El que se mueva no sale en la foto

16 mar 2016
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La I Epístola de Pablo a los militantes ha resultado toda una premonición de lo que vendría después. La carta venía con truco porque entre el “os quiero” del líder, su canto a la belleza del proyecto y su exaltación de los besos y los abrazos de la dirigencia ya estaba encriptada la guillotina que se aplicaría después al secretario de Organización, Sergio Pascual: “Del mismo modo que un gobernante debe tomar decisiones difíciles, a veces un secretario general también debe hacerlo”, se explicaba en la carta. En medio del silencio atronador en las redes sociales de todo el partido, por lo común tan dicharachero, Pascual juraba haberse dejado la piel en los dos últimos años poco después de ser descabezado. De película de miedo, vaya.

Mucho se había especulado en torno al reparto de papeles entre Iglesias e Iñigo Errejón, a los que erróneamente se pretendía encasillar en los moldes en cera que Felipe González y Alfonso Guerra habían dejado en el PSOE cuando también se proponían asaltar los cielos. Desde ayer se han despejado todas las dudas. Por seguir con la comparación, Iglesias ha roto los moldes, es González y Guerra juntos, aunque su aviso a navegantes sea completamente alfonsino: el que se mueva no sale en la foto.

El partido que imagina Iglesias en su epístola, esa marea de voces plurales donde no caben “corrientes ni facciones que compitan por el control de los aparatos y los recursos”, donde se toman decisiones duras “sin traicionarnos” y en el que se discute de todo sin que sus órganos se transformen en “campos de batalla”, simplemente, no existe. Es bueno además que así sea, salvo que se pretenda enmascarar con falsos debates el poder omnímodo del líder. Por mucho que se edulcore, las ideas también compiten y tratan de imponerse. Y con ellas, las personas que las defienden. En toda organización humana hay afinidades, alianzas, divisiones, recelos y odios. Sólo la administración de esas fuerzas, la aceptación de unas reglas de convivencia, garantiza cierto éxito. Lo demás, es simple palabrería.

La destitución del desollado secretario de Organización muestra finalmente que la crisis de Podemos no era un invento del PSOE, del Ibex 35 o de determinada prensa, a los que no se podía atribuir responsabilidad alguna en las dimisiones de Madrid, el cristo de Galicia, el vacío de poder de Euskadi o Cataluña o la fractura de Cantabria, por poner algunos ejemplos. Son cosas que ocurren en todos los partidos, especialmente en etapas de crecimiento, por eso de que la lluvia nunca cae al gusto de todos. Las crisis llegan y se van, cierran etapas y abren otras. Marcan finales y principios.

No quiere esto decir que Iglesias no tenga derecho a prescindir de Sergio Pascual, al que todo el mundo y con razón presumía íntimamente unido a Iñigo Errejón. Compartir piso es lo que tiene. Objetivamente, si no “deficiente”, su gestión era manifiestamente mejorable, tal y como se ha mostrado más arriba. Tener al partido abierto en canal y con múltiples focos de tensión no son las mejores credenciales para un secretario de Organización.

Otra cosa son las maneras, la nocturnidad y hasta el tono del comunicado, que incluye un nos mayestático del secretario general – agradecemos el buen trabajo realizado- y una incomprensible referencia a que el defenestrado mantendrá su condición de diputado, algo que escapa por completo a las atribuciones del líder de Podemos tratándose de un cargo electo. ¿Dónde estaban anoche, por cierto, esa “marea de voces plurales” que debaten sobre todo? ¿No tenían nada que decir sobre la suerte de Pascual?

El mensaje que se ha transmitido ha sido demoledor. Ha debido llegar alto y claro porque doce horas después de la ejecución en la plaza pública sólo uno de los dimisionarios de Madrid se había atrevido a cuestionar abiertamente el garrote. “Tenemos –decía en un tuit Emilio Delgado- una idea de la responsabilidad, de la belleza y de los cuidados bien distinta”, en referencia a la carta de Iglesias.

Otro Pablo, el de Tarso, envió supuestamente una carta similar a los habitantes de Colosas, en Asia Menor, para afearles su conducta. El apóstol había montado en cólera porque la comunidad local se dejaba influir por cierto predicadores que se habían atrevido a sugerir la existencia de poderes intermedios entre Dios y los hombres, por encima del propio Cristo. Tamaña herejía merecía una reprimenda semejante a los que sostienen que existen dos Podemos, uno domesticado y otro radical. “No se lo pongamos fácil y respondamos con la belleza y la dignidad que nos es propia”, proponía Iglesias”. A ver qué dice Errejón cuando vuelva de Siberia.


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