La jodida realidad

No siempre ocurre pero en el mundo virtual en el que vivimos lo más natural era que en algún momento la ficción superase a la realidad. Lo vimos con las hipotecas subprime, que eran puro artificio y su crisis nos llevó a una quiebra nada etérea, y lo volvemos a ver ahora con los bitcoins, esa moneda digital que tiene hasta casas de cambio, y que en realidad es una red de pago en el que todos están de acuerdo en que lo que intercambian tiene valor. Este jueves la noticia era que el bitcoin había superado el precio del oro y alcanzaba los 1.245 dólares la unidad.

La imaginación es tan imbatible como los sueños, si es que no son la misma cosa. Hace algunos años se puso de moda comprar terrenos en la Luna, algo que debemos a un estadounidense listísimo llamado Dennis Hope, que registró a su nombre el sistema solar y empezó a venderlo por parcelas, empezando por el faro de nuestras noches. El tal Hope, un sinvergüenza muy terrenal, se forró con sus promociones urbanísticas pero dio satisfacción a los afortunados que fantaseaban con su adosado en un cráter y en cómo serían las micciones de sus perros con la escafandra puesta.

Hay quien sueña con crear redes sociales en el multiverso, de manera que sus mensajes de Twitter o Facebook puedan ser leídos por ellos mismos en mundos paralelos y tomen conciencia de que se puede hacer el ridículo en cualquier punto de la curvatura espacio tiempo. En esos escenarios alternativos todo es factible. Pueden existir un Trump sin flequillo, un Rajoy con coleta y un Atlético de Madrid que gane la Champions. Soñaba el ciego que veía y soñaba lo que quería.

En la ficción es más divertido vivir, morir y hasta arruinarse porque la inconsciencia siempre baila tangos con la felicidad. Lo más complicado queda a este lado del espejo, donde las reinas rojas y de corazones, los conejos blancos, los gatos de Cheshire y las orugas azules que fuman en pipa son bastante más cabrones que en el imaginario de Carroll. En nuestra realidad no sólo está loco el sombrerero.

Aquí, como en la ficción, ni siquiera lo inimaginable es imposible. Que la pobreza y el hambre sean circunstancias rutinarias, que la gente duerma en la calle con millones de viviendas vacías, que los ladrones sean señores, que Mas pueda volver a ser candidato, que Europa critique la xenofobia de EEUU y se disponga a expulsar a un millón de inmigrantes sin papeles, que la educación y la sanidad sean un lujo y hasta que Ciudadanos se disponga a subirse los pantalones tras bajárselos de continuo por pura inercia centrista.

Sin quitarle méritos a las fantasías, que es el material con el que trabajan los bancos y pueden ser espantosas, la realidad cotidiana es mucho más jodida porque se asume como inevitable. Nos hemos acostumbrado a que siempre ganen los malos y a que Rato siga sin pisar la cárcel. Bebamos para olvidar, hagamos un sinpa en los bautizos y huyamos con los bitcoins en el bolsillo. No hay mejor consejo.