Socializando la bancarrota

Toda causa entraña una consecuencia. Si los turistas dejan de venir, cierran hoteles; si cae en picado la venta de coches, hay miles de despidos; si la gente compra menos, el Corte Inglés te cobra la entrega a domicilio, y así. Es pura lógica. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando los bancos y cajas españolas se enfrentan a la mayor crisis financiera e inmobiliaria de la historia? Pues que siguen dando beneficios como si tal cosa. ¿Conclusión? Que tenemos los banqueros más chiripitifláuticos del planeta o, en su defecto, están ocultando pérdidas y nos toman el pelo, lo cual no es novedoso. A esta última tesis se ha apuntado el director del FMI en una reflexión sobre la banca en general, y la europea en particular.

Para saber que la banca miente más que habla sólo hay que escuchar la publicidad de sus fondos garantizados, pero una cosa es el hurto consentido y otra el butrón al Estado. Aquí, además de los 30.000 millones que hemos destinado a pasar el plumero por sus balances, hemos dotado con 100.000 millones a un fondo de reestructuración para que el enjabonado sea completo. Es decir, que podríamos llegar a dedicar un 20% del PIB a salvar la cara de esa plutocracia nuestra tan solvente, en un proceso en el que los contribuyentes aflojan la guita sin que nadie se tome la molestia de explicar qué agujero se tapa y por qué, y quién lo ocasionó.

Con el fin de evitar episodios tan desagradables como el de la Caja de Castilla-La Mancha, cuyos beneficios declarados de 30 millones en 2008 se convirtieron en pérdidas de 762 millones tras ser intervenida, el gobernador del Banco de España se está dedicando a celestinear con las cajas, de forma que, a través de matrimonios de conveniencia, uniones de hecho o simples amancebamientos, se solapen quiebras y se maquillen ruinas, que todo vale siempre y cuando los partidos puedan seguir ordeñando la vaca. Como es de natural discreto, de esto no habla Fernández Ordóñez ni de los informes que auguran pérdidas de hasta 225.000 millones a todo el sistema; sólo de abaratar el despido.

Entre tanto, el grifo sigue cortado para empresas y particulares, a los que únicamente se conceden préstamos si pueden demostrar que no lo necesitan. Nunca estuvo más justificada la existencia de una banca pública. Claro que eso es propio de una izquierda trasnochada. Lo moderno es socializar la bancarrota.