Guantánamo: del limbo a Babia

Siempre presto en auxilio del Imperio, el Gobierno ofreció hace un año acoger a dos presos de Guantánamo y contribuir a su clausura, que aquí a los amigos no se les deja en la estacada. Por Moratinos supimos ayer que ya no serán dos sino cinco, y como el cierre del limbo jurídico se siga demorando a Obama es posible que el grupo aumente y tengamos que ponerles un guía para que hagan excursiones a Toledo. En este tiempo sigue siendo un misterio qué condiciones legales y de seguridad han de cumplirse para que podamos brindarles nuestra hospitalidad, ya que nuestra inexperiencia en centros de tortura es manifiesta.

Como no es previsible que convirtamos Perejil en un Guantanamito, lo primero que habrá que determinar es en qué condición vienen a España unos señores que llevan un lustro al sol sin saber de qué se les acusa y sin haber sido sometidos a juicio. Si llegan en calidad de imputados, lo lógico es que ingresen en prisión mientras se instruye un procedimiento que tendría todas las papeletas para ser anulado. Aun suponiendo que la Audiencia Nacional tuviese jurisdicción sobre sus delitos, el Tribunal Supremo ya dejó claro, a propósito de Guantánamo, que cualquier prueba obtenida bajo los torturas allí dispensadas debería considerarse radicalmente nula. En consecuencia, no habría más remedio que dejarles marchar con una muda limpia, porque los monos naranja ya no se llevan ni en Repsol.

Pudiera ser también que los acogidos no tuvieran imputación alguna a la que hacer frente. En ese caso, habría que legalizar su situación y facilitarles un permiso de residencia o atender sus hipotéticas demandas de asilo. No cabría someterles a vigilancia porque sería ilegal, y nada les impediría tomar las de Villadiego, ya fuera para regresar a sus respectivos países, practicar el esquí en los Alpes suizos o buscar trabajo en Babia, que es el limbo de los de León. No caben más alternativas en nuestro ordenamiento jurídico.

De una forma o de otra, salvo inesperada pirueta legal, nos encontraríamos con que los cinco acogidos no tardarían en pasearse por la calle. Y ello sería estupendo si se tratara de respetables padres de familia injustamente encarcelados. Pero no es descartable también que, por una vez y sin que sirva de precedente, los americanos hubieran acertado y su relación con Al Qaeda fuera real. ¿Nos arriesgamos?