Opinion · Tierra de nadie

Un poco de orden, por favor

La polémica sobre crucifijos y minaretes no tendría mayor sentido si nos obligásemos a ser ordenados. Asignar un sitio a las cosas tiene muchas ventajas, sobre todo en la vida cotidiana, donde pocos admitirían la idoneidad de guardar los calcetines en la olla exprés o la vajilla en el armario empotrado. Este orden natural facilita mucho la convivencia. Hay matrimonios que se rompen por los reiterados abandonos del calzoncillo en el suelo de la habitación o por esa manía tan masculina de jugar al Exin Castillos en el cuarto de baño con los canutos del papel higiénico en vez de arrojarlos al cubo de la basura. Por otro lado, cabe esperar que las cosas estén completas para que cumplan su función. Los cajones han de tener un fondo, los frigoríficos, una puerta, y los relojes de cuco, un pájaro que asome cada media hora y diga cu-cu.

Pese a su tradición quesera, los suizos han decidido con muy mala leche que se prohíba la construcción de alminares, con lo que, en realidad, pretenden acabar con los mezquitas ya que ninguna carece de ellos. Además de cierta deriva xenófoba y del miedo a la invasión bárbara, la consulta ha confirmado que el pueblo será sabio pero, a veces, lo disimula, y que la democracia participativa no funciona bien cuando se pronuncia sobre desvaríos. ¿Qué por qué Europa ha de defender la libertad de culto cuando no hay reciprocidad en los países musulmanes? Pues porque sólo un idiota renunciaría a lo mejor de si mismo.

Con los crucifijos ocurre justamente lo contrario. El Congreso ha aprobado trasladar a España la jurisprudencia de Tribunal de Derechos Humanos e instar a que el Gobierno los retire de las escuelas sostenidas con fondos públicos. Afirman la Iglesia y el PP que, más que un símbolo religioso, la cruz representa las raíces de Europa y, por tanto, a nadie puede molestar. Por idéntica razón, se podrían colocar en las aulas bustos de Sócrates o de Julio César, que van sobrados de raíces y tampoco hacen daño alguno salvo si se caen en un pie. Un crucifijo en una clase de matemáticas es tan extravagante como una iglesia con pizarra. Cada cosa en su lugar: los crucifijos, en las iglesias, las pizarras en las aulas, los minaretes en las mezquitas, y las iglesias y las mezquitas donde decidan los planes de urbanismo, que para algo han de servir, además de para que se forren cuatro concejales.