Chávez, la patria y la muerte

05 mar 2013
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Chávez se apagaba y los suyos le llevaron a morir a Caracas para que naciera el mito. Contra los mitos es difícil luchar porque se les perdona todo. De Churchill, como cuenta Christopher Hitchens en Amor, pobreza y guerra, se olvidó que fue bastante borracho, que sus tres grandes discursos radiofónicos a la nación fueron pronunciados en realidad por Norman Shelley, el actor que daba vida a Winnie-the-Pooh e, incluso, que llegó a simpatizar con el fascismo y con el propio Hitler. Chávez estará vivo en la iconografía iberoamericana, su mausoleo será un lugar de peregrinación y, previsiblemente, ya muerto, a lo Mío Cid, volverá a ganar las elecciones a mayor gloria de sus partidarios.

En su país –y fuera de él- muchos siguen preguntándose cómo ha sido posible que Chávez haya marcado una época tan amplia en la vida del continente o qué podía llevar a millones de venezolanos a entregar reiteradamente las riendas de la nación a un militar un tanto histriónico e inclinado al caudillismo, azote de unas castas tradicionales cuya único objetivo a lo largo de estos años fue apartarle del poder vivo o muerto. La respuesta estaba ante sus ojos, aunque siempre es difícil apreciarla sin salir del Country Club pese a sus vistas inmejorables.

La realidad es que millones de venezolanos viven hoy mejor que cuando Chávez llegó a la presidencia en 1999. Es verdad que la inflación es altísima, que la tasa de criminalidad es insoportable y que los apagones eléctricos fueron durante un tiempo insufribles. Pero es irrefutable que Venezuela es el segundo país de América Latina donde más se ha reducido la miseria desde 2000 (en torno a veinte puntos), una pobreza que afectaba casi a la mitad de la población. Ha habido subsidios, sí, -los últimos dirigidos a adolescentes embarazadas y familias con personas discapacitadas-, pero simultáneamente han aumentado los ingresos de los trabajadores y se ha distribuido más y mejor la riqueza.

Las llamadas misiones han permitido aumentar la tasa de alfabetización al 98,5%, según datos de la CEPAL de 2009. Acuden a clase el 92,7% de los potenciales alumnos de la educación primaria y el 72,8% de secundaria. Muchos de ellos comen en las escuelas. Se han subvencionado alimentos, es cierto, aunque siempre será mejor a que la gente se muera de hambre a precios de mercado. La pobreza en Venezuela, aun afectando a casi el 28% de la población es menor que en Perú, Colombia, Ecuador o México. En el Índice de Desarrollo Humano es uno de los tres países que más ha mejorado y supera a Brasil. Todo esto se ha hecho gracias al petróleo, por supuesto, el mismo que anteriormente sólo servía para enriquecer a las grandes familias y a la cleptocracia institucional.

Puede que las famosas misiones hayan tenido un criticable componente ideológico, pero han llevado alimentos básicos y atención sanitaria a lugares dónde por fin han visto un médico y resultó que era cubano. Puede que los programas de vivienda y los ranchitos sólo hayan sido paños calientes frente al grave problema del chabolismo. Puede que la familia de Chávez sea muy corrupta, aunque de cuentas en Suiza podemos hablar todos. Puede que cualquiera lo hubiera hecho mejor que él, y sin tener que enfrentarse a un golpe de Estado, a huelgas salvajes y a movilizaciones constantes desde el día siguiente de cada victoria electoral, mejor todavía. Puede, y esto es casi seguro, que Venezuela tampoco sea la tierra prometida del socialismo.

Contando con todo lo anterior, lo inexplicable ha sido la fijación que se ha tenido con Chávez, quizás porque ha representado una manera distinta de hacer las cosas en un subcontinente asolado por el latrocinio de los gobernantes y por el neoliberalismo salvaje que impulsaban los mismos organismos internacionales que ahora aconsejan a Europa que se resigne a enterrar su estado del Bienestar. Lo de Chávez era populismo barato y lo de sus antecesores democracia pata negra y ortodoxia financiera. ¿Le absolverá la historia? Dependerá de quién la escriba.


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