Esto de Sortu es de locos

Después de estar casi convencidos del contubernio entre el Gobierno y ETA gracias a la perspicacia de Mayor Oreja, que es capaz de detectar una negociación hasta en la cola del ultramarinos, ha venido Federico Trillo a negarlo tajantemente para desconcierto general. Como la probidad de ambos está fuera de discusión, habrá que suponer que se trata de una negociación intermitente, ahora sí, ahora no, que daría argumentos a Rajoy para sustentar su teoría de que Zapatero no es fiable. Esto es malísimo para el país ya que lo peor que se puede ofrecer a los mercados es la incertidumbre, y luego nos quejamos de que haya que pagar más por la deuda.

Como las esquizofrenias nunca vienen solas, nos enteramos un día de que Zapatero ha calificado de “paso importante” el rechazo a la violencia de ETA que la izquierda abertzale había expresado por escrito en los estatutos de Sortu. Nos aprestábamos a celebrarlo cuando escuchamos a Rubalcaba proclamar la evidencia de que Sortu era Batasuna, mientras remitía un informe a la Fiscalía para impedir su legalización en el que se sostiene que el nuevo partido ha sido creado bajo el control directo de ETA. Con las mismas, devolvimos el cava al frigorífico.

Entre tanto, llegaba la amenaza de Ana Mato de que el PP haría caer al Gobierno vasco si a Zapatero se le ocurría ser tan “traidor” como para permitir que Sortu se presentara a las elecciones, mientras en el PP del País Vasco se decía que su partido sería generoso con la izquierda abertzale si demostraba que iba en serio. Finalmente, Rajoy se ha felicitado del informe de Rubalcaba, aunque no ha aclarado si cree que el Gobierno negocia con ETA o si Mayor Oreja está de diván.

Como se verá, el debate no es apto para cuerdos, aunque se le ocurre a uno apuntar que el hecho de Sortu sea la continuación de Batasuna no tendría que ser un argumento descalificante. Se supone que una organización ilegal puede aspirar a ser legal si pasa por el aro de los requisitos que no cumplía cuando fue ilegalizada, de la misma forma que al coche que corrige sus deficiencias para poder circular se le devuelve el permiso para hacerlo pese a la evidente continuidad entre el vehículo defectuoso y el reparado. Así llegamos a la pregunta que torturaba a Einstein: “¿Estoy loco yo o los locos son los demás?”