Corbacho no dimite. ¿Sorprendidos?

Los responsables de Trabajo tienen la costumbre de explicar cifras de lo más elocuentes, que no merecen apostilla alguna salvo interjecciones del estilo ¡oh! o, casi mejor, ¡ay! Es lo que ha ocurrido de nuevo con el dato del paro registrado de diciembre, que se ha elevado en casi 55.000 personas hasta asomarse a los cuatro millones de desempleados. Según el Ministerio, el paro ha subido y lo ha hecho por quinto mes consecutivo, aunque con menor intensidad que en diciembre de 2008. En definitiva, debemos congratularnos de que en el conjunto del año sólo 800.000 personas se hayan dado de alta en el INEM en vez del millón del ejercicio anterior. La fortuna nos sonríe.

Sería injusto culpar a Corbacho de este agujero sin fondo, aunque convendría detenerse en el papel del ministro. Si no cabe reprocharle que el número de parados se haya multiplicado prácticamente por dos desde 2008 ni tampoco atribuirle mérito alguno cuando la recuperación del empleo se produzca, sería muy interesante que alguien explicara en qué consiste su función, más allá de mantener al día las estadísticas, llamar a los interlocutores sociales para recordarles la hora de las reuniones y contestar al gobernador del Banco de España cuando se pone pesadísimo con eso de las reformas estructurales.

Aceptamos, en consecuencia, que el ministro de Trabajo no tenga ninguna influencia respecto a la evolución del empleo, y hasta podemos convenir que su circunspección y la gravedad de su cara al explicar por qué el INEM tiene muchos más habitantes que Madrid es inmejorable, pero también es lícito preguntarse qué tiene que ocurrir para que Corbacho se considere concernido por las cifras y se plantee conjugar el verbo dimitir, sobre todo ahora que la presidencia española de la UE pretende sacar adelante el nuevo plan de empleo, crecimiento e innovación a diez años y no queremos que a ninguno de los socios comunitarios le dé la risa floja en una de esas reuniones de Bruselas.

Si las previsiones se cumplen esta vez, será a final de año cuando la economía española vuelva a crear puestos de trabajo. Para entonces es posible que estemos hablando de otro medio millón más de parados. Lo destruido en un suspiro tardará más de una década en regenerarse, si es que lo logra. El ministro seguirá sin ser culpable de nada. Lo de este cargo es realmente una bicoca.