La ‘yogui pandy’ o la corte de los discretos

10 mar 2016
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De florilegio en florilegio, los felipólogos han venido construyendo una imagen del nuevo rey diametralmente distinta a la de su campechano padre, que ahora vive la vida loca igual que antes pero sin el coñazo de las audiencias en Zarzuela. Especialmente se insistía en que estábamos ante un joven preparado y responsable, al que nunca se le vería abatir elefantes porque repudiaba la caza y que, sin la presión de tener que hacer caja a toda costa como su progenitor, tenía muy escogidos a sus amigos por eso de evitar verles en el telediario en las noticias de tribunales.

La nueva etapa de la monarquía respondía en realidad a una cuestión de supervivencia de la propia institución, que si ya era indigesta conceptualmente, se había vuelto intragable desde que cayó el velo de su impunidad y quedaron al aire sus vergüenzas y sus corruptelas. Al nuevo rey correspondía salvar los muebles de época y para ello tuvo que aceptar cierta transparencia y hasta renegar de esos familiares contaminados a los que hoy se juzga en Mallorca. De este cordón sanitario ha escapado el emérito, cuyas francachelas con corinnas y reyes del azúcar parecen tener indulgencia plena.

Con el boquete casi reparado, se ha abierto una vía de agua procedente de ese círculo de amigos que componen la corte del monarca, a los que se suponía discretísimos e intachables y entre los que no hay mileuristas, parados, carpinteros, administrativos, funcionarios y otra gente de mal vivir en el sentido estricto del término, sino banqueros, corredores de bolsa, aristócratas y altos ejecutivos.

Desde los hermanos Fuster, hijos del que fuera presidente en España de la McDonell Douglas, pasando por Pablo de Grecia, el “cabroncete” Pedro López Quesada (el apodo es made in Urdangarin), Miguel Goizueta, de los Goizueta de Guadalmina de toda la vida, los hijos de Simeón de Bulgaria, Juan Ignacio Entrecanales o Javier López Madrid, el ‘compi yogui’ de la reina, el denominador común de esta corte de los discretos es haber sido cómplices en su mayoría de las correrías amorosas del entonces Príncipe, antes de que sentara la cabeza y, aparentemente, fuera menos Borbón de lo que apuntaba.

El más querido de esta ‘yogui pandy’, López Madrid, yerno de Villar Mir y envuelto en un turbio caso de presunto acoso a una dermatóloga, ha tenido el privilegio de dar el primer disgusto a la real pareja al desvelarse los mensajes de apoyo que desde Zarzuela se le transmitieron cuando se supo que era usuario de una de las famosas tarjetas black de Cajamadrid. El “nos conocemos, nos queremos, nos respetamos. Lo demás merde” de Letizia ha sonado tan idéntico al “Luis, se fuerte” de Rajoy a Bárcenas que no hay campaña de glorificación que lo resista.

Apenas diez palabras han servido para mostrar que una cosa es predicar y otra dar trigo, que la rectitud de la institución frente a las conductas reprobables es sólo una fachada, un trampantojo, porque cuando el implicado es el colega de las clases de yoga lo que hay que hacer es darle cariño.

Dice ahora la Casa Real que López Madrid ya es historia y que sobre el nombre de quien facilitaba al monarca en su juventud discretos picaderos para sus apasionados romances se ha pasado el tippex con más saña que la que el PP se aplicó para formatear los discos duros de su extesorero. Hay cosas que nunca cambian.


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