Lo más salvaje no es la huelga

02 jul 2010
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Hasta que los mercados ordenen otra cosa, es tradición que nos viene del Derecho Romano el célebre pacta sum servanda, o dicho en román paladino, que los pactos están para ser cumplidos. Es un principio muy útil, opuesto al de hacer sayos de las capas, y facilita una barbaridad la convivencia. Los convenios colectivos, incluso el de los trabajadores del Metro de Madrid, son pactos que, además, tiene rango de ley, por lo que quebrantarlos con alevosía es pasarse la ley por el arco del triunfo, bien sea el arco romano o napoleónico. Algo muy salvaje, en definitiva.

Establecida esta premisa, cualquiera puede sostener sin riesgo a equivocarse que los trabajadores del Metro de Madrid están en huelga porque el empresario, es decir la comunidad autónoma y su presidenta Esperanza Aguirre, se ha saltado la ley a al torera, ya que, a diferencia de lo que ocurre con los funcionarios, nada obligaba a recortarles el sueldo a las bravas. Aunque lo parezca, no es lo mismo un empleado público que el empleado de una empresa pública, un matiz que suele olvidarse por ignorancia o mala fe.

Estamos ante una huelga justa pero mal gestionada, porque lo que se ha conseguido incumpliendo totalmente los servicios mínimos es que dos millones de personas inviertan los papeles y vean a las víctimas como culpables. Puestos a desafiar dichos mínimos se podía haber actuado con más inteligencia, reduciendo a la mitad, por ejemplo, los marcados por el Gobierno regional. Las huelgas son antipáticas, aunque uno las prefiera a esa resignación que la crisis nos ha metido en el cuerpo. No sabemos si nos molesta más que no haya trenes o que exista gente dispuesta a defender lo que es suyo de la misma forma que lo haríamos nosotros si alguna vez dejamos de temblar.

Por si fuera poco, ha sentado muy mal a algunos espíritus puros las expresiones asamblearias del comité de empresa y su “ya saben que somos capaces de todo si nos tocan los cojones”. Es una ordinariez, ciertamente. Quizás se quería imitar a Aguirre, cuando sin tener que animar a quienes se están jugando el sueldo y su dignidad, le decía a su vicepresidente aquello de “hemos quitado el puesto al hijoputa”, en referencia al reparto de cargos en Cajamadrid. Al fin y al cabo, no hay nada mejor para entenderse que emplear el mismo lenguaje.