La izquierda inteligente

03 oct 2013
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Hay que reconocer que definir los de 2014 como los Presupuestos de la recuperación es una idea brillante que no se le ha podido ocurrir sólo a Cristóbal Montoro, que bastante tiene el hombre con entender su propia oratoria jeroglífica. El concepto tiene algo de portentoso, y eso es lo único que explicaría la resignación con la que las cuentas públicas han sido recibidas por todos sus damnificados, que son legión y media.

Pierden los jubilados, los funcionarios, los trabajadores en general, los parados, los dependientes, los usuarios de la Sanidad y de la Justicia, los estudiantes, los investigadores y los actores, a los que se sigue sin perdonar su querencia por la ceja en detrimento del bigote. Tal es el destrozo, que varias comunidades del PP han puesto pie en pared y hasta en el techo de escayola.

La unión de presupuestos y recuperación constituye, por tanto, un oxímoron de campeonato. No hay un solo objetivo de país en las cuentas, más allá del cumplimiento del déficit y el pago de la deuda, ninguna apuesta de futuro, ninguna acción pensada para salir de la crisis. Todo se confía a los demás. Si la cosas van bien en Alemania o en Brasil exportaremos más; si los egipcios siguen pegando tiros, habrá más turismo. La lechera hacía mejores cuentas que el ministro de Hacienda.

La propia previsión de paro, anclada en el 26%, sería para desatar un seísmo social, pero está visto que este año tampoco nadie hará la revolución. Pese a la colosal estafa perpetrada contra los pensionistas actuales y los futuros, los sindicatos andan desaparecidos en combate, a excepción de la UGT, muy entretenida en explicar sus pecados en Andalucía y hacer penitencia. Los estudiantes, que debieran estar montando la marimorena por la subida de tasas y por su reducción a simple carne de emigración, deben estarse reservando para una huelga, la del 24 de octubre, que ni siquiera se han atrevido a convocar en solitario.

Da que pensar que las mayores concentraciones en la calle se hayan producido en las Diadas, donde lo que se defendía no eran los derechos individuales sino los de un territorio que, en abstracto, ni pasa hambre ni está obligado a jubilarse más tarde. Así que, salvo las mareas multicolores que han mantenido viva la reivindicación y la protesta, todo lo demás ha sido en los últimos tiempos poco menos que anecdótico.

El sistema acepta divinamente que un puñado de abuelos pegue tres voces en una sucursal del Popular o que haya más antidisturbios que manifestantes en los Jaque al rey, que a este paso habrá que rebautizar como gambitos de dama. La acción continuada de mayor éxito ha sido la lucha contra los desahucios y veremos si ésta no acaba por endiosar a su líder y mandar todo a hacer puñetas.

La culpa de esta acelerada desmovilización no es de la gente, que bastante tiene con llegar a fin de mes y a la que no se le puede pedir que se estrelle un día tras otro contra un muro o que financie de su bolsillo jornadas de huelga permanentes. Los desencantados, que son una abrumadora mayoría, deben contar con  una salida, deben poder asir una bandera, un proyecto.

Y ahí es donde la izquierda tendría que ofrecer respuestas, demostrar que es capaz de desarrollar una corriente de pensamiento que no sea un castillo en el aire y con la que pueda identificarse el albañil en paro y el licenciado obligado a hacer las maletas para limpiar wáteres en Londres.

La esperanza de la izquierda no está en las tertulias de Intereconomía ni en el ombliguismo. No está en el discurso hueco que se limita repetir consignas apolilladas. No está en Corea del Norte ni en Cuba, por muy simpática que nos caiga una revolución que sólo está en el imaginario colectivo. La izquierda no tendría que resignarse a subir en las encuestas por simple inercia.

La izquierda ha de plantear alternativas creíbles. Ha de poder sostener con los números en la mano que es posible una fiscalidad más justa que haga pagar más a quien más tiene y que reparta cargas y no las deposite casi exclusivamente en las espaldas de los asalariados. Tiene que demostrar palmariamente que la sanidad y la educación públicas no son un gasto superfluo sino una inversión indispensable. No puede jugar al tacticismo: ni políticamente, como hace el PSOE evitando una moción de censura contra un partido devorado por la corrupción, ni judicialmente, como IU, que por ignotas razones ha evitado que su abogado en el ‘caso Barcenas’ pida que Rajoy declare al menos como testigo.

A los líderes de la izquierda se les debería poder ver en la calle, en el metro y en el Carrefour, que hasta en eso Merkel nos da lecciones. Han de aprender a mirar lo que ocurre y, sobre todo, a escuchar lo que se les dice. Deben ser capaces de atraer en torno suyo a esa intelectualidad que lleva alguna década que otra metida debajo de las piedras y que sólo asoma la patita en alguna tribuna de prensa. Si algo se necesita con urgencia es materia gris. La izquierda ha de ser inteligente, sin que eso suene a oxímoron.


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