles con el poder.
El mundo árabe empieza a formar parte de la aldea global. Lo que ocurre en Túnez y Egipto se ve en directo en todos los demás países. Las redes sociales permiten que las protestas se convoquen de un día para otro, o en el mismo día. Los teléfonos móviles hacen que los manifestantes se organicen y reaccionen en segundos a los movimientos de la Policía o el Ejército.
Occidente siempre dio prioridad a la estabilidad de los regímenes árabes, por encima de la democracia y de los derechos humanos. Financiando y armando a los dictadores, dándoles manga ancha para oprimir y robar, confiando ciegamente en que las fuerzas represivas mantendrían a los ciudadanos a raya indefinidamente, EEUU y Francia han creado ese monstruo que ahora tanto temen: el poder revolucionario de un pueblo que ha perdido el miedo.
Los parias se han levantado, y nada les detendrá.
[CON INFORMACIÓN DE ISABEL PIQUER, GUILLAUME FOURMONT Y EUGENIO GARCÍA GASCÓN]
Nicolas Sarkozy afronta una rentrée infernal. Aquejado de índices de popularidad abisales y sacudido por el escándalo de la financiación ilegal de su campaña electoral por la multimillonaria y evasora de impuestos Liliane Bettencourt, el presidente francés ha de hacer frente a un otoño caliente adelantado, de huelgas y manifestaciones contra su reforma de las pensiones, que definirá sus posibilidades de reelección en 2012.
Así que, como en American Hero, la novela de Larry Beinhart (llevada al cine con la magnífica Wag the Dog), decidió levantar una Cortina de humo (título de esa película en España) con la que tapar sus vergüenzas y recuperar la aceptación popular. Lo malo –y no sólo para él– fue que en esa siniestra maniobra populista se le fue la mano xenófoba y ha acabado por atizar el avispero sindical con un nuevo motivo para movilizarse contra su derechismo ultramontano.
Pretendía ser aplaudido por el electorado conservador con una nueva exhibición de mano dura, esta vez contra la minoría más impopular del país, y ha acabado amonestado por la Unión Europea, denostado por gran parte de la sociedad francesa –a la que no se le puede hurtar gratuitamente sus ideales republicanos– y hasta censurado por muchos de sus correligionarios en la derechista UMP. Tan repulsiva ha sido su estrategia de diversión, basada en la persecución de un pueblo ya discriminado, que dos de sus ministros (el de Exteriores y el de Defensa) y hasta el propio jefe del Gobierno, François Fillon, se han atrevido a criticarla.
Así que ahora el presidente intenta escurrir el bulto y aparenta desentenderse de su ofensiva racista, diseñada como distracción en momentos de crisis. Repugnante.
Tras el escándalo de financiación ilegal del partido de la derecha francesa en el poder, es de agradecer que el ministro de Trabajo accediese a dimitir de su cargo… de tesorero de esa misma UMP. Aunque podría haber pensado antes que quizá no era muy ético llevar las finanzas del partido al mismo tiempo que ejercía como ministro del Presupuesto. Igual que se le podría haber ocurrido que no quedaba demasiado bien que su esposa trabajase para el bufete de gestión de la fortuna de la mujer más rica de Francia, que evadía impuestos en paraísos fiscales, mientras él dirigía la Hacienda pública en una campaña de persecución de contribuyentes poco cooperativos.
No, nada de esto es estético, incluso si no fuera cierta la afirmación de la contable de Bettencourt de que, tras las cenas de gala con políticos en su mansión, se repartían sobres de dinero a los asistentes “en un saloncito de la planta baja, cerca del comedor”.
Sarkozy está en un brete como el de su antecesor en el Elíseo, Chirac, cuyos empleos ficticios cuando era alcalde de París aún están bajo investigación. O el del ex primer ministro Juppé, condenado a pena de cárcel (que nunca cumplirá) en 2004 por la financiación ilegal del principal partido de la derecha en los años ochenta y noventa. Tampoco está aclarado aún el affaire de las comisiones por la venta de submarinos a Pakistán, en 1994, cuando el ministro de Presupuesto era… Sarkozy.
Desde que se limitaron los donativos a los partidos políticos, en 1988 y 1995, el número de esas formaciones (muchas fundadas por ex ministros) se ha multiplicado por diez en Francia (pasando de una treintena de partidos registrados en 1990 a los casi 300 que hay ahora), con el único fin de recaudar fondos públicos y canalizar otras aportaciones.
Ética y estética aparte, algo huele a podrido en la política francesa.
En poco más de un mes, el 4 de agosto, se cumplirán 221 años desde que la Asamblea Nacional Constituyente de Francia abolió el feudalismo, eliminando las prebendas del clero y los derechos señoriales de la nobleza. Pero más de dos siglos después la aristocracia económica francesa sigue gozando de muchos de los privilegios derogados aquella célebre noche, como el de no pagar impuestos. Le basta con derivar sus caudales hacia paraísos fiscales tan atractivos como las islas Seychelles, o tan cercanos como la vecina Suiza. Lógico.
Lo que ya no es tan normal es que los ministros participen de esa traición a la Revolución Francesa… ¿O sí lo es, sólo que no solemos enterarnos?
Esta vez ha sido un mayordomo el que grabó las conversaciones de la heredera de L’Oréal con el asesor que le recomendaba esconder mejor su patrimonio, pero poner dinero en las campañas electorales de dos ministros, uno de ellos Eric Woerth, supuesto látigo de la evasión fiscal y artífice de recortes sociales, rebajas salariales y subidas de impuestos.
La magnate, claro, dice estar indignada por esas “grabaciones ilícitas y odiosas” que exponen su “vida privada”, y subraya que ha pagado 400 millones en impuestos en diez años. Como su fortuna es de 17.000 millones y cobra 280 millones al año sólo en dividendos, pues le sale una tasa impositiva anual del 14,3%, pero eso es lo de menos.
La esposa del ministro asegura que llevaba dos años deseando dimitir como asesora fiscal de la potentada. Ya.
Eso sí, es gente que sabe cómo salir de la crisis… a costa del sacrificio de los demás.
Cuando a Martine Aubry se la compara con la canciller alemana, Angela Merkel, se lo toma con humor: “Sí, nos parecemos en la seriedad”, ironizó hace poco la líder del Partido Socialista francés. “Ella tiene algunos problemas con Sarkozy… ¡Ya somos dos!”
Recientemente, la prensa francesa ha utilizado el sobrenombre de “Merkel de izquierdas” para referirse a quien hace menos de un año se daba por fracasada cuando el PS obtuvo sólo un 16,5% de votos en las elecciones europeas. Era junio, y ese mismo verano Aubry restableció su autoridad organizando un referéndum sobre la renovación del partido que prevé la celebración de primarias en 2011 para seleccionar al candidato a la presidencia. Ese fue el punto de inflexión con el que logró poner orden interno en el PS, que por fin tiene líder indiscutible.
Con la firmeza de una dama de hierro, acalló a los jóvenes lobos centristas amenazándoles con la exclusión, al tiempo que empleaba guante de seda para alcanzar un pacto de no agresión con los viejos elefantes del partido. Un don de gentes que esconde tras su escasa fotogenia y que le permite mantener en vereda a los muchos presidenciables socialistas con los que se tendrá que medir en las primarias.
Así ha manejado uno de los tres grandes hándicaps que legó al PS la derrota de Jospin, en 2002: el de la falta de un liderazgo supremo y el exceso de aspirantes a él. El segundo era la falta de proyecto claro y alternativo al neoliberalismo en boga; y que tampoco supo plantear la anterior aspirante al Elíseo, Ségolène Royal.
Está claro que la gravedad de la crisis del sistema financiero facilitó la tarea de Aubry para salvar el segundo obstáculo. Pero no es menos cierto que la alcaldesa de Lille (reelegida allí en 2008 con dos de cada tres votos emitidos) ha sabido transmitir un mensaje de esperanza, hasta el punto de que, según los sondeos, para el 60% de los franceses Aubry “encarna las ideas y los valores de la izquierda”, por encima de otros dirigentes socialistas que defienden soluciones económicas liberales, como Strauss-Kahn, y que logran popularidad entre el electorado de centro.
“No queremos más de esa política que destruye todo lo que Francia tiene en más aprecio: su modelo social, su igualdad y su fraternidad”, dice. “Queremos recuperar una sociedad grata y justa, donde podamos vivir juntos”.
Ese mensaje ha calado hondo entre unos ciudadanos hartos de pagar el pato de la crisis, desconfiados de los políticos profesionales y angustiados por el creciente paro. Más que airados con el poder, están temerosos de perder sus empleos, sus pensiones y, en definitiva, su forma de vida; una European Way of Life que los neoconservadores están tratando de sacrificar en aras del enriquecimiento individual ilimitado.
Aubry ha sabido contrastar su estilo metódico y sereno, en defensa solidaria del Estado del bienestar, a la agresiva hiperactividad de un presidente individualista que pretende desmontar ese modelo social. Por eso ha ganado este primer asalto.
Le queda ahora la gran batalla de la defensa de las pensiones… y demostrar que es también capaz de superar el tercer hándicap: las alianzas.
En las elecciones europeas pareció que los votantes se habían rendido a la derecha, pese al fracaso del neoliberalismo financiero, y que la izquierda –condenada a repetir las fallidas recetas conservadoras– no lograría levantar cabeza ni durante la peor crisis económica provocada por la desenfrenada codicia capitalista. Impresión reforzada con la victoria de la alianza democristiana-liberal en Alemania.
Pero las regionales francesas nos han demostrado que esa conclusión fue precipitada. El Partido Socialista de Martine Aubry ha arrasado a la derecha sarkozyana, con lo que no sólo ha ganado el sentido común y la solidez de un programa (tras el fracaso de operaciones de imagen al estilo Ségolène) sino que también se confirma un renacimiento de las fuerzas progresistas en la distancia corta de la política local.
Los resultados de esa primera vuelta indican que los franceses no se han guiado en estos comicios por las campañas de los líderes políticos nacionales, sino por los proyectos y logros concretos de la gestión administrativa regional. De ese juicio en las urnas no sólo ha salido un arrollador triunfo socialista –en un país donde el PS no ha ganado unas presidenciales desde 1988, ni el poder ejecutivo desde 1997– sino que también se ha reafirmado la validez de una labor política responsable y de servicio público.
La excepción se ha producido en Languedoc-Rosellón, donde el barón socialista Georges Frêche va directo a una nueva victoria en la segunda vuelta, a pesar de haber sido desautorizado por Aubry a causa de su demagogia populista y sus diatribas racistas y autoritarias. La líder del PS designó a otro candidato, pero ni siquiera el prestigio de la ex ministra de Trabajo que impuso la semana laboral de 35 horas ha podido contrarrestar el tirón chauvinista de Frêche.
La consecuencia, en Languedoc-Rosellón, ha sido que ninguna de las formaciones progresistas (ni el PS oficial, ni Europa Ecología, ni el Frente de Izquierdas) han logrado pasar a la segunda vuelta. En cambio, los tres populismos caudillistas (el frêchismo, la UMP sarkozyana y los ultras de Le Pen) estarán en las papeletas el próximo domingo.
Eso debería ponernos en guardia frente al cáncer xenófobo que ataca a un electorado acuciado por la amenaza del paro.