Cuando en mayo de 2008 Joan Laporta ofreció a Guardiola hacerse cargo del primer equipo del Barça, hubo quienes aconsejaron al entonces técnico del filial azulgrana que quizás era demasiado pronto para dar el salto. “Y los que me dicen eso ¿me pueden asegurar que se me volverá a plantear esta oportunidad?”, se preguntó Pep, para a continuación dar el sí a Laporta y demostrar que estaba más que preparado para dirigir al Barça.
Cuatro años después, con 13 de los 16 títulos posibles bajo el brazo, a Guardiola se le plantea la situación contraria. Consciente de que “la gente quiere que renueve porque he ganado títulos, si no, me tirarían piedras”, es entendible que Pep no se vea capacitado para seguir ganando y quiera evitar salir apedreado del Barça. Sólo hay una frase que me hace sospechar que además de esa “cuestión personal” puede haber algo más por lo que no se decide a renovar: “Necesito un poco más de tiempo. Si lo aceptan, bien, y si no, mala suerte”. ¿Mala suerte para quién? ¿Para él? ¿Para la directiva de Rosell? ¿Para el Barça? No sé, pero la respuesta destiló mal rollo. Aún más cuando desde el club, en boca de su vicepresidente, Josep María Bertomeu, fueron tan cortantes o más: “La renovación ni nos preocupa, ni nos genera ansiedad”.
No dudo de la honestidad de Guardiola, aunque en su caso, después de una vida en azulgrana, todo lo que tiene que ver con el Barça es personal. “Y los que me dicen que renueve ¿me aseguran que no saldré apedreado?”, pensará ahora Pep.
“Con el máximo de los respetos, creo que en la Real se está fraguando un equipo que va a tener más calidad que el actual Athletic”. Jokin Aperribay no es muy dado a decir una palabra más alta que otra. Tampoco a prometer aquello que no esté seguro de poder cumplir. El discurso del presidente de la Real es como su tono de voz: monocorde, de ahí que su atrevido vaticinio podía ser cualquier cosa menos una fanfarronería. Cuando Aperribay dijo lo que dijo en Marca, por su cabeza pasaron los nombres de Iñigo Martínez, Illarramendi, Griezmann, Zurutuza… y, por supuesto, Rubén Pardo. Aunque suene raro porque en octubre cumplió 19 años, al centrocampista le ha costado asomarse al primer equipo de la Real y, salvo que a Montanier le dé por decidir lo contrario, lo ha hecho para quedarse.
Pardo debutó en Anoeta en los últimos minutos contra el Real Madrid y estrenó titularidad en el Camp Nou. Casi nada. Sin embargo, fue el pasado lunes, frente al Sevilla y ante su afición, cuando el riojano destapó todo aquello que ya había dejado ver en el Europeo sub-19, así como en el filial que dirige Meho Kodro. Y no por casualidad, sino por causalidad, la Real jugó uno de sus mejores partidos de la temporada y Anoeta despidió a Rubén puesto en pie. Pocos canteranos han ilusionado tanto a la hinchada txuri urdin.
Después de varias llamadas al primer equipo, aunque a última hora Montanier casi siempre le mandara a la grada, Pardo tuvo el lunes la ocasión de lucirse y encendió todas las luces. Le costó meterse en el partido. Al igual que le ocurre a su álter ego, Xabi Alonso, el número 27 se encuentra más cómodo jugando solo en el eje. La presencia ahí de Markel Bergara le obligó a escorarse, pero incluso desde esa incómoda asimetría Rubén generó juego, reactivó al mejor Xabi Prieto y hasta marcó un gol sólo al alcance de quienes saben tocar el balón y no sólo golpearlo.
En el peor momento de la temporada, cuando Montanier estuvo con los dos pies fuera de la Real, en Zubieta ya era un clamor que “lo único diferente” que tenían para revertir la situación era Pardo. Con contrato hasta 2015, ampliado en noviembre dentro de la exitosa campaña de renovaciones de Aperribay, su nombre empezará a sonar con fuerza en el mercado. De hecho, el club no desmintió que en verano el Madrid ofreciera diez millones por él.
Pardo es paisano de Fernando Llorente. Aunque el ariete del Athletic nació en Pamplona y él en Logroño, ambos se consideran oriundos de Rincón de Soto, localidad famosa por sus peras. De allí se fue Rubén a San Sebastián con 12 años. Llegó a Zubieta, donde ha pasado por todos los equipos, y en Zubieta espera seguir. De jugadores como él dependerá que el vaticinio de Aperribay se haga realidad. Y es que este rinconero no es la pera, sino la repera.
Al igual que Contador el lunes, Ullrich fue sancionado el jueves por el TAS con dos años de suspensión (a buenas horas, por cierto). Para declarar culpable y castigar con la pena máxima al exciclista alemán (suena a chiste, pero lleva retirado cinco años), el TAS ha utilizado, entre otras pruebas documentales procedentes de la operación Puerto, dos recibos de las transferencias a una cuenta suiza asociada a Eufemiano Fuentes, así como la identificación de su ADN en bolsas de sangre guardadas en neveras del doctor español. Casi nada. Para confirmar su culpabilidad, el propio Ullrich reconoció ayer sus “contactos” con Fuentes, se arrepintió de todo lo que hizo (doparse, evidentemente), aceptó la sanción del TAS y hasta pidió disculpas. El alemán se queda sin el tercer puesto del Tour 2005, una etapa del Giro y la Vuelta a Suiza, ambas en 2006, aunque para alguien que hace cinco años que se bajó de la bici esta sentencia puede resultar hasta un alivio. A lo hecho, pecho.
No lo ha sido en cambio para Contador, quien no ha podido demostrar su inocencia ante el TAS, aunque, a diferencia de Ullrich, tampoco el TAS ha podido demostrar que sea culpable de doparse. ¿Es entonces justo, que no ilegal, que el ciclista español haya recibido el mismo castigo que Ullrich? Pues parece evidente que no. Justicia no es dar a todos lo mismo, sino a cada uno lo que se merece. Si el TAS hubiera sancionado a Contador con un año, es posible que no se hubiera montado tanto revuelo y el ciclista de Pinto no hubiera tenido más remedio que aceptar su responsabilidad. Además, el propio Código de la Agencia Mundial Antidopaje así lo estipula.
Pero, bueno, entre quienes se ponen la venda patriotera en los ojos por un lado y los puristas espada en mano por otro, parece que nadie recuerda que el símbolo de la justicia y el derecho es la balanza.
Aunque es fácil desviarse del debate y limitarse a exculpar o condenar a Contador según las filias y fobias de cada uno, la cuestión es que la sentencia del TAS añadió ayer más dudas que certezas a un caso que ha durado demasiado tiempo para terminar como empezó. El ciclista español no ha podido demostrar su inocencia y el TAS reconoce que carece de pruebas para demostrar su culpabilidad. El positivo está ahí desde hace 566 días, un largo periodo de tiempo en el que tampoco la normativa ha cambiado. Y esa es la clave: la normativa. Basada en algo tan injusto pero claro como la responsabilidad objetiva, el pinteño es responsable de que en su cuerpo se encontraran 50 picogramos de clembuterol. Por más que no se haya podido demostrar que lo hiciera intencionadamente y que mejorara su rendimiento. Ni inocente, ni culpable: Contador es responsable.
Al revés que en España, donde las pruebas no suelen bastar para condenar a los tramposos, el TAS ha condenado a Contador sin poder demostrar que se dopó. Esto en cierto modo le convierte en víctima, algo que no le viene bien a la lucha contra el dopaje ni por supuesto al ciclismo. Urge cambiar la normativa.
Pensando en la Copa y quizás subestimando también a su rival, Guardiola reservó a Piqué, Busquets, Alexis y, por segundo partido consecutivo, a Xavi. A cambio, el Barça volvió a presumir de cantera con jugadores como Dos Santos, Cuenca y Tello, además de Thiago. El once de Pep tenía el sello de La Masia, como la Real tuvo el de Zubieta. Montanier también alineó un equipo plagado de canteranos. Hasta nueve. Todos, a excepción de Bravo e Ifrán. El chileno evitó el 1-0 de Messi
y el uruguayo tuvo en la siguiente jugada el 0-1 ante Valdés. Del resto se encargó casi siempre Griezmann.
Sin embargo, con la cantera es muy fácil hacer demagogia. No es una cuestión de cantidad, sino de calidad. Zubieta sigue sacando buenos jugadores, pero le falta rodearlos de fichajes que les aporten, no sólo el tiempo para crecer, sino también referencias dentro y fuera del campo. Rubén Pardo, posiblemente el potrillo más prometedor, fue anoche titular por exigencias del guión, pero apenas tuvo opciones de lucirse con balón.
Eso sí, a diferencia del partido contra el Madrid en Anoeta, la Real salió al Camp Nou sin complejos, con un once coherente y a intentar plantar cara a un Barça que notó las ausencias. El gol de Vela tras el 2-0 de Messi llevó la intranquilidad a las gradas de un Camp Nou que acabó pidiendo la hora y viendo cómo su equipo terminaba el partido metido en su campo. Zubieta plantó cara a La Masia. Así se puede perder y hasta aprender.
“Con lo que tenemos en Zubieta es suficiente”. Esta arriesgada, por aleatoria e inconsistente, sentencia de Loren al cierre del reciente mercado de invierno demuestra qué es la cantera para el director deportivo de la Real: la excusa perfecta para tapar su incapacidad de encontrar fuera lo que falta en casa. Tanto la plantilla como el once habitual de Montanier cuentan con más canteranos que ningún otro equipo de la Liga. Un dato digno de destacar, si bien una cosa es la cantidad y otra la calidad.
Lo decía John Toshack: “Con los fichajes compramos tiempo”. Y así es. Para eso llegaron a la Real jugadores como Carlos Xavier, Karpin o Kovacevic. Para que a su alrededor los potrillos crecieran al trote y no al galope. El mejor ejemplo de la política cantera+fichajes es el equipo que logró el subcampeonato de la Liga 2002-03. Junto a los Rekarte, Aranzabal, Xabi Alonso, Aranburu o De Pedro ahí estaban los Westerveld, Schurrer, Karpin, Nihat o Kovacevic.
Tras las recientes salidas de Mariga y Sarpong, sólo cinco jugadores –Bravo, Demidov, De la Bella, Ifrán y Vela– de los 22 que hay en la primera plantilla son de fuera de Zubieta, aunque salvo el guardameta chileno, el resto del once lo acapara el producto interior. Iñigo Martínez, Illarramendi, Cadamuro y Rubén Pardo son los últimos en llegar. Otros como Griezmann, Agirretxe, Zurutuza, Mikel González o Elustondo se van consagrando.
“Si prescindimos de un jugador en el centro del campo y no fichamos a nadie es para dejar más espacio para los jóvenes”, dijo ayer Montanier, mostrando una complicidad con Loren que no le hace ningún favor ni a él ni a la Real. El club no ha prescindido de Mariga y Sarpong para hacer sitio a nadie, sino porque no aportaban nada, y si no han fichado es por miedo a volver a equivocarse. Muerto el perro, se acabó la rabia. Con Elustondo, Illarra y Zurutuza lesionados, los jugadores del filial Rubén Pardo y Javi Ros completan la convocatoria para Barcelona. El primero es el valor más seguro de Zubieta, si bien Montanier no termina de contar con él.
Tal y como apuntaba ayer El Diario Vasco, la Real ha fichado 89 jugadores desde que en 1989 Aldridge inauguró una nueva etapa en el club donostiarra. El desembolso total es de 106 millones y, puestos a hacer balance, los fiascos superan a los aciertos. Claro que la Real puede realizar fichajes que mejoren lo que hay en Zubieta. De hecho, cuando sólo se podía tener tres extranjeros el tino era mayor. El problema es que, como apunta el exblanquiazul Albistegi sobre el plantel actual, “los fichajes han aportado incluso menos de lo que puede dar uno de casa”. Y es ahí donde radican los éxitos o los fracasos del director deportivo. Cuando Loren afirma que con lo que hay en Zubieta es suficiente surgen dos preguntas. La primera: ¿para qué es suficiente? Y la segunda: ¿de qué sirve mantener entonces su puesto?
Para la Real, Zubieta es la razón de ser, pero no de parecer. Estar en Primera exige acertar en los fichajes, algo que no ocurre y que desde la dirección deportiva se tapa poniendo la cantera como excusa y arriesgando de manera temeraria su futuro y el del club.
El estudio fue presentado en marzo de 2009 por Santiago Álvarez de Mon, profesor del IESE Business School de la Universidad de Navarra, pero cada año que pasa tiene una vigencia mayor. Con el título Rafael Nadal: el campeón y la persona, Álvarez de Mon calificaba al tenista español de “embajador de valores: disciplina, perseverancia, saber perder, saber ganar, optimismo, ilusión, fortaleza de ánimo…”.
Su talento, su ambición, su estabilidad emocional, su concentración, su capacidad de sufrimiento, su perseverancia, su madurez precoz, su equilibrio, su resistencia mental, su sencillez, su humildad, su ilusión… Todas y cada una de estas virtudes personificadas en Nadal se pudieron volver a comprobar ayer durante las casi seis horas que duró su final contra Djokovic. Y si el comportamiento de Rafa es ejemplar fuera y dentro de la pista, en la victoria y en la derrota, ver a su tío y entrenador, Toni Nadal, aplaudir a Djokovic cuando lograba un punto es otro ejemplo de deportividad. A diferencia de quienes alardean de ser unos ganadores pero las derrotas les retratan, Nadal es un ganador de verdad, pues además de ganar, sabe encajar las derrotas. Rafa es el orgullo del deporte español y el embajador de esos valores que, como dice el profesor Álvarez de Mon, “nuestra sociedad, blandita y comodita, necesita como el comer”.
Fue una noche en la que paradójicamente el Madrid dejó de parecerse al clásico Madrid de Mourinho para que el Barça no se pareciera al innegociable Barça de Guardiola. Las convicciones del portugués se inmolaron en beneficio de un equipo que simplemente jugó como lo que es: un grande. Sí, cayó el Madrid, pero lo hizo sin perder y con honor. De pie, no de rodillas.
Sorprendieron las suplencias de Marcelo y Benzema, aunque la propuesta de Mourinho fue muy distinta a la del Bernabéu. Con la eliminatoria cuesta arriba tras la incomprensible concesión de la ida, el Madrid no sólo viajó en el día a Barcelona, sino que compareció en el Camp Nou decidido a plantar cara al Barça. Bastó que el mejor Özil se pusiera a jugar para que todos los complejos y miedos de Mou fueran retratados por su propio equipo.
El Barça, incapaz de monopolizar el balón tal y como pretendía Guardiola, no sólo tuvo que compartirlo, sino que se vio sorprendido por un rival que falló donde no suele, en la pegada. Tuvo el gol en repetidas ocasiones y si no marcó de inicio fue por falta de fortuna o acierto de un Pinto tan pronto pirado como inspirado. Con una presión muy adelantada, el Madrid obligó al Barça a jugar como no sabe. La lesión de Iniesta fue un contratiempo, pero anoche la fortuna se vistió de azulgrana y fue su sustituto, Pedro, quien marcó el primer gol en un error de basculación de Arbeloa.
Siendo una eliminación copera, el Madrid demostró y, lo más importante, se demostró a sí mismo, que puede plantarle cara al Barça si le juega sin complejos. El Madrid eligió una mala noche para empezar a jugar, pero seguro que al menos la lección le sirve para la Liga y, especialmente, el clásico liguero del Camp Nou.
Las miles de banderas blancas que ondearon en el Bernabéu para recibir a los dos equipos fueron toda una metáfora de lo que iba a ser el partido. Como la propuesta de Guardiola siempre es la misma, faltaba por conocer la de Mourinho. Costó creerse que su once no era una filtración errónea o una cepo que el portugués había puesto para cazar al topo que sopló a ‘Marca’ la lesión de Di María. Con tal de que nadie sepa quiénes van a jugar, Mou es capaz de superarse a sí mismo. Hasta el Euromillón hubiera resultado más fácil de acertar que su once de anoche. Altintop, un extraño entre tanto crack, de lateral derecho; Coentrao, en el izquierdo en lugar de Marcelo; Carvalho, prácticamente estrenando la temporada; Pepe, otra vez formando trivote con Alonso y Lass. Eso sí, Mou se concedió una alegría alineando a Cristiano, Higuaín y Benzema, a costa de dejar a Ozil en el banquillo donde, por cierto, no estuvo Di María. En resumen: siete defensas y tres puntas.
Mientras Mourinho apelaba a su currículum para evadir preventivamente sus responsabilidades, Guardiola dejó claro que el crédito no existe en fútbol, sino que te lo tienes que volver a ganar. Y a eso salieron uno y otro.
El gol de Cristiano, regalito de Pinto, justificó un tiempo a Mou. En el marcador, pero no en el juego, donde el Madrid fue vulgar y acomplejado. Los goles de Puyol y Abidal, paradójicamente dos defensas, dejaron en evidencia una vez más el entramado de un técnico menor cuando se trata de ser mejor. Nadie dio su once porque nadie se lo podía imaginar. No, tratándose del Madrid y el Bernabéu. Mourinho se desprestigió lo quiera o no. Aunque lo peor, y por tanto lo más inaceptable, es que también desprestigia al Real Madrid.
La afirmación es de Cerezo con el finiquito de Manzano recién firmado. “Le hemos mandado una oferta a Simeone y está encantado de venir aquí, pero ahora hay que negociar”. El presidente del Atlético sonó convincente, aunque la llegada del Cholo, como la salida de Manzano, lleva días cerrada. ¿Mintió Cerezo? Ah, ¿pero acaso importa eso en el fútbol?
La Real tenía decidido destituir a Montanier si perdía en el Villamarín. Aperribay, su presidente, se reunió con varios entrenadores y alcanzó un acuerdo con uno de ellos. Incluso, el ayudante de éste empezó a perfilar un once con Loren, el director deportivo. Sin embargo, el destino quiso que la Real ganara al Betis y Aperribay decidió mantener al francés una semana más. Llegó el partido del Málaga y el destino volvió a ser caprichoso. De nuevo, Montanier salvó la cabeza y su sustituto se quedó con las ganas, aunque sin nada firmado. Dos empates fuera con uno menos y el 4-1 al Granada en Copa provocaron que los más optimistas hablaran de carpetazo a la crisis y elogiaron la paciencia del Consejo por aguantar al técnico. Sí, leerlo para creerlo. Pero llegó la vuelta de Copa y el francés dio motivos para fulminarlo. ¿Por qué no lo hicieron? Pues porque la Real pasó a octavos. ¿Y? ¿Acaso el criterio lo marcan sólo los resultados? ¿Acaso nada de lo contado ha pasado? ¿Entonces?
Opinar en función de los resultados es ventajista, pero los daños colaterales sólo afectan al retratado. Ahora bien, utilizar la mentira como arma de distracción masiva es desinformar. Manzano habló de ética. En el finiquito le pagaron su penitencia.