Según el premio Nobel de la Paz que reside en la Casa Blanca, la “legítima defensa” consiste en matar a tiros, en cuanto se le pilla desarmado, al criminal que diez años antes ordenó una matanza. Cuando se arroja su cadáver al mar, “se ha hecho justicia”. Y el que no esté de acuerdo con esta nueva jurisprudencia, “que se lo haga mirar”… presumimos que por su propio bien, claro.
Según el autoproclamado “único país democrático de Oriente Próximo”, violar 34 resoluciones de la ONU y mantener durante más de cuatro decenios un régimen militar implacable sobre la población de los territorios que su Ejército ocupó por la fuerza de las armas, sólo demuestra la legitimidad de las acciones del Estado judío.
Según la vecina patria de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pretender que las Naciones Unidas estudien las violaciones de los derechos humanos cometidas con los saharauis por su gran aliado marroquí, que de paso ha incumplido otras 17 resoluciones de la ONU, es algo intolerable.
Según la alianza que se autodefine como máxima defensora de la libertad mundial, bombardear poblaciones en Afganistán, Irak o Libia es un acto de pleno derecho aunque mueran decenas, incluso miles, de mujeres,
niños y ancianos, siempre que esos mismos aliados hayan prejuzgado –sin perder tiempo con procedimientos jurídicos– que había algún culpable en los alrededores.
Y, según todos ellos, los demás deben abstenerse de imitarlos, ya que si lo hacen serán estrangulados económicamente y atacados militarmente… ¡con toda justicia!
Poco después de llegar a secretario general de la ONU (porque Bush impuso a un títere al frente del organismo) Ban Ki-moon se presentó en el Jerusalén árabe, bajo ocupación militar desde 1967, y les dijo a sus estupefactos anfitriones palestinos que estaba “encantado de estar en Israel”.
Pero todavía más anonadados quedarían dos años más tarde, cuando no se dignó a interrumpir sus vacaciones durante las dos primeras semanas de devastación militar de Gaza, mientras los bombardeos indiscriminados daban muerte a más de un millar de civiles, cientos de ellos niños. Sólo reapareció cuando el Tsahal regó con fósforo blanco y bombas de racimo los cuarteles generales de la ONU en la Franja. Se declaró “afligido” por la matanza, y regresó a su despacho en el piso 34º de magníficas vistas sobre el río Hudson.
Ban permaneció impertérrito durante la invasión rusa de Georgia y las matanzas de Darfur, Somalia y Zimbabue. Después, se le ocurrió encargar al ruandés Kagame, sospechoso de crímenes de guerra, la verificación de los Objetivos del Milenio (y puso en un brete a Zapatero). Hace sólo diez días, la auditora anticorrupción de la ONU, Inga-Britt Ahlenius, denunció que la gestión de Ban no sólo ha sido “deplorable”, sino “una vergüenza”.
Como vergonzoso es que designe al colombiano Uribe, bajo cuyos mandatos fueron asesinados por el Ejército miles de campesinos –y espiados por su servicio secreto jueces, diputados y defensores de los derechos humanos–, para investigar el mortífero asalto israelí a la Flotilla de la Libertad. Lo único que no sorprende es que Israel lo aplauda.
El primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, le debía mucho a Avigdor Lieberman, pero al nombrarle ministro de Exteriores no hizo más que causarle un desastre a Israel. Poner al frente de la diplomacia israelí a un racista agresivo, que se ganó el apodo de Vladimir el Matón tras darle una paliza a un menor y que reclamó la “aniquilación” de la Autoridad Palestina y el bombardeo de centros civiles, fue tanto como proclamar desafiantemente al mundo que el Estado judío no iba a cumplir la legalidad internacional. Y así fue.
Pero ahora, cuando Netanyahu trata de reparar la infame imagen de Israel por la implacable devastación de Gaza y el sangriento asalto a la flotilla de ayuda humanitaria, su amigo Lieberman sólo bloquea los engranajes de la propaganda exterior israelí. Alguien que sigue abogando por la expulsión de todos los árabes del país, que dijo estar dispuesto a “ahogar en el mar Muerto” a los presos palestinos antes que permitir su amnistía, que propuso arrasar militarmente Gaza dos años antes de que así se hiciera, y que repudia los anteriores acuerdos de paz, no puede representar a ningún Estado democrático, judío o no.
Eso ha quedado claro en cuanto Israel ha necesitado reconciliarse con Turquía. Aunque lo peor es que Netanyahu cojea del mismo pie.
Gracias al ataque en alta mar contra la Flotilla de la Libertad hemos aprendido que los ejércitos tienen perfecto derecho de abordar con fuerzas de élite los buques desarmados de otros países, en aguas internacionales, para impedir que lleven ayuda humanitaria a una población sitiada. Además, si los tripulantes y pasajeros se resisten, es irreprochable matar a tiros a un buen número de ellos, herir gravemente a otros tantos y detener violentamente a todos los demás.
También sabemos ahora que es lícito bombardear masivamente ciudades densamente pobladas por civiles –matando a un millar de ellos, incluidos cientos de niños–, siempre que nos consideremos atacados por algún grupo del lugar. Y después, es más que legal someter a asedio y bloqueo a un millón y medio de personas, negándoles hasta la posibilidad de reconstruir los miles de viviendas, los hospitales y las escuelas que has destruido.
Además, hemos descubierto que es democrático aquel país que somete a ocupación militar a todo un pueblo, haciendo caso omiso durante más de 40 años a decenas de resoluciones y condenas de la ONU; que desoye todas las peticiones internacionales de respeto de los derechos humanos; que desprecia todos los informes independientes sobre sus crímenes de guerra, y que impone una colonización implacable en los territorios ocupados, violando los principios del derecho internacional.
Así que Israel está dando grandes lecciones al resto del mundo, culpable de hipocresía –dice Netanyahu– y de odio al pueblo judío. Aunque no creo que le gustase que otros países se las aprendiesen y las imitaran. ¿Verdad?
Resulta que el relator de derechos humanos de la ONU para Palestina, Richard Falk, es un hombre que, pese a ser judío, tiene opiniones “sesgadas” e “injustas” contra Israel, según nos aleccionó ayer el Departamento de Estado norteamericano. Como coincido con sus juicios sobre la matanza de casi un millar de civiles en Gaza, me doy cuenta de que yo también hago análisis tendenciosos sobre las acciones del Ejército israelí.
Igualmente “unilaterales” con Israel son, claro, las organizaciones israelíes Médicos por los Derechos Humanos, por denunciar que los militares impidieron a los socorristas atender a los heridos, y Romper el Silencio, por difundir testimonios de soldados sobre los abusos de su Ejército. Y no digamos cuán parcial es Amnistía Internacional al presentar pruebas del uso de bombas de fósforo blanco en zonas densamente pobladas y pedir información sobre los extraños explosivos empleados, cuyas heridas los cirujanos no saben cómo curar.
Por descontado, es “delirante” que el juez Fernando Andreu de la Audiencia Nacional considere criminal lanzar premeditadamente un proyectil de una tonelada contra un barrio residencial y matar a 14 inocentes, en su mayoría niños, además de dejar gravemente heridos a otros 150 civiles.
Ni qué decir tiene que la prestigiosa revista The Lancet es maledicente cuando afirma que Israel causó una catástrofe hospitalaria atroz al bombardear clínicas y ambulatorios e impedir el suministro de fármacos y material médico en las zonas urbanas donde su Ejército estaba causando miles de heridos.
Lo único que no me queda claro es si los cientos de niños palestinos muertos y heridos son también cómplices de tan sucia campaña antisemita.
Entre los motivos de la radicalización del electorado judío, por la que los partidos ultranacionalistas tienen ahora la llave de la gobernabilidad de Israel, poco se ha dicho del mayor temor que atenaza a los hebreos israelíes y que supone para ellos una imparable bomba de relojería palestina.
Esa bomba de tiempo es el elevadísimo crecimiento demográfico de la población árabe, tanto dentro de las fronteras del Estado judío como en los territorios ocupados, cuya devolución a los palestinos vuelve a quedar postergada indefinidamente con la llegada al poder del derechista Likud, aliado con extremistas como Avigdor Lieberman. Y el meteórico ascenso de este último se debe también en gran parte a que muchas de sus propuestas –como deportar a los árabes, anexionarse el territorio de las colonias ilegales judías y permitir los matrimonios civiles– pretenden atenuar las consecuencias de esa explosión demográfica palestina.
El censo oficial de Israel registra una población de 7,1 millones de habitantes, de los que 5,4 millones son judíos y 1,6 millones, árabes. Pero en realidad, Israel está actualmente asentado en un territorio –incluidas Cisjordania y Gaza– en el que ya viven más palestinos (hoy suman 5,5 millones) que hebreos.
Y lo terrorífico para Israel es que sus expertos calculan que el elevadísimo índice de natalidad árabe (el de Gaza es el más alto del mundo) convertirá rápidamente a los judíos en minoría dentro de su propio Estado, si no renuncia al dominio de los territorios ocupados. Se estima que dentro de sólo once años el número de árabe-israelíes y palestinos ascenderá a 8,5 millones, frente a unos 6,4 millones de judíos en Israel.
Ese inevitable tsunami demográfico es el que hizo que hasta halcones como Ariel Sharon renunciasen a sus sueños bíblicos del Gran Israel entre el Jordán y el Mediterráneo, para apostar por la solución de los dos estados contiguos. Así que la nueva mayoría parlamentaria derechista de Benjamin Netanyahu puede meter a Israel en un callejón sin salida por negarse a aceptar un proceso de paz realista que ha de conducir sin remedio a la creación del Estado palestino.
La última ofensiva militar en Gaza no sólo ha quemado todos los puentes entre Israel y los países árabes moderados que podían mediar en las negociaciones sobre el futuro de Palestina. También ha radicalizado a los propios palestinos, aumentando su apoyo a Hamás –cuando se pretendía todo lo contrario– y debilitando al único interlocutor posible de Tel Aviv, la Autoridad Palestina del presidente en funciones Mahmud Abás.
Así que muchos ideólogos árabes sostienen ahora que los palestinos deberían olvidarse de la solución de los dos estados y esperar a ser mayoría arrolladora en la tierra que ocupa Israel. Al Gobierno israelí sólo le quedaría entonces la opción de establecer un apartheid oficial de los árabes, renunciando a los fundamentos democráticos de su Estado, para mantener el poder judío.
Además, el odio de la población árabe generado por la masacre de Gaza se proyectará hacia el futuro en otra oleada demográfica de consecuencias incalculables. El 45% de los habitantes de la Franja tiene menos de 15 años de edad, niños que han visto morir despedazados por las bombas o quemados por el fósforo blanco a sus padres, hermanos y amigos. Por tanto, la matanza de civiles ha convertido en enemigos acérrimos de los judíos a toda una generación de refugiados que en la próxima década serán jóvenes airados, ansiosos de venganza, en un inmenso campo de concentración donde el paro es del 49%.
En Cisjordania, los palestinos también padecen un infierno de controles, muros y represalias de las fuerzas de seguridad israelíes, que sin duda está produciendo otra juventud frustrada y rabiosa, que dentro de pocos años será mayoritaria frente a los opresores judíos.
Frente a ese polvorín demográfico, la coalición derechista de Netanyahu hace unos planteamientos tan implacables hacia los árabes como suicidas para los judíos israelíes.
14/2/2009
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Mientras diplomáticos de numerosos países gastan cientos de millones en incesantes viajes por Oriente Próximo, muy ocupados en dar la imagen de que están empeñados en reactivar el moribundo proceso de paz árabe-israelí, la población palestina de Gaza machacada por los bombardeos del Tsahal sigue sometida al implacable castigo colectivo del bloqueo de la Franja, sin que los gobernantes occidentales quieran darse por enterados de que eso constituye un crimen contra la humanidad tanto o más grave que la masacre de más de un millar de civiles indefensos.
Ese asedio de la región más superpoblada del mundo se agrava inconmensurablemente por la devastación de 22 días de bombardeos, que han destruido 21.000 viviendas, además de los hospitales, almacenes de víveres y medicinas, sedes de las organizaciones humanitarias, edificios oficiales, escuelas y redes de agua potable, electricidad y alcantarillado, de los que dependían 1,5 millones de personas para su subsistencia. Miles de toneladas de suministros de emergencia permanecen bloqueados porque Israel se niega a abrir los pasos fronterizos, y el máximo responsable de la ONU para auxiliar a esos refugiados, John Ging, ha reconocido que “la gente corriente de Gaza no está recibiendo auxilio suficiente, ni lo está recibiendo con la rapidez con la que lo necesita”.
En el lado egipcio de la frontera, docenas de camiones cargados con alimentos, fármacos y vituallas están también parados por falta de acuerdo sobre su distribución, que El Cairo rehúsa conceder a Hamás por mucho que sea el único grupo que dispone todavía de capacidad de coordinación de las labores de reconstrucción en la Franja. Y ¿cómo se van a reconstruir las casas arrasadas por el Ejército israelí, cuando entre los materiales que Israel impide entrar en Gaza figura hasta el cemento, con el argumento de que se puede también emplear para hacer rampas de lanzamiento de cohetes caseros?
Pero lo más grave ni siquiera es que entre las condiciones del Gobierno israelí para levantar ese asedio contra toda la población civil (algo expresamente prohibido por las Convenciones de Ginebra) se haya ya incluido oficialmente la liberación del soldado Gilad Shalit, secuestrado en 2006. Es decir, un Estado ocupante toma medidas crueles e inhumanas contra toda una población civil para conseguir la liberación de uno solo de sus militares, rehén de algún grupo armado enemigo. ¿No les trae eso recuerdos de un conflicto en Europa hace casi 70 años?
No, lo más grave es la parsimonia e insensibilidad con la que la comunidad internacional se está tomando la catástrofe humana que padece Gaza. Ni los llamamientos de las organizaciones humanitarias internacionales, ni las evidencias filmadas y fotografiadas de los incalificables sufrimientos que padecen los civiles, han conmovido tampoco a los otros gobiernos, cuyos diplomáticos maniobran para negociar un acuerdo de tregua bajo la égida Fatah, del presidente Mahmud Abás, antes de que se abran los pasos y comience a aliviarse la atroz situación de más de un millón de refugiados.
Negociación que no sólo puede prolongarse indefinidamente, sino que también desestima hechos incontrovertibles. Abás es, en estos momentos, un cadáver político tras su inconfesable connivencia con Israel durante la destrucción de Gaza, confiando en que los bombardeos acabasen con sus rivales de Hamás. Además, su mandato concluyó el 9 de enero y aunque lo está prolongando bajo un “procedimiento de emergencia” muchos palestinos, empezando por Hamás, ya no reconocen su autoridad.
Abás trata ahora de cambiar el reglamento electoral para salvar su carrera política. Pero cualquier arreglo de Gobierno palestino de unidad pasará inevitablemente por unas elecciones, en las que Hamás tiene muchas posibilidades de ganar la presidencia, según estiman analistas políticos como Zakariya al Qaq, profesor en la Universidad Al Quds de Jerusalén.
¿Cuánto sufrimiento más dejaremos que padezcan los civiles de Gaza, mientras perseguimos unos objetivos políticos que están abocados al fracaso?
31/1/2009
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Cuando Barack Obama anunció su intención de designar a Hillary Clinton como máxima responsable de la diplomacia estadounidense, muchos analistas –incluidos los del muy experimentado The Economist– concluyeron que el nuevo presidente de EEUU pretendía delegar el día a día de los asuntos exteriores a una estrella, para concentrarse en la prioritaria crisis económica. Además, argumentaban, así tendría una magnífica cabeza de turco a la que echar las culpas en el caso de que algún dossier internacional acabe desastrosamente mal.
Sin embargo, sus rápidas y contundentes decisiones en materia de política exterior, empezando por la abolición de las torturas y las cárceles secretas, y la velocidad con la que ha escogido a eminentes personalidades para dirigir los temas más complejos, sobre todo el conflicto árabe-israelí, demuestran que sus motivaciones son mucho más profundas de lo que aparece en un examen superficial.
Al designar al veterano senador George Mitchell como enviado especial para Oriente Próximo, desplaza a la ya confirmada secretaria de Estado Clinton de la cuestión más intratable y urgente del panorama internacional, al tiempo que la asume casi personalmente. Esa decisión no sólo resta influencia a la ex primera dama en la gestión de uno de los más críticos esfuerzos diplomáticos de su nuevo cargo, sino que “sugiere que Obama se va a liberar de la relación exclusiva con los israelíes” que marca a la Casa Blanca, según estima Aaron David Miller, analista político del Woodrow Wilson International Center.
“Ésta es la más clara indicación de que el presidente trata de inyectar un mayor equilibrio en las relaciones entre Estados Unidos e Israel”, sostiene Miller.
El senador Mitchell, a sus 75 años un auténtico experto en asuntos internacionales, fue encargado en 2000 por el presidente Clinton de encabezar una comisión internacional para investigar las causas de la violencia en Oriente Próximo. Cuando emitió su veredicto, en la primavera de 2001, ya estaba Bush en el poder. Pero no se mordió la lengua al dictaminar que no sólo debe la Autoridad Palestina atajar las acciones de los grupos terroristas, sino que Israel también tiene que congelar el crecimiento de los asentamientos de colonos judíos en Cisjordania.
Naturalmente, el Gobierno israelí desestimó esas conclusiones y ahora desconfía del nuevo enviado especial, en parte porque tiene raíces libanesas, además de irlandesas. Su padre, Joseph Kilroy, era un huérfano adoptado por una familia libanesa cuyo nombre fue modificado a la forma anglófona Mitchell, y el senador fue educado como católico maronita. Un soplo de aire fresco en el entorno sionista que suele llevar la voz cantante en el Departamento de Estado.
Al presentar a Mitchell, Obama dio el primer aviso a Israel, al exigirle que levante el implacable bloqueo de Gaza para que la ayuda humanitaria pueda alcanzar a la población civil castigada por los bombardeos israelíes. Pero en su discurso de investidura también había advertido a los dirigentes de Oriente Próximo: “Sabed que vuestro pueblo os juzgará por lo que construyáis y no por lo que destruís”. Una sentencia que podrían muy bien aplicarse los gobernantes israelíes.
El problema es que, hasta ahora, se pretende abordar ese conflicto interminable sin dialogar con Hamás, manteniendo en realidad la misma doctrina militarista neocon de guerra total hasta el (imposible) exterminio del enemigo, con la que se ha asesinado a decenas de miles de víctimas civiles inocentes, sin avanzar un palmo hacia la victoria final de la “guerra contra el terror”.
Hasta expertos israelíes como Gidi Grinstein, del Instituto Reut de Tel Aviv, admiten que “Obama se verá empujado a apostar por un Gobierno palestino de unidad nacional” entre Al Fatah y Hamás. Algo irrealizable si no se abren contactos con los líderes islamistas.
Obama ha de decidir entre mantener aislado a Hamás o entablar relaciones con ese grupo que considera terrorista. Ése es su gran dilema.
24/1/2009
Como escribe Richard Silverstein en The Guardian, “¡La brigada hasbara golpea de nuevo!” Ese término hebreo significa explicación, pero hace ya muchos años que el Gobierno israelí lo emplea para lo que no es más que una campaña de propaganda y de presión hacia los medios de comunicación que en ocasiones roza las amenazas y el insulto.
Silverstein explica cómo a amigos suyos también judíos las autoridades israelíes les han instado a formar parte de “una red de voluntarios de la información”, encargados de bombardear prensa, TV e Internet con mensajes indignados por la supuesta tergiversación de lo que ocurre en Gaza. El encargo incluye instrucciones precisas y, por supuesto, empieza por calificar de antisemita a todo el que denuncie o meramente critique las masacres de civiles cometidas por el Ejército de Israel. A los judíos que lo hacen, se les acusa de traición.
También el analista político de Haaretz y escritor Akiva Eldar, judío e israelí, habla de esa campaña “hasta la náusea” de hasbara que obvia la raíz del conflicto –el castigo colectivo inhumano al que Israel somete a 1,5 millones de personas en la cárcel sin techo más grande del mundo– y arguye que cualquier Estado civilizado haría lo mismo.
Más le está costando a Tel Aviv convencernos de que son antisemitas –o, mejor dicho, traidores– los prestigiosos juristas, académicos e intelectuales, judíos e israelíes, líderes de las nueve reputadas ONG pro derechos humanos (incluidas Bimkom, Gisha, B’tselem, Hamoked y Yesh Din) que han pedido que se procese a los dirigentes de Israel por crímenes de guerra.
También es judío e israelí Guideon Levy, corresponsal que denunció ayer cómo “soldados bombardean casas y civiles desde sus vehículos blindados” en la lucha de “un Ejército grande y poderoso contra una población indefensa”.
¿Qué explicación nos dará ahora Israel a todo esto?
16/1/2009
Una de las más sucias guerras que está librando el Gobierno de Israel en su campaña militar contra los palestinos es la de las palabras. Los dirigentes israelíes se han apropiado del término “holocausto” como si sólo pudiese aplicarse al exterminio de los judíos por el nazismo, cuando su primera acepción en castellano es simplemente “gran matanza de seres humanos” (DRAE) y tiene igual razón de emplearse en referencia a muchas
otras masacres genocidas.
Esta última es otra palabra que el Estado hebreo pretende monopolizar, como si “genocidio” no tuviera más significado que el cometido contra el pueblo judío, hasta el punto de que las sedes diplomáticas israelíes en todo el mundo consideran que su mera utilización cuando se habla de las acciones del Ejército de Israel constituye en sí mismo un crimen contra la humanidad (no lo que hacen los militares israelíes en Gaza, sino emplear esa palabra para condenar esas operaciones bélicas).
Pero genocidio significa “exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de etnia, de religión, de política o de nacionalidad” (también DRAE, por no entrar en mayor polémica lingüística). Lo que sí es una falsedad –y un insulto a la inteligencia de los usuarios de Microsoft Office– es que el omnipresente Word de tratamiento de textos muestre “antisemita” como único sinónimo posible de “genocida”. No creo que fueran precisamente palestinos los que elaboraron el diccionario electrónico interno del cuasimonopolio informático mundial
del magnate Bill Gates.
Una vez descartado, pues, el empleo de esos dos términos –pues si los escribiera cometería a sus ojos un crimen mucho peor que el de los que han asesinado a dos centenares de mujeres y niños en estos últimos días–, vale la pena plantear si el Ejército israelí está cometiendo, o no, crímenes de guerra en Gaza y si el bloqueo de la Franja (así como las medidas impuestas en Cisjordania) constituye, o no, un castigo colectivo de la población civil, expresamente prohibido por las Convenciones
de Ginebra sobre derecho internacional humanitario.
En primer lugar, estos bombardeos masivos e indiscriminados de la región más superpoblada del planeta no constituyen la primera ni la única acción israelí dirigida específicamente contra los civiles residentes en la Franja, como explica muy bien Amnistía Internacional en su informe, de julio del 2008, “El bloqueo de Gaza: castigo colectivo”.
La prestigiosa organización humanitaria, respetada desde hace décadas por su imparcialidad, detalla allí cómo las autoridades de Israel han sometido desde junio de 2007 al conjunto de los habitantes del lugar a un sitio medieval de consecuencias catastróficas, cortando los suministros de agua potable, electricidad y combustible; privando a la población de alimentos y medicinas; condenando al 80% de los civiles a subsistir del goteo de ayuda internacional (cuyo flujo también entorpece), cuando hace diez años sólo el 10% dependía de ese auxilio exterior; impidiendo la salida de los enfermos que necesitan asistencia médica externa e incluso el acceso de los médicos israelíes que desean entrar para ayudar en los
colapsados hospitales, privados de fármacos y de los recursos más básicos para atender a los heridos… causados por el mismo Ejército que impide que sean después curados.
Y todo ello como clara, evidente y notoria venganza sistemática contra todo un grupo social por haberse atrevido a escoger en elecciones democráticas a un movimiento islámico que es enemigo de Israel.
El Gobierno israelí no cesa de repetirnos que las tremendas matanzas de mujeres y niños que sus militares cometen un día tras otro son culpa de Hamás, porque utiliza a los civiles como escudos humanos. Para empezar, ¿pretenden convencernos de que el poder ejecutivo está plenamente legitimado para exterminar a los ciudadanos inocentes que sean empleados como escudos humanos? ¿Los asesinarían también implacablemente si se tratase de rehenes judíos en manos de secuestradores? Para terminar, ¿hemos todos olvidado que el Ejército israelí también ha utilizado repetidamente a los civiles palestinos como escudos humanos, hasta el punto de que el Tribunal Supremo de Israel tuvo que prohibir esa práctica en una sentencia de 2005?
El Comité Internacional de la Cruz Roja no ha querido sentenciar como crímenes de guerra las violaciones de las leyes internacionales humanitarias por parte de los militares israelíes, cuando impiden la asistencia y evacuación de los heridos supervivientes de sus bombardeos, la mayoría civiles. A pesar de que se encontraron con niños de muy corta edad, al borde de la inanición, tumbados junto a los cadáveres de sus madres, que quizá se hubieran podido curar de sus heridas si el Ejército israelí no hubiera bloqueado durante casi cuatro días el acceso de las ambulancias.
No, el CICR no quiere dictar sentencia porque no es un tribunal. Pero el tribunal de la Historia sí juzgará a este Gobierno y este Ejército de Israel. Y cuando condene a los que cometen hoy crímenes contra la humanidad, no será a los que empleamos los términos “holocausto” y “genocida” cuando nos referimos a esas atrocidades.
3/1/2009
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