¿A quién le importa que un indio se muera de cáncer?

Dicen que la verdad se agradece, que hace libre a quien la esgrime, que es una antorcha que luce en la niebla y otras tonterías semejantes. Lo cierto es que la verdad es estridente y desagradable, y aun cuando resulta obvia molesta a los oídos. Para remediar la acidez de estómago que produce se inventó el silencio y la mentira piadosa, que son como el omeprazol para la sinceridad desbordante.

Un tipo de Bayer, la multinacional alemana de las aspirinas y del Zyclon B, ha declarado que su empresa no fabrica medicamentos para indios hambrientos con tres rupias en el bolsillo sino para occidentales que pueden permitirse curarse un cáncer a precios de mercado. Marijn Dekkers, que además es el consejero delegado de la cosa, ha dicho lo que todo el mundo sabe, y es que a las farmacéuticas la única salud que les interesa es la de su cuenta de resultados y que lo único preocupante de que un etíope se muera entre estertores es que sus vómitos le manchen el traje.

Estando de acuerdo en que Dekkers va camino de ser una hiena en su próxima vida, habrá que reconocer que la verdad guía sus palabras, y que a esa frase de Mark Twain de que si dices la verdad no tendrás que acordarte de nada le falta la coletilla de que probablemente quien te escuche se acordará de tu puñetera madre.

Que las farmacéuticas sólo investiguen y fabriquen medicinas para quien pueda pagarlas tiene implicaciones evidentes. De entrada, ha venido constituyendo un pilar fundamental en la estructura social de los países supuestamente avanzados y, por supuesto, de la geopolítica mundial. El capitalismo y hasta la religión necesitan para su propia superviviencia que existan pobres y enfermos. Son el envés del sistema y la medida de cualquier comparación. ¿Para que nos haría falta la intercesión de Santa Teresa, que según el ministro del Interior está detrás de la recuperación económica española, si todos fuéramos ricos y estuviésemos más sanos que una lechuga?

Tampoco es casualidad que el despegue de países como India o Brasil haya coincidido con su decisión de saltarse a la torera las patentes de Bayer, Pfizer o GlaxoSmithKlin, por citar sólo algunos ejemplos. Ni que los medicamentos estrella de muchas de estas compañías tengan que ver con el asma, la disfunción eréctil, el reflujo gástrico o los antipsicóticos. Como todo el mundo sabe, las gran preocupación de los africanos más pobres es la indigestión o que no se les levanta en el momento clave.

El sistema del que las farmacéuticas son parte esencial funciona así. La gripe A les mola porque nos pueden colocar 40 millones de vacunas pero la malaria se la suda. Sólo se investiga una cura para el Sida cuando quienes sufren el virus no son los negros de un suburbio de Nairobi. Lo mismo pasa a otro nivel. ¿Para qué vale el dinero si has de curarte el cáncer compartiendo habitación con el indio de la cama de al lado? Y por cierto, ¿a quién le importa que un indio se muera de cáncer?