Opinion · Tierra de nadie

Jaque a la democracia

La última encuesta del CIS ha confirmado que los políticos no tienen buena prensa y prueba de ello es que, tras el paro y la situación económica, son percibidos como el tercer gran problema nacional. La desafección por la clase dirigente no es una novedad. A los dedicados a la cosa pública siempre se les ha pueso a escurrir, en parte por esa manía suya de prometer puentes donde nunca hubo ríos y, más recientemente, por la constatación de que el puente costará el doble de lo presupuestado, el concejal de Urbanismo se llevará un porcentaje de la obra y el asfalto se levantará con la primera helada del invierno.

La desconfianza de la ciudadanía en sus representantes no es algo para tomar a broma, especialmente en situaciones tan abonadas como la actual a la irrupción de salvadores que, desde fuera de la órbita política, se presentan como gloriosos abanderados de la tierra prometida. El fenómeno es una realidad en Italia, cuya sociedad, en un proceso de degradación similar a la de sus políticos, cayó rendida a los pies de Berlusconi, quien, por cierto, tras el catedralazo no sólo ha incrementado su popularidad sino que parece haber convencido a la izquierda para que acepte su inmunidad judicial a cambio de determinadas prebendas.

La suma del deterioro económico y el descrédito de la política ofrece como resultado invariable una crisis de la propia democracia, que sólo demuestra su solidez en tiempos de apacible aburrimiento. La Gran Depresión del 29 fue el pórtico que condujo a Hitler al poder y provocó el ascenso del fascismo en Gran Bretaña, Francia o Bélgica. En la actualidad, el rebrote de la extrema derecha no es sólo uan evidencia en Italia, sino también en Holanda, donde ya es la segunda fuerza, y avanza peligrosamente en Francia, cuyo debate sobre la identidad nacional es la manera que Sarkozy ha encontrado para atraer hacia sí a los sectores más reaccionarios, aunque para ello aliente la xenofobia y criminalice a los inmigrantes.

Urge una regeneración de la vida pública y del propio sistema. Los partidos mayoritarios están obligados a velar por su propia higiene y a corregir una representatitividad desequilibrada, que desalienta la participación y contribuye al desencanto. Son las recomendaciones de eso tan extraño que se ha dado en llamar sentido común.