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El tablero global

Carlos Enrique Bayo

Unos políticos sin corazón

01 may 2010
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El senador republicano Rusell Pearce, impulsor de la ley anti-inmigrantes de Arizona, fue en su juventud ayudante del sheriff del condado de Maricopa y de aquella época conserva su afición por las armas de fuego, su fe mormona y su odio hacia los que llama “invasores”. Ya los detestaba incluso antes de que su hijo Sean, también ayudante de sheriff, muriese en un tiroteo con los coyotes que trafican con seres humanos. Aquello llevó al paroxismo su fobia a los espaldas mojadas, pese a que son las víctimas de esos desalmados.
Hoy, Pearce bromea con que el hecho de ser republicano, y por tanto no tener corazón, le salvó la vida cuando recibió un tiro en el pecho en una ocasión. Pero su legislación no es cosa de broma: en un Estado de abrumadora mayoría blanca, todos los hispanos tendrán que identificarse una y otra vez ante los policías locales con los que se topen por la calle, en un régimen de persecución racial que hasta el arzobispo de Los Ángeles, Roger Mahony, ha comparado con “las técnicas de la Alemania nazi”.
En cuanto a la falta de corazón de los políticos republicanos, han sido muchos de ellos los que se han ganado esa fama, con medidas tanto o más despiadadas que la que impulsa Pearce. Como su empeño en abolir los cupones de comida que ayudan a alimentar a uno de cada ocho estadounidenses, y a uno de cada cuatro niños en EEUU.
En las urbes sureñas con gran población inmigrante, más de la mitad de los niños comen gracias a esos cupones. Pese a ello, más de un millón de menores se acuestan cada noche con hambre en el país más próspero y rico del mundo. Las legiones de hambrientos suman ya 50 millones de personas (que no pueden comprar suficiente comida) a causa de la crisis provocada por leyes republicanas diseñadas para enriquecer a los tiburones de Wall Street.
Ahora dicen que creían de corazón en las virtudes de esa política insolidaria. ¿Sí?

El Estado menos solidario de la Unión

30 abr 2010
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Cuando fui a Phoenix, allá en 1994, quedé impresionado por el egoísmo de la oligarquía local: trataba de arrebatar a los yavapai las aguas del río con el que regaban sus huertas en la mísera reserva india de Fort McDowell, con el fin de alimentar los campos de golf de Scottsdale, y protestaba airadamente de que los parques naturales de Arizona le impedían explotar adecuadamente los recursos de esos bosques, que en su día fueron arrebatados a los apaches a sangre y fuego.
Tanto espanto me causaron entonces aquellos ejecutivos agresivos con aires filonazis, que nada me ha sorprendido ahora la ley anti inmigrantes firmada por la gobernadora, Jan Brewer. Puesto que en ningún otro Estado de la Unión me había topado con semejante insensibilidad hacia los desfavorecidos, tamaña insolidaridad con los desheredados.
Lo que de verdad me asusta ahora es que el despiadado gesto del Estado del Gran Cañón está instigando medidas idénticas contra los espaldas mojadas en Texas, Utah, Georgia, Ohio y hasta Maryland, bien alejada de las fronteras.
Dice la gobernadora Brewer que la seguridad de sus conciudadanos está en peligro por “la avaricia asesina de los narcotraficantes”, como si ese fuera un fenómeno foráneo, un veneno extranjero que sólo beneficia a los bárbaros del sur. Pues resulta que esa codicia se sustenta en el descomunal consumo de drogas de los estadounidenses, que los que se enriquecen son los cárteles teledirigidos desde EEUU y que los asesinos usan armas made in USA cuya venta es un gran negocio en Arizona. Así que, claro, hay que perseguir a los miserables.